STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 43 Rowan
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43 Rowan

Es la primera vez en mi vida que tengo una cita con una mujer y estoy cagado de miedo. Aunque se me da bien disimular lo contrario.

Nada de tomarnos una copa en el reservado de alguna discoteca o de marcar el número de alguna fan después de un combate. No, esto es una cita de verdad.

Antes de la visita sorpresa a Magnus, estuve cocinando y adecentando la cámper para que oliese a jabón y no a aceite ni a goma envejecida.

Sacudí las alfombrillas, fregué todas las superficies, cambié las sábanas y arranqué las cortinas viejas.

Luego, conduje hacia la floristería e hice otra parada exprés en el pueblo.

Ahí está mi futura mujer: vaqueros holgados, anorak oscuro, zapatillas cómodas y el pelo recogido en una coleta alta que deja su esbelto cuello al descubierto. Tan sencilla y guapa como la primera vez que la vi. Siempre que la miro, me roba el aliento y me imagino envejeciendo a su lado.

Me dan tantas ganas de besarla que tengo que abrirle la puerta de la furgoneta para contenerme. Es preciosa, lista, le gusta leer y es buena con mi perra. ¿Qué más podría pedir, si tiene todo lo que me vuelve loco y ni siquiera debe esforzarse para encajar conmigo?

En lugar de subir, Hedda me arranca las llaves de la mano, me planta la bolsa de gelatina en el pecho y rodea la furgoneta en dirección al asiento del conductor.

—¡Yo conduzco!

Ya sé que no se fía de un extranjero manejando una furgoneta por esas carreteras estrechas y empinadas. Si espera que me queje, se equivoca, porque no soy uno de esos idiotas acomplejados con la polla pequeñita que creen que las mujeres conducen peor.

Le abro la puerta a Roxie para que se eche en su sitio, meto la dichosa bolsita en la nevera y me abrocho el cinturón.

—Perfecto —digo, acomodándome en el asiento—, disfrutaré de las vistas. No sabía a dónde llevarte —reconozco—. He pensado que podemos hacer una excursión por el fiordo. He preparado un pícnic.

Ella arranca y acaricia el volante con entusiasmo.

—Qué morro. Así tienes guía turística gratis.

—No podía desperdiciar la oportunidad —le sigo el juego.

—Gracias por el ramo. No hacía falta que me compraras más flores.

—¿Te gusta recibir flores?

—Sí —admite con una media sonrisa. Luego, se incorpora a la carretera—. Claro que sí.

—Me aseguraré de que siempre tengas flores frescas.

No merece menos que un hombre que piense en los pequeños detalles que la hacen feliz. Hedda no debe conformarse con lo mínimo, y yo no he venido a su vida para ofrecerle migajas.

Mientras conduce hacia el fiordo de Trondheim, me explica el paisaje con verdadera pasión. Me habla de la formación glaciar, de los bosques de coníferas que se aferran a las laderas empinadas y de cómo se han formado esas paredes abruptas que cortan el horizonte.

—Los fiordos son ecosistemas increíblemente ricos —explica con entusiasmo—. El fiordo de Trondheim es el motor biológico de Noruega. Es el tercero más largo y el más productivo. En sus aguas ricas en nutrientes viven más de noventa especies de peces.

La escucho con atención absoluta. Podría pasar horas oyéndola hablar.

—Gracias a las corrientes cálidas del Atlántico, la parte principal del fiordo permanece libre de hielo durante todo el año. —Aparca en un mirador que se abre a la costa—. Vamos a parar cerca de Øysand. Este es mi lugar favorito para acampar.

El paisaje se abre ante nosotros como una postal. La arena se extiende junto al agua oscura y el bosque de abetos y pinos se eleva hasta el cielo de un azul gris plomizo. A lo lejos, las montañas dibujan una silueta azulada, como si alguien las hubiera pintado con acuarela.

Extiendo una manta en el suelo, dejo la cesta en el centro y le echo otra manta sobre los hombros.

—Para que no te congeles.

—Todo un detalle. —Se sienta con las piernas cruzadas y mira la cesta con interés—. ¿Qué has preparado, chef?

Voy sacando la comida y le doy un sándwich.

—De salmón ahumado con queso crema y eneldo.

Coloco la tabla de quesos y frutos rojos en el centro, junto a la quiche de espinacas.

Ella pone una mueca.

—¿Qué es eso? ¡Ya me extrañaba que no hubiera nada verde!

Corto un pedazo, me lo meto en la boca y la miro desafiante. Mastico despacio y saco las tazas y el termo.

—Calla y pruébalo. —Ella pone cara de escepticismo—. También hay fruta. Y chocolate caliente con canela y cardamomo.

Le sirvo una taza de chocolate y sus dedos vuelan a los bollos de mantequilla.

Se lleva uno a la boca y emite un pequeño gemido que va directo a mi entrepierna.

Roxie intenta robar un sándwich, pero la atrapo por el collar justo a tiempo.

Le doy una huella de gelatina y se indigna tanto que se tumba de lado, dándome la espalda.

—Son los de Matti —dice, sorprendida.

—Sí. Antes de ir a buscarte, hice una parada en la cafetería.

