STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 41 Rowan
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41 Rowan

La puerta se abre y Magnus, vestido con camisa y pantalones oscuros, frunce el ceño al verme. Apesta a colonia cara. Por supuesto que el muy imbécil iba a arreglarse para la cita.

Míster Bombero de calendario barato baja la vista hacia mi puño derecho.

Sus cejas se elevan hasta el nacimiento del pelo.

Lo estoy apretando con tanta fuerza que tengo los nudillos blancos.

Pero le he prometido a Hedda que no le pondría las manos encima, así que relajo los dedos contra el pantalón.

—Mira, tío, no quiero problemas.

—Tranquilo. —Le dedico la misma sonrisa que uso antes de subir al ring . La que tanto desquicia a mis oponentes—. Le he dado a Hedda mi palabra de que no te tocaría.

Magnus no se relaja del todo. Bien por él. No debería fiarse de mí.

—Pues tú dirás qué haces aquí. Llego tarde y no quiero hacer esperar a mi cita.

Esa palabra me revuelve las entrañas. Este idiota tiene el pack completo para tocarme los huevos.

Se cree con derecho a apropiarse de lo que es mío y, para colmo, es el mejor amigo del jodido Lars Storm.

Durante unos segundos, fantaseo con estamparle la cara contra el marco de la puerta.

Podría desfigurársela de tal forma que le curase a esa cría tonta el encoñamiento que tiene con él.

Pero me parece que Hedda no me daría las gracias por ayudar a su amiga, así que me obligo a sofocar la rabia que me hierve por dentro.

—¿Me dejas pasar? —pregunto con tono educado—. Me gustaría hablar contigo de hombre a hombre.

Magnus me observa unos segundos. Está incómodo, sí. Pero, al igual que su mejor amigo, es lo bastante kamikaze para no tenerme miedo. Su falta de respeto le va a salir cara.

Se echa a un lado para dejarme entrar.

—Cinco minutos. Ya sé de qué palo vas. No me intimidas.

Ya veremos si sigue pensando lo mismo dentro de un rato.

Lo sigo hasta la cocina mientras mi mirada se engancha un instante en la puerta abierta de la despensa.

Después, vuelvo a fijarme en Magnus. La camisa pulcramente planchada y el reloj elegante me sacan de mis casillas.

Así que el muy pelele planea llevarla a algún restaurante bonito.

Eso me pone de peor humor. Salió con ella durante un año y no la conoce un carajo.

¿Cómo se atreve? Debería saber que a Hedda no le van esas mierdas pretenciosas.

Su cita perfecta consiste en quedarse en casa viendo alguna película o dar un paseo por el fiordo.

Lo sé porque se le escapó en la cabaña. Y soy observador y me he molestado en conocerla, hostia, a diferencia de este idiota.

—Iré directo al grano —digo al fin—. Aléjate de Hedda.

Chasquea la lengua.

—Declino tu oferta, colega.

—No soy tu puto colega. Y no era una oferta, sino una amenaza. Tuviste tu oportunidad con ella hace siete años, y la arruinaste. Hedda te ha olvidado y no está interesada. Me importa una mierda por qué motivo haya decidido tener una cita contigo, porque los dos sabemos que solo te ve como un amigo.

La expresión de Magnus vacila apenas un instante, pero es suficiente para que sepa que he dado en el clavo. Hay un motivo oculto para que Hedda haya quedado con él.

—Le gusté una vez. Puedo volver a gustarle —se pavonea—. Y soy el mejor amigo de su hermano. El mismo que me ha pedido que la mantenga alejada de ti a cualquier precio. Y resulta que soy un buen amigo y ella me…

No lo dejo terminar. Ya ha hablado suficiente.

Nada más entrar en la cocina, mis ojos localizaron el extintor rojo junto a la chimenea. Porque, claro está, el heroico bombero del pueblo es lo bastante precavido para tener medidas antiincendios repartidas por toda la casa como si viviera dentro de un simulacro de evacuación permanente.

Su vena responsable le va a salir muy cara.

Agarro el extintor tan rápido que Magnus apenas alcanza a dar un respingo.

—¿Qué coño…?

—Le prometí a mi chica que no te pondría las manos encima. —Levanto ligeramente el extintor—. Y yo siempre cumplo mis promesas.

Magnus abre mucho los ojos y levanta un brazo para protegerse.

