STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 46 Hedda #2
66%

46 Hedda #2

El orgasmo me recorre la espina dorsal y me arqueo encima de él, clavándole las uñas en los brazos mientras mis caderas se mueven solas contra su erección.

Rowan entierra la cara en mis pechos y me invita a exprimirlo hasta que termino desmadejada, con la frente apoyada en la suya, completamente hecha polvo.

Este hombre va a acabar conmigo.

Pero no me da tiempo a recuperarme. Aún estoy intentando respirar cuando mete los dedos en la cinturilla de mis pantalones y tira hacia abajo.

Me quita los pantaloncitos y las bragas de un tirón.

Luego me agarra el culo con las dos manos y, antes de que pueda entender lo que pretende, me levanta y me arrastra hacia arriba.

Justo hacia su cara.

Mis rodillas quedan a cada lado de su cabeza. Mi coño, peligrosamente cerca de su boca. El corazón me da un vuelco y me agarro al cabecero de la cama para no caerme encima de él.

—¿Qué… qué haces?

Rowan me sujeta de las caderas y me acerca más a su boca de un tirón.

—Comerte el coño. —Gira la cara y me muerde el interior del muslo derecho. El pulso me golpea entre las piernas—. Tu estúpida regla sobre el sexo oral queda revocada.

—No puedes revocar una regla mía. —Entro en pánico.

Me lanza una mirada iracunda.

—Acabo de hacerlo.

Intento apartarme un poco, no porque no quiera probar lo que sé que será el mejor sexo oral de mi vida, sino porque, en esta postura, me siento demasiado expuesta. Mido un metro setenta y dos y no soy un saco de huesos. Me da cosa hacerle daño.

Él me clava los dedos en las caderas.

—Ni se te ocurra moverte.

—Pero peso mucho —murmuro con la cara encendida—. Te voy a aplastar.

Me mira como si eso fuera lo más ridículo que ha oído en su vida.

—No pesas mucho. Estás perfecta. Y, como vuelvas a insinuar que te sobra un solo gramo, te voy a poner de rodillas y te voy a abofetear el coño hasta que me ruegues que te lo coma para calmar el ardor.

—Me aprieta el culo y me baja de nuevo hacia su boca—.

Tú estás hecha para mí, cariño. Ya estás goteando sobre mi boca.

Ahora, siéntate en mi cara y deja que te coma el coño.

Me arden el cuello, las mejillas, el cuerpo entero.

Sus dedos se hunden en mis muslos.

—No me hagas repetirlo.

Me obliga a bajar y me sostiene la mirada. Dios de mi vida. Esto es lo más sucio e íntimo que he hecho jamás.

Me dejo caer y su lengua me recorre la hendidura de arriba abajo. Es un lametón lento y decidido que hace que mi todo mi cuerpo se sacuda. Pierdo el equilibrio y estoy a punto de golpearme la frente contra el cabecero.

—Eso es. —Otro lametazo—. Buena chica.

Y entonces me devora con ganas.

Aplana la lengua y me lame de arriba abajo sin delicadeza alguna. El primer lametón me deja sin aire. El segundo me arranca un gemido tan roto que me clavo los dientes en el labio inferior.

Sus manos me sujetan con firmeza por los muslos, manteniéndome bien abierta sobre su boca para que pueda devorarme sin pudor. Cuando se detiene en mi clítoris, un sonido obsceno brota de mis labios.

—Rowan…

Su respuesta es un gruñido contra mi coño.

Dejo caer la cabeza y me agarro al cabecero.

Rowan no aparta los ojos de los míos. Y ahí me queda claro que no odiaba el sexo oral en absoluto, sino que no había encontrado a un hombre que lo hiciera bien.

Lo odiaba porque siempre me había sentido expuesta, demasiado consciente de mi cuerpo y de la necesidad de fingir que me gustaba más de lo que realmente me gustaba para no herir el orgullo del machito de turno.

Pero claro, hasta el momento, nunca me había sentado en la cara de un pelirrojo devoto y hambriento que me come el coño mientras me mira a los ojos desde abajo.

Rowan levanta la mirada. Le estoy tirando del pelo. Ni siquiera me había dado cuenta.

Me preocupa pasarme de la raya, así que levanto un poco el culo y me agarro de nuevo al borde del cabecero. Los dedos de Rowan se clavan en mis muslos y vuelve a bajarme de un tirón.

—He dicho que te sientes en mi cara, no que levites encima de mí.

—Pero…

—Si vuelves a apartarme, voy a asumir que quieres que te ate al cabecero y te lo coma hasta que te quedes sin voz.

Dios.

Ay, Dios.

Esa amenaza provoca que me arda la piel y me deje caer por completo contra su boca. Ahora sí, Rowan emite otro gruñido satisfecho y arrastra la lengua por toda mi hendidura. Cuando se centra en el clítoris, me tiemblan los muslos y se me ponen los ojos en blanco.

Cielo santo. ¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin esto?

Me succiona el clítoris y mis muslos se cierran alrededor de su cabeza, pero él los separa con las manos y me obliga a quedarme abierta para él. Me lanza una mirada fulminante.

—No escondas mi coño.

La frase prende fuego a mis terminaciones nerviosas.

Maldito hombre.

Ya está. Se acabó. Él gana.

