STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 47 Hedda #2
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47 Hedda #2

Durante los últimos días, Rowan me ha poseído en todos los rincones de la cámper. No solo me ha comido el coño y me ha follado en posturas que no sabía que cabían en una furgoneta. Además, entre gemidos, risas y órdenes susurradas contra mi piel, me ha preparado para esto.

Con sus dedos, con lubricante y mucha paciencia. Me ha estado dilatando el ano poco a poco para que me fuera acostumbrando a la presión mientras yo le decía, con una mezcla de humor y pánico, que era imposible que su polla me cupiera en el culo. Sobra decir que él no está de acuerdo.

Rowan Steel no se rendirá hasta poseer cada centímetro de mi cuerpo.

Introduce el primer dedo mientras su pulgar sigue acariciándome el clítoris. Me agarro con más fuerza a la encimera. Poco después, mete un segundo dedo y yo gimo y me arqueo hacia atrás.

—Joder —susurro.

—Eso es. Respira.

Rowan mueve los dedos dentro de mí, arrancándome un suspiro tras otro. Cada roce en mi clítoris convierte la presión en un placer agonizante que me sabe a poco.

Veo que estira el brazo hacia el primer cajón y coge el bote de lubricante.

El estómago me da un vuelco cuando su mirada ardiente se cruza con la mía antes de embadurnar mi agujero con el lubricante.

Cuando vuelve a meter los dedos, resbalan con más facilidad.

Ni yo misma me creo que empuje el culo contra su mano en busca de más.

Lo oigo maldecir entre dientes.

—Mírate, estás deseándolo.

—Me va a doler —gimoteo.

—Sí, te va a doler.

Retira los dedos y presiona la punta de su polla contra mi ano. Se me para el corazón.

—Pero luego te va a encantar. Te doy mi palabra.

Me besa la nuca y me frota la zona baja de la espalda. Estoy absolutamente tensa.

—Relaja el cuerpo para mí.

Intento obedecer, de verdad que sí, pero, cuando empuja apenas unos centímetros, la presión me arranca un quejido.

—Ay, joder, me duele muchísimo.

—Lo sé, cariño. —Se queda quieto y me besa el hombro—. Buena chica. Lo haces muy bien. Así. Respira para mí.

Inhalo aire para tratar de hacer frente a esa presión abrumadora que amenaza con partirme en dos. Es doloroso, sí, pero mi cuerpo va cediendo poco a poco. No sé si por las caricias que le dedica a mi clítoris o por sus besos en mi espalda.

Rowan nota cómo voy cediendo y empuja un poco más. Se me escapa otro gemido ahogado.

—Joder, Hedda.

La forma en que dice mi nombre me hace cerrar los ojos. Parece estar a punto de perder la cabeza. Entonces me doy cuenta de que está haciendo un gran esfuerzo para no hundirse hasta el fondo.

—¿Estás bien? —Me besa la nuca—. ¿Quieres que siga?

Respiro con dificultad y logro asentir. Las lágrimas se acumulan en mis párpados. La sensación es brutalmente intensa. No he sentido nada igual en toda mi vida.

Rowan consigue enterrarse hasta la mitad.

—Qué bueno, joder.

Ahora mismo no sé si lo que siento es dolor, placer o una mezcla imposible de ambos. Solo sé que Rowan se está abriendo paso dentro de mí y que no quiero que se aleje por nada del mundo.

Se retira apenas para entrar un poco más profundo. El ardor empieza a extenderse por mi vientre mientras sigue dibujando círculos sobre mi clítoris y yo me tumbo sobre la encimera, me pongo de puntillas y separo más las piernas.

Entonces empieza a follarme de verdad.

Empuja cada vez más hondo mientras mis gemidos llenan la cámper. Roxie ladra en el exterior y Rowan se ríe contra mi hombro.

—¿Te gusta, cariño? —Me muerde el cuello.

—Sí —suspiro, empujando el culo contra él—. Me estás destrozando, y aun así quiero más —digo con cierto agobio—. No lo entiendo.

Rowan suelta otro gruñido contra mi piel.

—Joder, cariño. Tú sí que me destrozas a mí.

Me rodea la cintura con un brazo y me levanta sin salir de mí. Me pilla tan desprevenida que grito su nombre.

—Te tengo —me tranquiliza.

Me lleva hasta la cama, se sienta en el borde del colchón y me acomoda sobre él, de espaldas a su pecho, con las piernas abiertas sobre sus muslos. Esta posición lo hunde más dentro de mí.

—Se acabó lo de ser suave contigo —murmura en mi oído—. Ya te he cuidado y te he preparado para recibirme. —Coge mis manos y las apoya en mis rodillas—. Ahora, quiero verte rebotar encima de mi polla.

¿Suave? Y una mierda. Tenemos un concepto muy distinto sobre lo que significa ser suave. Porque me arden los muslos, me tiemblan las piernas y estoy tan llena de él que no puedo pensar.

Pero entonces mi cuerpo decide por mí.

A pesar del dolor, me empujo con las manos para alzarme. Y me dejo caer un poco.

La sensación me atraviesa entera.

Es… es increíble.

Rowan me muerde el hombro.

—Joder, eso es. Qué bien recibes mi polla.

Su mano baja por mi vientre hasta encontrar mi clítoris. Me acaricia con movimientos firmes y circulares mientras reboto sobre su polla. Me siento demasiado llena. Es perfecto. La presión y el dolor se mezclan con un placer brutal.

Me muevo encima de él, con los muslos temblorosos y las manos clavadas en sus rodillas. Subo y vuelvo a dejarme caer, sintiendo cómo me abre de nuevo y me llena hasta que mi cuerpo termina de aceptarlo por completo.

—Así. Eso es, cariño. Móntame así.

Cierro los ojos.

El orgasmo me golpea sin avisar, con una violencia que me deja sin voz. Rowan apenas puede embestirme un par de veces más antes de correrse dentro de mi culo, con la cara enterrada en mi cuello.

No puedo ni respirar.

—Eso ha sido… —digo sin aliento.

—Eso he sido yo estrenando tu culo como se merecía.

Maldito arrogante.

No tengo fuerza para pegarle un codazo, pero al menos lo intento.

—Mi culo no volverá a ser el mismo por tu culpa —protesto con un hilo de voz.

—Me parece justo —responde de vuelta—. Porque yo no volveré a ser el mismo por tu culpa.