50 Hedda
No recuerdo haber sido tan feliz nunca.
Estoy a un paso de reunir los ahorros necesarios para abrir mi negocio, me estoy enamorando a una velocidad de vértigo y estoy reformando la furgoneta de Rowan.
Todas las noches me duermo con su brazo posesivo rodeándome la cintura y Roxie hecha una bola a los pies de la cama.
A veces me despierto de madrugada solo para observarlo un ratito, con el ceño relajado y el cabello pelirrojo desordenado.
Siempre se da cuenta de que me he desvelado y me aprieta más contra él, como si tuviera miedo de que fuera a abandonarlo.
Dios mío, me encanta.
Por las mañanas trabajo en la cafetería y sí, de vez en cuando, Magnus y Rowan coinciden para lanzarse miradas hostiles.
El otro día, Matti bromeó con que estaban a punto de resolver sus diferencias golpeándose con hachas vikingas.
Anita suspiró con dramatismo y yo pensé que, en ese caso, Magnus no tendría ninguna oportunidad contra Rowan.
Aunque el verdadero rollo raro se lo trae con Søren.
Ayer, Anita lo confundió con Magnus y se puso a coquetear con él.
Matti y yo flipamos al ver que este le seguía el juego.
Cuando Anita se dio cuenta de que era su gemelo malvado, se derramó el café encima de los nervios y él la llamó «mocosa inútil».
Después pagó el café, le lanzó una sonrisa taimada a Rowan y le dijo que apostaría por él en el combate.
Anita estuvo enfurruñada durante una hora. Lo llamó Hyde y dijo que lo odiaba con toda su alma cuando Rowan murmuró que a él le caía bien.
Por la tarde, Matti y Anita insistieron en acompañarme al entrenamiento de Rowan. Bueno, en realidad, fue idea de Anita, porque quería poner celoso a Magnus rodeándose de los hombres mayores y musculosos del staff de Rowan.
Spoiler : Magnus no le hizo ni caso.
Matti solo quería comprobar si Rowan merecía la pena porque sigue sin confiar en él.
Lo vio hacer dominadas con cuarenta kilos colgándole de la cintura, presenció cómo hacía lagartijas golpeando el suelo con palmadas entre repetición y repetición y contempló pasmada cómo levantaba mancuernas mientras Anita susurraba con admiración: «Tiene los antebrazos llenos de venas marcadas y el pecho cubierto de sudor».
Cuando Rowan terminó de noquear a todos sus sparring s, Matti me dio un codazo y me dijo: «Zorra suertuda. Entiendo perfectamente lo que le ves».
La verdad, no voy a negar que me pongo muy cachonda al verlo entrenar.
El otro día casi me corto un dedo con la radial por su culpa.
Estaba trabajando en la claraboya de la cámper cuando él se levantó la camiseta para secarse el sudor de la frente.
Me quedé embobada con su vientre sudoroso y los abdominales marcados. Casi me amputo una mano.
Y sí, es celoso, territorial y posesivo.
No deja que sus hombres se acerquen a mí, excepto Brad y Bill, que son un encanto y están tan enamorados el uno del otro que Rowan no los considera un peligro.
Nunca me ha gustado ese rollo de cavernícola.
En serio. Así que el hecho de que ver a Rowan en plan celoso me ponga muchísimo dice algo terrible sobre mí.
Me encanta que siempre esté pendiente de mí.
Incluso mientras entrena, se las apaña para asegurarse de que me alimente mientras trabajo en la furgoneta.
Les pide a Brad o a Bill que me traigan sándwiches y bebidas calientes, y envía a Roxie con chocolatinas o ramos de flores solo para verme sonreír.
Es bonito sentirse tan querida.
Y sí, no voy a negar que mojo las bragas cada vez que lo veo noquear a todos los sparrings que se enfrentan a él.
Hoy es lunes y la cafetería está cerrada.
He quedado con Matti para irnos de compras.
Esta noche quiero sorprender a Rowan con lencería nueva.
A Anita no la hemos invitado porque tememos que se compre un conjunto de encaje rojo y se meta en la cama de Magnus.
Alguien tiene que pararle los pies a esa cría, por el amor de Dios.
No sé si a Rowan le hará ilusión verme con ropa interior nueva, pues siempre termina rompiéndome las bragas…
Estoy regresando de dar un paseo cuando veo a un hombre alto, rubio y con una mochila militar colgada al hombro. A su lado hay otro hombre rubio, tan alto como él, con una mochila idéntica a la suya.
Ahogo un grito.
Llevaba tres días sin tener noticias de Lars.
Algunas noches terminaba llorando y Rowan me consolaba con los brazos rígidos.
Supongo que le dolía verme sufrir por mi hermano.
No he dejado de imaginar escenarios en los que Lars moría en una explosión y un soldado de gesto adusto llamaba a mi puerta de madruga para informarme de su trágico deceso.
Echo a correr hacia él. Lars apenas tiene tiempo de abrir los brazos antes de que le salte encima. Mis ojos se llenan de lágrimas de alivio.
—¡Estoy bien! ¡Estoy bien!
Me frota la espalda mientras escondo la cara en su pecho y rompo a llorar. No sé cuánto tiempo pasamos abrazados hasta que me deja en el suelo. Tiene ojeras y la barba más larga y desaliñada. Y esa expresión sombría que siempre trae después de cada misión de la que se niega a hablarme.
—Ah, hola —saludo a Arick con la cabeza.
Arick vive en Bergen. Es el capitán de su batallón.
