43 Rowan #2
—Ah… —se ríe—, mi madre es bióloga marina.
Por eso se instaló en Noruega. Trabajó durante años en la Universidad Ártica antes de mudarse a Trøndelag, conocer a mi padre y desarrollar un proyecto pionero sobre los arrecifes de coral de agua fría del fiordo de Trondheim —me cuenta con orgullo—.
Estudiaba la Lophelia pertusa . Son corales que viven a decenas de metros de profundidad, en aguas oscuras y heladas.
Mi madre participó en varias inmersiones para protegerlos, además de colaborar en estudios sobre el impacto de la pesca de arrastre en los fondos marinos.
Ella siempre ha dicho que debajo del fiordo hay una ciudad entera. De ella heredé el amor por los fiordos.
No me sorprende. Hedda es un poco como este fiordo: por fuera parece calmada, pero por dentro hay algo valioso que no se descubre a simple vista.
—Y el color de tu pelo.
Enredo un dedo en un mechón suelto y ella pone los ojos en blanco.
—Sí, eso también. De pequeña lloraba y le suplicaba que me dejara teñírmelo porque quería ser igual que Lars. Él sí heredó el pelo rubio de nuestro padre.
Me la imagino de rubia y se me cae el alma a los pies. No se parece a su hermano ni en el blanco de los ojos. Gracias a Dios.
—Estarías feísima de rubia.
—Qué malo. —Me da un manotazo sin fuerza—. Por suerte, se me pasó la tontería al llegar a la adolescencia.
—¿También hay tiburones? —indago, deseando seguir escuchándola.
—¡Sí! —Se emociona de nuevo—. No son peligrosos.
El tiburón de Groenlandia vive en aguas muy profundas y puede superar los cuatrocientos años.
Son los vertebrados más longevos del planeta.
Su carne es tóxica y el corazón le late una vez cada diez segundos.
¡Y es un carroñero oportunista! En su estómago se han encontrado focas e incluso renos.
—Cada uno sobrevive como puede. Roxie se come los calcetines y todo lo que deje en la encimera.
La susodicha resopla y regresa a la manta para echarse otra siesta. Hedda suelta una carcajada y yo siento que hacerla reír es un premio más valioso que cualquier cinturón de boxeo.
—El tiburón peregrino se alimenta de plancton, a pesar de su tamaño imponente, y suele avistarse con frecuencia en las costas.
También hay mielgas, tiburones gato, marrajos y tiburones linterna —enumera de carrerilla—.
Y, si te lo estás preguntando, es completamente seguro nadar en los fiordos, porque todos son inofensivos para los humanos.
De hecho, no hay registros confirmados de ataques.
—Soy más de secano.
—¡Qué pena! No sabes lo que te pierdes. Si te animaras a hacer submarinismo, verías los preciosos corales de agua fría.
Hay arrecifes espectaculares a solo cuarenta metros de profundidad.
Los bosques de kelp , por ejemplo, son impresionantes selvas de algas que sirven de refugio para muchas especies; o los jardines de anémonas coloridas —enumera con orgullo—.
Hay todo un mundo fascinante ahí abajo: peces lobos asomando entre las rocas, bogavantes, cangrejos y bueyes de mar…
Habla tan rápido y con tanto entusiasmo que casi se le cruzan las palabras y pierde un poco esa dicción perfecta que la haría pasar por una británica de nacimiento. De pronto, se detiene y aprieta los labios. No entiendo qué pasa hasta que chasquea la lengua.
—Te estoy aburriendo.
Frunzo el ceño. No tengo la misma pasión que ella por el ecosistema del fiordo; es cierto, pero no he perdido detalle de lo que ha dicho y podría escucharla hablar durante horas sin cansarme.
—Nunca me aburro contigo.
—Vaaale.
Se da la vuelta y clava la vista en el agua oscura y tranquila.
—Hedda —le toco el hombro—, me gusta oírte, de verdad.
Fuerza una sonrisa y asiente como si quisiera darme la razón para zanjar el tema.
El viento empieza a soplar con más fuerza, así que regreso al lugar del pícnic, cojo la manta y la coloco sobre sus hombros otra vez.
Sin saber si me rechazará, la envuelvo entre mis brazos y apoyo la barbilla en su cabeza.
—¿Va todo bien?
Permanece callada durante unos segundos.
—A veces, recuerdo que él me pedía que me callara porque le parecía que me las daba de lista y quería resultar más interesante de lo que soy.
