STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 46 Hedda
65%

46 Hedda

No aguanto más.

Después de varios días viajando con Rowan en los que ha tenido una paciencia infinita y apenas nos hemos dado un puñado de besos, estoy que me subo por las paredes. Tampoco ayuda despertarme cada mañana con sus dedos hundidos en mi cadera y su polla dura contra mi culo.

Voy a perder la cabeza si no me folla.

Nunca me he considerado una persona particularmente fogosa, pero ahora entiendo que mi falta de libido se debía a que no había encontrado al hombre que supiera tocarme como a mí me gusta que lo hagan.

Estoy cansada de contenerme.

Estoy cansada de actuar como si no lo hubiera perdonado por lo de la cabaña.

Estoy cansada de fingir que no me pone que me mire como si me hubiera desnudado cien veces en su cabeza.

Apoyo las manos en sus hombros y me siento a horcajadas encima de él. Su reacción es inmediata: me sujeta por los muslos, de modo que ya no tengo escapatoria.

—Rowan…

—Bésame de una puta vez, Hedda.

Mis labios chocan contra los suyos.

Su boca es posesiva y dominante. Dios mío, me encanta. Ningún hombre me besa como Rowan Steel, porque él me devora como si el mundo estuviera a punto de acabarse y hubiera decidido que nuestros últimos segundos merecerán la pena.

Su lengua me lame los labios y explora el interior de mi boca con auténtica codicia.

Una de sus manos se hunde en mi pelo y la otra me agarra de la nuca.

Saquea mi lengua con tal intensidad que, si no estuviera sentada encima de él, perdería el equilibrio.

Me muerde el labio y me arranca un montón de gemidos obscenos que me roban la poca dignidad que me quedaba.

—Ya era hora, joder —gruñe contra mis labios.

Enrolla mi pelo en su puño, tira de mi cabeza hacia atrás y me clava los dientes en el cuello.

Un sonido ronco brota de mi garganta. Su lengua recoge las gotas de líquido caliente que resbalan por mi piel.

Dios, me ha hecho sangre—. Me encantan tus ruiditos —gruñe contra mi cuello—.

Suenas absolutamente desesperada, cariño.

Como si por fin hubieras aceptado que tu coño me necesita.

El cuello me palpita por el dolor, pero ese ardor se cuela por mis muslos. Aprieto las piernas y dejo caer la cabeza. Lejos de enfadarme, me froto como una gatita mimosa contra su erección.

Rowan me da otro tirón del pelo para exponerme otra vez el cuello.

—Así te quiero: hecha un desastre y rogando por más.

Su boca baja por mi cuello y estoy segura de que siente mi pulso disparado contra sus labios. Me agarro a sus hombros cuando sus dientes me rozan la garganta.

—Rowan, vas a dejarme marcas —jadeo.

Me agarra del cuello para que lo mire. En sus ojos brilla una emoción salvaje.

—Así todos sabrán de una maldita vez a quién perteneces.

Sus labios me succionan la delicada piel donde se unen mi cuello y mi hombro hasta arrancarme un sollozo entrecortado. El golpe de calor que me atraviesa es tan intenso que tengo que apretar los muslos alrededor de sus caderas.

Rowan baja las manos hasta mi culo y me aprieta contra su erección. Mi siguiente gemido se ahoga contra su boca. Las palmas de sus manos se estrellan contra mi culo con tanta fuerza que un placer intenso explota en mi centro palpitante.

—¿P-por qué has hecho eso? —balbuceo con los ojos vidriosos, intentando decidir si me ha horrorizado o encantado.

Mucho me temo que ha sido lo segundo. Tengo las bragas empapadas.

Rowan me mira como si acabara de confirmarle algo horrible y que le encanta.

—Porque llevas días negándome lo que es mío y estoy cabreadísimo contigo.

Me aprieta el culo con las manos y me pega más a su erección. Un segundo después, las palmas de sus manos vuelven a estrellarse contra mis nalgas. El chasquido retumba en la furgoneta.

Mi cuerpo se sacude encima del suyo. Sus manos me masajean el culo y el ardor se transforma en una sensación deliciosamente intensa que se concentra en mi bajo vientre.

Me froto contra su erección sin pensar, desesperada por más, intentando encontrar el alivio que me niega.

Algo tira de mi cabeza hacia atrás. Rowan me agarra el pelo para detenerme. La tensión en mi cuero cabelludo me arranca otro gemido.

—No te he dado permiso para frotarte como una putita.

—La cara me arde por sus palabras. Sus puños se enrollan en mi pelo hasta que se me corta la respiración—.

Ahora vas a escucharme bien, porque parece que el tiempo ha hecho que se te olvide quién está al mando.

—Trago saliva. Su erección palpita contra mis muslos—.

Tu coño no se frota si yo no digo que se frote.

Tu culo no se mueve si yo no lo agarro. Y tu placer me pertenece hasta que decida devolvértelo.

No recuerdo haber estado tan excitada en toda mi vida. Es insoportable.

—Por favor —suplico, absolutamente desesperada—, por favor…

Rowan inclina la cabeza como si mi súplica le divirtiera.

—¿Por favor, qué?

Cierro los ojos. Me estoy muriendo de vergüenza y de deseo. Me estoy muriendo por él.

