47 Hedda
Al día siguiente, terminamos de recorrer la isla de Frøya antes de dirigirnos a Hitra. Rowan conduce la cámper por carreteras estrechas y acantilados salvajes con absoluta destreza, así que no me queda más remedio que tragarme mis palabras sobre los conductores extranjeros.
En un pueblecito de pescadores, Roxie decide hacer de nuevo de las suyas, lo cual consiste en perseguir gaviotas, ladrarle al mar e intentar saltar por un acantilado. Menos mal que Rowan tiene buenos reflejos y la salva justo a tiempo, porque a mí casi me da un infarto.
Después, cruzamos en ferry con la furgoneta hasta la península de Fosen por recomendación de un pescador. Es una zona menos turística, perfecta para acampar en libertad. Allí dormimos junto a un bosque, con el mar al fondo y el cielo tan lleno de estrellas que parecen dibujadas con Photoshop.
Aunque dormir no es precisamente lo que hacemos.
Rowan decide recuperar el tiempo perdido y me come el coño en todas las superficies de la furgoneta: en la encimera, en el suelo, en la ducha y en el asiento del conductor.
También me folla en todas las zonas habitables mientras Roxie se entretiene fuera con un hueso enorme que le ha comprado para que no nos moleste cuando nos ponemos creativos.
De todos los lugares que visitamos, creo que Røros es mi favorito.
Es un pequeño pueblo que parece sacado de un cuento de hadas invernal, con sus casas de madera y las calles empedradas.
Esta tarde hemos visitado una granja de renos y he obligado a Rowan a hacerse una foto con Bjørnulf, un enorme ejemplar de pelo gris y astas descomunales con una mancha blanca en la frente.
Bjørnulf le ha bufado a Rowan y este se ha alejado tan deprisa que me a mí me ha dado un ataque de risa.
Ahora estoy sentada en el escalón de la furgoneta, envuelta bajo dos jerséis gruesos, tirándole una pelota a Roxie.
Me encantaría tener la energía de Roxanne.
Es increíble. Lleva más de una hora persiguiendo la pelota sin hacer una sola pausa.
Yo, por el contrario, estoy agotada, así que Rowan me ha dicho que me quedase aquí mientras él iba a comprar al supermercado.
Roxie me trae la pelota, la suelta junto a mi bota y me mira con la lengua fuera. Cuando no se la lanzo, me ladra ofendida.
—La última vez —le advierto.
Lanzo la pelota con todas mis fuerzas y ella sale disparada.
Observo el pequeño espacio frente a la furgoneta y pienso que podría diseñar un porche desmontable con una lona resistente al frío y al viento.
Un sitio donde sentarnos a tomar café o donde Roxie pueda echarse una siesta. Está claro que le daría mucho uso.
Rowan no me lo ha pedido, pero, teniendo en cuenta la velocidad a la que avanza nuestra relación, creo que no le importará que aporte mis propias ideas.
Estoy calculando las medidas en mi cabeza cuando veo aparecer a Rowan a lo lejos. Lleva dos bolsas. En la mano izquierda, la del supermercado. En la derecha, la de una boutique . Lo sé porque reconozco el logo impreso en el lateral.
Esta tarde, de regreso de la granja de renos, pasamos por delante del escaparate.
Yo me quedé mirando un vestido largo de punto fino en color verde bosque con una pequeña abertura en una pierna.
No soy mucho de vestidos, pero aquel me pareció cómodo y elegante.
Me imaginé llevándolo con mis botas de siempre sin sentirme disfrazada.
Estuve a punto de entrar a probármelo hasta que vi el precio de la etiqueta: ¡dos mil coronas!
¿Sabes cuántas herramientas podría comprar con ese dinero? ¿O cuántos materiales para una reforma?
No dudé en dar media vuelta. Total, soy una mujer de jerséis y vaqueros cómodos.
Justo entonces, Rowan regresaba de un puesto callejero de comprar dos pjalts [11] calientes, untados con mantequilla y queso.
Los comimos dando un paseo de vuelta a la furgoneta mientras yo intentaba no pensar en el vestido.
La ladrona de Roxie terminó robándome la mitad de mi pjalt de un bocado.
Creí que Rowan no se había dado cuenta, pero él siempre me observa, incluso cuando yo no lo veo mirarme. A veces tengo la impresión de que mi cara viene con subtítulos, porque le resulta demasiado fácil leer mis pensamientos.
Levanta la bolsa de la boutique .
Me pongo de pie de golpe.
—¡No, Rowan, es muy caro!
Su expresión pétrea me recuerda al hombre mandón que me ha follado durante las últimas noches en un montón de posturas indecentes.
—Dos mil coronas por un vestido es una barbaridad.
—No para mí.
—Pero no hacía falta que me lo regalaras —murmuro con la boca pequeña.
—Escúchame bien, cariño. Si quiero gastar mi dinero en verte con algo que te hizo sonreír durante tres segundos, lo haré.
Si quiero comprarte un vestido, unos zapatos, herramientas o cualquier cosa que crea que te hará ilusión, también.
—Me cuelga la bolsa de la mano—. No te lo estoy comprando porque crea que lo necesitas.
Te estoy consintiendo porque puedo, porque quiero, porque eres mía y porque me gusta cuidar lo que es mío.
