STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 36 Rowan
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36 Rowan

Nunca me cansaré de besar a esta mujer.

Su lengua sabe a pasta de dientes de menta y sus labios son suaves, cálidos y peligrosamente adictivos.

Cada vez que la beso, siento que algo dentro de mí se recoloca en su lugar.

Como si ese órgano medio atrofiado que late en el centro de mi pecho empezara a sanar por alguien que no comparte mi sangre, a pesar de que siempre había creído que era incapaz de preocuparme por otra persona que no fuera mi hermana.

Hedda está sentada a horcajadas sobre mi regazo y eso es más de lo que mi erección puede soportar.

Siete días me han bastado para aceptar que fui un iluso al creer que podría alejarme de ella después de haberla tenido.

Esta mujer ha embrujado mi mente y envenenado mi cuerpo.

No es que la eche de menos: es que la necesito con una urgencia que tambalea mi autocontrol.

Y yo nunca he necesitado a nadie, así que no tengo ni puta idea de cómo gestionar esta obsesión enfermiza que consume cada uno de mis pensamientos.

El albornoz se le abre y deja ver parte de su pantorrilla. Mi mano la recorre con calma. Pienso hacérselo primero despacio y luego fuerte para grabarle en esa cabecita tan dura que ningún hombre puede hacerla sentir como yo. Ni ese maldito bombero ni ningún otro.

Le acaricio la piel cálida con las yemas y me maravillo al comprender que debo haber nacido para adorarla, pues recuerdo cada centímetro de su cuerpo de memoria.

—Rowan… —suspira contra mi boca, y ese tono de súplica me hace apretar los dientes.

No sabe lo que me hace cada vez que pronuncia mi nombre; el incendio que provoca en mis entrañas.

Durante muchos años llegué a odiarlo y terminé usando mi apellido porque me recordaba que no tenía nada que ver con aquel monstruo.

Pero podría morir escuchándolo en la boca de Hedda e irme feliz de este mundo, porque cuando ella lo pronuncia, no está lleno de odio ni rabia, sino de algo limpio.

—No dejes de decir mi nombre —le pido de un modo tan desesperado que casi parece una confesión—. ¿Quieres que te toque, cariño?

Ella mueve la cabeza con efusividad, y eso me arranca una sonrisa orgullosa.

Por muy celoso que me pusiera al verla bailar durante toda la maldita noche con ese héroe de calendario que rescata gatitos de los árboles, tuve clarísimo que ella no se sentía atraída por él.

De lo contrario, nada habría podido impedir que le arruinara la noche y la arrancara de sus brazos por las malas.

Durante los últimos días, he observado a Hedda sin que se diera cuenta de mi presencia.

He memorizado sus gestos y he atesorado sus reacciones cuando me tenía cerca.

Por eso sé que Hedda no es tonta y sabe que no le convengo.

No es la típica ilusa que cree que puede cambiarme.

Con Magnus, sin embargo, se siente cómoda en todo momento.

Pero Hedda quiere emoción. Adrenalina. Sentirse viva. Y eso ni se lo da ni se lo dará el puto bombero de los cojones. Y si algún día cree lo contrario…, en fin, no me da miedo mancharme las manos con la sangre de otro hombre.

—Él no te hace temblar como yo —murmuro contra su boca—. No te roba el aire. No te obliga a morderte el labio para no gemir.

Se niega a responder como la dulce obstinada que tanto me gusta. Deslizo la mano por su cintura y se estremece cuando la cuelo bajo la tela de su albornoz. Ha reaccionado tal como sabía que lo haría. Le rozo el hueso de la cadera con el pulgar.

—Tu pretendiente no consigue que tu cuerpo reaccione así porque no ha nacido para adorarte como yo.

—Me inclino hasta acariciarle la oreja con los dientes y noto cómo traga saliva—.

Si quieres que siga, admítelo. Di que no has dejado de pensar en mí.

Que cada vez que lo tenías cerca, deseabas que fuera yo, porque él no te moja este coñito que ahora mismo me está empapando los pantalones.

—Sus muslos se tensan involuntariamente alrededor de mi cintura—.

Él te tenía entre sus brazos, pero tú no dejaste de mirarme en toda la noche porque te excitaba ponerme celoso.

Atrévete a negarlo y te tumbaré sobre mis rodillas y te abofetearé el coño hasta que te corras.

Me echo hacia atrás para observar sus mejillas arreboladas y sus pupilas dilatadas. Su orgullo está tan debilitado como su compostura, pero se las apaña para darme guerra.

Joder, me vuelve loco.

—Vete al infierno —escupe, respirando con dificultad.

—Ya estoy en él —confieso, apretándole la cadera—. Llevo siete días ardiendo en las brasas. Los mismos que hacía que no te tocaba.

—Tú me alejaste.

Le clavo los dedos en la cintura antes de que pueda alejarse y yo pierda del todo la cabeza.

—No ha pasado ni un solo minuto en el que no haya intentado convencerme de que hice lo correcto.

Ni uno —remarco, frotando la palma de la mano ahora con suavidad—.

