46 Hedda #3
—Voy a reclamar todas las partes de tu cuerpo. —Me muerde el cuello hasta arrancarme un sollozo—. Vas a responder solo ante mí. Mi polla es la única que te llenará el coño, la boca y el culo.
Asiento con la cabeza. Las lágrimas me corren por las mejillas. Si quisiera mi culo en este momento, se lo ofrecería sin pudor. Aunque aún no esté preparada.
Se me escapa un gemido de protesta cuando sale de mi interior.
Giro la cabeza hacia él con una mirada de reproche que se encuentra con su sonrisa arrogante.
Tres segundos después, Rowan está sentado en el borde de la cama y me coloca encima de él, de espaldas a su pecho.
Mis piernas quedan abiertas sobre sus muslos y su brazo me rodea la cintura.
Su otra mano se cuela entre mis piernas.
Entonces me doy cuenta de lo que se propone.
Estamos de cara a la ventana de la furgoneta.
Nuestros cuerpos desnudos se reflejan en el cristal oscuro.
Veo mi cuerpo tembloroso sobre el suyo. Tengo marcas de mordiscos y dedos por todas partes.
Me fijo en mi coño húmedo. Mis ojos se encuentran con los suyos justo cuando vuelve a hundirse dentro de mí.
Me quedo sin aire.
—Mírate —me dice al oído, mordiéndome el cuello—. Mira qué sexi eres.
No puedo apartar la vista de nuestro reflejo.
Rowan me levanta por las caderas para entrar y salir de mí. Su pulgar traza círculos lentos sobre mi clítoris.
La mujer que hay en la ventana parece una desconocida. Me gusta. No quiero dejar de ser ella nunca.
—No apartes los ojos. Quiero que veas cómo te corres conmigo dentro. Quiero que recuerdes esta imagen cada vez que intentes alejarme de ti: tú, abierta, mojada, temblando y corriéndote en mi polla.
Sus palabras me destruyen de la mejor forma.
Me corro mirando nuestro reflejo, con mis ojos perdidos en los suyos. Rowan reclama mi boca y su lengua se bebe mis gritos.
Su brazo se cierra alrededor de mi vientre y me inmoviliza contra su cuerpo. Me mantiene clavada en su polla mientras su otra mano sigue acariciándome el clítoris para prolongar mi orgasmo hasta que empiezo a sollozar contra su boca.
Noto cómo me llena con su esperma caliente y cierro los ojos, incapaz de seguir mirándonos. Él entierra la cara en mi cuello y me rodea con los dos brazos como si fuera a partirse en dos si me soltara. Su respiración cálida me hace cosquillas en la piel.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que me aparta el pelo sudado de la cara con cuidado, como si hace un minuto no me hubiera follado hasta hacerme llorar. Sus labios me rozan la sien y van recorriendo los chupetones y mordiscos que me ha dejado por el cuello, la clavícula y los pechos.
Tengo la prueba de su brutalidad grabada por todo mi cuerpo.
—Estoy bien —susurro.
—Calla —se enfurruña—. Déjame cuidar de ti.
Me levanta entre sus brazos y me lleva al baño ridículamente pequeño de la furgoneta.
No cabemos los dos, así que me sienta sobre el inodoro, abre el grifo para regular la temperatura hasta que el agua sale tibia y dirige la alcachofa por mi cuerpo magullado.
Se me escapa un gemido cuando me enjabona con mimo.
La paciencia y la delicadeza resultan más vulnerables que cualquier palabra. Cuando termina, me envuelve con una toalla y me lleva de vuelta a la cama. Luego, busca una camiseta suya y me la pone. Sus labios se posan en mi frente durante un largo instante. Después, me arropa bajo las sábanas.
Sin decir nada, desaparece hacia el baño.
Me quedo tumbada de lado, con el cuerpo relajado mientras escucho el agua de la ducha correr.
Cuando sale del baño con el cuerpo húmedo, sin camiseta y con unos pantalones de chándal bajos en la cadera, se seca el cuello con una toalla, recoge nuestra ropa del suelo y la mete en la lavadora.
Excepto la camiseta que me ha roto, que tira a la basura.
Se dirige al panel que separa la parte trasera de la furgoneta de los asientos delanteros y deja salir a Roxie.
—Vamos, chica.
Rowan abre la puerta para que Roxie salga a hacer sus necesidades.
El aire frío de la noche entra en la furgoneta y me arrebujo dentro de las sábanas.
Ya me estaba quedando dormida cuando los escucho entrar.
Tengo los ojos cerrados y supongo que Roxie se duerme en la camita que hay justo debajo de la nuestra.
Rowan cierra la puerta, vuelve a colocar el panel, apaga las luces y se mete bajo las sábanas detrás de mí. El colchón se hunde bajo su peso y yo aprieto más los ojos para hacerme la dormida.
Soy absolutamente feliz cuando se pega a mi espalda y me abraza para hacer la cucharita. Rowan me besa el hombro y hunde la cara en mi pelo. El corazón me aletea dentro del pecho.
—Mi vida no es la misma desde que te conocí —murmura con voz adormilada, estrechándome entre sus brazos—. Antes de ti solo había ruido, peleas y sangre. —Me envuelve también con una de sus piernas por encima de las mías—. No quiero volver a ese infierno.
Su brazo se cierra un poco más alrededor de mi cintura.
Llevo una mano a la suya y entrelazo nuestros dedos. Rowan se tensa un poco al descubrir que estaba despierta. Supongo que no estaba listo para hacerme esa confesión, pero no le permito desdecirse.
—Yo salí una vez del infierno —susurro, apretando sus dedos—. Ahora puedo quedarme contigo mientras tú aprendes a salir del tuyo.