STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 34 Hedda
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34 Hedda

El coche se detiene despacio delante de mi casa.

Rowan ha tenido la amabilidad de conducir con extremo cuidado y de aminorar en las curvas al notar que me mareaba.

Incluso ha bajado un poco la ventanilla y me ha preguntado si necesitaba que hiciera una parada, a lo que he respondido que no porque quería meterme cuanto antes en la cama.

Ahora me arrepiento. Debería haberle pedido que se detuviera, pues me voy encontrando peor.

Intento desabrocharme el cinturón y maldigo para mis adentros cuando él baja y rodea el coche.

Mi puerta se abre antes de que pueda liberarme y el aire frío me golpea la cara.

Sin decir una palabra, se inclina hacia mí y pulsa el botón.

A su espalda, la constelación de Casiopea ilumina la fachada celeste de mi casa.

Necesita una mano de pintura, pero ya me encargaré cuando consiga ahorrar lo suficiente para montar mi negocio y dejar de cenar arroz hervido cuatro días a la semana.

Me preocupa la expresión decidida de Rowan, así que le advierto:

—No vuelvas a cogerme en…

No consigo terminar la frase. Rowan me envuelve entre sus brazos como si pesara menos que una pluma y camina hacia la entrada.

—¡Suéltame! —protesto, pero mi voz suena más débil de lo que pretendía.

Sube los primeros escalones con facilidad. Me indigna lo fuerte que es. Hace que la mayoría de los hombres que conozco parezcan figurantes de una película de poco presupuesto. Ese pensamiento me recuerda a alguien.

—A Magnus le costaba menos trabajo que a ti —suelto para picarlo.

—¿Ese bombero que debe estar ahora mismo dando vueltas entre los puestos de arenque preguntando por ti como un pelele?

—Clava los ojos en mí y el estómago se me encoge—.

Sí, tienes razón, no tenemos nada que ver.

Yo siempre soy plenamente consciente de dónde estás.

Nunca te perdería. Y jamás permitiría que otro te apartara de mí.

Tendrían que romperme las piernas y dejarme desangrándome en la nieve para impedir que fuera a buscarte.

Y aun así me arrastraría hasta encontrarte.

Sus palabras me dejan muda de asombro.

Su mano se estrella contra mi culo.

—¡Ay!

—Eso por compararme con ese inútil. ¿Dónde tienes las llaves?

El culo me arde y noto un calor inesperado entre las piernas.

—No quiero tu ayuda —contesto, toda digna.

—No te la estoy ofreciendo: te la estoy imponiendo. —Señala la cerradura con la cabeza—. Las llaves.

Resoplo. Sé escoger mis batallas y esta ya la he perdido.

—Bolsillo derecho de mi abrigo —mascullo de mala gana—. Déjame en el suelo. Me encuentro mal.

El karma quiere castigarme, pues en cuanto pronuncio esas palabras, el estómago empieza a revolvérseme de verdad.

Me tapo la boca con una mano y rezo a todos los dioses del universo para que me libren de este momento.

Mientras tanto, Rowan hurga en mi abrigo sin soltarme, encuentra las llaves y abre la puerta.

Nada más entrar, se queda quieto en el umbral. Le tiemblan las aletas de la nariz y su expresión se relaja. Ya casi no frunce el ceño.

—Huele a canela y mantequilla.

Oh, yo también lo huelo.

Es ese bizcocho que he horneado esta tarde con la receta de mi madre. Normalmente adoro ese olor y me hace sentir bien cuando me invade la tristeza. Pero ahora… me revuelve las tripas y el aquavit me sube por el pecho como fuego líquido.

Suelto el cuello de Rowan y me llevo las dos manos a la boca. Él me aúpa de un tirón para que no me caiga.

—¡Voy a vomitar!

—Mierda.

Sale disparado y se detiene al dar tres pasos, mirando a su alrededor como si buscara la salida de emergencia en mitad de un incendio.

