44 Hedda
El sol empieza a ocultarse detrás de las montañas, y el cielo teñido de tonos grises y violetas se refleja en el agua.
A pesar del frío, estoy en la gloria dentro de la manta mientras asamos malvaviscos en la orilla.
Rowan, sentado a mi lado con las piernas estiradas, le lanza trocitos de zanahoria a Roxie.
Los dos la miramos como si fuéramos unos padres orgullosos y la escena tiene un aire de normalidad que me hace sentir muy cómoda.
No sabía qué esperar de la cita y agradezco que no me haya llevado a uno de esos restaurantes en los que se come poco y hay que ir vestido de etiqueta. Esta soy yo: la mujer que disfruta de un buen atardecer y de acampar en la montaña al calor de una fogata.
Con la cabeza apoyada en su hombro, me dejo llevar.
—Oye —me aclaro la garganta—, ¿te apetece hacer noche aquí?
—Claro. Me parece un plan perfecto.
Cuando alzo la vista y veo que sus labios se curvan despacio mientras observa el horizonte, comprendo que era su intención desde el principio.
Por eso no insistió cuando le dije que solo tendríamos una cita.
Sonriendo, le doy un codazo suave y él me pasa el brazo por los hombros para atraerme contra su cuerpo. Su calor corporal es el mejor refugio.
Un rato más tarde, el cielo se llena de estrellas y Rowan recoge los restos del pícnic. Después, junto a la furgoneta, empieza a preparar una pequeña barbacoa portátil. Lo observo en silencio mientras las chuletas chisporrotean sobre el fuego y Roxie se relame los bigotes.
—Estabas preparado por si pasábamos la noche juntos.
Rowan ni siquiera levanta la vista de la parrilla.
—Digamos que soy un hombre optimista.
Niego con la cabeza. Su perra es igual de optimista que él, pues ignora el cuenco de pienso y se sienta a sus pies, esperando que le caiga alguna chuleta.
—Y un secuestrador.
—No te he secuestrado. Estás aquí por voluntad propia.
—Me chantajeaste para que tuviéramos una cita.
—¿Se supone que tengo que arrepentirme?
—Encerraste a Magnus en su despensa. Tuve que llamar a Aksel para que fuera a abrirle porque resulta que Søren lo dejó ahí dentro.
Una emoción oscura brilla en sus ojos.
—No me gusta que te preocupes tanto por otros hombres.
—¡Y encima eres territorial, celoso y posesivo!
—No tienes ni idea de hasta qué punto.
Ay, Dios mío.
—Sabes que no tienes derecho a espantar a los demás hombres de mi vida, ¿verdad?
—No hay otros hombres en tu vida mientras yo siga respirando.
—Pues en la tuya tampoco hay otras mujeres.
Él ni siquiera duda.
—A la mierda todas. No me interesan.
—Genial, porque yo no pienso encerrar a ninguna de tus fans en una despensa. Si miras o tocas a otra, se acabó.
Enarca una ceja.
—¿El qué se acabó?
—Lo nuestro. —Intento sonar firme—. Yo no soy el segundo plato de nadie.
Una sonrisa lenta y peligrosísima le cruza la cara.
—O sea, que admites que somos una pareja.
Mierda. Acabo de caer en su trampa.
—Yo no he dicho eso —respondo deprisa—. Pero, si quieres una oportunidad conmigo, la fidelidad es muy importante para mí.
—No me supone ningún problema. Y espero lo mismo a cambio.
Antes de que pueda responder, me agarra por la nuca y tira de mí hasta pegar mi pecho contra el suyo. El calor de su cuerpo me nubla la cabeza.
—Si te atreves a tocar a otro hombre —murmura contra mis labios—, a sonreírle o simplemente a pensar en él, ese pobre desgraciado va a terminar enterrado a cinco metros bajo tierra en algún rincón del fiordo. Así que depende de ti que no termine con las manos manchadas de sangre ajena, Ojazos.
Lo miro horrorizada. Y un poco acalorada. Lo cual dice cosas preocupantes sobre mi estabilidad mental.
—Eso no es romántico —susurro.
Rowan me roba un beso fuerte y corto.
—¿No habíamos quedado en que soy territorial, celoso y posesivo?
Tiemblo contra sus labios.
—Estoy demasiado hambrienta para ponerte en tu sitio y exigirte que me lleves a casa.
