45 Rowan
Hedda dice que no quiere perder el tiempo volviendo al pueblo a hacer la maleta, así que paramos en un supermercado Obs y recorremos los pasillos para llenar el carro de lo indispensable para las próximas dos semanas.
Compramos fruta, café, verduras, pan y carne, además de calcetines, ropa interior, camisetas y pantalones cómodos, cepillos de dientes y pijamas.
Treinta minutos después, salimos de Øysand y conducimos hasta Trondheim.
Allí vemos la impresionante catedral de Nidaros, con sus torres góticas que se recortan contra el cielo gris.
Después cruzamos el Gamle Bybro, el puente rojo de madera con el cartel que dice Lykkens Portal (El portal de la felicidad).
El barrio de Bakklandet parece sacado de un cuento, con sus casitas de madera de colores alineadas junto al río Nidelva.
Paramos a comer algo rápido en una cafetería mientras Roxie se sienta bajo la mesa y yo finjo no darme cuenta de que Hedda le da la mitad de su sándwich.
Hedda me contó que el puente se llama así porque se dice que quien cruza bajo sus arcos encontrará la felicidad.
Aunque no creo en las leyendas, empiezo a sospechar que esta sí es cierta, pues nunca me había sentido tan vivo como al estar con ella.
Luego vamos a Ladestien. Caminamos por el sendero costero y disfruto con el crujido de la hojarasca bajo mis botas mientras el aroma a salitre y pino fresco inunda mis fosas nasales.
Todo va bien hasta que Roxie decide darse un chapuzón y se lanza al agua con el entusiasmo de una nadadora olímpica.
Tres minutos después, comienza a sollozar en mitad del mar bravío y me toca quitarme las zapatillas y meterme en el agua para rescatarla.
El Báltico a finales de enero no es exactamente hospitalario.
Regresamos a la furgoneta como dos náufragos y Hedda me prepara un chocolate para que entre en calor. A Roxie le da un baño caliente y la seca con el secador mientras yo refunfuño que no se lo merece.
Esa noche cocino arenques con verduras en la minúscula cocina y me burlo de Hedda cuando se mete en la cama con ese ridículo pijama con estampado de renos y muérdago, pues era el único de su talla.
Al cabo de unos minutos se queda dormida en el centro de la cama, y yo tengo que apañármelas para ocupar un hueco minúsculo entre el borde del colchón y su espalda.
Aparte de un puñado de besos, no hemos ido más allá. No precisamente porque me falten ganas. Nunca me había dolido tanto la polla. Pero, mientras escucho su respiración tranquila, pienso que esta intimidad es más poderosa que cualquier interacción física.
***
A la mañana siguiente, me despierta el olor a café y mantequilla. Hedda ha cocinado huevos revueltos en la cocina diminuta de la furgoneta. La escena me recuerda a aquella mañana en la cabaña, y me digo a mí mismo que no cometeré de nuevo el error de alejarla de mí.
Sí, ya sé lo que estás pensando. Y no estoy para nada de acuerdo.
No veo ningún inconveniente en cuidarla, tratarla como a una reina y asegurarme de que nunca vuelva a sentirse poco querida mientras planeo asesinar a su hermano.
Una cosa no quita la otra. De hecho, diría que se complementan bastante bien si uno tiene la suficiente amplitud de miras.
Ella no tiene por qué enterarse.
Hedda solo conocerá la parte de mí que le prepara café, le calienta los pies cuando tenga frío y le recuerda todos los días que merece flores, orgasmos y un hombre dispuesto a destruir a cualquiera que intente hacerle daño.
Y, cuando llegue el momento de llorar la pérdida de ese farsante al que llama hermano, yo estaré allí para ofrecerle mi hombro.
Mis brazos. Mi cama. Todo lo que necesite para recomponerse.
En el fondo, le estoy haciendo un favor.
Lars Storm no merece formar parte de su vida.
Los huevos se han pegado un poco a la sartén porque es imposible regular la temperatura del viejo fogón, pero me parecen los mejores que he comido en mi vida.
Después de desayunar, conducimos hasta Bymarka tras malgastar diez minutos discutiendo porque Hedda no se fía de un extranjero conduciendo por las carreteras empinadas.
Hay que joderse. Al final, acepta a regañadientes tras soltar varias palabras en noruego, que sospecho que no son precisamente educadas.
Cuando llegamos al mirador de Gråkallen, las vistas son tan espectaculares que se le pasa el disgusto.
El fiordo se pierde entre las montañas y la ciudad es una miniatura desde aquí arriba. Hedda me aprieta la mano y sus ojos brillan antes de besarme, pero, justo en el instante que sus labios rozan los míos, Roxie se interpone entre nosotros y le da un lametón en la barbilla.
A la mierda el momento.
Por la tarde, bajamos hacia un lago cuyo nombre no recuerdo.
Hedda me explica la historia del bosque, de los senderos y de los refugios de montaña.
Yo la bautizo como WikiHedda. Al ver su expresión tensa, le aseguro que estoy de broma y entiendo que ha normalizado callarse para que no la tomen por una listilla.
