STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 38 Hedda
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38 Hedda

Salgo de la cafetería con el ánimo por los suelos después de que Johan me haya obligado a coger vacaciones.

Dice que no es sano que lleve tantos meses trabajando de lunes a domingo y que me vendrá bien un descanso.

Él no entiende que necesito el dinero de las horas extras y que no me gusta tener tiempo libre porque lo malgasto en pensar demasiado.

Lo peor es que intenté discutir con él, pero Matti y Anita le dieron la razón, así que su tío me ordenó que me largase a disfrutar de mi juventud durante los próximos diecisiete días.

De la primera me lo esperaba; es una exagerada.

Aunque sospecho que su prima pequeña solo me ha llevado la contraria porque sigue resentida conmigo por haber tonteado con Magnus.

—¡Hasta mañana, traidoras! —me despido de ellas.

Empujo la puerta y el aire fresco de la tarde me despeja un poco el mal humor. Ellas no lo entienden. Cada hora extra me acerca un paso más a mi futuro negocio. Solo me faltan once mil coronas para comprar la Renault Trafic a la que le he echado el ojo.

Al bajar los escalones, me fijo en la bola de pelo negra que mueve el rabo como si fueran las aspas de un ventilador. Es increíble que haya pasado de tenerle miedo a sonreír como una quinceañera enamorada cada vez que la veo.

—¡Roxie!

Lleva una bolsa de regalo roja agarrada por las cuerdas en la boca y en su cabeza hay un lazo enorme del mismo color. Está sentada sobre sus patas traseras, sacando pecho con orgullo, como si acabara de ganar una medalla olímpica.

—¿Qué haces aquí? —La acaricio entre las orejas y suelta un gemido feliz—. Qué mona te ha puesto papá. Pareces una princesita.

Ella levanta el hocico para que coja la bolsa.

—¿Para mí?

Ladra una sola vez y se me escapa otra sonrisa.

Maldito Rowan.

Cojo la bolsa e ignoro deliberadamente al hombre pelirrojo que está cruzado de brazos, apoyado en un todoterreno negro unos metros detrás. Dentro hay un paquete envuelto y una tarjeta firmada con la huella de Roxie:

Que les den a los que dicen que no es chocolate de verda d ? ?

No sé a qué se refiere hasta que rasgo el envoltorio y descubro el mayor placer de este mundo: chocolate blanco gourmet para fundir. Y eso no es todo: también hay una de esas tazas pequeñas con hueco para colocar una vela debajo para que el chocolate se derrita despacio.

Me encapriché de una tras ver un tiktok. ¿Cómo narices lo ha sabido Rowan? Le doy la vuelta a la tarjeta y suelto una carcajada:

Me comí el primer paquete de chocolate y mi dueño tuvo que llevarme corriendo al veterinario.

Amenazó al pobre hombre con cosas que no pienso repetir en voz alta si no me salvaba la vida.

Es muy intenso cuando se asusta. Yo solo quería un snack .

¿Sabías que el chocolate es tóxico para los perros por la teobromina?

Yo tampoco. Nadie me lo explicó. El blanco casi no tiene, así que el veterinario tranquilizó a mi humano y me dio varios medicamentos para eliminar el chocolate de mi organismo.

Le mordí un poco porque odio que me pinchen en la patita.

Pero ya he aprendido la lección. Creo. Así que dame una chuche.

Sin poder dejar de reír, meto la mano en la bolsa y encuentro una galleta en forma de hueso.

—Eres una manipuladora profesional —la regaño, levantando el brazo justo a tiempo de evitar que me arranque la galleta—. No puedes comer chocolate, ¿entendido?

Baja la cabeza y me mira con ojos tan compungidos que acabo cediendo y le doy el premio. Se va correteando junto a su dueño, moviendo el rabo como si fuera un avión a punto de despegar.

Camino hacia ellos, ahora menos enfadada que al salir de la cafetería. Rowan viste un anorak negro, que le sienta demasiado bien, y se ha recortado la barba. Antes de conocerlo, no me atraían los hombres con barba, pero a él le da un puntito rudo que me vuelve loca.

Por supuesto, me planto frente a él y digo con tono indignado:

—Usar a Roxie es jugar sucio.

Sin descruzar los brazos, ladea la cabeza y sus ojos me recorren con tanta calma que lo siento como una caricia por todo el cuerpo.

—Si consigo que me des una cita, estoy dispuesto a jugar sucio y hacer trampas.

Me obligo a mantener el gesto neutro.

