STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 35 Hedda
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35 Hedda

Despierto con la boca pastosa y un intenso dolor de cabeza.

Al menos ya no estoy mareada ni tengo náuseas, pero ahora siento un profundo vacío en la boca del estómago.

Me giro de lado para comprobar el reloj de la mesita de noche: son las cuatro menos cuarto de la madrugada.

A su lado, hay un sándwich y mi termo rosa con estampado de lacitos.

Ni lo pienso. Desenrosco el tapón del termo y bebo un poco de té. Aún está caliente y hace que se me asiente el estómago antes de darle un bocado al sándwich de jamón y queso.

Rowan se ha marchado, pero ha pensado en todo para que me recuperase al despertar. Incluso ha dejado la tele encendida a un volumen bajo. Trago despacio mientras veo El bosque de Haquivaqui  y recuerdo que en la cabaña le dije que me relaja dormir con dibujos animados, porque así no pienso en nada.

No solo ha preparado la comida, sino que ha elegido un canal de dibujos para que me sintiera cómoda al despertar.

No debería gustarme que haya pensado en todo, pero siento una calma reconfortante en el pecho.

Cuando termino de comer, salgo de la cama y voy al baño para lavarme los dientes y así quitarme el mal sabor de boca.

El reflejo que me devuelve el espejo es el de una mujer que no está en su mejor momento.

Con los ojos hinchados y las mejillas pálidas, pero el pelo bien peinado y ningún rastro de maquillaje en la cara.

Intento no pensar en el cuidado con el que Rowan me desmaquilló y peinó.

Luego, voy a la cocina a por un analgésico para el dolor de cabeza.

Tras tomarme un ibuprofeno y dos vasos de agua, me dirijo al salón para apagar la luz.

Y entonces lo veo dormido en el sofá.

No se ha ido.

Me quedo muy quieta. Rowan está sentado, cruzado de brazos y con la cabeza apoyada en el brazo del sofá.

La arruga profunda de su frente me confirma que no descansa ni siquiera al dormir. Parece que siempre está alerta.

Debería pedirle que se fuera, pero soy incapaz de despertarlo, porque sus ojeras son la prueba de un hombre que duerme fatal.

Al final, cojo la manta doblada sobre el respaldo y me acerco a él con cuidado.

Dormido parece más joven y menos intimidante.

Le echo la manta sobre el pecho y no puedo evitar estirar el brazo y apartarle un mechón cobrizo del ojo.

En cuanto mis dedos le rozan la cicatriz de la ceja izquierda, su mano se dispara hacia arriba con una velocidad que no alcanzo a procesar, me agarra por la muñeca y tira de mí. Un segundo después estoy sentada a horcajadas sobre su regazo y sus ojos están llenos de una ira salvaje.

—No vuelvas a acercarte a mí cuando estoy dormido —dice con la voz ronca por el sueño—. Podría hacerte daño. No me lo perdonaría.

El corazón me late como un tambor desbocado. Sus dedos me aprietan la muñeca y mi culo nota la firme presión de su cuerpo bajo el pantalón. El calor me sube por la abertura del albornoz y me pregunto si su reacción es cosa del despertar o si soy yo la causa.

Con el pelo revuelto, la mandíbula tensa y los ojos cansados, Rowan Steel es el hombre más fascinante y peligroso que he conocido en mi vida. Su otra mano está en mi cadera, como si necesitara comprobar que soy real.

Suelta mi muñeca y sus dedos me acarician la curva del cuello, la mandíbula y el pómulo con infinita delicadeza antes de hundirse en el pelo de mi sien y acercarme de un tirón a su boca.

—Te he echado de menos —gruñe contra mis labios.

Todo mi cuerpo se estremece al sentir esa caricia. Arrugo el bajo de su camiseta entre los dedos y no me aparto ni un centímetro. Me desespera que juegue conmigo y siento una descarga de energía ardiente acumularse en mi vientre cuando inclina la cabeza y roza mis labios sin llegar a besarme.

Su boca me acaricia la comisura y el labio inferior; apenas un contacto que me deja suspendida en una espera insoportable. Entonces desliza la nariz por mi mejilla, me aprieta la cadera y vuelve a detenerse a un suspiro de distancia.

Y aplasta su boca contra la mía.

Sus labios encajan con los míos como si me hubieran estado esperando toda la noche. En cuanto los saboreo, me aferro a su camiseta con desesperación. Mi respuesta le arranca un suspiro áspero.

Sé, con una claridad dolorosa, que besarlo es un error enorme. Pero también comprendo que, si tengo que equivocarme, prefiero hacerlo disfrutando hasta el último momento, porque nunca me he sentido tan viva como cuando lo beso.