33 Hedda
Todo me da vueltas.
Al principio, creo que es por llevar toda la noche girando alrededor del Ønskefurua.
Magnus se las ha apañado para no soltarme en ninguna canción, y cuando otros hombres se han acercado a mí, les ha sonreído con cualquier comentario, antes de estrecharme entre sus brazos para seguir bailando conmigo.
El pulso me late en los oídos.
No puedo dejar de reír. Me siento viva, ligera, radiante.
Pero, al mismo tiempo, noto un remolino de nervios en la barriga, porque siempre que alzo la vista, lo veo entre los puestos de arenque con una jarra de hidromiel en la mano.
Y, cada vez que nuestras miradas coinciden, una emoción salvaje se apodera de mi cuerpo.
A diferencia de la felicidad inofensiva que siento al bailar con Magnus, nada se parece a la sensación de peligro intenso que me invade si Rowan está a menos de un kilómetro.
Y debo ser una masoquista, pues me resulta tan adictivo que no tengo ni idea de cómo voy a desengancharme.
Hay pasiones que son incendios controlados, y luego están las que devoran el oxígeno y te obligan a sobrevivir respirando humo. Son relaciones envueltas en un veneno dulce del que quieres probar una gota cada día hasta hacerte inmune.
Nunca había sentido nada igual, ni siquiera con Oskar.
Con él, primero fue idealización y después, esperanza ciega y patética.
Mi ex era un falso príncipe que me engatusó con palabras bonitas antes de mostrar su verdadera cara.
Rowan, por el contrario, es una bestia que supe desde el primer momento que me clavaría los colmillos.
Con él, es como subir a una montaña rusa sin cinturón de seguridad y caer a toda velocidad.
Por eso, cada vez que nos miramos, me mareo aún más.
Por eso, una parte de mí disfruta poniéndolo celoso al bailar con Magnus.
Por eso, me aparto el pelo de los ojos y le sonrío a Magnus como si de verdad me interesara.
—Perdón por haberte pisado seis veces —le digo, intentando centrar la vista en su cara.
—Han sido al menos diez. Pero no te lo tengo en cuenta. Me lo he pasado genial. —Echa un vistazo por encima de mi hombro—. Y ver rabiar a tu acosador no tiene precio.
El corazón me da un vuelco al saber que él también se ha dado cuenta; no han sido solo imaginaciones mías. Pero enmascaro lo que siento dándole un golpecito en el hombro.
—No es mi acosador.
Me doblo hacia un lado y él me sujeta por el antebrazo. Entonces arquea las cejas y me coloca la otra mano en la cintura.
—Creo que has bebido demasiado.
Me parto de risa porque no sé en qué momento el alcohol se me ha subido tanto teniendo en cuenta su sabor horrible. Le hago un gesto con el dedo para que se acerque y le susurro al oído como si fuera un secreto trascendental:
—No me gusta el aquavit .
Él suelta una carcajada. Tiene una risa bonita, alegre y desinhibida, muy diferente de la risa ronca y grave de cierto pelirrojo en el que no debería malgastar ni un solo pensamiento.
—Pues te lo bebías como si fuera agua.
—¿Verdad? —Echo la cabeza hacia atrás. Todo me resulta divertidísimo—. ¡No lo entiendo! Tiene un sabor horrible, pero no podía dejar de beber.
—Debería llevarte a casa.
Arrugo la frente.
—No voy a acostarme contigo.
—Esta noche, desde luego que no —puntualiza—. Has bebido demasiado y yo nunca me acuesto con mujeres que no son plenamente conscientes de sus decisiones.
Le acaricio la mejilla como si fuera un cachorrito adorable.
—Entiendo perfectamente que Anita se haya encaprichado de ti —digo arrastrando las palabras—. Ojalá volviera a tener diecisiete años y me gustaras tanto como entonces.
—Guau, eso me ha dolido. —Se lleva una mano al pecho—. Vamos, te llevo a casa.
—No te enfades conmigo.
—No me enfado —contesta sin acritud—. Pero lamento decirte que tu gusto ha empeorado con el paso de los años.
—Echa un vistazo hacia el hombre pelirrojo que no nos quita la vista de encima—.
Por si acaso, no le diré nada a Lars, pero prométeme que me avisarás si necesitas ayuda con el rey del boxeo.
