STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 39 Hedda
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39 Hedda

Me prometí que la corta aventura sexual con Rowan había sido un capítulo cerrado. El problema es que él no está de acuerdo.

Los últimos dos días hemos coincidido demasiadas veces como para que sea casualidad.

La otra mañana, en el sendero al que suelo ir a dar un paseo cuando necesito despejarme.

Al día siguiente, en la panadería, me sostuvo la puerta con una sonrisa socarrona.

Más tarde, en el supermercado, volvimos a encontrarnos en el pasillo de los lácteos y acabó llevándome las bolsas de la compra hasta el coche, aunque le repetí tres veces que no hacía falta.

Antes de subirme a mi viejo Subaru, que funciona como un campeón tras la puesta a punto del taller, le pregunté:

—¿No tienes cosas mejores que hacer que perder el tiempo en un pueblo de Noruega y seguirme a todas partes? ¿No deberías estar entrenando?

Está comprobado que el móvil nos espía, porque el mío no deja de bombardearme con noticias sobre boxeo. Así me he enterado de que se rumorea que el actual campeón, el hombre al que Rowan debe enfrentarse y que está de baja por un desprendimiento de retina, volverá a entrenar pronto.

—No le cojo el teléfono a mi entrenador —contestó Rowan como si no estuviera a punto de tirar por la borda su carrera deportiva.

Aquello me dejó tiesa.

—Seguro que está furioso.

—Me da igual. Tengo cosas más importantes que hacer.

No lo dijo mirándome con intensidad ni en tono dramático, sino como si ganarse mi perdón le importase más que mantener su cinturón. Me fui negando con la cabeza y conduje de regreso a casa pensando que era lo más estúpido y romántico que un hombre había hecho jamás por mí.

No quiero ser la razón por la que alguien pierda la carrera que ha construido durante años. Pero, si algo sé sobre Rowan, es que no es un hombre de medias tintas y no parece dispuesto a retroceder.

Para colmo, durante los últimos dos días, el repartidor de correos se ha convertido en mi mejor amigo.

El primer paquete era una edición especial de la última trilogía de Leigh River en tapa dura, con cantos tintados y marcadores de tela, además de un KitKat de chocolate blanco.

Exactamente el tipo de capricho que no me permito en este momento de mi vida. La nota decía:

Hoy he estado en una librería, he visto esta edición y he pensado en ti. ¿Hacemos lectura conjunta? Roxie se apunta.

Firmado: El único hombre que puede tocarte

Al día siguiente llegó otro paquete: un surtido de post-its de colores, subrayadores pastel y varios accesorios de lectura, junto a un Kinder Bueno de chocolate blanco. La nota decía:

Vi tu librería. Sé que usas post-its y subrayas tus libros. Personalmente, enviaría a la cárcel a las personas que pintorrean los libros, pero contigo haré una excepción.

Firmado: Dile a Magnus que deje de abrazarte como si fuera tu puto novio o le rompo la nariz

El tercer día, el paquete era más grande que los anteriores: una almohada de lectura con forma de oso polar y una lamparita pequeña que se engancha al libro y proyecta una luz cálida, perfecta para no forzar la vista por la noche, además, por supuesto, de una chocolatina Milkybar. La nota decía:

Anoche estaba terminando de leer Criaturas despiadadas en la cama y me he despertado con dolor de cuello. Entonces he pensado que odiaría que te doliera el cuello igual que a mí por leer hasta tarde.

Posdata: Me he aficionado al dark romance por tu culpa.

Firmado: El tipo que mataría por verte leer en su cama y sigue pensando que el gilipollas del bombero debería mantener las putas manos ocupadas apagando incendios

Lo que me ablanda no son los regalos, sino el hecho de que cada día se acuerde de mí y me envíe cosas que sabe que me gustan y que me serán útiles porque se ha esforzado en conocerme.

Dejando al margen sus firmas de psicópata territorial con tendencias homicidas, está siendo ridículamente atento.

Por si acaso, decido desbloquear su número para que no se tome en serio lo de partirle las manos a Magnus.

Al salir a tirar la basura, me doy cuenta de que los tablones del porche ya no están sueltos.

Podría haberlos arreglado en mi tiempo libre, pero Lars me prometió que se encargaría de atornillarlos porque los dejó medio arrancados tras una noche de borrachera, así que llevo semanas tropezándome en el porche, a la espera de que mi hermano cumpla su promesa.

No necesito ser detective para saber quién ha sido. He estado todo el día en casa, así que debe haber madrugado para arreglar los tablones mientras yo dormía. De lo contrario, me habría percatado de su presencia.

Después de tirar la basura, saco el móvil del bolsillo y le envío un wasap de regreso a casa:

Yo: Para de enviarme regalos y de venir a mi casa a arreglar cosas que yo misma podría arreglar, ACOSADOR.

Yo: Y deja de amenazar a Magnus.

Me paso la mano por el pelo y sonrío sin poder evitarlo al mirar los tablones del suelo. Ha hecho un buen trabajo. Y entonces veo al perro tumbado bajo el banco columpio.

—¡Roxie! —exclamo, sorprendida.

Eso significa que su dueño no debe andar lejos. Noto un tirón en el pecho y miro a un lado y a otro, pero no hay rastro de él. Qué raro. En cuanto abro la puerta, la perra se cuela sin invitación y sale disparada hacia la cocina.

—Claro, entra, sinvergüenza, ¡estás en tu casa!

La observo desaparecer por el pasillo y niego con la cabeza. Es igual de invasiva que su dueño. Seguro que esto también es cosa suya.