STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 49 Rowan
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49 Rowan

A pesar de este infierno helado, no me cuesta demasiado adaptarme a la vida en Bjørndal mientras me preparo para el combate contra Shevchenko.

Todas las mañanas despierto con Hedda acurrucada en mi pecho.

Me niego a dormir separado de ella. La mejor parte del día llega cuando termino de entrenar, la recojo en la cafetería y volvemos juntos a su casa.

Solemos ver alguna película, picar cualquier cosa tirados en el sofá y quedarnos medio dormidos bajo las mantas mientras afuera no deja de nevar.

Me gusta comerle el coño antes de dormir. También, despertar con la cara enterrada entre sus piernas. Podría usar sus muslos de orejeras. Soy adicto a su sabor. En serio.

Los golpes me duelen menos y el entrenamiento se vuelve más soportable sabiendo que, al final del día, volveré a verla.

Que podré hundir la cara en su cuello, escucharla reír por alguna tontería que le haya dicho y que sus dedos se enredarán en el pelo de mi nuca mientras le como ese coño apretado y perfecto que está hecho para mi boca.

Los días empiezan a las cinco menos cuarto con el desayuno pautado por mi nutricionista.

Hedda suele hacerse la remolona mientras yo cocino media docena de huevos revueltos, tostadas integrales con aguacate y avena con yogur, arándanos y plátano.

Todas las mañanas le cocino su desayuno favorito: tostadas de centeno con mantequilla y queso brunost .

Siempre le llevo una taza de café a la cama y le doy un beso antes de conducir de regreso a la cabaña.

Al llegar, corro doce kilómetros acompañado de Roxie y me preparo mentalmente para que mi staff me machaque por haberlos obligado a mudarse a este páramo helado para entrenarme.

En sus días libres, Hedda se apoya en la valla con una taza de té en las manos mientras yo hago esprints por la colina o le parto la cara al sparring de turno.

Nunca permití a Alice asistir a los entrenamientos porque no quería traumatizarla, pero ver a Hedda animándome con orgullo me hace sentir de puta madre.

Algunos días consigo escaparme un rato a la cafetería solo para verla unos minutos.

Me he cruzado un par de veces con Magnus.

Por fin ha entendido que Hedda es mía y ya no se interpone en mi camino.

Aún me guarda resentimiento por el incidente sin importancia de la despensa. Es un dramático. Que le jodan.

Anita —la camarera joven encoñada con el inútil del bombero— ha sido la primera en aceptarme y ya no me trata como si fuera un criminal internacional buscado por el FBI.

Supongo que prefiere mil veces ver a su amiga conmigo para que su puto príncipe azul deje de rondarla.

Ella cree que así tiene el camino despejado para organizar su boda con ese inútil.

Matti —la del pelo negro y cara de mala leche—, en cambio, sigue sin fiarse un pelo de mí y suele servirme el café helado en una especie de guerra pasivo-agresiva personal. No me molesta que mi novia tenga amigas protectoras, así que me lo bebo sin rechistar.

Mientras tanto, Hedda sigue trabajando en la cámper durante sus ratos libres.

Más de una vez he pillado a los babosos de mi staff suspirando por ella y he tenido que recordarles a esas sanguijuelas con cronómetro que les arrancaré la garganta si vuelven a mirar más de tres segundos seguidos a mi chica.

Ayer, sin ir más lejos, le grité a Steve —uno de los sparring s— que le vaciaría los ojos si volvía a rondarla.

El muy idiota respondió que solo estaba admirando su talento.

Casi le reviento el cráneo con una mancuerna de sesenta kilos.

Y lo peor es que lo entiendo, porque ¿quién no se enamoraría de ella? Es una mujer increíble.

Me obsesiona verla trabajar. Parker, mi primer entrenador, suele echarme la bronca por distraerme, pero no puedo evitarlo. Me fascina la precisión de sus manos y la seguridad con la que usa las herramientas. Tiene una facilidad impresionante para transformar algo viejo y roto en un lugar habitable.

Yo estoy acostumbrado a usar las manos para destruir. Hedda, en cambio, crea cosas con ellas. Es una pasada de lo que es capaz.