—No hay nada entre nosotros.
Me gustaría sonar más convincente, pero pierdo toda credibilidad cuando me tambaleo agarrada de su brazo.
—Será mejor que se lo expliques a él. Me encanta demasiado mi cara como para que alguien decida remodelármela.
—¡No seas tonto! Nadie va a remodelarte nada.
Magnus mantiene la vista fija en Rowan unos segundos más de lo necesario y su sonrisa mengua apenas un milímetro.
—Mmm. —Se encoge de hombros, pero sus dedos se tensan sobre mi cintura—. Ten cuidado con él, Hedda.
—¿Por qué?
—Tiene esa mirada. La reconozco.
—¿Cuál?
—La que me recuerda a Søren cuando está a punto de liarla.
Søren. Su hermano gemelo. Por fuera, son tan parecidos que casi nadie consigue distinguirlos.
Søren me ha dado algún susto, como aquella vez que fingió ser su hermano para que lo besara y, después de que lo hiciera, puso cara de aburrimiento y me soltó: «Mi hermano no ha salido ganando contigo».
Lars le dio un puñetazo por aquella jugarreta, por cierto.
Por dentro, sin embargo, no podrían ser más distintos.
El hermano de Magnus tiene una vena malvada.
En el pueblo los llaman Jekyll y Hyde. Adivina quién es Hyde.
Nos cruzamos con Anita en mitad del camino.
No ha dejado de bailar con todos los chicos del pueblo.
Me he alegrado de que por fin haya empezado a fijarse en jóvenes de su edad…
hasta que me he dado cuenta de que miraba a Magnus cada pocos segundos, y he comprendido que solo lo hacía para llamar su atención.
Magnus entrelaza nuestros dedos e ignora la mirada anhelante de Anita. Con su melena rubia y la cinta roja ondeando en la muñeca, se planta en el centro de cinco chicos que suspiran por su atención mientras Magnus me ayuda a sentarme en el asiento delantero.
Dejar a Anita sola es una mala idea. Apenas quedan adultos vigilando y el alcohol empieza a circular sin restricción. Matti ha intentado llevarse a su prima hace una hora, pero ella le ha hecho una peineta.
Magnus sigue mi mirada, resopla y se pasa la mano por la cara. Ahora parece enfadado.
—¿Qué narices hace esa cría?
—Celebrar que cumple dieciocho años la semana que viene.
—Sigue siendo una niña rodeada de gilipollas borrachos que la miran como si fuera un caramelito.
Anita, como si sintiera nuestras miradas, se acerca a uno de los chicos, le agarra la cara y le planta un beso en la boca. Los demás la jalean y se señalan el pecho como si estuvieran haciendo turno.
—No me jodas —se enerva Magnus.
—Tal vez deberíamos…
—Voy a por ella —suelta antes de que se lo pida—. Os llevaré a casa a las dos. No te muevas de aquí.
Asiento, más tranquila al saber que va a encargarse.
No me gustaba la idea de dejar a Anita rodeada de chavales hambrientos.
Estoy segura de que ha bebido casi tanto como yo y solo actúa movida por el despecho de verme con Magnus.
No me siento culpable; ella aún es menor de edad y Magnus le saca diez años. Eso no va a ninguna parte.
Me recuesto en el asiento del copiloto y cierro los ojos para que la cabeza deje de darme vueltas. No han pasado ni tres segundos cuando la puerta se abre y unos brazos firmes me arrancan del asiento.
El mundo se pone del revés y el aquavit me sube por el pecho como una llama.
—¿Qué…? —Me tapo la boca para contener una arcada.
Algo áspero me roza la mejilla e inhalo ese olor a sándalo que embota mis sentidos. Entonces reconozco las manos grandes y el pecho duro y cálido. Abro los ojos de par en par y veo mechones de cabello cobrizo oscuro.
Cabello cobrizo oscuro.
Comienzo a patalear y a golpearle la espalda con los puños, pero ni por esas me suelta. Porque él no es Magnus. No se conformaría con dejarme en el suelo y hablar como dos personas civilizadas. No, es un cabrón que tiene que salirse con la suya, ya sea por las buenas o por las malas.