A la simpática de su amiga le faltó escupirme en los bollos, así que, por si acaso, le dije que eran para Hedda.

Me cobró sin mirarme siquiera, pero soltó, como quien no quiere la cosa, que no tenía paciencia para los hombres que la cagan dos veces y que esperaba que su amiga me mandase a la mierda. Me cae bien.

—¿Cómo has sabido que son mis favoritos?

—Te he visto comerlos a escondidas cuando tu jefe no miraba.

Sonríe con los labios manchados de glaseado.

—Son mi perdición. Eres muy observador.

—Con todo lo que tiene que ver contigo, no me permito no serlo.

Me inclino para limpiarle el azúcar glas de los labios, lo recojo con el pulgar y me lo llevo a la boca. Sus ojos siguen mi dedo y un rubor precioso le tiñe las mejillas.

—¿Está bueno? —pregunta con voz ronca.

—No tanto como tus labios.

Me quedo mirándola con un profundo anhelo que debe notárseme en la cara, pues sus labios, aún brillantes por el glaseado, se entreabren. Sus ojos se oscurecen, el viento le mueve algunos mechones sueltos y la manta resbala unos centímetros de sus hombros.

Podría besarla ahora. Joder, quiero besarla.

Podría inclinarme, apoyarla sobre la manta y olvidar que el mundo existe más allá de este trozo de costa fría y silenciosa.

Noto cómo traga saliva y mando al infierno mi intención de ir despacio y dejarla marcar el ritmo.

Justo cuando estoy a punto de cerrar la distancia entre nosotros, Roxie, que dormía hecha un ovillo a nuestro lado, levanta la cabeza de golpe, pega un salto y espachurra media bandeja de bollos antes de salir despedida como un misil.

—¡Maldita seas, Roxanne! —protesto, sacudiéndome el azúcar glas de los pantalones.

Ya es tarde. Esa bola de pelo traidora, experta en arruinar las mejores oportunidades, corre hacia la orilla ladrando con furia a algo oscuro que se asoma a la superficie.

—¡Vamos! —Hedda me agarra del brazo—. ¡No te lo pierdas! Esto casi nunca se ve.

Tira de mí hacia la orilla, donde Roxie está ladrando como una descosida a un delfín que asoma la cabeza.

—No sabía que en el fiordo había delfines.

—Es una marsopa. Si te fijas, la aleta dorsal es más pequeña y triangular. Los delfines tienen el hocico alargado y el cuerpo más esbelto y largo; en cambio, la cabeza de la marsopa es redondeada y el cuerpo, más pequeño.

Roxie le muestra los dientes y el animal se sumerge por completo.

—Y son más tímidas que los delfines —añade con pena.

—Roxanne, deja de ladrar.

Se esconde detrás de mis piernas sin dejar de vigilar la superficie. Al cabo de unos segundos, el animal emerge con un soplido seco y Roxie permanece escondida y alerta.

—¿La has oído? —me pregunta en voz baja. Asiento sin apartar la vista del agua—. Por eso las llaman «cerdos de mar». Cuando salen a la superficie para respirar, exhalan aire a través de su espiráculo. El sonido se parece al gruñido de un cerdo.

La marsopa vuelve a emerger un poco más lejos.

Ahora asoma la mitad del cuerpo y describe un arco elegante sobre el agua.

Roxie le gruñe más bajo mientras el animal nos observa con interés, antes de golpear el agua con la cola y desaparecer en las profundidades.

El agua ondea a su alrededor y los dedos de Hedda rozan los míos.

Entrelazo nuestras manos mientras contemplamos cómo la marsopa se aleja fiordo adentro.

—Hemos tenido suerte. En esta época del año es poco habitual ver una, así que seguramente ha encontrado un banco de arenques —explica, con los ojos brillantes de alegría—.

Durante el invierno es más común ver orcas y ballenas jorobadas congregándose para alimentarse.

Se conoce como el Festín del Arenque, porque estos migran y atraen a los depredadores.

Las orcas cooperan entre ellas para cazarlos, agrupándolos y aturdiéndolos con golpes de cola.

—Qué listas.

—No tanto como los delfines de hocico blanco y los mulares.

Los delfines tienen memoria a largo plazo y aprenden a una velocidad increíble.

Son capaces de recordar silbidos de compañeros después de veinte años sin verse.

¡Veinte años, Rowan! —La miro, más fascinado por ella que por los cetáceos—.

También aprenden trucos con una facilidad asombrosa y muestran conductas empáticas.

Se ayudan cuando están heridos y sostienen a los enfermos para que puedan respirar.

Aunque no hay que subestimar a las orcas —puntualiza—.

Son capaces de imitar el lenguaje de otros delfines y tienen una inteligencia social que ya quisieran algunos políticos.

—La broma me arranca una sonrisa—. Incluso desarrollan tácticas coordinadas de caza y cada grupo tiene sus propias técnicas.

Sí, son más complejas de lo que parecen.

—Como tú.

Me pellizca la mano.

—¡Gracias por compararme con una orca!

—¿Prefieres ser una marsopa?

—Bueno. —Se encoge de hombros—. A simple vista, son más monas y van a su rollo.

—¿Cómo sabes tanto sobre los fiordos?