Nunca me ha parecido tan guapa como cuando la veo cubierta de polvo, con el pelo recogido de cualquier manera y el ceño fruncido mientras convierte esa chatarra en un hogar con ruedas. Nuestro hogar.

Aunque me toca los huevos que también tenga fascinados a los capullos de mi equipo técnico.

Todos la saludan con entusiasmo cada vez que aparece con una bandeja de bollos caseros y tengo que contenerme para no arrancarles las manos cuando se abalanzan sobre ellos.

Es una lástima que a ella le haga tan feliz que se los coman.

Estoy orgulloso de ella. En una semana ha conseguido que la vieja furgoneta esté irreconocible por dentro: ha arrancado la cocina antigua, desmontado los armarios y cambiado parte del aislamiento.

Ayer, se puso a abrir un agujero en el techo para instalar una claraboya.

El imbécil de Jack —el fisioterapeuta— le preguntó si necesitaba que le echara un cable y me solté de la barra de dominadas para gritarle que, como volviera a acercarse a mi novia, le arrancaría los brazos y los enterraría a cinco metros bajo la nieve.

Hedda ni siquiera levantó la vista de la radial.

Las chispas saltaban a su alrededor mientras cortaba el techo de metal con cara de concentración.

Sé que a Hedda le gusta trabajar sola. Por eso le pido a Brad —uno de mis preparadores físicos— y a Bill —mi segundo entrenador—, que están casados y absolutamente enamorados el uno del otro, que se aseguren de que a mi novia no le falte de nada y le pregunten de vez en cuando si necesita ayuda con cualquier cosa.

Del resto de mi personal de entrenamiento, no me fío una mierda.

***

Mis zapatillas se hunden en la nieve con cada zancada.

Los músculos me arden y el sudor me empapa la espalda de la camiseta.

El aire helado me quema los pulmones con cada respiración.

Solo faltan diez metros de subida. Puedo hacerlo.

Roxie salta a mi lado, feliz, ladrándoles a los arrendajos que se cruzan en su camino.

Que mi perra ha nacido para vivir en este páramo helado y tiene más aguante que yo es un hecho. Pero soy demasiado competitivo para rendirme, así que aprieto los dientes y subo el último tramo resollando por el esfuerzo.

Parker y los demás estarán a punto de llegar. A lo lejos, contemplo la cabaña de madera que compré en un impulso. Espero que me dé tiempo a tomarme el maldito batido de proteínas o tendré que tragarme el sermón interminable de Prexton, mi nutricionista.

Roxie sale despedida hacia la cabaña ladrando de felicidad. Entonces veo a la chica pelirroja y delgada plantada frente a la puerta, envuelta en un anorak rosa. A sus pies hay dos maletas enormes.

Mi cuerpo se detiene antes que mi cabeza.

No.

No puede ser.

Roxie se lanza contra ella con tanta emoción que casi la tira al suelo. La chica suelta una risita ahogada y se agacha para abrazarla. Al alzar la cabeza, sus ojos verdes se encuentran con los míos.

Alice.

¿Qué demonios hace mi hermana pequeña aquí?

—Imagina mi sorpresa —dice, acariciando la cabeza de Roxie— cuando aterricé en Londres y no estabas en casa.

Parece más adulta. La última vez que la vi, llevaba el pelo más largo y estaba tumbada en una cama con un edredón de Sailor Moon. En Boston. A salvo. A más de cinco mil kilómetros de distancia.

Ignoro la quemazón de los pulmones y voy directo a ella. Me detengo al llegar al porche y me limpio los copos de nieve de la cara de un manotazo.

—¿Qué haces aquí?

—Hola a ti también.

—Deberías estar en la universidad.

—He terminado los exámenes finales.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Los he bordado, por cierto. Mis profesores me han autorizado a seguir unas semanas a distancia antes de volver a clase.

No quería abandonarte durante tu entrenamiento, así que imagínate la cara que se me quedó al llegar a Londres y ver que no había nadie en casa.

—Se cruza de brazos—. Porque, durante todo este tiempo, mientras hablábamos por teléfono, no me dijiste que llevas semanas viviendo en este pueblo perdido de Noruega.

Mierda.

—¿Cómo te has enterado de dónde estaba?

—Llamé a Parker. Me dijo que habías obligado a todo tu equipo a mudarse a Noruega porque, cito textualmente: «Tu hermano ha perdido el norte por una noruega.