He buscado todas las razones posibles para convencerme de que hice lo correcto, pero he fallado de lleno cada vez, porque a mí lo correcto me importa una mierda cuando se trata de ti.

—La sujeto por la cara y la acerco a mí—.

Nunca había necesitado tanto a nadie —la frase me quema en la garganta—.

Si conoces una cura, te ruego que me la digas, porque no tengo ni puta idea de cómo dejarte en paz.

Presiono mi boca contra la suya por unos segundos. El contacto me sabe a poco y tengo que contenerme para no tumbarla en el sofá, abrirle el albornoz y hacerle todas las cosas sucias en las que he pensado durante las últimas ciento sesenta y ocho horas.

—Y no pienso fingir que quiero hacerlo —concluyo tras apartarme de su boca.

Sus uñas se clavan en mi hombro y sé que está haciendo un gran esfuerzo por no ceder.

—Pídeme que siga y te dé lo que necesitas. —La mano que tengo dentro del albornoz se desliza hacia el interior de sus muslos. Su piel está ardiendo y me sostiene la mirada con dificultad—. Deja que te demuestre cuánto te he echado de menos.

Sus labios tiemblan al responder.

—Vale.

Esa palabra me atraviesa y basta para que le arranque el albornoz. La tela resbala por sus hombros hasta arrugarse en sus caderas.

Su cuerpo desnudo me deja sin aliento. No me voy a acostumbrar nunca. Esta mujer ha nacido para atormentarme y tiene todas las características físicas que ni siquiera sabía que eran mi debilidad.

—Así me gusta. —Deslizo la palma por la curva de sus pechos—. Eres jodidamente preciosa.

Su cabeza cae hacia delante y le sostengo la barbilla para que me mire. Verla rendirse es un espectáculo demasiado maravilloso para que me prive de él. La observo perder la compostura cuando le pellizco uno de los pezones y luego capturo el otro con la boca.

Esos ruiditos que hace, cómo arquea la espalda y se tensan sus piernas alrededor de mis caderas…, son mi puta perdición.

Le doy un lametón perezoso en el pezón y mi otra mano se cuela entre sus muslos. Está incluso más mojada de lo que sospechaba.

—Mírate —susurro contra su piel—. Estás chorreando, cariño.

Sus uñas me arañan la espalda cuando succiono con fuerza y hundo dos dedos en su interior.

La facilidad con la que me recibe nunca dejará de sorprenderme.

Porque está hecha para mí. Cada parte de su cuerpo me pertenece, y pasaré el resto de mi vida mimándolo y satisfaciéndolo para que no vuelva a dudar de quién es su dueño.

—Dilo —exijo, mordisqueándole un pezón—. Di que soy el único que sabe tocarte así.

Sus paredes se contraen alrededor de mis dedos y el gemido que profiere me atraviesa como una descarga.

—Eres el único —masculla con la voz rota.

Sin dejar de sacar y meter los dedos a la velocidad que sé que le encanta, presiono el pulgar contra su hinchado clítoris y comienzo a trazar círculos. Sus manos se enredan en el pelo de mi nuca y le devoro los pechos mientras ella sacude las caderas hacia delante y detrás.

Aumento el ritmo lo suficiente como para que pierda la compostura.

Sus gemidos se vuelven más profundos y desesperados.

Le muerdo un pecho y luego el otro, alternando la lengua con los dientes para llevarla al borde del precipicio.

La succiono con calma, con hambre, marcando el ritmo con la boca mientras mis dedos no dejan de trabajar.

Hedda arquea la espalda y murmura mi nombre.

No hay nada más hermoso en este mundo de mierda que ver cómo pierde el control.

Sus gemidos se vuelven más necesitados y sus caderas buscan mi mano con desesperación.

Se frota hacia delante y detrás, clavándome las uñas en la espalda, y sonrío porque la tengo justo donde quiero.

La siento tensarse y contraerse en torno a mis dedos y me encanta saber que soy lo único que la sostiene en este momento, porque nunca la dejaré caer.

Busco su boca justo en el momento en que su cuerpo se rinde. Mi lengua se enreda con la suya, y me bebo todos sus gemidos mientras se rompe contra mis dedos.

No me aparto en ningún momento. Ella acaba recostada sobre mí, con el pecho subiendo y bajando y la mejilla apoyada en mi hombro. No me retiro hasta que se echa hacia atrás y me mira con los ojos nublados.

Saco los dedos y los llevo hasta su boca.

—Prueba lo bien que sabes.

Obedece sin rechistar. Sus preciosos labios se fruncen alrededor de mis dedos.

La imagen me golpea directo en la polla.

Joder.

No debería sorprenderme que siga pareciéndome desafiante con mis dedos en su boca. Hay un incendio de pasión en sus ojos cuando aparta mis dedos y baja las manos hasta mi bragueta. Joder, nunca la había visto tan decidida. La cremallera se atasca y sus dedos forcejean con desesperación.

Verla tan ansiosa me hace gracia. Me río contra su cuello y le doy un mordisquito.

—Sin prisa, fiera. Tenemos toda la noche.