—Deja que me corra.

—Aún no.

Gimoteo frustrada e intento mover las caderas otra vez, pero Rowan vuelve a inmovilizarme.

—Llevas días durmiendo a mi lado. Torturándome.

Días con este culo perfecto pegado a mi polla.

Días haciéndote la digna mientras yo me despertaba duro y dolorido.

Y ahora vienes, te subes encima de mí, me gimes en la boca y esperas que sea bueno contigo.

—Me acerca a su cara y me lame muy despacio el labio inferior—. No, cariño. Estoy cabreado contigo.

El pulso me late entre las piernas. Eso no debería emocionarme tanto.

—¿Cabreado?

—Muchísimo. Me has privado de lo que es mío durante demasiado tiempo. Y no soy precisamente conocido por mi paciencia. Así que, ahora… —Me pellizca un pezón por encima de la camiseta del pijama—, te vas a correr cuando yo lo decida. Ni un segundo antes.

Sus manos suben por mi cintura, encuentran la parte superior de mi pijama y tiran hasta rasgar la tela en dos. La camiseta se desgarra con un sonido seco. Arqueo la espalda cuando el algodón me roza los pezones duros antes de que Rowan lo arroje al suelo.

Su mirada hambrienta resbala por mis pechos.

Me está mirando como si fuera la primera vez que me ve medio desnuda.

Se incorpora, me rodea la cintura con un brazo y se lleva un pezón a la boca.

Cuando se me escapa un sollozo ahogado, gruñe con satisfacción y lo succiona con fuerza.

Me agarro a sus hombros mientras su lengua rodea el pezón, lo lame y lo tortura.

Luego cambia al otro pecho y lo muerde también, arrancándome todo el aire de los pulmones.

—¿Te he dicho alguna vez cuánto me gustan tus tetas?

No logro responder.

No lo recuerdo.

Ahora mismo, no sé ni cómo me llamo.

Estoy acalorada, febril y cada roce de su lengua me parece una tortura exquisita.

Ante mi silencio, Rowan se aparta con la expresión teñida por la contrariedad.

—¿No? —Toma mi silencio por una negativa. Parece ofendido consigo mismo—. Eso es imperdonable.

Me acaricia los pezones con los pulgares. Me toca con una mezcla de posesividad y devoción que me enloquece. Si esta es su forma de castigarme, cielo santo, quiero más. Lo quiero absolutamente todo de este hombre.

—Son mi tercera parte favorita de tu cuerpo.

—¿La tercera?

Siempre he dado por hecho que son la mejor parte de mi cuerpo.

—La segunda, por supuesto, son tus ojos.

No me da tiempo a procesar la frase.

Rowan me sujeta la cara con una mano y cierro los ojos por instinto. Entonces me besa primero un párpado y luego el otro.

El gesto es tan devotamente cursi que me ablanda el corazón. Aunque le encante marcar y morder mi cuerpo, también lo enloquecen las partes de mi cuerpo que no puede conquistar con los dientes.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, me está mirando como si quisiera comerme viva.

—¿Y la primera? —pregunto con la voz hecha polvo.

Una sonrisa indolente le curva los labios. Joder, está guapísimo con el pelo cobrizo despeinado por mis dedos y las mejillas sonrojadas.

—La primera voy a tenerla en la boca dentro de dos minutos. —Se me corta la respiración cuando vuelve a acercar la boca a mis tetas—. Pero, antes, voy a comerte las tetas hasta que te dé vergüenza lo mucho que puedes correrte sin que te toque el coño.

Me succiona los pezones hasta que el placer se mezcla con el dolor. Los lame, los muerde y los pellizca entre sus dedos mientras su boca hambrienta pasa de uno al otro.

Yo no puedo dejar de moverme encima de él, frotándome contra su polla por encima de nuestra ropa en busca de alivio.

Estoy completamente ida.

—¿Qué te había dicho sobre frotarte?

—Por favor, Rowan, por favor…

—Qué injusta es la vida, joder. —Su risa vibra contra mis pechos—. Seguro que sabes que te daría el mundo entero cada vez que dices: «Por favor, Rowan». —Me da un mordisquito en el pezón derecho—. Me tienes cogido por los huevos, y los dos lo sabemos.

Me tomo sus palabras al pie de la letra.

—Por favor, Rowan, deja que me corra.

Sus manos bajan a mi culo y me obligan a moverme más lento.

—Apuesto a que puedes correrte si te como las tetas.

Asiento con énfasis. Rowan se ríe contra mi piel.

—Claro que puedes, cariño. Me estás mojando los pantalones.

Muevo la cabeza de forma frenética. Me da igual lo desesperada que parezca porque, sorpresa, estoy desesperada.

Me muevo sobre él, cada vez más rápido, hacia delante y detrás, sintiendo su polla dura debajo de mí y su boca cerrándose sobre mi pezón derecho mientras sus dedos me pellizcan el izquierdo.

Madre mía.

Por todos los dioses.

El placer se enrosca alrededor de mi ombligo y baja por mis muslos como lava ardiente.

—No pares —jadeo, sujetándole la cabeza contra mis pechos—. Por favor, Rowan, por favor.

Su respuesta es un gruñido animal.

Sus labios me succionan con más fuerza y me corro con un grito.