STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 37 Hedda
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37 Hedda

Acabo de limpiar el baño cuando me llega un wasap de un número desconocido.

Como no lo tengo guardado, no puedo ver la foto de perfil.

No soy una obsesa de la limpieza, pero adecentar la casa siempre me ayuda a mantener a raya la ansiedad.

Así que después de fregar los suelos, quitar el polvo y limpiar las ventanas, me derrumbo exhausta en el sofá con uno de los bollos de mantequilla de Matti y una taza de té.

La curiosidad me vence y leo el mensaje con el ceño fruncido.

Número desconocido: ¿Te gustan las flores?

Yo: ¿Quién eres?

Número desconocido: Rowan. Guarda mi número.

Suelto el móvil como si quemara y recuerdo al instante cómo lo traté hace menos de veinticuatro horas.

Un intenso calor me sube por las mejillas.

Nunca había hecho algo así: usar a alguien y desecharlo tras recibir un orgasmo.

Fue cruel y desconsiderado por mi parte.

Me gusta pensar que aún estaba un poco borracha.

O que me cuesta razonar cada vez que Rowan me pone las manos encima.

Pero la verdad es más simple: me arrepentí en cuanto se me pasó el subidón del orgasmo.

Rowan es perjudicial para mi sentido común. El problema es que mi cuerpo lo desea con una intensidad que contradice mi buen juicio y soy incapaz de tomar una decisión sensata al tenerlo cerca.

Lo guardo en la agenda con un nombre que me obligue a recordar por qué no debo acercarme a él. Ahora sí, veo la foto de Roxie con la lengua fuera, tumbada panza arriba en la nieve.

Yo: ¿Cómo tienes mi número?

NO ES UNA BUENA IDEA: Anoche, mientras estabas dormida, desbloqueé tu móvil con tu dedo, me di un toque y guardé tu número.

Yo: ¿A ti qué coño te pasa?

Yo: ¡Estás muy muy mal!

Yo: ¿Eso te parece romántico?

NO ES UNA BUENA IDEA: No pretendía ser romántico. Solo quería tu número.

Inspiro hondo en un burdo intento de no perder la poca compostura que me queda, pero fallo al imaginármelo en mi habitación, cogiéndome el dedo para desbloquear el teléfono. Es un absoluta violación de mi privacidad. ¿Qué será lo próximo? ¿Esconder cámaras y espiarme sin que yo lo sepa?

Cielo santo, lo veo capaz.

La idea me pone la piel de gallina y miro a mi alrededor con inquietud. De pronto, una idea aún más aterradora se abre paso en mi mente y tecleo a toda prisa.

Yo: Júrame que no me hiciste una foto.

NO ES UNA BUENA IDEA: Te juro que no te hice una foto.

El alivio me dura los tres segundos exactos que tarda en enviar otro mensaje.

NO ES UNA BUENA IDEA: Te hice cinco.

NO ES UNA BUENA IDEA: Mi favorita es una en la que tienes la boca abierta y el pelo revuelto. Pareces demasiado inocente. Incapaz de echarme de tu casa después de morderme el labio y correrte en mis dedos y en mi polla.

Una imagen mía, con la boca entreabierta y el antebrazo sobre la frente, ocupa la pantalla. Lo voy a matar. ¿Cómo se atreve?

Yo: ¡Borra eso!

NO ES UNA BUENA IDEA: No quiero. Estás especialmente guapa durmiendo borracha.

Además, esa foto me recuerda dos cosas: que con la boca entreabierta pareces menos peligrosa y que, cuando bebes, se te ocurren gilipolleces como bailar y restregarte contra otro hombre para ponerme celoso.

Por si no te quedó claro anoche: no me gustó una puta mierda.

No vuelvas a hacerlo si no quieres que pierda la poca paciencia que tengo.

Yo: Haré lo que me dé la gana. ¿Quién te crees que eres para decidir con quién bailo?

NO ES UNA BUENA IDEA: Soy el hombre al que mirabas mientras lo hacías.

Yo: Te miraba porque parecías a punto de cometer un asesinato. Estaba preocupada.

NO ES UNA BUENA IDEA: Qué considerada. No quieres que vaya a la cárcel. Tu preocupación por mí resulta enternecedora. Tienes razón. También soy el hombre que va a partirle los dientes a tu patético pretendiente como siga rondándote.

Yo: No te atrevas a tocar a Magnus.

NO ES UNA BUENA IDEA: ¿Te importa ese gilipollas?

Yo: No es asunto tuyo.

NO ES UNA BUENA IDEA: Tú eres asunto mío, cariño.

Yo: Si lo dices por lo que pasó anoche, fue un error.

NO ES UNA BUENA IDEA: Vuelve a decirlo y me presento en tu casa, tiro abajo esa puerta de juguete, te tumbo en la cama y te como el coño hasta que se te pongan los ojos en blanco. Luego me cuentas con esa boquita tan orgullosa cuánto te arrepientes.

Yo: ¡Estás completamente enfermo! Amenazas, allanamiento y chantaje fotográfico. Me tienes derretid a ? ?

NO ES UNA BUENA IDEA: Cuidado, Ojazos. Cuando te pones sarcástica, me entran más ganas de follarte. Pero me he propuesto ser un buen hombre, así que quiero una cita. Déjame hacer las cosas bien, nena.

Yo: No me llames nena.

