45 Rowan #2
Sabe lo que acabo de hacer, pero, aun así, responde con el entusiasmo de una persona que admira a sus padres.
—Lo suyo fue amor a primera vista. Mi padre dice que se enamoró de ella cuando la vio salir del fiordo.
Era verano y ella se estaba dando un baño.
Se pone colorada cada vez que él la compara con una sirena, pues él asegura que lo dejó hechizado con su belleza.
Aunque mi madre dice que se enamoró de él porque descubrió que le gustaba estar en silencio a su lado.
—Saca el móvil y me enseña una foto de dos personas de mediana edad abrazados en una playa de arena blanca.
Ha heredado la piel, el pelo y los ojos de su madre, pero la sonrisa afable es de su padre—.
Se han comprado una casa en Marbella y salen a navegar en su barquito todas las mañanas.
Llevan treinta años juntos y nunca los he visto discutir.
Cuando Lars le preguntó una vez a nuestro padre cuál era la clave del éxito de su matrimonio, él le dijo: «Siempre le doy la razón a tu madre, aunque crea que no la lleva, porque me casé con una mujer más lista que yo».
—Me cae bien tu padre.
Los hombres que valoran a sus mujeres son una excepción en este mundo de mierda.
Cuando un hombre pone a su esposa por encima de su propio orgullo, significa que tiene claras sus prioridades.
La mayoría presumen de dinero o de cuántas mujeres pueden tirarse, pero los hombres que merecen mi admiración son aquellos que siguen enamorados de la misma mujer treinta años después. Esos sí me parecen dignos de respeto.
—Es el hombre más bueno que conozco —asiente, orgullosa—. ¿Puedo hacerte una pregunta? Ya te he contado casi toda mi vida, pero no tienes que responder si no quieres.
—Dispara.
Odio hablar de mí, pero por ella estoy dispuesto a hacer una excepción.
—¿Qué hay de tus padres?
Supongo que ya estaba tardando en sacar el tema. Sin embargo, no me siento atacado después de que se haya abierto en canal a mí.
—A mi padre no lo conocí. Hasta los seis años, solo estábamos mi madre y yo.
Bueno, y el drogata de turno con el que se ilusionara hasta que lo echara de casa.
Pero entonces se quedó embarazada del peor de sus novios —digo sin emoción—.
Brad era, por decirlo suavemente, un grandísimo hijo de puta con las manos muy largas.
Al principio pensé que, si me portaba bien e intentaba pasar desapercibido, no le daría motivos para molerme a palos.
Pero él siempre encontraba alguna excusa: comía demasiado, no había cerveza en casa, respiraba muy fuerte…
—Dios mío, Rowan.
—Prefería que se desquitase conmigo antes que con mi madre o Alice —continúo con gesto inexpresivo—. El problema es que, cuando le daba por alguna de ellas, me asustaba tanto que me escondía debajo de la cama y no hacía ruido como un buen cobarde.
Me toca la pierna.
—Eras un niño —dice con suavidad.
—Alice es seis años más pequeña que yo —digo, avergonzado, recordando cómo se quitaba el cinturón para descargarlo en la espalda de mi hermanita—.
Cuando empecé a hacerme mayor, le supliqué a mi madre que lo abandonase y nos sacara de allí, pero ella siempre encontraba la forma de justificarlo.
A los catorce empecé a trapichear y a ganarme la vida como podía en aquel barrio de mierda para ahorrar y sacar de aquel infierno a mi hermana.
»A los dieciséis, mi padrastro encontró dónde guardaba mi dinero y se gastó todos mis ahorros en un televisor nuevo.
Cuando lo confronté, intentó darme una bofetada, pero me defendí por primera vez.
Y me echó de casa. Quise llevarme a Alice conmigo, pero mi madre dijo que prefería llamar a servicios sociales antes que dejarla al cuidado de un sintecho.
No tenía nada que ofrecerle, así que dejé los estudios y cogía cualquier trabajo que me salía.
»Dormía en el vestuario de un gimnasio y me dejaban entrenar a cambio de limpiar y hacer de sparring .
No he recibido más hostias en mi vida, pero la necesidad te hace aprender rápido.
—Sus dedos me aprietan la rodilla—. Empecé a boxear en peleas clandestinas para ganar dinero.
A los diecisiete, alquilé un pequeño estudio con lo que me saqué boxeando y trabajando como portero en una discoteca.
A los dieciocho, eché abajo la puerta de mi antigua casa y le dije a mi madre que la mataría a ella y a la basura que protegía si no me dejaba llevarme a Alice.
Un día antes, mi hermana me había llamado llorando y me suplicó que la sacara de allí.
Mi padrastro le había dado tal paliza que estuvo cinco días sin ir al colegio.
Hedda no se mueve. Su mano sigue anclada en mi pierna.
—Mi madre no paraba de insultarme y de gritarme que era un desagradecido, y que sin ella nos habríamos muerto de hambre.
—Aprieto los dientes al recordarlo—. Brad, en cambio, se quedó clavado en el sitio, con los ojos fijos en el agujero de la puerta.
Le pilló desprevenido que el mocoso enclenque al que estuvo dándole palizas durante tantos años hubiera echado músculos.
Alice recogió sus cosas y se vino conmigo. Nunca volvimos a pisar aquel tugurio.
Respiro hondo. Aún recuerdo cómo mi hermanita me apretaba la mano y me suplicaba que no la dejara volver allí. Jamás rompí aquella promesa.