—¿El baño?

Señalo la puerta del fondo y corre hacia ella.

Me deja de rodillas frente al váter justo a tiempo para que vomite una mezcla asquerosa de arenques y ese licor anisado que ahora me quema la tráquea.

Si quisiera, no podría esforzarme más por hacer el ridículo mientras me abrazo al inodoro, vacío el estómago y Rowan me sujeta el pelo con las dos manos.

¿Por qué no se marcha?

¿Por qué no murmulla algún taco o arruga la nariz?

Cualquier otra persona estaría apartándose. Pero él no. Él permanece a mi lado.

Cuando termino, me derrumbo en el frío suelo de baldosas y una mano cálida me frota el centro de la espalda.

Uf, no me había emborrachado así desde los diecinueve años. ¡Y tenía que vomitar precisamente delante de él!

Rowan retira la mano y supongo que por fin va a marcharse. Unos segundos después, oigo la cadena y me ofrece un puñado de papel higiénico. Me limpio la cara con manotazos torpes y me entran ganas de llorar.

Por favor, que alguien se apiade de mí y acabe con mi existencia.

El papel desaparece de mi mano y Rowan vuelve a tirar de la cadena.

Luego siento algo húmedo y fresco en la mejilla.

El contacto me estremece y me arranca un suspiro tembloroso.

Tardo un momento en entender que me está limpiando los restos de vómito y maquillaje usando el paquete de toallitas del lavabo.

Me da vergüenza mirarlo a la cara, así que fijo la vista en el cesto de la ropa sucia mientras él termina de limpiarme.

Eso es lo peor. No soporto que me trate con tanta amabilidad cuando demostró carecer de ella hace varios días.

Y, cuando me borra los restos de rímel y colorete, me vengo abajo y se me escapa un sollozo.

Creí que la cosa no podía empeorar…, hasta que rompo a llorar con ganas. Esto sí que es caer bajo.

—Estoy asquerosa —murmuro, quitándole las toallitas de mala manera—. ¡No finjas que no te da asco!

—No me da asco.

—Ya es bastante humillante que me hayas visto vomitar después de lo mal que me trataste aquel día.

No dice nada. Solo recupera el paquete, saca otra toallita y termina de desmaquillarme con cuidado. Ese gesto me provoca una punzada en el corazón. Ningún hombre había hecho algo así por mí.

No, de eso nada.

Sé lo que intenta. ¡Y en mi momento más vulnerable! No voy a bajar la guardia con él.

—Ya te has cerciorado de que no me acostaba con otro, ¿contento? —Giro la cara para que deje de limpiarme—. Eres como el perro del hortelano. Ya puedes irte. Déjame en paz.

Me observa sin pestañear. Como si no me hubiera escuchado, acerca la toallita a mi nariz y frota con delicadeza, casi con… cariño.

—Ya está —dice, satisfecho—. ¿Tienes más ganas de vomitar?

Niego con la cabeza. Le señalo la puerta.

—Vete.

No soy así de cruel. Jamás. Con nadie. Podría decir que es por el alcohol que aún corre por mis venas, pero estaría mintiendo. Me estoy portando como una cría despechada porque me escoció que me rechazara.

—No me voy a ningún lado. Esta vez no.

Lo miro con desconfianza a través de las lágrimas. No pienso fiarme.

—Usa tus truquitos con otra.

—No hay ninguna otra, Ojos Bonitos —reconoce, con una sonrisa cargada de autodesprecio—.

Te lo dije: no he mirado ni he pensado en nadie más desde hace nueve meses.

Me has condenado a una vida de abstinencia y obsesión permanente.

Y créeme, mi cabeza no es un lugar cómodo en el que vivir, porque casi todos mis pensamientos tienen que ver contigo.

—Dijiste que me tenías idealizada por culpa de una pelea en la que sufriste un traumatismo —le recuerdo, dolida.

—Mentí.

—¿Por qué?