—Espera, tío, espera…

Le estampo el extintor contra el pecho y lo empujo con todas mis fuerzas. Sí, ya sé lo que estás pensando. Pero, técnicamente, no lo estoy tocando. Magnus retrocede trastabillando hasta chocar contra la despensa.

—¡¿Pero qué cojones haces?!

Lo lanzo de un empujón. Magnus pierde el equilibrio y aterriza contra un montón de latas y paquetes de pasta.

Ya se está abalanzando sobre mí, así que le arrojo el extintor y cierro la puerta de una patada.

No debería haber dejado la llave colgando de la cerradura.

Culpa suya. ¿Qué pensaba? ¿Que alguien iba a entrar a robarle las latas de salmón o los paquetes de arroz basmati? Puto gilipollas.

Hedda debería darme las gracias por salvarla de este inútil.

Al escuchar el clic de la cerradura, embiste contra la puerta.

—¡HIJO DE PUTA!

Vaya, está en buena forma. La madera vibra bajo el impacto. No quiero arriesgarme, así que arrastro un armario auxiliar delante de la despensa mientras él sigue golpeando desde dentro.

—¡AbrE LA PUTA PUERTA!

Sus gritos son música para mis oídos. El trabajo bien hecho siempre me da hambre, así que voy al frutero y cojo una manzana. Le doy un bocado. Mmm, está acida. Me encanta.

—Hedda no te lo va a perdonar —gruñe al otro lado.

—Fíjate que yo creo que terminará agradeciéndomelo al tener una cita decente con alguien que no la aburra antes del postre.

—¡CAbrONAZO!

—Y, sinceramente, esto sigue siendo muchísimo más civilizado de lo que quería hacerte. Y menos sangriento. De nada.

Magnus vuelve a aporrear la puerta mientras yo termino de comerme la manzana. Cuando termino, lanzo el corazón a la papelera y voy hacia la puerta justo cuando un hombre de pelo negro y ojos azules entra en la cocina.

Me detengo en seco. Él también.

Parpadeo una vez en busca de las diferencias. Salvo por la ropa —viste una cazadora negra y unos vaqueros gastados—, es un clon idéntico a Magnus. Lo único que lo diferencia del hombre que he encerrado en la despensa es el brillo ladino de sus ojos.

¿Qué cojones? ¿El maldito bombero tiene un hermano gemelo? Vaya faena.

— Hvem er du? [9]

—No hablo tu idioma.

Me preparo para noquearlo. Hedda me pidió que no tocara a Magnus, pero no dijo nada de su hermano. Así que…

El recién llegado se queda mirando la puerta con expresión impasible. Luego, gira la cabeza hacia mí.

—¿Has encerrado a Magnus en la despensa? —pregunta, ahora en inglés.

—Sí.

—¡Søren! —ruge Magnus desde dentro mientras golpea la puerta—. ¿ERES TÚ?

El otro ni pestañea.

—El mismo.

—¡JODER, MENOS MAL! ¡SÁCAME DE AQUÍ! ¡ESE CAbrONAZO ME HA ENCERRADO AQUÍ DENTRO! ¡HEDDA CORRE PELIGRO!

Søren se mete una mano en el bolsillo y yo me preparo para estamparle el puño en la cara. Pero entonces saca un mechero, se quita el cigarro de detrás de la oreja y lo enciende con absoluta calma.

—Ya se ha ido.

Enarco una ceja.

Magnus golpea aún más fuerte desde el otro lado.

—¡SÁCAME DE AQUÍ!

Søren le da una calada al cigarro.

—Nah.

Vale, esto acaba de tomar un rumbo rarísimo. Pero no seré yo quien se queje. Sobre todo cuando el gemelo malvado me observa con absoluta indiferencia, pasa por mi lado y se dirige al salón. Acto seguido, se deja caer en el sofá y enciende la tele.

—¡ERES UN PUTO PSICÓPATA, SØREN!

Søren sube el volumen.

No entiendo una mierda lo que acaba de pasar. Pero, mientras Magnus sigue aporreando la puerta y gritándole a su hermano, ahora en noruego, llego a la conclusión de que debe tratarse de alguna clase de rollo raro de gemelos. Definitivamente, esta familia tiene problemas más graves que yo.

Salgo de la casa silbando, me subo al todoterreno y arranco el motor con cierta amargura por no haberle podido tocar ni un pelo al bombero. En fin. No se puede tener todo en esta vida.

Hedda debería sentirse orgullosa de mi autocontrol.