—¿Cómo sabías que mi chocolate favorito es el blanco? ¿Y lo de la taza?

Me mira como si me hubiera crecido una segunda cabeza.

—Me lo dijiste aquel día en la cabaña.

Intento hacer memoria. Rowan es bastante taciturno, así que me empeñé en llenar todos los silencios durante nuestro aislamiento en la cabaña. Debí decirle un montón de tonterías de las que ya no me acuerdo.

No puedo creer que recuerde un dato tan insignificante.

Me invade esa emoción cálida que aparece cada vez que Rowan demuestra que tiene potencial para ser un buen novio.

Y esa es una sospecha demasiado peligrosa teniendo en cuenta las esperanzas que sentí en la cabaña.

No quiero que vuelva a apuñalar mi ingenuo corazón.

—No puedo creer que lo recuerdes —admito a regañadientes.

Se encoge de hombros.

—Recuerdo todo lo que dices porque me interesa todo lo que tiene que ver contigo.

Me quedo sin aire. Es una frase sencilla y, precisamente por eso, me golpea donde más duele: en ese hueco que siempre he reservado para mi alma gemela.

Me obligo a recordar cómo lo tengo guardado en el móvil: «RECUERDA QUE TE HIZO DAÑO». Rowan no es más que una tentación peligrosa y cruel. Me devorará y luego me escupirá tras conseguir lo que quiere. Tengo que ser firme.

—Lo que pasó el otro día fue un error. No debería…

—¿… haberte corrido en mis dedos y en mi polla?

—Haberte usado —suelto, con la cara muy roja—. Eso iba a decir.

—Úsame todo lo que quieras, cariño, no tienes ni que pedírmelo.

Apretujo la bolsa contra el pecho.

—No… No me llames cariño.

Sus cejas se arquean.

—¿No te gusta?

Ese es el problema, que me gusta muchísimo. Me resultaría demasiado fácil acostumbrarme a oírselo decir y a recibir sus pequeños gestos de atención. Pero no he salido de una relación tóxica con un manipulador para meterme en… lo que sea que vaya buscando Rowan.

A menudo, confundimos el amor con nuestra propia necesidad de que nos quieran. Creemos que, si alguien nos mira con suficiente intensidad, entonces debe ser amor. Pero si no sabes quererte a ti misma ni poner límites, creerás que cualquier migaja es una prueba de amor.

No quiero cambiar de jaula porque ya he pasado demasiado tiempo encerrada en una.

Su sonrisa se vuelve arrogantemente atractiva.

—No hace falta que respondas. Mientes fatal.

Aprieto la bolsa contra el pecho.

—¿Qué haces aquí? Podrías haber enviado el regalo a mi casa. No tenías por qué venir.

—Entonces, no habría tenido una excusa para verte.

Lo que veo en sus ojos es una determinación tan pura y absoluta que me hace dudar.

—Deja que te lleve a casa. Sé que tienes el coche en el taller.

Cierro los ojos un segundo.

Tenía pensado regresar en autobús, pero Johan me ha gritado que me largase antes de que terminase mi turno.

El siguiente autobús no pasa hasta dentro de media hora y el cielo está cubierto de nubarrones negros.

Miro la parada y luego, el todoterreno. No soy tan orgullosa como para no aceptar su oferta cuando se avecina una tormenta.

—Esto no significa nada —digo, rodeando el coche.

—Claro que no.

Un minuto después, estamos dentro y él conduce mientras cambia de emisora. Se detiene cuando suena Here With Me, de Dido. Apoyada en el respaldo, lo miro de reojo.

—¿Cómo sabes que me gusta?

No aparta la vista de la carretera.

—Tarareabas sus canciones mientras leías en la cabaña. No te dabas ni cuenta.

Giro la cara hacia la ventanilla para que no me vea sonreír. Casi me da rabia que sea tan observador, porque una parte de mí no está segura de si presta atención a todo el mundo o si se esmera especialmente conmigo. Odio que esa posibilidad me emocione tanto.

—Eres imposible.

Rowan conduce con seguridad por el paisaje de árboles y casas de madera. Dedico una mirada de añoranza a mi antiguo colegio y me imagino llevando a mis futuros hijos de la mano. Me gustaría verlos crecer aquí. Es un buen sitio para formar una familia.

Empiezo a tararear Here With Me . Sé que canto fatal; no soy la típica persona que lo da todo en la ducha pensando en cómo le habría cambiado la vida si hubiera participado en The Voice .