—Quería apartarte de mi lado.

—¿Y ya no quieres?

—La perspectiva de no tenerte en mi vida es mucho peor que la de arriesgarme.

—¿Arriesgarte a qué?

—A que me importes de verdad. —Me sonríe con desánimo y añade—: Aunque ya me importas más de lo que me gustaría y estoy cagado de miedo.

Me quedo mirándolo sin saber qué decir. No sé si me desconciertan más sus palabras o mi necesidad de creerlas.

—¿Quieres darte una ducha?

Miro la alcachofa con incertidumbre. Me gustaría darme una larga ducha de agua caliente, pero apenas me tengo en pie.

—¿Quieres que te ayude?

—Claro, aprovéchate de mí.

Su expresión cambia de golpe y me arrepiento en cuanto las palabras salen de mis labios. Hay muchas cosas que sé de Rowan: es posesivo, tiene una vena cruel y no me conviene, pero también tengo claro que no es el tipo de hombre que se aprovecha de una mujer borracha.

La arruga de su entrecejo me confirma que he hurgado en una herida abierta.

—¿Necesitas que te ayude a desvestirte? —pregunta sin emoción.

Asiento y sus manos me suben el jersey mientras me mira a los ojos.

—Total, no hay nada que no hayas visto ya.

—No me hace ni puta gracia que bromees con eso.

Doy un respingo cuando se arrodilla delante de mí y casi pierdo el equilibrio, pero él me sujeta enseguida por las caderas.

—Tranquila —murmura con tono más suave—. Solo voy a quitarte los zapatos. Apóyate en mis hombros para no caerte.

Me quita los zapatillas con cuidado y luego los calcetines. El roce de sus dedos me provoca un cosquilleo inesperado en la planta de los pies y se me escapa una risa incómoda.

—Tienes cosquillas.

Me da un apretón cariñoso en los gemelos antes de soltarme.

Es un gesto tan espontáneo que me ablanda como si estuviera hecha de plastilina.

Me roza el vientre al ponerse de pie y me cuesta un mundo sostenerle la mirada sin que me tiemblen las piernas.

El calor que irradia su cuerpo atraviesa el mío y me envuelve como si fuera una estufa.

Me tambaleo un poco y coloca sus manos sobre las mías.

—Pantalones —ordena con voz grave.

—¿Qué?

—¿Vas a meterte con los pantalones en la ducha?

—Ah, no, no —contesto como una tonta.

Madre mía, ¿qué creía que me estaba pidiendo?

Me apoyo en uno de sus hombros para bajarme los vaqueros y se me eriza el vello de los brazos al quedarme en ropa interior. La verdad es que Rowan no mira mi cuerpo en ningún momento. No sé cómo me hace sentir eso. Aliviada, pero también decepcionada, creo.

Luego me ayuda a entrar en la ducha, abre el grifo y regula la temperatura.

—¿Puedes sola?

Me siento un poco mejor y ni muerta permitiría que me bañara, así que asiento y él sale del baño.

Aunque deja la puerta entreabierta —por si necesito ayuda—, no me preocupa que se cuele mientras me estoy duchando.

Tras quitarme la ropa interior, me quedo un rato bajo el agua caliente y suspiro de alivio.

Tardo un buen rato en lavarme el pelo y Rowan me pregunta desde el otro lado si todo va bien. La puerta no se abre ni un centímetro.

Cuando termino, me envuelvo en el albornoz y tardo unos minutos a propósito para darle tiempo a que se marche. Por eso me sorprende que esté en el umbral.

—Ah, sigues aquí.

—Pensaste que me había ido —no es una pregunta. Parece contrariado.

Está en medio de la puerta, así que no puedo salir y me quedo a cuadros cuando lo veo coger el peine del lavabo y hacerme un gesto para que le dé la espalda. Nadie me desenreda el pelo desde los nueve años.

—Te odio —murmuro—. Esto no cambia nada.