Si alguien se acerca a menos de dos metros de ella, enseña los dientes como un rottweiler y le ladra que le arrancará la cabeza si mira demasiado tiempo a su chica».

Es oficial: voy a despedir al bocazas de Parker. Después de darle una paliza.

—Dejando al margen el hecho de que tienes novia y no me has dicho nada…

¿hola? —Deja caer los brazos y me lanza una mirada resentida—.

Tienes que presentarme a esa noruega. Debo darle el visto bueno.

¿Y por qué eres tan posesivo? Argh, no hace falta que contestes.

—Levanta una mano cuando abro la boca—. Eso es porque estás enamorado hasta las trancas de ella.

—Ya te la presentaré. Pero este no es un buen momento.

—Que no es un buen momento —suelta con sorna—.

Al principio, no entendía por qué te habías trasladado a Noruega en mitad del entrenamiento más importante de tu carrera.

Pensé que te había dado uno de esos ataques raros de boxeador.

Ya sabes, algo tipo Rocky IV cuando se marchó a Siberia para entrenar en una cabaña aislada, levantando troncos y tirando de trineos en plan macho alfa superduro.

—Me mira con los ojos entornados—. ¿Estás tirando de un trineo para fardar de músculos delante de tu novia?

—No tiene gracia, Alice.

—No, no tiene gracia, Rowie.

Mierda, ahora entiendo por qué mis entrenadores no dejan de hablar con acento ruso y por qué ayer Jack me preguntó si iba a correr por la nieve cargando una carreta. Idiotas. Los voy a matar por reírse de mí.

Sí, los mataré…, después de que consiga meter a mi hermana en un avión rumbo a Boston. Aunque, por su expresión tensa, me temo que no va a ser fácil.

—Pero luego recordé algo —continúa. Tiene los puños apretados contra los costados—.

Recordé lo que te conté sobre aquella noche.

Y también que eres el hombre más sobreprotector y vengativo que conozco, así que, cuando te supliqué que lo dejaras estar y tú aceptaste, solo me estabas mintiendo para que no me preocupara.

Por desgracia, estaba tan hecha polvo y centrada en mi propio dolor que no supe ver el tuyo.

La nieve, los árboles, la cabaña, Roxie… Todo desaparece al mirar los ojos verdes llorosos de mi hermana.

—No deberías estar aquí, Alice —digo con una frialdad calculada—. Vuelve a Boston. No quiero que pierdas ni un solo día de clase.

Las lágrimas no llegan a caerle por las mejillas. Permanecen atrapadas en sus pestañas. Se niega a derrumbarse delante de mí. Siempre he sabido que es más fuerte de lo que ella misma cree.

—No.

—Alice, quiero que regreses a Boston.

—No, Rowan. —Da un paso decidido hacia mí y me señala con un dedo—. No vas a hacerlo.

—Alice —digo entre dientes—. Yo mismo te arrastraré hacia el aeropuerto si hace falta. De lo único que tienes que preocuparte es de ir a clase.

—¡No voy a permitir que lo hagas!

Su grito me deja a cuadros. Tampoco estoy preparado para que la niña a la que le trenzaba el pelo y a la que leía cuentos de Disney se abalance sobre mí y estrelle los puños contra mi pecho. Una y otra y otra vez.

—¡No vas a arruinarte la vida por mí! ¡No lo permitiré! ¡No lo harás!

Roxie empieza a ladrar nerviosa a nuestro alrededor, dando vueltas sobre la nieve mientras Alice me golpea con toda la rabia que lleva acumulada desde aquella maldita noche. Y yo me quedo quieto. Dejo que se desquite conmigo.

Ya no es la niña que se escondía a llorar detrás de mí y me suplicaba que la protegiese de su padre. Mi hermanita ha crecido.

Le sujeto las muñecas antes de que termine haciéndose daño y tiro de ella contra mi pecho.

Intenta resistirse, pero consigo envolverla entre mis brazos y le susurro al oído que todo irá bien, que siempre cuidaré de ella.

Aunque no tengo ni idea de cómo hacerlo sin romperle el corazón a mi novia.

Porque voy a matar a su hermano. Al hombre que violó a Alice.