Me agarro al cabecero y empujo las caderas contra su boca. Él me lame con hambre y una satisfacción de lo más sucia. Cada vez que tiemblo, me sujeta para que no me escape, y yo gimo un poco más fuerte.

Su lengua se hunde en mi coño y empieza a moverse dentro de mí.

—Joder —suelto sin aire.

Rowan mete la lengua tan dentro de mí que empieza a follarme con ella.

Dentro y fuera. Nunca había sentido nada igual.

La sensación es tan íntima y distinta a cualquier cosa que haya sentido antes que pierdo por completo el control de mi cuerpo.

Suelto el cabecero y mis manos bajan a su pelo.

Se lo agarro, acariciándole el cuero cabelludo con las yemas de los dedos.

Tirando con fuerza. Frotándome sin un ápice de vergüenza contra su boca.

Me estoy follando su cara. O me está follando el coño con su lengua. No lo tengo claro, pero me encanta.

Ya no me preocupa pesar demasiado, parecer desesperada o pensar en que luego tendré que mirarlo a la cara recordando que le he follado la boca como una salvaje.

—Eso es. —Rowan me sujeta el culo con ambas manos y vuelve a meterme la lengua en el coño—. Úsame.

El mundo se reduce a su lengua y a esa presión insoportable que se acumula en mi vientre.

Rowan no deja de lamerme, besarme y follarme con la lengua hasta mucho después de que el orgasmo me rompa por dentro y me corra en su cara.

Y yo me arqueo encima de él, le tiro del pelo y doblo las rodillas a ambos lados de su cabeza.

El orgasmo es brutal. Una colisión que me deja desmadejada, con las mejillas cubiertas de lágrimas mientras le peino el pelo. No sé si lo hago por puro agradecimiento o para calmarme a mí misma.

Cuando consigo mirarlo, con el pecho lleno de una emoción reconfortante, Rowan tiene los labios hinchados y brillantes por mi excitación. El pelo cobrizo le cae desordenado por la frente y los ojos le brillan con una ferocidad que me pone la piel de gallina.

—Con diferencia —dice con la voz ronca—, tu dulce coño es mi parte favorita.

No me da tiempo a recuperarme. Todavía estoy respirando a trompicones cuando me empuja para tumbarme bocarriba en el colchón.

Mi espalda rebota sobre el edredón y él se coloca encima de mí.

No me da tiempo a prepararme. Se saca la camiseta por la cabeza y se baja los pantalones y los calzoncillos.

Un instante después, me separa las piernas con una rodilla y me penetra de un fuerte empellón.

—Ah, joder —jadeo, clavándole las uñas en la espalda.

Rowan hunde la cara en mi cuello. Se queda quieto dentro de mí. Se ha enterrado tan profundo que me duele hasta respirar.

—La hostia, qué bueno, cariño —murmura contra mi piel—. Estás hecha para mí.

Mi interior no tarda en adaptarse a él. Noto cómo me voy ensanchando para recibirlo y la presión da paso a un calor húmedo y abrasador. Rowan se apoya en los codos y sale de mí para volver a enterrarse con otro empujón.

Los dos jadeamos.

Sus dientes me marcan donde pilla: los brazos, los pechos, el cuello. Quiere dejar constancia de que me ha poseído. Y a mí me encanta.

Le araño la piel de la espalda con las uñas. Él me envuelve la garganta con una mano y me obliga a mirarlo mientras reduce el ritmo de las embestidas hasta convertirlo en una tortura lenta.

—¿De quién eres?

Mi pulso late contra sus dedos.

—Tuya —jadeo.

Los ojos de Rowan se oscurecen. El azul se convierte en un mar tormentoso; el verde, en un bosque bañado por la noche.

—Dilo otra vez.

—Tuya —contesto sin dudar.

Me besa con fuerza. Me devora la boca y se entierra más hondo dentro de mí.

—Absolutamente perfecta —dice contra mis labios—. Y yo soy tuyo, mi reina.

Antes de que pueda asimilar sus palabras, me envuelve por la cintura y me coloca a cuatro patas sobre el colchón. Se me corta la respiración cuando vuelve a enterrarse en mí desde atrás.

Me encanta que me folle duro.

Su boca se posa en mi nuca. Su polla me revienta a base de empellones fuertes. Su pulgar me frota el clítoris. Uno de sus dedos roza mi ano.

Pego un respingo sobre el colchón cuando lo introduce hasta la primera falange.

—Yo nunca… —balbuceo, tensándome—. Nunca lo he hecho por ahí.

Esa confesión parece volverlo loco. Lo noto en la forma en que su respiración se acelera contra mi nuca y en cómo se tensa detrás de mí.

Recoge mi propia humedad con los dedos y vuelve a lubricarme usando mis fluidos.

Cuando suma otro dedo al anterior, la presión es tan intensa que también la siento en el coño.

Tengo que apretar los dientes para no gritar.

Si no soy capaz de aguantar dos dedos, de ningún modo aguantaré esa polla monstruosamente grande en mi culo.

—Respira —me ordena al oído—. Eso es. Buena chica.

El elogio me deshace mientras me dilata con sus dedos. Su pulgar me frota el clítoris, y esa mezcla de placer y dolor me lleva a un territorio desconocido.

—Eso es —murmura contra mi cuello—. Así.

No me reconozco al empujar el culo contra sus dedos en busca de más. Suelto un gemido ahogado cuando sus dedos entran y salen de mí con más violencia.