Eso me lleva a recordar a Oskar gritándome que cantaba como un gato atropellado y que íbamos a tener un accidente por mi culpa.

Solía quejarse de que mis gallos lo ponían nervioso.

Me callo de golpe.

—Perdona.

Rowan me mira de reojo.

—¿Por qué?

—Tengo una voz horrible.

—Ajá.

—¡Muchas gracias!

—No he dicho que me moleste.

—¿Cómo no te puede molestar si acabas de admitir que canto fatal?

—Porque cantar te hace feliz.

La respuesta es tan firme y rápida que me deja boquiabierta.

No quiero que note cuánto me ha impactado, así que sigo cantando para salir del paso.

Cada vez que miro por el espejo retrovisor, lo encuentro observándome con una sonrisa, como si fuera el mejor día de su vida, mientras yo destrozo todas las canciones sin piedad ni vergüenza.

Esta complicidad es justo la razón por la que mis padres se siguen mirando con la adoración del primer día y yo creo firmemente en el amor.

Ay, Dios, me está volviendo loca.

En cuanto aparca frente a mi casa, abro la puerta y me dispongo a salir, pero me atrapa por la muñeca. El calor de sus dedos me resulta más agradable de lo que me gustaría.

—¿Qué hace falta para que me des una segunda oportunidad? —pregunta, trazando círculos con el pulgar justo debajo de mi muñeca.

La caricia me deja atontada unos segundos.

—Si me planteara darte una segunda oportunidad, querría que te esforzaras en recuperar mi confianza.

Necesitaría estar segura de que soy algo más que un polvo para ti y de que no volverás a apartarme en cuanto consigas lo que quieres —admito de mala gana, disfrutando por un instante más de su caricia antes de retirar el brazo—.

Pero, como no me lo planteo, no tienes nada que hacer.

Su expresión es la de un hombre que acaba de descubrir un pequeño obstáculo y ya está tramando cómo sortearlo. Como si mi negativa fuera simplemente el primer peldaño de una escalera que piensa subir con calma.

—Menos mal que soy un hombre paciente —dice al fin.

—Pierdes el tiempo.

Bajo del coche. Su repuesta me envuelve antes de que cierre la puerta.

—Nunca pierdo el tiempo si lo invierto en ti.

La ventanilla del copiloto baja y aprieto los labios. Es de lo que no hay.

—Hedda —su voz suena ahora más grave—, desbloquea mi número. No me hace ni puta gracia que no puedas llamarme si tienes algún problema.

—No funciona así. Eso es para evitar que tú no puedas llamarme a mí. Y, si tengo algún problema, me las apañaré sola.

—No. Si algo va mal, me llamas a mí.

—¿Por qué iba a hacerlo pudiendo llamar a…?

—Atrévete a pronunciar el nombre de ese puto bombero y cumpliré lo que te prometí anoche —me corta con una voz ronca que me acaricia por dentro—. Echaré abajo tu puerta, te tumbaré en la cama y te comeré ese coño tan perfecto hasta que te quedes afónica de gritar mi nombre.

Se me seca la boca. Me ha dejado muda.

—Iba a decir Aksel —suelto con esfuerzo.

—¿Quién cojones es Aksel?

—El novio de Matti.

Su expresión se destensa un poco.

—A ese solo puedes llamarlo si se está incendiando el puto mundo y yo estoy muerto. Pero primero me llamas a mí. —Se inclina un poco hacia la ventanilla—. Me llamas a mí, ¿entendido? A cualquier hora del día.

— Nop .

Rowan me lanza una mirada salvaje.

—No era una sugerencia.

—Eres de lo que no hay.

—Y tú tienes la mala costumbre de creer que puedes sola con todo. Sobre todo cuando yo ya he aceptado que he nacido para cuidarte.

—Ay, Dios. ¡Para de decir esas cosas!

Me sonríe.

—Y otra cosa más.

—¡¿Qué?!

—Esta vez, voy a hacerlo bien.

No miro atrás ni una sola vez al darme la vuelta y caminar hacia mi casa. Tampoco al subir los escalones del porche, aunque siento su mirada clavada en la nuca hasta que cierro la puerta. Cuando apoyo la espalda contra la madera, sonrío como una imbécil a la que ya tiene medio ganada.

«Esta vez, voy a hacerlo bien» es la promesa que más veces rompen los hombres. Aun así, cuando Rowan lo ha dicho, no ha sonado como una estrategia ni como una frase ensayada, sino como un compromiso.

Tengo la patética certeza de que lo decía completamente en serio. Y eso es lo que más miedo me da.