Me devuelve el saludo con una sonrisa prudente.
Tengo clarísimo por qué está aquí sin necesidad de preguntárselo a mi hermano.
Su amigo siempre ha mostrado cierto interés en mí.
No es recíproco; no es mi tipo. Seguro que lo ha traído porque así cree que me mantendrá alejada de Rowan.
Sip , del mismo boxeador del que le aseguré por teléfono que no tenía de qué preocuparse.
A ver, en mi defensa diré que, si omití que habíamos empezado a salir, fue para evitar que Lars se enfrentara a un consejo de guerra por subirse a un avión y venir a «protegerme». Lo conozco. Habría sido capaz.
—Arick va a quedarse una temporada con nosotros —me informa mi hermano—. Está reformando su casa de Bergen.
—Si no es molestia —añade este—. O puedo alojarme en un hostal.
—De eso nada —zanja Lars.
—Eh… No pasa nada. —Madre mía, a Rowan le va a salir espuma por la boca cuando se entere de que ahora convivo con un militar rubio y soltero que mide casi dos metros. Ya puedo imaginarlo comprando una pala para enterrarlo en el jardín—. Puedes quedarse en la habitación de invitados.
En ese momento, un coche entra derrapando por el camino nevado. Lars entrecierra los ojos al ver a la loca de Matti al volante. Mi amiga suspendió seis veces el práctico del carnet de conducir por algo.
—No quiero que te subas al coche de esa bruja —rumia Lars.
Pongo los ojos en blanco.
—Esa bruja es mi mejor amiga.
Matti pega un frenazo y saca la cabeza por la ventanilla.
—¡Hola, zorra! —me grita—. ¿Lista para comprar lencería sexi para que tu boxeador babee aún más por ti?
Cierro los ojos.
Ay, no quería que Lars se enterase así.
A mi lado, mi hermano parece a punto de estallar. Matti no lo ve hasta que baja del coche. Entonces se lleva una mano a la boca y me lanza una mirada de disculpa. Lars se la queda mirando como si la guerra fuera un lugar más pacífico que su cara.
—Dime que no estamos hablando de ese boxeador —dice Lars con tono engañosamente tranquilo, sin quitarle los ojos de encima a Matti.
Me rasco la nuca y carraspeo.
Sé que solo intenta protegerme, pero ya no soy la mujer frágil que lo llamó llorando de madrugada para que la sacara del infierno de su relación. Así que alzo la barbilla.
—Las cosas han cambiado desde que te fuiste. Rowan y yo estamos juntos —digo con firmeza—. No vas a interponerte.
Lars pierde los papeles al instante.
—¡Y una mierda!
—Lars, si haces el esfuerzo de conocerlo…
—¡Le voy a meter un tiro entre ceja y ceja!
—Vamos a calmarnos un segundo…
—Perdona, ¿quién coño te crees que eres? —salta Matti, poniéndose delante de él—. Hedda no es una niña para que la controles.
Lars corta la distancia que los separa en tres zancadas y acerca su cara a la de ella. Arick silba por lo bajo.
—¿Y tú qué clase de amiga eres? —le espeta Lars—. ¿De verdad vas a dejar que se interese por un tipo así?
—¡Vaya! Gracias por tu opinión de macho sobreprotector salido de una película bélica de bajo presupuesto. ¡Vuelve a tu cueva, machote!
—¡Valiente amiga de mierda estás hecha, Mortilde!
—Espabila de una vez, Schwarzenegger de mercadillo.
En este pueblo las mujeres no necesitamos que los neandertales como tú nos defiendan.
Y, para que lo sepas, Rowan está coladito por tu hermana y podría arrancarte la cabeza de un puñetazo.
Cosa que, por cierto —añade, emocionadísima—, sería digno de ver.
—Ya te gustaría a ti que ese mierdas me pusiera una mano encima. ¿Sabes cómo va a acabar? Con la cabeza metida en un váter. Igual que tu novio.
Matti se pone roja de ira.
—¡Eso pasó hace siglos! ¡Supéralo de una vez! Y Aksel no necesita demostrar lo hombre que es usando la fuerza bruta. A diferencia de ti.
—No, claro. Él prefiere esconderse detrás de una placa y poner cara de mongólico intenso mientras se peina el bigote.
Arick se atraganta intentando contener la risa. Lars tiene el descaro de entrecerrar los ojos y poner morritos. Ay, madre mía. ¡Está imitando a Aksel!
Matti le pega un empujón que ni siquiera lo mueve del sitio. Mi hermano le sonríe encantado.
—¡Él no hace eso!
—No me pongas las manos encima, terrorista con carnet, no vaya a pegarte alguna ETS —le recuerda con tono mordaz. Luego, se gira hacia mí—. Voy a cantarle las cuarenta a ese idiota británico para que se aleje de ti.
—No hagas caso a este cavernícola unineuronal —interviene Matti al instante—. Si hace falta, llamaré a Aksel para que lo meta en la cárcel.
—Que lo intente. Estoy deseando reventarle la puta cabeza.
—Oh, créeme, estará encantado. Hace años que sueña con esposarte.
—No sabía que le iban esos fetiches, pero siempre ha sido un rarito.
Empiezan a discutir cada vez más fuerte mientras Arick y yo contemplamos la escena con cara de querer desaparecer del planeta. Al final, suelto un largo suspiro, cojo la mochila de Lars y la arrastro hacia dentro.
Pues nada. La cena que pensaba organizar para mediar entre mi hermano y mi novio acaba de adelantarse bastante más de lo previsto.