STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 32 Hedda
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Hoy es el día más importante de Bjørndal y la primera vez que lo celebro en tres años.

No sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin el olor a humo del abedul, el arenque ahumado y el dulzor del hidromiel servido en jarras de barro.

Cada año, cuando la nieve empieza a derretirse y el fiordo deja de parecer un lugar inexpugnable, el pueblo entero se reúne para brindar alrededor del viejo Ønskefurua, el pino de los deseos, un árbol de más de quinientos años que ha sobrevivido a incendios, hambrunas y amores imposibles.

Cada familia cuelga una cinta con un deseo en sus ramas y los solteros bailan a su alrededor al son de la música folk que toca la orquesta.

Sild og Skål (Arenque y ¡salud!) es mi día favorito del año.

E n Bjørndal nunca faltan los arenques. Crecen en el fiordo de Trondheim y son fundamentales para nuestro ecosistema.

Aquí, el sild no es solo un capricho gastronómico, sino una herencia de la que nos sentimos orgullosos.

Es el pez más común para la pesca recreativa y comercial.

De hecho, ni siquiera se necesita una licencia especial para pescarlo.

Su presencia atrae a otros animales al fiordo, incluyendo marsopas y aves marinas.

Se sirve ahumado, en escabeche o recién salido del agua, y nadie se atrevería a celebrar el fin del invierno sin él.

Aunque ahora todos presuman del salmón, el arenque siempre será la plata del mar; el pez que sostuvo a nuestras comunidades costeras cuando no había nada más que frío y hambre.

Matti aparece con una bandeja de madera con tres arenques ahumados sobre panecillos de rugbrød [5] con mantequilla y cebolla. Es tradición que los solteros bebamos aquavit , un licor noruego amarillento que contiene un cuarenta por ciento de alcohol, aromatizado con semillas de alcaravea.

—¡Yo quiero uno! —exclama Anita, tras colgar su deseo en el Ønskefurua.

Su prima Matti le planta en la mano un vaso de Solo, el famoso refresco de naranja. Anita hace pucheros con los labios.

—Tienes diecisiete años.

—Cumplo dieciocho la semana que viene.

—¿Madurará algún día? —me pregunta Matti como si su prima no estuviera delante—. Solo espero que no hayas escrito un deseo sobre Ash. El viejo Ønskefurua no es Julenissen [6] .

—¡Deja de tratarme como si fuera una cría!

Matti le mete un panecillo de arenque en la boca aprovechando que la tiene abierta.

—¡Eres una cría! ¡Come y calla!

Anita casi se atraganta y en ese momento, Aksel, el novio de Matti, aparece con dos jarras de hidromiel y se interpone entre las primas para evitar una pelea.

—¡No sé cómo la soportas, Aksel! —protesta Anita mientras se limpia la boca de un manotazo—. ¡Es una bruja!

—Vamos, vamos —interviene Aksel con su habitual buen humor—. En el fondo, os queréis. —Le pasa un brazo por los hombros a Matti y le besa el pelo—. Siento llegar tarde.

—No pasa nada. —Matti brinda con él y apoya la cabeza en su hombro.

Ayer celebraron su décimo aniversario. Cuando los miro, envidio esa complicidad silenciosa que solo se consigue con el paso del tiempo.

Matti y Aksel son un equipo y encajan como si siempre hubieran estado destinados a serlo.

Aunque a veces no puedo evitar preguntarme qué habría pasado si Lars hubiera llegado antes que Aksel.

Pero la vida no entiende de hipótesis, y la relación entre Matti y Aksel es tan sólida como el viejo Ønskefurua.

Los dejo a su aire y doy un paseo hacia el muelle. Los puestos de arenqu e se alinean sobre tablas mal clavadas y farolillos que se balancean con el viento. Ylva, la abuela de Matti, celebra su octava victoria consecutiva en el concurso de hidromiel casero con la dignidad de una reina.

Le doy un sorbo a mi aquavit [7] . El líquido me baja como fuego líquido por la garganta y carraspeo sin poder evitarlo. Cada Sild og Skål olvido lo traicionero que es est e maldito licor.

No sé a quién se le ocurrió la idea de que los solteros debamos beber aquavit y llevar una cinta roja en la muñeca. Es tradición que los hombres solteros saquen a bailar a las mujeres que también la llevan.

Anita no deja de echar miraditas cargadas de intención a Magnus y sacudir la muñeca con la cinta.

El bombero la ignora en todo momento. Eso no me sorprende, pero sí que no haya sacado a bailar a ninguna joven del pueblo.

Si Lars estuviera aquí, ya iría medio borracho de aquavit y no quedaría ninguna soltera a la que no le dolieran los pies.

Yo también llevo una cinta roja. No porque vaya buscando nada, sino porque esta noche quiero fingir que ya no estoy huyendo.

El tronco de abedul ya está preparado en el centro de la plaza. Cuando lo prendan, las chispas subirán hacia el cielo oscuro y todos aplaudiremos como si realmente creyéramos que el fuego puede ahuyentar algo más que el invierno.

Quizá funcione y esta noche consiga espantar también lo que siento cuando Rowan me mira como si el mundo fuera demasiado pequeño para los dos.

Me llevo el vaso de aquavit a los labios y el líquido vuelve a quemarme la garganta. En ese momento, los ojos azules de Magnus se encuentran con los míos y alza su vaso en mi dirección.

Al fondo, casi fundida con las sombras del muelle, distingo una figura inmóvil e imponente de cabello cobrizo oscuro y barba incipiente. Sostiene una jarra de hidromiel y tiene los ojos clavados en mí. Aunque estemos a varios metros de distancia, siento su mirada rozándome la piel.

¿Qué hace aquí?

Un cosquilleo me recorre la espalda y las rodillas se me aflojan como si mis piernas estuvieran hechas de gelatina.

Los primeros acordes de un hardingfele [8] vibran en el aire cuando Magnus avanza hacia mí con una mano extendida. La cinta roja de su muñeca brilla bajo las antorchas al tenderme la mano.

No tengo ganas de bailar y me he escaqueado todos los Sild og Skål. Esta noche, sin embargo, entrelazo nuestros dedos y me dejo arrastrar hacia el centro de la improvisada pista, donde las demás parejas dan vueltas alrededor del pino.

Necesito incendiar las mariposas que revolotean en mi vientre por culpa del hombre equivocado.

Quiero que ardan como el tronco del abedul hasta convertirse en cenizas.

Y bebería todo e l aquavit del fiordo para conseguir que el hombre que me acelera el corazón fuera Magnus en lugar del boxeador cuyos ojos ardientes siento clavados en la nuca.

Mientras damos vueltas alrededor del Ønskefurua, mi mirada se cruza con la de Rowan y noto el cerebro abotargado. No solo estoy mareada por el alcohol.

Me echo a reír cuando Magnus me susurra una tontería al oído. Me bebo lo que queda de aquavit , me aferro a su cuello y giramos y giramos y giramos mientras ignoro al hombre que me acecha desde las sombras.

Perfecto.

Que arda todo.