—Engancha los pulgares en las presillas de mis vaqueros y me atrae hacia él.
Sus labios rozan los míos sin llegar a besarme y un cosquilleo eléctrico me recorre el vientre—.
Ahora, entra y pruébate el vestido. Quiero ver lo bien que te queda.
Entro en la furgoneta sin rechistar.
No porque Rowan me lo haya ordenado, con él me he dado cuenta de que no tengo un pelo de sumisa, sino porque puedo obedecerlo en el terreno sexual sin sentir que estoy perdiendo poder sobre mí misma en otras parcelas de mi vida.
En realidad, hay algo liberador en aceptar lo que me gusta sin juzgarme por ello.
Me puede poner arrodillarme, que me ate o me llene el cuerpo de moratones sin que eso me convierta en una mujer menos empoderada.
Porque Rowan no me reduce: me ofrece un lugar seguro donde puedo dejar de pelear contra mi propio placer.
El vestido es aún más bonito fuera del escaparate.
Me quito la ropa interior y lo deslizo por mi piel. Si quiere verme con el vestido, me va a ver bien.
—¡Rowan! —lo llamo.
No tarda ni dos segundos en entrar. Baja la vista por el escote, sus ojos se detienen en mis pezones marcados bajo la tela y se deslizan por mi cintura, hasta la abertura que deja ver una de mis piernas hasta medio muslo.
—Bueno —murmuro, de pronto demasiado consciente de mi piel desnuda bajo el vestido—. ¿Qué tal?
Su respuesta es cerrar la puerta de una patada. Roxie no me preocupa, pues he visto desde la ventana que le daba un hueso de res para que se entretuviera.
Rowan se pasa una mano por la barbilla y exhala por la nariz.
—No vuelvas a decir que un vestido es demasiado caro para ti.
Las mariposas revolotean en mi vientre.
Y, como soy una mujer con muy poco instinto de supervivencia, engancho dos dedos en la abertura del vestido y lo levanto apenas unos centímetros por el muslo. Sus ojos bajan de inmediato a mi cadera justo cuando dejo caer la tela otra vez.
—Hay algo que deberías saber —digo con una sonrisita traviesa—. No llevo bragas.
Sus ojos se oscurecen tanto que se tragan el azul y el verde de sus iris.
—Ese comentario te va a salir caro. —Corta la distancia que nos separa en dos zancadas, pero no me toca—. De rodillas.
Mis piernas registran la orden antes que mi cerebro. Mis rodillas tocan el suelo frío y él me observa desde arriba con la mandíbula apretada. Ya tiene un bulto enorme bajo el pantalón y yo me estoy relamiendo los labios.
—Sácame la polla —dice, sin apartar los ojos de mí.
Le desabrocho el cinturón con manos rápidas y después le bajo la cremallera. Tiro de sus calzoncillos hacia abajo y su polla salta hacia delante. Tiene el capullo cubierto de líquido preseminal.
—Tócala.
Le acaricio desde la base hasta la punta, pasando el pulgar por el capullo para recoger las gotas. Rowan me recoge el pelo con las dos manos.
—Métetela en la boca.
La cojo con ambas manos y deslizo la punta entre mis labios. Entorno los ojos para mirarlo desde abajo. La satisfacción que se dibuja en su cara hace que me arda todo el cuerpo.
—Chúpamela como sabes que me gusta, cariño.
Giro la lengua alrededor de su polla. La lamo desde la base, prestándole especial atención a la punta y presionando los labios contra el glande.
El siseo que se le escapa me indica que voy por muy buen camino.
Y, cuando gimo mientras se la chupo, me suelta el pelo, coloca las manos sobre mis orejas, empuja las caderas y me penetra hasta la garganta.
—Joder, sí, justo así —dice, echando la cabeza hacia atrás—. Eres buenísima. Justo así.
Empuja las caderas y me penetra hasta la garganta. La baba resbala por mi comisura mientras me ahogo con su polla. Al encontrar cierta resistencia, me inclina un poco la cabeza para poder enterrarse hasta el fondo. Y, ahora sí, me folla la boca sin piedad.
Ni siquiera me ha tocado y ya estoy chorreando.
—Mírate —gruñe con la voz áspera—. Con este vestido y mi polla en la boca, estás guapísima.
El comentario me provoca un gemido ahogado. No es solo cómo me toca o me mira, sino las cosas que me dice. Sabe perfectamente qué teclas tocar para deshacerme por dentro.
—Te gusta que te diga esas cosas, ¿verdad, cariño?
Asiento y le rodeo la base con una mano. La otra la llevo a sus testículos y se los aprieto tal y como he averiguado que le encanta. Rowan suelta un gruñido tan bajo que se me clava entre las piernas.
—Pequeña tramposa.
Me coge por los hombros y tira de mí hacia arriba. Su boca me besa con hambre mientras me sube el vestido por los muslos. Luego me da la vuelta hasta dejarme de cara a la encimera.
—Agárrate.
Apoyo las manos en la madera. Rowan se coloca detrás de mí y me abre las piernas con la rodilla. Luego, me acaricia entre los muslos empapados. Va directo al clítoris y me doblo hacia delante cuando lo pellizca con dos dedos.
El dedo anular de su mano izquierda presiona mi otro agujero.