A mí me pone muchísimo salir con una mujer más culta que yo y voy a asegurarme de que Hedda solo se calle cuando le dé la gana, no porque tema incomodar a los demás. Si alguien tiene un problema con que sea más lista que él, tendrá que discutirlo con mis puños.
Por la noche, hacemos una barbacoa. Estoy tan cansado que empiezo a quedarme dormido junto al fuego cuando Hedda me sacude el hombro.
—Rowan —dice con suavidad—. Despierta. ¡Mira!
Alzo la vista hacia el cielo. Un río de destellos verdes ilumina el horizonte y me deja sin palabras.
La aurora boreal es de una belleza sobrecogedora.
Unos minutos después, una boca con sabor a malvaviscos se apodera de la mía.
Por la noche, abrazados bajo las sábanas, nos dormimos sin hablar del beso.
Al día siguiente, conducimos hacia la isla de Frøya, un pintoresco lugar repleto de casas de pescadores.
Paramos en Hellasstranda y Hedda hace un porrón de fotos a Roxie persiguiendo a las pobres gaviotas.
Lo pasamos bien hasta que Roxie roba una caballa del puesto de un pescador y el hombre nos exige quinientas coronas.
Hedda empieza a discutir con él en noruego a una velocidad que me deja fuera de juego y me asegura que nos está intentando estafar, pues no debería cobrarnos más de cien coronas.
Le doy doscientas coronas para que se calle.
Ya nos estamos yendo cuando el pescador le grita algo en noruego.
Hedda tira de mí mano para que prosigamos nuestro camino, pero yo no me muevo del sitio.
Sé que la ha insultado. Se lo noto en la cara, por mucho que intente ocultármelo.
—¿Qué te ha llamado?
—Nada. Que le den.
—Le voy a partir la cara como no me traduzcas lo que ha dicho.
—Rowan, no.
—¿Qué te ha llamado?
—Déjalo. Ya está. No merece la pena.
—No te he preguntado si merece la pena. Te he preguntado qué te ha llamado.
Ahora mismo mi cabeza está imaginando el peor insulto posible, y eso significa que ese idiota debe sufrir unas consecuencias proporcionales al daño que te ha hecho.
—Me llevo su mano a la boca y le beso los nudillos—.
Nadie te falta al respeto mientras yo respire. Así que traduce, cariño.
Hedda resopla, frustrada. Sabe que no voy a dejarlo estar.
—Me ha llamado ladrona. Pero da igual. No me apetece que nuestra excursión acabe contigo detenido por agredir a un pescador que…
Antes de que termine la frase, me doy la vuelta y agarro a ese idiota por el cuello del jersey.
—Mi perra se ha comido tu caballa, tú te has llevado doscientas coronas.
Si mi novia cree que es justo, lo es, y punto.
Pero, si vuelves a insultarla, te juro que voy a amarrarte al muelle para que todas las gaviotas de la isla te picoteen la cara —digo entre dientes, zarandeándolo con cada palabra—.
Y ahora vas a mirarla a los ojos y a pedirle perdón.
Con respeto —remarco, clavándole otra mirada iracunda—.
Trátala como si estuvieras delante de la mujer más importante de este puto país.
No, qué coño. Trátala como lo que es: una diosa.
Y tú eres un pobre desgraciado que debería sentirse honrado de respirar el mismo aire que ella.
Así que pídele perdón antes de que me arrepienta de seguir siendo civilizado. Y hazlo bien. Que te creamos.
El pescador traga saliva. Se le ha quedado la cara del mismo color que el pescado muerto de su puesto.
— Beklager —balbucea—. ¡Lo siento! No debería haber dicho eso. Doscientas coronas es un precio más que justo. Te ruego que aceptes mis disculpas.
Lo suelto de un empujón.
El hombre se marcha con el dinero y Roxie se come la caballa, tan pancha. Al girarme hacia Hedda, me preparo para que me eche la bronca por haberla llamado «mi novia» y haber amenazado al pescador, pero ella se cuelga de mi brazo y gruñe:
—Eres imposible, Rowan Steel.
Luego le compro un helado para que se le pase el enfado y pienso que, definitivamente, todos deberían cruzar una vez en la vida el puente de Gamle Bybro, porque si la felicidad existe de verdad, se parece mucho a esto: viajar con una mujer que se ha metido bajo mi piel y con una perra ladrona.
Soy capaz de romperle los dientes a cualquiera que amenace a mis chicas.
Ahora estamos en la furgoneta. He castigado a Roxie a dormir en la parte delantera por el robo de la caballa y he corrido la cortina para improvisar una especie de celda.
Hedda está tumbada a mi lado mientras me cuenta una anécdota de su infancia.
Cada vez que menciona a Lars, intento no poner cara de arcadas.
—Os llevaríais bien.
—¿Quiénes? —Me hago el tonto.
—Mi hermano y tú. Si hicierais el esfuerzo de conoceros.
Se me revuelve el estómago cada vez que habla con ese orgullo fraternal del monstruo de Lars. El único esfuerzo que voy a hacer consiste en buscar un sitio donde enterrar su cadáver. Pero ella no tiene por qué saberlo.
—¿Cómo son tus padres?