Después de cenar, de que Rowan persiguiera a Roxie durante quince minutos porque la bribona robó la última chuleta, y de que me diera un ataque de risa al contemplarlos, entramos en la furgoneta. Nos aseamos en el estrecho baño y nos metemos en la cama.
La calefacción funciona, aunque emite un zumbido que decido aceptar como ruido blanco. Roxie duerme hecha un ovillo en su camita y nosotros nos apretujamos en la cama, demasiado pequeña. Otra cosa que tendré que reformar.
La furgoneta es bastante cutre, sí, pero el motor está en perfecto estado y tiene muchísimo potencial. El espacio está mal distribuido y el interior, lleno de muebles poco funcionales. Sin embargo, huele a limpio y Rowan se las ha apañado para darle un toque acogedor.
Estoy tumbada bocarriba, mirando el techo desportillado, cuando empiezo a imaginarlo.
Ampliaré el baño usando el hueco desaprovechado que hay bajo la encimera, donde ahora mismo solo hay una tabla mal encajada.
Convertiré el espacio bajo los asientos en almacenamiento para libros.
Elevaré la cama de Roxie sobre un pequeño cajón, junto a la puerta, para que no duerma en medio del suelo.
También reorganizaré la cocina para que el fogón y el fregadero no ocupen toda la encimera.
Con un poco de ingenio y Pinterest como inspiración, esta furgoneta podría convertirse un refugio ideal para viajar sin renunciar a la comodidad.
Y definitivamente tengo que instalar una claraboya y deshacerme de esa lámpara horrible.
Los muelles se me clavan en la espalda al darme la vuelta, y entonces me percato de que Rowan me está mirando fijamente.
—Ya estás pensando en cómo vas a reformarla.
—Estaba pensando en mis cosas —miento con la boca pequeña.
—Te conozco lo suficiente para saber que ahora mismo estás rediseñando el interior entero en tu cabeza.
Me incorporo sobre un codo, muy digna.
—Aún no te he dicho que sí —refunfuño, solo por llevarle la contraria.
—Ah, ¿no?
—No.
Echa los brazos hacia atrás y apoya la cabeza en ellos con absoluta despreocupación.
—Qué pena. Eres mi primera opción. Entonces, tendré que buscar a otra persona que me ayude a reformarla. ¿Me recomiendas a alguien?
—Ni se te ocurra —siseo.
El muy cretino ensancha la sonrisa y entiendo que he picado el anzuelo. Le clavo un dedo en el costado para vengarme y da un pequeño respingo. Me lanza una mirada asesina y baja los brazos para protegerse.
Vaya, tiene cosquillas. Es bueno saberlo.
No ha intentado un acercamiento sexual ni ha soltado ningún comentario con doble sentido.
A pesar de que tiene que hacer contorsionismo para que quepamos en la cama.
Solo está ahí, tumbado a mi lado, dándome el espacio que le pedí porque necesito tener el control para volver a confiar en él.
Sabe que eso nunca sucederá si siento que solo está interesado en acostarse conmigo.
—Tengo dos semanas de vacaciones. Bueno, en realidad, Johan me ha obligado a cogerlas porque dice que trabajo demasiado.
El caso es que no estaba en mis planes tener tanto tiempo libre y ahora no sé muy bien qué hacer.
Este verano haré un viaje con mi hermano, pero aún falta mucho tiempo y no sé cuándo volverá.
—No mueve ni un músculo y empiezo a ponerme más nerviosa.
Seguramente es una tontería, pero necesito quitármelo de encima—. Si te apetece, he pensado que…
—Sí.
—¿Cómo?
—Sí.
Me da la risa floja.
—¡Ni siquiera sabes lo que te voy a proponer!
—¿Implica pasar tiempo juntos?
—Sí.
—Entonces, sí.
Dios mío, es muy perseverante. Me encanta.
—Hace mucho que no hago turismo por mi propio país —le explico.
Oskar siempre insistía en viajar al extranjero y yo cedía todos los veranos—.
Y, bueno, ya que tenemos la furgoneta, podríamos aprovechar.
Ya sé que no es la caravana más lujosa, pero así me familiarizaré con ella antes de reformarla.
—Me incorporo un poco, animándome mientras hablo—.
No necesitamos grandes lujos para viajar. Tiene lo imprescindible.
