STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 48 Rowan
70%

48 Rowan

Conduzco con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Hedda sobre la palanca de cambios. El sol se refleja en el parabrisas y dibuja destellos dorados en su pelo.

Ella se recoloca las gafas de sol sobre el puente de la nariz.

—Se me han pasado volando estos catorce días.

Me llevo su mano a los labios sin apartar la vista de la carretera que cruza el bosque de coníferas.

—Y a mí. —Le beso los nudillos—. Eres la mejor guía turística.

Apoya la cabeza en mi hombro. Por el espejo retrovisor veo esa sonrisa traviesa que no quiero que pierda nunca.

—Me ha gustado cómo me lo has pagado.

Yo también sonrío al recordar cómo terminaban nuestras noches. Con los cuerpos enredados en la pequeña cama de la cámper, su risa vibrando contra mi cuello y Roxie «castigada» a dormir en la parte delantera para poder meternos mano sin pudor.

Podría vivir mil vidas y nunca me cansaría de esta mujer.

Tomo el desvío hacia la cabaña. Ni siquiera le he preguntado si prefiere que la deje en su casa. Estos catorce días me han demostrado algo que ya sospechaba: no quiero separarme de ella. La vida es más bonita a su lado.

Se incorpora un poco en el asiento y me mira de reojo.

—¿Qué somos, Rowan?

Ah, la dichosa pregunta. La estaba esperando como agua de mayo.

Aprieto suavemente su mano para que entienda que sigo igual de tranquilo que antes.

—Lo que tú quieras que seamos. Si necesitas tiempo, no tenemos por qué ponerle un nombre a lo que tenemos.

Si quieres que vayamos en serio, yo ya estoy dentro desde hace mucho —admito, dejando la pelota en su tejado—.

Sea cual sea la etiqueta que nos pongas, para mí está bien si implica pasar tiempo juntos.

Quiero construir un futuro contigo y no me importa si es dentro de una semana, un mes o un año, porque lo tengo absolutamente claro.

Giro en la siguiente curva. Sus dedos se entrelazan con firmeza con los míos. Aprovecho que nos adentramos en una recta para mirar esos ojos castaños que se han convertido en mi perdición.

—Si quieres llamarme novio, entonces yo te llamaré novia.

Podemos ir despacio o todo lo rápido que quieras, pero ten una cosa clara: somos exclusivos.

Si ese bombero amiguito tuyo o cualquier otro intenta ligar contigo, será mejor que le aclares que no estás interesada.

O la próxima vez no solo lo dejaré encerrado en una despensa.

Porque tú eres mía, Ojazos, y nadie toca lo que es mío.

—¿Y tú eres mío?

—Soy todo tuyo, cariño. Incluso cuando intentaba no serlo con todas mis fuerzas.

Sus mejillas se tiñen de un leve rubor y aparta la mirada hacia la carretera, pero la sonrisa que se le escapa la delata.

—Magnus ya sabe que solo lo veo como un amigo. La cita falsa solo era para alejar a Anita.

Qué gran peso acaba de quitarme de encima. Ahora solo falta que a ese maldito bombero le entre en la cabeza que Hedda está fuera de su alcance.

Le acaricio los nudillos con el pulgar. Mientras rememos en la misma dirección, no me importa si lo hacemos a ritmos diferentes. La esperaré el tiempo que haga falta.

—Hasta hace poco, me decía a mí misma que no estaba preparada para una relación.

Que no era el momento de iniciar nada con nadie porque tenía que aprender a estar sola —reconoce, y noto una opresión desagradable en el pecho—.

Pero en estas últimas dos semanas me he sentido más cerca de ti que de cualquier otra persona.

Ya no quiero poner freno a lo que siento.

Ni ajustarme a esos tiempos absurdos que la gente cree que hay que seguir tras una ruptura traumática.

Si tú ya estás dentro, a mí solo me falta un pequeño empujón.

Me dan ganas de parar la furgoneta en el arcén y hacerle el amor aquí mismo. Y, justo cuando creo que no puede hacerme más feliz, una sonrisa preciosa le ilumina la cara.

—Estaría bien que empezaras a llamarme novia.

He ganado peleas por menos de lo que vale este momento y he levantado cinturones mundiales, pero ninguno pesa tanto como esa palabra.

Novia.

Acostumbrarme a llamarla así va a ser lo más fácil que he hecho en la vida.

Estoy a punto de pronunciar esa bonita palabra cuando entramos en el claro de la cabaña y los veo.

Hay un grupo de hombres con chaquetas negras estampadas con el logotipo de mi mayor patrocinador: esa conocida marca de refrescos energéticos que saben a jarabe para la tos.

Y en medio de ellos, gesticulando como si estuviera dirigiendo una guerra, está Richard Hale. Mi maldito promotor.