Las púas del peine me acarician el cuero cabelludo y ahogo un gemido de placer. Uf, qué gusto.

—Cada vez que dices que me odias significa que aún te importo —me peina con movimientos lentos y pacientes, separando los mechones con los dedos antes de pasar el peine—, así que ódiame todo lo que quieras.

—Cada uno se monta las películas que quiere.

Su risa vibra contra mi espalda. Yo también estoy sonriendo, pero aprieto los labios cuando nuestras miradas se encuentran en el espejo.

—¿Alguna vez habías peinado a alguien?

—Sí. —Su respuesta me decepciona—. A mi hermana, cuando era pequeña. Solía quejarse de que le hacía daño, así que aprendí a ir con cuidado.

Un calorcito reconfortante me llena el pecho al saber que no ha hecho esto con otra mujer con la que se haya acostado.

—No se te da mal.

—Viniendo de ti, me lo tomaré como un gran cumplido.

—No lo era —contesto con la boca pequeña—. Acaba de una vez y vete.

Por favor, vete antes de que me cueste recordar por qué te odio.

Rowan se toma su tiempo en desenredarme el pelo. En ningún momento me da tirones y es tan agradable que empiezo a quedarme grogui hasta que coge el secador. Ay, no. De ninguna manera. ¡No va a secarme el pelo! Mi fortaleza tiene un límite y él lo está destruyendo al cuidarme con tanto mimo.

—No hace falta.

—No voy a dejar que pilles una pulmonía.

—Puedo hacerlo sola.

—Quiero hacerlo yo.

—Razón de más para no permitirlo.

—Entonces, deja que lo haga a cambio de haberte visto vomitar.

—Qué golpe más bajo.

Enciende el secador y el aire caliente me revuelve el pelo. Lo hace con tanta paciencia y meticulosidad que parece un peluquero profesional. Supongo que esa actitud perfeccionista es la que lo ha convertido en un boxeador de éxito.

Cuando comprueba que tengo el pelo seco, se lleva un mechón a la nariz e inspira como si necesitara mi olor para seguir existiendo.

—Vainilla.

—¿Te gusta la vainilla?

—Antes de ti, la odiaba.

El alcohol me da una valentía absurda. Me giro para quedar de frente a él y le toco la nariz.

—Odio tus estúpidas pecas. —Deslizo el dedo por una de ellas antes de retirar la mano—. ¿Has echado de menos dormir conmigo?

No pestañea.

—Todos los malditos días.

Una lágrima traicionera rueda por mi mejilla.

—Me hiciste sentir muy mal —confieso en voz baja.

Me seca la lágrima con el pulgar.

—No llores por mí, Ojos Bonitos. No merezco la pena.

Me estrecha entre sus brazos y me besa el pelo, la sien y la frente.

Me hundo contra su pecho y dejo que me sostenga mientras intento entender por qué el hombre en el que menos confío es también la única persona que consigue hacerme sentir a salvo.

El latido de su corazón contra mi mejilla se convierte en un sonido muy agradable.

—Soy un grandísimo imbécil. —Sus labios se posan en el nacimiento de mi pelo—. No llores, por favor. Lamento haberte herido. —Me acaricia la espalda con cuidado—. ¿Dónde está tu dormitorio?

—Al final del pasillo —murmuro entre hipidos.

Me lleva a la cama, destapa el edredón y enciende la tele.

—Voy a prepararte una infusión y un sándwich. Te sentirás mejor después de comer algo.

Le sujeto la mano antes de que se vaya.

—¿Por qué cuidas de mí?

Sus ojos se clavan en los míos.

—Sabes por qué.

Me duele el pecho.

—Me mentiste. —Apoyo la cabeza en la almohada y cierro los ojos—. No lo vuelvas a hacer.

Dice algo que no llego a escuchar porque me vence el cansancio. Mi último pensamiento antes de caer rendida es que, pese a todo, sigue aquí. Y no quiero que se vaya por nada del mundo.