Veo hacia dónde me lleva e intento agarrarme en vano a la puerta de su coche para evitar que me meta a la fuerza, pero no logro impedir que me suelte en el asiento y me coloque el cinturón con un movimiento rápido y brusco.
—Hijo de…
Mis palabras se estrellan contra la puerta cerrada. Intento desabrocharme el cinturón, pero me ha pillado tan desprevenida que no logro atinar ni a la tercera vez. El alcohol que corre por mis venas tampoco ayuda.
Rowan rodea el coche, se sienta al volante y cierra con pestillo. Exhalo con frustración e intento que el miedo no se note en mi voz.
—¿Qué demonios crees que haces?
—Te llevo a casa —contesta sin mirarme.
—¡Magnus iba a llevarme a casa!
Arranca el coche y, por supuesto, intento abrir la puerta como una grandísima idiota. Se le marcan las venas de las manos al apretar el volante.
—Estás borracha.
—¡No es tu problema! ¡Estaba feliz hasta hace medio minuto!
—Feliz —escupe con sorna—. Y vulnerable.
—¿Y a ti qué más te da? —le grito, soltando la manija y girándome hacia él.
No responde. Se limita a conducir con los ojos clavados en la carretera y la mandíbula tan tensa que casi siento pena por sus dientes. Si no estuviera al volante, le pegaría. Lo más gracioso es que él parece incluso más cabreado que yo.
Suelto una risa incrédula al entender por qué lo ha hecho. Esto no es un ataquito inofensivo de celos. Ha permanecido toda la noche al margen porque estaba convencido de que yo no haría nada con Magnus. Hasta que nos ha visto irnos juntos.
—¿Vas a impedir que folle con otro porque estoy borracha?
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba muy despacio. No es una sonrisa alegre ni amable, sino una mueca oscura y retorcida que me pone la piel de gallina.
—No vas a follar con otro. —Pasa el pulgar por el volante como si se estuviera conteniendo—. Ni ebria ni sobria.
Me aparto un mechón del ojo de un soplido.
—Porque tú lo digas.
—Te animo a intentarlo. —Su voz baja medio tono y basta para congelar el oxígeno del coche—.
Hoy me has pillado generoso —añade con un tono magnánimo—, pero la próxima vez que ese bombero con complejo de héroe o cualquier otro idiota del pueblo te ponga las manos encima, voy a romperle todos los putos huesos del cuerpo. Y lo pienso disfrutar.
—Eres… eres… ¡un grandísimo canalla!
—Me han llamado cosas peores.
—¡Te odio!
Frena delante de un semáforo en rojo.
—Hedda —se inclina hacia mí, sube la mano despacio y me alza la barbilla con dos dedos.
Sus ojos son un incendio contenido—, tienes permiso para odiarme, pero no para dejarte toquetear por otro hombre.
No vuelvas a bailar con otro para ponerme celoso, porque no necesito que me provoques para morirme de celos.
Verte sonreírle a cualquiera ya me destroza lo suficiente.
Trago saliva cuando sus dedos me frotan la piel y prenden todo mi cuerpo en llamas.
—He pasado años orgulloso de no perder el control —continúa con voz contenida—, y ahora tú me lo arrancas y pretendes que me quede mirando cómo un tipo te lleva a casa borracha como si fuera un triunfo.
—No iba a aprovecharse de mí —siseo, indignada—. Es un buen hombre. Solo iba a llevarme a casa.
—Los hombres que parecen buenos son los que mejor mienten —dice con resentimiento—. Esos que inspiran confianza y sonríen a todo el mundo.
Hay algo detrás de sus palabras que me hace entrecerrar los ojos.
—¿Y debería confiar en ti?
—Soy el último hombre en el que deberías confiar. —Su pulgar se desliza por mi barbilla y luego me suelta—. Pero, siempre que te toque, será porque tú lo permitas. Siempre. Eso ni lo dudes.
Me arde el pecho al recordar lo que me dijo en la cabaña.
—No vas a volver a tocarme —asevero.
El semáforo cambia y vuelve a fijar la vista en la carretera.
A pesar de mis palabras, me invade una verdad descorazonadora mientras lo observo conducir: no importa cuánta distancia intente poner entre nosotros; él siempre encontrará la forma de llegar hasta mí.
Y lo peor de todo es que una parte de mí quiere que lo haga.