Este hombre tiene la habilidad de convertir los mejores momentos en auténticas pesadillas.

—Puto Richard —mascullo.

No esperaba que llegaran hasta dentro de tres horas. Sin embargo, parece que Richard no tiene intención de perder ni un segundo en prepararme para el combate.

Apago el motor y suelto la mano de Hedda. Le prometí que almorzaríamos juntos, aunque mi equipo deportivo tiene otros planes. En cuanto me bajo del coche, Richard viene hacia mí con los brazos abiertos como si fuera el rey del lugar.

—¡Steel! —Me estrecha entre sus brazos, ignorando mi postura rígida—.

No tenemos tiempo que perder. Shevchenko ha empezado a entrenar.

Se rumorea que se ha vuelto más lento y cauteloso tras más de un año de baja.

El desprendimiento de retina le ha pasado factura.

Ya no es el que era. —Me da una palmada en el brazo—.

Lo vas a machacar. Esto lo tienes medio ganado, hijo.

Esa maldita palabra se atasca en mi garganta.

Se gira hacia Hedda con los ojos entornados. Por un momento, creo que la ha reconocido, hasta que devuelve su atención a mí. A Richard solo le interesan las personas en la medida que pueden llenarle los bolsillos.

—Entiendo que te hayas estado divirtiendo con tu amiga, pero tampoco conviene confiarse —me suelta con tono condescendiente—.

Le pediré a uno de los chicos que lleve a tu amiguita a su casa para que puedas centrarte.

—Se fija en Hedda y le sonríe con desgana—.

El futuro campeón no puede tener distracciones.

Noto cómo Hedda se va mimetizando con la cámper hasta hacerse diminuta. No, de eso nada. Voy directo hacia ella y la cojo de la mano.

—No es mi amiguita: es mi novia —le aclaro al muy gilipollas—.

Se llama Hedda. Te dirigirás a ella por su nombre.

Ni se te ocurra volver a decidir que puedes mandar a uno de tus chicos a llevársela como si fuera parte de mi equipaje.

Si Hedda se va, será porque quiere irse.

Si se queda, será porque quiere quedarse.

Nadie decide por ella y nadie la aparta de mí.

Richard se queda perplejo. A mi chica le suda la palma y entrelazo nuestros dedos para indicarle que todo va bien. No quiero que se preocupe o se sienta mal por culpa de este mierdecilla con complejo de dios.

—Estoy absolutamente centrado y tengo muy claro lo que quiero —le espeto—.

Hedda no es una distracción. Es mi futura mujer, la futura madre de mis hijos y la única persona en este puto mundo que puede tener todo mi tiempo y toda mi atención.

—Hedda pega un respingo. Sus dedos se tensan entre los míos—.

La tratarás con respeto, o tú y yo tendremos un problema.

Richard se queda a cuadros.

—Tampoco hace falta ponerse así, chaval. Solo estaba diciendo que…

—Me pongo como me sale de los cojones. Quedamos a las cinco y son las dos —le recuerdo—. Nos vemos dentro de tres horas.

La vena del cuello de Richard empieza a palpitar.

Por un momento, mientras nos dirigimos a la cámper, creo que tomará la sabia decisión de dejarlo estar.

Solo son tres horas. Pero no se ha hecho millonario a base de ceder ni de tragarse el orgullo.

Este tipejo está acostumbrado a que todos acaten sus órdenes sin rechistar.

—¡No puedes tratarme así! ¡Has llegado a lo más alto gracias a mí! ¡Me debes todo lo que eres!

—Hasta dentro de tres horas, Richard —contesto sin girarme.

—¡Te vas a arrepentir de tirar tu carrera por la borda!

Abro la puerta del copiloto y le pongo una mano en el centro de la espalda a Hedda.

—Entonces, es una suerte que nuestro contrato expire en dos meses y tenga pensado retirarme —le informo, girándome hacia él.

El rostro de mi promotor se tiñe de manchas rojas. Se le hincha la vena del cuello. Detrás de él, los preparadores físicos y el resto del cuerpo técnico no saben dónde meterse.

—Estás delirando —escupe con rabia.

—Ya te he dicho que lo tengo todo muy claro.

Da tres pasos hacia mí y pierde por completo los papeles.

—¡No puedo creer que vayas a tirar tu futuro por la borda por un coño!

¡Eres un crío desagradecido! ¿Tienes idea de todo el dinero que he invertido en ti?

¡Me debes todo lo que tienes! ¡Yo te saqué de aquel barrio de mierda, maldito mocoso desagradecido!

Solo eras un animal inculto con los nudillos rotos hasta que te convertí en una leyenda.

¿Y ahora vas a mandarlo todo a tomar por culo por un coñito al que solo le interesas por tu dinero?