—Eres lista que te cagas y eres absolutamente increíble.
No tienes que disculparte por saber cosas ni hacerte pequeña para que otros se sientan grandes.
—Le paso el pulgar por la mejilla con un afecto que solo me nace dedicarle a ella—.
Si a alguien le incomoda tu brillo al hablar de lo que amas, el problema no es tu luz, sino la oscuridad de esa persona.
—Sigue, por favor.
—No eres demasiado nada. Eres… eres exacta. Y me encanta cómo se te iluminan los ojos al hablar de lo que te apasiona. Me gusta que hables rápido y que te trabes cuando te emocionas. Me gusta que te importe. Es bonito.
—Aún sigo trabajando en mis inseguridades. Por eso, cuando me dejo llevar, no puedo evitar preguntarme si soy demasiado dramática, intensa, entusiasta…, o si le resultaré pedante a la otra persona.
—Si eso es ser intensa, ojalá el mundo estuviera lleno de más personas como tú.
Me encantaría tener a su ex delante para hacer que se tragara los dientes. La miro como si lo único que existiera fuera su cara y el viento moviendo ese mechón suelto.
—Para mí eres perfecta. No cambiaría nada de ti.
Se muerde el labio. Podría darle todos los motivos por los que de verdad lo pienso, pero seguiría creyendo que solo le digo lo que quiere oír para echar un polvo.
No confía en mí. Y hace bien.
—Hedda —deslizo las manos por sus brazos—, no quiero que te calles. Quiero que hables y te emociones y compartas conmigo todas las cosas que te importan, porque también son importantes para mí.
—¿Por qué tuviste que estropearlo? —Se arrebuja en la manta—. Casi me fiaba de ti.
Le aparto con delicadeza el pelo de la cara. Lo arruiné porque fui un gilipollas, pero no volveré a cometer ese error.
—No soy él.
—Lo sé.
—¿De verdad? —Le ajusto la manta alrededor de los hombros y tiro suavemente de ella hasta pegarla a mi pecho—.
Tienes que entenderlo, cariño. —Le beso la sien—.
Tu ex sabía que eres un tesoro de valor incalculable, y como se sentía poca cosa a tu lado, intentó hacerte pequeña para que no vieras que es un mierdas.
—Le sostengo la cara entre las manos—. Yo te vi desde el primer día, y sí, lo estropeé.
Pero no fue porque no supiera que eres impresionante, porque eso siempre lo he sabido, sino porque estaba convencido de que te hacía un favor al alejarte.
—¿Y has cambiado de opinión?
—No, cariño, sigo pensando que eres demasiado buena para mí.
—Le acaricio las mejillas con los dedos—.
Pero soy un cabrón egoísta y no pienso irme.
La única persona que puede apartarme de tu lado eres tú.
Si me eliges, me quedo para siempre. No hay trampa.
Quiero pasar todos los días de mi vida contigo.
—Qué rabia. —Me golpea sin fuerza en el hombro—. Había decidido ponértelo difícil hasta la sexta cita.
—Pónmelo todo lo difícil que quieras. Me quedo a tu lado.
Sus labios se estrellan contra los míos, suaves y anhelantes.
Saben al dulzor de los bollos de crema y a algo más embriagador.
Creo que Roxie empieza a ladrar a otro animal, quizá una marsopa o un delfín.
No lo sé, porque estoy demasiado ocupado devolviéndole el beso a esta mujer que me enloquece en todos los sentidos.
A diferencia de los anteriores besos, en este caben sentimientos más íntimos y esperanzadores. Por primera vez en mi vida, no tengo miedo de dejarme llevar, porque siento que lo que hay al otro lado merece tanto la pena que no pienso desaprovecharlo.
La sujeto por la manta para mantenerla más cerca y mis manos se cierran a la altura de su cintura.
Ella desliza los dedos por mi nuca y se apoya en las puntas de los pies para profundizar en el beso.
Me roza la lengua y me besa con más intención.
Me encanta tener el control, pero acabo de descubrir que no me molesta cedérselo de vez en cuando.
Se aparta respirando entrecortadamente y apoya la frente en mi pecho.
—Vas a necesitar muchísima paciencia conmigo —me advierte con un suspiro.
La sostengo por la cintura.
—Por ti, merece la pena esperar.
Cuando alza la cabeza hacia mí, ahora sí, me apodero del beso y le demuestro que no pienso ir a ninguna parte.