40 Rowan
Estoy haciendo flexiones en el porche mientras Roxie ronca en la hierba, húmeda por la nieve. Cada vez que doblo los codos, ignoro las llamadas de mi entrenador y del idiota de Richard, mi promotor, que cree que puede hablarme como si mis puños le pertenecieran.
Las llamadas se acumulan en mi buzón de voz mientras el sudor se desliza por mi frente y los pulmones me arden por el esfuerzo.
A la mierda el boxeo. Que les jodan a todos los que creen que pueden utilizarme.
Con el último combate, gané el dinero suficiente para pagar la matrícula universitaria y los gastos de alojamiento de mi hermana.
La casa de Londres la compré al contado porque mis orígenes humildes me impedían endeudarme a lo loco.
Se podría decir que tengo todo lo que siempre he querido: un techo, ahorros para montar mi propio negocio y a mi dulce Roxie robándome los calcetines y…
—¿Roxanne?
Me incorporo para beber agua y me sorprende no verla durmiendo. Juraría que hace veinte minutos estaba ahí, pero, al comprobar la hora en el móvil, me doy cuenta de que llevo más de una hora y media haciendo ejercicio.
—¡Roxie! —la llamo a gritos—. ¿Quieres un trozo de beicon?
Normalmente aparece en medio segundo tras pronunciar la palabra prohibida.
Por eso me extraña que no venga con la lengua fuera.
Siento la misma ansiedad que el día que me tocó buscar un veterinario de guardia a las tres de la madrugada porque tuvo la fantástica idea de comerse medio kilo de chocolate blanco.
Recorro la cabaña con un nudo en el pecho. ¿Dónde se habrá metido? Roxie nunca se separa de mi lado. Su veterinaria de Londres me dijo que tenía demasiado apego. Mi respuesta fue cambiar de veterinario. Mi perra es perfecta. Y una escapista de mucho cuidado.
Lo único que se me ocurre es que se haya adentrado en el bosque para perseguir alguna ardilla. O un zorro. O lo que sea que viva en este bosque. Recorro el sendero por el que solemos pasear, silbo y aguzo el oído mientras empiezo a desesperarme y mi cabeza construye los peores escenarios.
Como le haya pasado algo, me dará un jodido infarto.
Solo hay tres seres vivos que me importen en el mundo: una lleva mi sangre, la otra es una noruega de ojos chocolate que pasa de mí y la tercera tiene cuatro patas y debilidad por las alitas de pollo.
Una hora después, regreso a la cabaña con ganas de vomitar y cojo las llaves del coche, decidido a recorrer el pueblo entero, empapelar las calles con la fotografía de Roxanne y ofrecer un millón de coronas a quien la encuentre.
Aunque no tengo ni idea de cuánto es al cambio, así que quizá sea una miseria.
Estoy saliendo de la cabaña con el estómago encogido cuando un viejo Subaru aparca al lado de mi todoterreno de alquiler. Unos segundos después, la puerta del conductor se abre y una bola de pelo negro salta por encima de la conductora y viene trotando hasta mí.
—¡Roxie! —La abrazo con tanto alivio que mis rodillas se doblan.
Hedda sale del coche con esa expresión que usa cuando quiere parecer enfadada, aunque lo que esté sintiendo sea otra cosa.
—¿Lo has hecho a propósito? —me suelta sin saludo previo—. ¿Lo de la perra?
—¿Qué?
—Dejarla en mi casa para obligarme a venir.
La incredulidad me atraviesa. La he cagado bastante en lo que a ella respecta, pero nunca usaría a mi perra de una forma tan rastrera. Incluso yo tengo límites.
—Estaba desesperado buscándola —contesto, casi sin respiración. Estoy tan alterado que no tengo fuerzas de regañar a Roxie—. No caería tan bajo.
Ella debe ver algo en mi cara, pues su expresión se destensa.
—Lo siento.