Hedda intenta sujetarme, pero ya es demasiado tarde.

En dos zancadas, me planto delante de Richard y lanzo el puño contra su nariz.

Siento el cartílago ceder bajo mis nudillos y, después, el crujido seco de los huesos nasales partiéndose.

Un chorro de sangre le corre por la cara y se lleva las manos a la nariz para taponar la hemorragia.

—¡Me has roto la nariz, maldito animal!

Lo sujeto por las solapas de la camisa y acerco mi cara a la suya.

—Primer y último aviso. Si vuelves a llamarla con otra palabra que no sea su nombre, ningún trozo de papel podrá impedir que te arranque la lengua —le advierto con una calma gélida—. ¿Entendido?

Está sangrando como un cerdo. Sus ojos parpadean con nerviosismo y traga saliva para aparentar una valentía que claramente no siente.

—Podría arruinarte la vida con solo chasquear los dedos —amenaza con voz nasal y pastosa.

—O mejor no vuelvas a dirigirte a ella en tu puta vida.

—Estrujo su camisa entre mis dedos, apretándola contra su cuello, y lanzo una mirada asesina al tipo que intenta acercarse a mediar.

Este frena de golpe y los demás fingen estar ocupados a lo suyo—.

Adelante. Intenta arruinarme. Sé que crees que solo soy un idiota que lo único que sabe hacer es usar los puños, pero has hablado demasiado delante de mí.

¿Recuerdas todos esos sobornos y peleas amañadas de las que fanfarroneaste? Lo tengo todo grabado.

El pánico se dibuja en su expresión, pero es demasiado arrogante para dejarlo estar.

—Es un farol.

—Intenta joderme y lo averiguarás.

Lo suelto de un empujón que lo hace trastabillar. Señalo a mi equipo de entrenadores.

—Ellos se quedan. Tú te largas. Será mejor que no estés cuando vuelva.

Hedda ya está sentada y con el cinturón abrochado. Con la cabeza apoyada en su regazo, Roxie bosteza.

—Voy a pasar el resto de la mañana con mi novia —le digo a nadie en particular—. Si alguien tiene una opinión sobre mis prioridades, puede metérsela por donde le quepa y largarse de mi propiedad.

No tardo ni medio minuto en subirme al coche y conducir hasta la casa de Hedda.

Mi plan era preparar el almuerzo y dar un paseo por el sendero del bosque, pero tampoco me parece mala idea ver una película en su sofá y cocinar una tortilla de verduras.

Viajamos en silencio, cosa que no me preocupa hasta que entramos en su salón y sigue igual de callada.

—¿Estás enfadada conmigo?

—No —contesta enseguida—. Pero estoy preocupada por ti. Le has roto la nariz al hombre que podría arruinarte.

—Poco le he hecho.

—¿No te meterás en un lío o de verdad tienes grabaciones para pararle los pies?

—Me he cubierto bien la espalda, tranquila. —La atraigo por la cintura—. No te preocupes por mí, novia.

La palabra le saca una sonrisa tontorrona.

—Me ha encantado que me dieras mi lugar, pero no quiero que retrases un entrenamiento para estar un rato más conmigo.

—Me gusta estar contigo.

—Rowan…

Hundo la nariz en su cuello y le doy besitos por donde pillo.

—¿Qué, cariño?

—No dejes que Shevchenko te machaque. No podría soportarlo.

Ayer lo busqué en internet y me asusté. Mide más de dos metros y parece una mala bestia.

—Su preocupación me resulta adorable—. Quiero que entrenes duro para ganar tu última pelea.

Si has decidido retirarte, te apoyo. Pero, por favor, tómatelo en serio, ¿vale?

La sostengo por la cara.

—Te doy mi palabra.

—En serio, Rowan.

—¿Tú quieres que gane?

—¡Claro que sí!

—Entonces, ganaré.

Mi respuesta parece tranquilizarla un poco. Le doy un pico y ella me aprieta los antebrazos.

—Pero esto no cambia nada —murmuro, rozándole la mandíbula con los labios—. Tú eres mi prioridad.

Le subo el jersey y le acaricio la piel del vientre con los dedos.

—Te lo dije, cariño. Yo ya estoy dentro.

La estrecho entre mis brazos y, durante tres horas, el mundo entero se reduce al calor de su cuerpo y el dulce olor de su pelo. Es todo el tiempo que tenemos antes de volver al ruido, los golpes y la sangre.

No me arrepiento ni un segundo de haber pospuesto el entrenamiento para estar con ella, porque nada me da más paz que tenerla a mi lado. Y, si va a estar mirándome desde el borde del ring , cumpliré la promesa que le he hecho: ganaré mi última pelea y después colgaré los guantes para siempre.