31 Hedda #2
—Soy un hombre paciente, Hedda. Solo te pido que me tengas en cuenta cuando te apetezca volver al mundo de las citas.
La verdad es que con Magnus todo me resulta fácil.
No me pongo nerviosa ni siento esa presión que me atenaza el pecho.
Sí, tampoco siento mariposas, pero creo que, después del infierno que viví con mi ex, quizá sea justo lo que necesito.
Si algún día vuelvo a querer buscar el amor, me gustaría enamorarme de alguien como él: un hombre fácil de llevar, que no me descoloque ni encienda todas mis alarmas.
—De acuerdo —cedo al final.
Reanudo la marcha y suelto por encima del hombro con tono jovial:
—¡Gracias por el servicio, bombero!
Su risa grave me acaricia la espalda.
Tengo cuidado al bajar por un tramo estrecho junto a un pequeño terraplén cubierto por hojas húmedas. El viento fresco me despeina y freno para recogerme el pelo en una coleta. Al levantar los brazos, una bola de pelo negra aparece entre los árboles como un proyectil con patas.
¿Qué…?
No me da tiempo a apartarme; la bestia me salta encima y sus patas delanteras se estrellan en mi pecho, haciéndome perder el equilibrio y lanzándome por el terraplén.
Las ramas me arañan las mejillas mientras intento aferrarme a algo y ruedo cuesta abajo por la montaña de hojas. Por suerte, la caída es corta y poco empinada. Por desgracia, mi pie se atasca entre dos piedras y el dolor me arranca un grito.
—¡Roxie! —grita una voz dura.
No, por favor, cualquiera menos él.
La bola de pelo me lame la barbilla. Un segundo después, un hombre pelirrojo y al que le hace falta un afeitado aparece en el borde del terraplén.
No hay suavidad en sus facciones. Todo en él es duro y agresivo: la mirada que me dedica, los pómulos afilados, la barba desaliñada de leñador.
En un pestañeo, hay una tormenta de emociones en sus ojos.
En el siguiente, se desliza ladera abajo y se abre paso a la fuerza, apartando las ramas de un manotazo.
Se arrodilla a mis pies, dejando claro que tiene tan poco respeto por el espacio personal como su perra.
—¿Estás herida? —Sus ojos me inspeccionan de tal forma que el corazón me da un vuelco—. ¿Te has hecho daño?
El orgullo me obliga a sacudir la cabeza con vehemencia. Preferiría encontrarme con un oso hambriento antes que con este farsante que me regaló los oídos para echar un polvo. Ya no estamos en la cafetería, así que no tengo por qué actuar con profesionalidad.
Rowan desvía la mirada hacia mi tobillo y su pecho se hincha con una inhalación. Su preocupación parece tan genuina que le doy un manotazo cuando intenta tocarme el tobillo.
—Ni se te ocurra ponerme un solo dedo encima, Steel.
No retira la mano, pero la deja a unos centímetros de mi pantorrilla. Ni siquiera me ha tocado y ya siento un calor abrasador por todo el cuerpo.
—Conque Steel, ¿eh? —dice entre dientes—. En la cafetería no parecías tan enfadada.
—Estaba trabajando. No iba a entrar en tu juego.
—Hedda —pronuncia mi nombre con esa intimidad que me pone la piel de gallina—, deja que te ayude.
—No necesito tu ayuda. —Prefiero morir de hipotermia en esta montaña que estar cerca de él. Roxie suelta un gemido lastimero y baja las orejas—. No estoy enfadada contigo, guapa. Sé que lo has hecho sin querer porque te alegrabas de verme.
Le acaricio el pecho durante un rato ante la atenta mirada de Rowan, que sigue con una rodilla clavada en el suelo. Luego, aprieto los dientes e intento levantarme, pero el tobillo me arde como si lo hubiera metido en un cubo de agua hirviendo. No puedo evitar que se me escape un gruñido.
—¡No digas nada! —le grito a Rowan—. ¡Ni una palabra!
En vez de replicar, me sube el bajo del pantalón sin pedir permiso y me inspecciona con delicadeza. El roce de sus dedos me sobresalta.
—No…
—No te muevas —ordena con aspereza, explorando mi tobillo sin ejercer presión. Cada roce me arranca un pequeño quejido de protesta y tengo que contenerme para no patearle la cara. Cómo lo odio—. Parece un esguince.
—No sabía que fueras médico.
Mi respuesta irónica no consigue inmutarlo.
—Hay más de dos kilómetros a pie y no puedes caminar. —Sus ojos se clavan en los míos—. Voy a tener que cargarte hasta el coche.
Se me hace un nudo en el estómago; retiro la pierna y me bajo el pantalón deprisa. Las imágenes de su cuerpo encima del mío y de él agarrándome del pelo me pasan por la cabeza como flashes .
—Ni de broma.
Rowan exhala por la nariz.
—No voy a dejarte tirada aquí.
—Ya, como aquel día en que me hiciste el enorme favor de rescatarme en la carretera —recuerdo con retintín—, para luego quedarte encerrado conmigo durante tres días y hacerme sentir especial porque eres así de cabrón.
No, muchas gracias. —Saco el móvil y sonrío triunfal al ver que hay cobertura—. Lárgate. No te necesito.
—Definitivamente, no te ha afectado tanto si has tardado menos de setenta y dos horas en ligar con tu antiguo novio.
Sus palabras rebosan acritud y son tan ásperas como una lija.
Se me hinchan las fosas nasales. Esto es el colmo.
—Lo que yo haga no es asunto tuyo.
—Pues me sigue tocando los cojones. Así que dile a tu bombero que no te ponga las putas manos encima o me veré obligado a rompérselas. Y créeme: después de eso, no podrá volver a tocarte ni sostener un maldito extintor en toda su vida.
—¡No puedes hacer algo así!
—¿Que no? Ya te digo yo que sí.
—¡Estás fatal de la cabeza!
Se limita a sonreírme.
Comienzo a marcar el número de Matti a toda prisa. Tengo que alejarme de Rowan. Seguro que mi amiga podrá convencer a Aksel para que venga a buscarme.