—Sí, el colchón es muy cómodo —dice con sarcasmo.
—¡No seas estirado! —lo regaño. Mi espíritu campista y aventurero ama viajar ligera de equipaje—.
En Noruega existe el allemannsretten [10] , es decir, el derecho a la acampada libre.
Puedes dormir casi en cualquier sitio siempre que estés a más de ciento cincuenta metros de cualquier casa o propiedad privada.
Y puedes quedarte dos noches. —Rowan me escucha con atención, así que continúo con más entusiasmo—: En las zonas de montaña, incluso más.
Podríamos hacer la ruta de las luces: visitar la capital, ir a la playa de Ladestien, pasar por la isla de Frøya y el parque nacional de Dovrefjell.
—Mis manos se mueven solas, como si visualizara el mapa—. Y, con un poco de suerte, ver auroras.
Rowan guarda silencio, lo que me desanima bastante. Puede que me haya venido arriba. Al fin y al cabo, esto es solo una cita y él tiene que prepararse para su próximo combate.
—Pero tú tienes que entrenar —añado, asintiendo—. Dijiste que tu equipo iba a trasladarse a Noruega. No puedes cogerte dos semanas de vacaciones. Lo entiendo.
Su mano atrapa la mía.
—Hedda —mi corazón se acelera un poco cuando pronuncia mi nombre con ese acento británico un poco ronco—, dos semanas no son nada. Puedo entrenar a la vuelta.
—No te quiero distraer.
—Distráeme todo lo que quieras, cariño, te lo suplico. —Me frota el dorso de la mano con el pulgar—. No pienso perder la oportunidad de pasar dos semanas recorriendo Noruega contigo.
No sé qué decir. Una calidez inesperada se adueña de mi cuerpo. No es vértigo ni miedo, sino una sensación agradable que me invita a quedarme exactamente donde estoy.
—Yo conduzco.
Apoya la cabeza en la almohada, mira al techo y se echa a reír.
—Eso que tienes contra los conductores extranjeros empieza a parecer un prejuicio peligrosamente xenófobo —me pica.
—¡Retira eso!
—Aunque me parece sexi de la hostia verte al volante, en este viaje conduzco, pago y cocino yo. A partir de ahora, yo me encargaré de atender cada una de tus necesidades. No es negociable.
—Pero…
—No. Es. Negociable.
—Vaaale. —Finjo ceder a regañadientes. Será una reacción poco feminista, pero adoro que quiera cuidar de mí—. Si no hay más remedio.
El muy capullo sonríe triunfal.
Nos tumbamos de lado, uno frente al otro. La luz tenue ilumina sus facciones masculinas. Levanto la mano y le aparto un mechón cobrizo que le cae sobre la frente. Me atrevo a acariciar con cuidado esa línea blanca que le cruza la ceja izquierda.
—¿Cómo te la hiciste?
Espero que cambie de tema o que me suelte de malos modos que no quiere responder. Casi nunca habla de sí mismo. Sin embargo, apoya su mano sobre la mía para que no deje de tocarlo, como si mi contacto lo reconfortara.
—Mi padrastro me partió la cara a los once años y me dejó esto como recuerdo.
Acaricio la cicatriz con delicadeza.
—¿Te pegaba a menudo?
—No recuerdo un solo día en el que no me golpeara. —Se lleva mi mano a los labios y me besa los nudillos. Debe ver algo en mi cara, pues me sonríe con amargura y entrelaza nuestros dedos—. No pasa nada, nena. Fue hace mucho tiempo.
—Me gustaría pegarle —digo con repentina furia.
—Tranquila, me vengué.
Ya sé cómo se vengó: dejándolo en una silla de ruedas. Me niego a juzgarlo sin conocer toda la historia. Estoy segura de que se lo merecía.
No puedo imaginar el miedo que debió sentir durante su infancia. Yo crecí en un entorno seguro, con unos padres que me amaban. Fui una niña feliz y me sentí protegida. De pequeña, pensaba que todos los niños eran igual de afortunados que yo.
Acaricio su cicatriz una última vez porque me gustaría poder borrar ese pasado que sé que pesa entre nosotros.
Poco a poco, mientras el viento golpea suavemente la furgoneta y Roxie ronca a nuestros pies, el sueño nos vence con nuestras manos todavía entrelazadas.