31 Hedda
Mi sendero favorito empieza en la orilla del río.
Una de las cosas que más echaba de menos cuando vivía en Oslo era el aire puro de las montañas y el crujido de mis botas sobre la nieve.
Tras salir de la calle principal, cruzo el último seto de abedules y me pongo los auriculares antes de adentrarme en el camino de grava.
Aquí, la nieve es una costra irregular y salpicada de agujas de pino.
Subo el volumen y tarareo Take On Me, de A-ha, mi grupo noruego favorito.
Luego, me subo la cremallera del cortavientos y me adentro en el bosque, bañado por musgo verde como una manta de terciopelo mojado.
A la derecha, el fiordo se alza orgulloso y los rayos de sol se reflejan en el agua.
Me gusta aprovechar mi día libre para hacer senderismo; me ayuda a desconectar.
Los tablones de la pasarela de madera que cruza la orilla del riachuelo se hunden un poco bajo mi peso.
Al final de la cuesta, el sendero se bifurca.
A la izquierda, sube hacia un mirador desde el que se puede ver todo el pueblo.
A la derecha, baja hacia un arroyo en el que los niños suelen bañarse en verano.
Elijo el mirador justo cuando algo me toca el hombro y pego un grito.
Me arranco uno de los auriculares y me giro, para darme de bruces con la sonrisa compungida de Magnus.
Hace ocho años, sus ojos azules me deslumbraron tanto que caí bajo su hechizo, como el resto de las chicas del instituto.
También influyó el hecho de que fuera el mejor amigo de mi hermano, me sacara dos años y tuviera enamoradas a la mitad de las estudiantes.
Magnus Ashcroft —al que todos llaman Ash— es encantador y un ciudadano respetado de nuestra comunidad. Yo siempre lo he llamado Magnus, igual que Lars y el resto de sus amigos.
Magnus ayuda a las personas mayores a cargar las bolsas de la compra y se presta a echar un cable a cualquiera que lo necesite.
También es un mujeriego empedernido incapaz de sentar la cabeza, pero, a diferencia de mi hermano, nunca encontrarás a una sola mujer de Bjørndal que hable mal de él.
Tras romper conmigo, se las apañó para hacerme creer que había sido una decisión mutua. Nunca le guardé rencor.
—Perdona. —Me suelta el hombro—. ¿Te he asustado? Llevaba un rato llamándote.
—No te había escuchado.
Me quito el otro auricular y Don´t Kill My Vibe, de Sigrid, suena a todo trapo. Magnus se rasca la oreja y ya sé lo que está pensando. Durante nuestro fugaz noviazgo de juventud, solía tomarme el pelo por escuchar la música a todo volumen.
—No digas que me voy a quedar sorda.
—De acuerdo. —Se balancea sobre las puntas de los pies, con las manos metidas en los bolsillos—. No diré tal cosa, pero cualquiera podría atacarte y tú no te enterarías.
—¿Cualquiera como quién? —Miro a nuestro alrededor para confirmar que estamos solos. Entonces recuerdo lo que me dijo Lars y le planto un dedo en el pecho—. Magnus Ashcroft, dime que no me estás siguiendo porque mi hermano te ha pedido que cuides de mí.
—Eres mayorcita y solo he venido a dar un paseo —asegura con esa sonrisa de la que Anita se ha quedado prendada—.
Aunque tu hermano parece tener motivos para preocuparse —dice con voz tranquila, al tiempo que sus ojos se entrecierran—.
Por cómo nos miraba el pelirrojo de la cafetería, ahora sé que Lars no exageraba.
—¿Rowan? —Resoplo—. ¡Estás igual de paranoico que Lars! No nos miraba de ninguna forma.
Yo estaba allí y puedo asegurar que Rowan fue absolutamente distante. Estoy bastante orgullosa de haberme contenido, aunque por dentro estaba hirviendo y mi cuerpo se estremeció por su cercanía.
Nunca me había dolido tanto que un hombre me rechazara.
—Nos miraba, Hedda —insiste, más serio.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Como si quisiera echarte al hombro como un cavernícola y a mí, arrancarme la cabeza por estar cerca de ti. No soy fan del boxeo, pero me he visto unos cuantos vídeos de sus peleas. El tío es una mala bestia.
Uf, todos los hombres de este pueblo son unos exagerados.
Reanudo la marcha, pero se planta a mi lado en dos zancadas.
Me resulta imposible no fijarme en la anchura de sus hombros y el tamaño de sus bíceps.
Anita malgasta la mayor parte del día suspirando por él como la adolescente con las hormonas revolucionadas que es, y lo entiendo: las pecas que le salpican la nariz le dan un aire juvenil sobre esa piel bronceada de trabajar al aire libre.
Magnus tiene ascendencia latina, y el contraste de sus ojos azules con el pelo negro lo convierte en una fantasía erótica para las mujeres del pueblo.
