31 Hedda #3
—No tienes derecho a opinar sobre mi vida. Me rechazaste de una forma cruel. Así que ahora hazte a un lado.
—Él no te merece.
—¿Y tú sí?
—No. Yo soy mucho peor. Pero al menos no necesito ir persiguiéndote como un cachorro desesperado para conseguir que me prestes atención.
—Magnus solo está siendo amable.
—No, te hace sentir incómoda cada vez que te toca. Y esa esa es otra buena razón para arrancarle las manos, ahora que lo pienso.
Me dan ganas de tirarme de los pelos. Esto es el colmo. Bueno, vale, quizá tiene razón con lo de que no disfruto del contacto de Magnus tanto como me gustaría, pero me veo obligada a saltar en su defensa.
—Magnus es un tío estupendo.
—No será tan estupendo cuando te dejó escapar.
—Tú también me dejaste escapar.
—Si hubieras sido mía de verdad, nada ni nadie te habría podido arrancar de mis brazos.
Me arde toda la cara. No es el sonrojo inofensivo que me produjo el flirteo tonto con Magnus.
Esto es otra cosa: algo violento y abrasador, que me empuja hacia Rowan como si fuéramos polos opuestos atrapados en un campo magnético.
Como si no hubiera fuerza de la naturaleza capaz de separarnos.
Ni siquiera mi propia voluntad ni el sentido común que me hizo alejarme de los hombres envueltos en banderas rojas.
Con una suavidad impropia de él, me coloca una mano en la mejilla y apoya la otra en mi rodilla.
—Déjame llevarte a tu casa, por favor.
—¿Solo porque te enfadaste al ver que él me llevó el otro día?
—No me enfadé, Ojazos: me volví loco de celos —reconoce con amargura—. Y no me gustó una mierda sentirlos. Nunca me había puesto celoso y aceptarlo fue como tragarme un puñado de cristales.
—A mí no me vas a mear encima para marcar territorio.
—No quiero marcar territorio. —El calor de su mano traspasa la tela de mi pantalón—. Quiero llevarte a tu casa, ponerte hielo en el tobillo y prepararte un chocolate caliente para que entres en calor.
—¿Por qué?
—Porque me preocupo por ti.
—No recuerdo que te preocupara cuando me dijiste que solo era tu única opción disponible. O cuando añadiste que necesitaba gasolina por mi baja autoestima. O cuando soltaste que me tenías idealizada por aquella pelea en la que sufriste un traumatismo cerebral.
Rowan asiente como si estuviera digiriendo algo, se pasa una mano por la barba y… me mira. Es una mirada nueva, desprovista de armadura, que se cuela entre mis grietas sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.
—Fui un…
—¿Hedda? —me llaman a gritos.
—El que faltaba —masculla Rowan.
—Ni se te ocurra ponerle una mano encima —le advierto, nerviosa—, o no vuelvo a dirigirte la palabra en la vida.
Magnus aparece jadeando en el borde del terraplén. Rowan se tensa, pero no aparta la mano de mi rodilla. El bombero lo ignora como si no existiera y baja a toda prisa.
—¿Cómo te has caído? —pregunta, y, ahora sí, desvía una mirada acusadora hacia Rowan.
—Un accidente tonto —me apresuro a explicar. No quiero que piense mal de Rowan—, relacionado con esta bolita de pelo que se alegraba mucho de verme.
Roxie le enseña los dientes a Magnus cuando este estira el brazo para acariciarla.
—No toques a mi perra —le advierte Rowan.
Magnus levanta ambas manos en un gesto de paz, pero su mirada de acero contradice su postura relajada.
—Tranquilo, solo la estaba saludando. No hace falta que tú también me enseñes los colmillos.
—Roxie siempre avisa, pero yo no tengo paciencia para los tíos que se hacen los graciosos.
—Me he doblado el tobillo —intervengo deprisa para aliviar la tensión—. ¿Me puedes llevar a casa, Magnus?
Rowan es bueno camuflando sus emociones, pero ahora mismo destila furia por todos los poros de su piel. No es solo que haya rechazado su ayuda, sino que se la estoy pidiendo a Magnus.
Magnus vuelve a ignorar a Rowan y se centra en mí.
—¿Puedes caminar? —me pregunta.
—Me duele una barbaridad. Deja que me apoye en ti hasta llegar al coche.
Magnus no se lo piensa: pasa un brazo por detrás de mis rodillas, el otro por mi cintura y me levanta como si pesara menos que su chaqueta.
Teniendo en cuenta que el traje de bombero pesa más de veinte kilos y el equipo de respiración unos doce —lo sé porque Anita no deja de repetirlo a todas horas—, no me sorprende que cargar conmigo no le suponga ningún esfuerzo.
Roxie empieza a gruñirle. Con los brazos alrededor del cuello de Magnus, miro a Rowan por encima de su hombro.
Tiene los puños apretados contra las piernas y la mandíbula tensa.
Y lo que veo en sus ojos me deja sin aliento.
No es solo preocupación o culpa. Es algo más primitivo que me obliga a abrazar el cuello de Magnus y apartar la mirada.
Rowan Steel está celoso.
No tiene el menor sentido, salvo que me mintiese el día que pasó de mí.
Porque solo hay un motivo para que lo hiciera: quiso alejarme de él por alguna razón que desconozco.
Esa certeza me da miedo, pues significa que es tan peligroso como sospechaba. Sin embargo, mientras Magnus me lleva hacia el sendero, desearía que fuera Rowan quien me cargara en brazos.