Yo: No vamos a tener una cita.

Yo: ¡Borra todas las fotos que me hiciste!

NO ES UNA BUENA IDEA: Ten una cita conmigo y las borraré.

Yo: No puedes chantajearme para que tengamos una cita.

NO ES UNA BUENA IDEA: Tómatelo como un incentivo.

Yo: Una cita contigo es una tortura, no un incentivo.

NO ES UNA BUENA IDEA: ¿Eso es un reto? Lo acepto. Dame una noche y te demostraré lo placentera que puede resultarte mi compañía cuando no estás ocupada fingiendo que me odias.

Yo: Magnus nunca haría algo así.

NO ES UNA BUENA IDEA: Tu bombero no se fue de tu casa con los dedos y la polla empapados de tu orgasmo ni la férrea determinación de recuperar a su mujer.

NO ES UNA BUENA IDEA: Y vuelve a nombrarlo y la próxima vez que lo veas será en un ataúd. En su funeral.

Yo: No soy tu mujer.

NO ES UNA BUENA IDEA: Todavía no.

Yo: Por lo que más quieras, deja de amenazar a Magnus.

NO ES UNA BUENA IDEA: Petición denegada.

NO ES UNA BUENA IDEA: ¿Cuáles son tus flores favoritas?

Yo: Dios mío, te voy a bloquear.

NO ES UNA BUENA IDEA: Entonces, tendré que comprarte un ramo de cada tipo hasta acertar.

Yo: Basta, Rowan.

NO ES UNA BUENA IDEA: TUS FLORES FAVORITAS.

Yo: Las peonías rosas.

NO ES UNA BUENA IDEA: Gracias.

Yo: ¡Qué educado!

NO ES UNA BUENA IDEA: Sé ser muy buen chico cuando quiero. También sé portarme muy mal. Todo depende de lo que me pidas en la cama.

Yo: No quiero que me compres flores. Y no voy a pedirte nada en la cama.

NO ES UNA BUENA IDEA: ¿No quieres que te compre flores o no te gusta recibirlas?

Yo: Nunca he recibido flores y no quiero que me las compres.

NO ES UNA BUENA IDEA: Mala suerte. Si decido que algo merece la pena, no me rindo hasta conseguirlo. Y tú mereces la pena.

Bloqueo su contacto para dar por finalizada la conversación.

Algo líquido y cálido se diluye en mi vientre al imaginar mi salón lleno de flores.

Mi ex solía decir que regalar algo que acabaría marchitándose era una pérdida de dinero, así que siempre fingí que no me importaba no recibirlas ni que me moría de envidia cuando las novias de nuestros amigos mostraban orgullosas sus ramos coloridos.

Me doy una ducha para despejarme mientras intento convencerme de que Rowan no es más que una distracción peligrosa con abdominales indecentes y un ego tan descomunal como su necesidad de tener la última palabra.

Esto no puede durar para siempre, ¿no? En algún momento regresará al Reino Unido y se olvidará de mí.

Tras salir del baño, recaliento las sobras del almuerzo y me siento frente al televisor con el plato en la mano. Pongo el último episodio de la nueva temporada de Los Bridgerton y me obligo a concentrarme en la química entre Sophie y Benedict.

A las diez y media llaman al timbre. Me levanto, extrañada porque nadie viene de visita a esta hora, y menos entre semana.

Un repartidor rubio sostiene un ramo enorme de peonías rosas.

—¿Hedda Storm?

Asiento aturdida.

—Es una entrega especial. Tiene que firmar el recibo.

—¿Hacéis entregas a esta hora?

—No, pero me han pagado cinco mil quinientas coronas, así que me he ofrecido voluntario. —Me sonríe con complicidad—. Le debe gustar mucho.

Mi corazón empieza a aletear como un pájaro atrapado en una jaula. Incapaz de resistirme, firmo el recibo y acepto el ramo. Nada más cerrar la puerta, hundo la nariz en las flores y disfruto de su aroma. Luego arranco la tarjeta para leerla:

Deberías recibir flores todos los días de tu vida.

Lo siento.

Rowan

Reconozco su letra de haberla visto en varios post-its del frigorífico de la cabaña.

Eso significa que ha ido él mismo a la floristería.

En el pueblo no hay ninguna y hace más de dos horas que lo bloqueé.

Le doy la vuelta a la tarjeta y busco la floristería en internet.

Está en un pueblo a más de cuarenta minutos en coche y cierra los martes.

Hoy es martes. No sé cómo se las ha apañado para conseguir que lo atendieran.

Entonces recuerdo su último mensaje.

«Si decido que algo merece la pena, no me rindo hasta conseguirlo. Y tú mereces la pena».

Maldito seas, Rowan Steel.

Retiro el envoltorio con cuidado, corto los tallos un par de centímetros en diagonal y las coloco en un jarrón con agua fresca. Las dejo lejos de la luz directa porque leí en alguna parte que así duran más. ¿Qué pasa? Las flores son demasiado bonitas para tirarlas.

Me quedo mirándolas y me muerdo el labio. Luego, cojo el móvil y cambio el nombre con el que lo había guardado: RECUERDA QUE TE HIZO DAÑO. Esto debería servir como recordatorio cuando esté a punto de flaquear.

Aunque, al ver las peonías sobre la mesa, empiezo a entender que voy a caer igual. La cuestión es cuándo.