Abrazo a Roxie con fuerza. La muy sinvergüenza me lame la barbilla como si no me hubiera tenido media hora imaginándola atropellada en alguna cuneta.
—¿En serio se ha escapado a tu casa?
— Sip —contesta con las manos en los bolsillos—. La he encontrado en mi porche. Es increíble que recordase cómo llegar.
No me sorprende. Los perros leen el mundo con la nariz, y Roxie es muy lista.
Además, en los últimos días he merodeado tanto por casa de Hedda que es normal que haya memorizado el camino.
Esta misma mañana he estado arreglando los tablones del porche.
Mi olor ha debido quedarse impregnado en la madera, así que ella solo ha seguido un rastro familiar.
Cuando me incorporo, veo que la mirada de Hedda ya no está en mí, sino justo detrás, en la Volkswagen LT 35 de los 90 con la pintura blanca amarillenta por el tiempo, las puertas desconchadas y el paragolpes abollado.
Me aseguré de que el motor estuviera en perfecto estado antes de comprarla.
Es fea pero práctica. Tiene potencial y solo necesita una mente brillante y las manos adecuadas.
Con los ojos muy abiertos, Hedda murmura:
—No.
Ya me había preparado para su reacción, así que voy hacia la furgoneta y abro la puerta trasera.
—¿Puedes echarle un vistazo?
Me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¡Estás loco! No puedes llevártela a Reino Unido. Tendrías que conducir hasta Dinamarca, subirla a un ferry , homologarla allí… —enumera con voz chillona—. Es una locura y perderías dinero.
—No tengo pensado llevármela al Reino Unido.
—¿Cómo?
—Además, si me importase perder dinero, no habría comprado esta cabaña —señalo el tejado—, porque estoy decidido a quedarme.
Saca las manos de los bolsillos y se aparta el pelo de la cara.
—No —susurra con el ceño fruncido.
—Si estuviera tan loco, no le habría dicho a mi equipo que se traslade aquí para entrenarme. Sobre todo ahora que se rumorea que el campeón va a recibir el alta de la comisión atlética en cualquier momento.
Ella da un paso atrás.
—Tú nunca harías eso —asegura como para sí misma—. El boxeo lo es todo para ti.
No puedo evitar sonreír. No tiene ni idea.
—El boxeo solo es una parte insignificante de mi vida. Un medio para conseguir lo que de verdad me importa. Siempre he querido retirarme joven y no me importa adelantar mi jubilación unos años antes de lo previsto. Nunca ha sido mi prioridad.
Percibo cómo intenta procesarlo.
—¿Quieres que te explique lo que he pensado para la autocaravana?
—Vale —dice, todavía aturdida—. A ver, ilumíname.
Camina hacia la cámper con los brazos cruzados, como si estuviera inspeccionando una escena del crimen.
—Los paneles de madera oscura están pasados de moda y las cortinas gruesas de color beige son feísimas —comenta con ojo crítico—.
La cocina es minúscula y anticuada. Mira esos fogones de gas, ¡qué horror!
Y los asientos delanteros están muy gastados.
El espacio interior está muy mal aprovechado, pero…
—se muerde el labio— tiene muchísimo potencial.
—Lo sé. Por eso busco a alguien que la reforme —digo con intención.
—Ay, Dios.
—Me gustaría que hubiera suficiente almacenamiento oculto para guardar libros —explico, y ella intenta no parecer interesada—. Estanterías discretas que no se vean a simple vista.
Se agacha y toca uno de los armarios como si ya estuviera rediseñándolo mentalmente.
—También quiero una claraboya grande en el techo. —Recuerdo la que hizo para su amiga y me imagino durmiendo bajo las estrellas—. Que se pueda abrir por completo, para respirar aire fresco y ver el cielo desde la cama.
Levanta la cabeza como si ya pudiera imaginarlo.
—Y un rincón fijo para Roxie —añado—. Una cama integrada para que tenga su propio espacio y no se agobie al viajar.
—¿Y ya que estamos?
—Una cocina de verdad, no esto. —Señalo los viejos fogones—. Con almacenamiento funcional y una nevera decente, para que pueda cocinar a gusto.
—Suena bien. ¿Qué más?
—Una ducha en condiciones con presión suficiente. No pienso vivir en una lata si no puedo darme una ducha caliente después de salir a correr.
Guarda silencio mientras recorre el interior con la mirada. Ya no parece estar inspeccionando una escena del crimen, sino imaginando algo.
—¿Qué me dices?
Hedda sale de la furgoneta a toda prisa.
—Sigues estando loco. —Se gira hacia mí—. Dime que no has hecho esto por mí.
—¿Quieres que te mienta?
—¡No!
—Pues lo he hecho por ti.
—Rowan…
—Me hace ilusión tener una autocaravana porque, cuando la imagino acabada —me paso una mano por la nuca—, la veo con tu toque y con esa manía tuya de combinar la madera clara con detalles negros.
Con libros por todas partes. Y, cuando pienso en recorrer Noruega, no me imagino solo.
Me veo conduciendo mientras tú lees con los pies sobre el salpicadero y Roxie duerme en su cama.
Te veo protestando porque he llenado la nevera de verduras y luego devorando lo que cocino.
Y sí —esboza una sonrisa de lado—, nos imagino follando bajo las estrellas porque esa es la principal razón por la que quiero una maldita claraboya.
—Rowan…
—Solo una cita.
Nunca en mi vida he suplicado, pero me lo estoy replanteando seriamente. No quiero rendirme hasta gastar el último cartucho. Por ella merece la pena dejar a un lado mi orgullo.
Soy la hostia de competitivo. Pero, sobre todo, soy un ganador nato que lucha por aquello que de verdad merece la pena. Y Hedda Storm la merece, joder.
—Si no salgo contigo, ¿cancelas el trabajo de la furgoneta?
—Quiero que la reformes aunque no aceptes tener una cita conmigo. Pero dame una oportunidad, Ojazos. Solo una. Y, si resulta ten terrible como crees, cosa que te aseguro que no sucederá, entonces, no volverás a saber nada de mí.
Aprieta los labios.
—No puedo.
—Querrás decir que no quieres.
—Pues no quiero. No quiero porque… —Baja la vista a sus pies y dice muy bajito—: Esta tarde, a las cuatro, tengo una cita con Magnus.
—Y una mierda.
No dice nada. La observo esperando que se eche a reír y me diga que me estaba vacilando o que tendría que verme la cara de psicópata que se me ha puesto. Pero no lo hace. Y, sinceramente, un tiro en el pecho me habría dolido menos.
—No tiene ni puta gracia, Hedda.
—No es una broma. —Se dirige a su coche evitando mi mirada a toda costa—. Y lo de la autocaravana me lo tengo que pensar.
Antes de subirse al coche, se gira hacia mí con la determinación dibujada en la cara. Me entran ganas de ir a por ella y encerrarla en la cabaña hasta que se le quite de la cabeza la idea de tener una cita con otro hombre que no sea yo.
—Ni se te ocurra ponerle una mano encima, Rowan, o te juro que no volveré a dirigirte la palabra. Va en serio.
—De acuerdo, cariño —contesto, con las manos metidas en los bolsillos—. No lo tocaré.
Hedda entrecierra los ojos, pero, al ver que ceso en mis amenazas, se da por vencida. Poco después, se sienta al volante y pisa el acelerador.
Espero a que el coche desaparezca al final de la carretera nevada antes de subirme al todoterreno. No necesito ponerle las manos encima a ese imbécil para salirme con la mía. Y eso no se lo he prometido. Además, cuando me lo propongo, puedo ser jodidamente creativo.
Nunca he dicho que no vaya a sabotearle la puta cita.