Sin embargo, no es su físico lo que lo hace destacar, sino su personalidad.
A diferencia Søren, su gemelo, al que no tocaría ni con un palo, Magnus es un tipo encantador.
Excepto cuando lo obligan a hacer de niñera.
—En la cafetería solo te seguí el juego para espantar a Anita —le recuerdo.
Su prima y yo acordamos con Magnus que él y yo seríamos más cariñosos en público para que la chica dejara de idealizarlo y se fijara en alguien de su edad.
Anita lleva suspirando por Magnus desde hace un par de años.
Él siempre se ha mostrado distante, cosa que no ha servido para mermar su obsesión—.
Matti y yo estamos de acuerdo en que Anita debe dejar de hacerse ilusiones contigo.
Magnus parece incómodo por primera vez. Nunca ha ocultado que el interés de Anita le resulta del todo inapropiado.
No me sorprende; es un hombre adulto con dos dedos de frente que nunca sexualizaría a una chiquilla y que, además, podría meterse en un lío si alguien creyera que le está dando alas a su fantasía romántica.
—Te lo agradezco. Ya no sé qué hacer para quitármela de encima. No entiendo por qué suspira por mí si nunca le he dado esperanzas. ¡Es una niña! —exclama, irritado.
—Porque tienes cara de héroe y sonrisa de anuncio —me burlo—. Eres como su príncipe de Disney.
—Bueno —me da un empujoncito con el hombro—, recuerdo que tú llegaste a compararme con el príncipe Eric de La sirenita .
Me da la risa y noto un calorcillo por toda la cara. De repente, vuelve a ser aquel chico con el que me escapaba a tirar piedras al río cuando tenía diecisiete años.
—¿Te molesta si te acompaño durante el paseo?
—Siempre que no pienses que soy un proyecto del que tienes que ocuparte en ausencia de mi hermano.
—No me pareces alguien de quien haya que ocuparse. Además, disfruto de tu compañía sin que Lars tenga que obligarme.
—Uy, a Lars eso le va a encantar.
Me da la mano para ayudarme a bajar de un pequeño terraplén. Me doy cuenta de que la sujeta más tiempo del necesario y la retiro con una sonrisa tibia. Ya no soy la misma chica de diecisiete años que suspiraba por su atención.
—Lars es tu hermano y mi mejor amigo, pero no puede decirnos lo que tenemos que hacer —dice mientras ascendemos por la ladera nevada—. Desde que regresaste al pueblo, no he dejado de preguntarme algo. —Me mira de reojo con intención—. ¿Por qué lo nuestro no funcionó?
Casi me caigo de culo. Me río con incredulidad hasta que comprendo que lo pregunta en serio. Debe haberse dado un golpe en la cabeza que le ha provocado amnesia.
—¿Estás de coña? —Freno y me giro para enfrentarlo—.
Me fui a estudiar a Oslo y tú me dijiste que sería mejor que cortásemos porque todas las relaciones a distancia que conocías terminaban mal.
Añadiste que era la hermana de tu mejor amigo y que era demasiado buena como para no seguir formando parte de tu vida, así que me ofreciste tu amistad.
Y yo te creí y valoré que fueses tan majo conmigo —añado con sinceridad—.
A la semana me enteré de que te estabas enrollando con otra.
—Tenía veinte años. Y estaba soltero.
—Yo también era joven —contesto sin aspereza— y estaba medio enamorada de ti.
Pero ahora tengo veinticinco, he salido de una relación de mierda y sé lo que quiero.
He cambiado, Magnus. Ya no soy aquella niñita a la que podías hacer sentir especial.
—Abre la boca, pero me adelanto—: Y no me vengas con el cuento de que has madurado, quieres sentar la cabeza y formar una familia.
—No iba a decir eso. —Se pasa la lengua por el labio inferior con un nerviosismo que contrasta con el bombero seguro de sí mismo al que estoy acostumbrada—.
Vale, sí, en parte, sí que iba a decir exactamente eso —reconoce de mala gana—.
Estoy cansado de relaciones esporádicas que no me llenan en absoluto.
Cuando llego a casa al final del día, me gustaría que hubiera alguien esperándome.
Una persona a la que contarle que no soy tan valiente como todos creen, porque me da miedo morir en un incendio y sentir que no he formado una familia; con la que jugar una partida de Hnefatafl y reírme viendo alguno de esos realities cutres sobre infidelidades.
—Eres malísimo jugando al Hnefatafl —contesto de mejor humor.
—Tú siempre me ganabas —reconoce con una sonrisa—. ¿Puedo confesarte algo?
—Claro.
—Cuando echo la vista atrás, tú eres la única persona con la que recuerdo haber tenido una relación real.
Mereció la pena y lo arruiné porque me veía demasiado joven para sentar la cabeza.
Así que voy a decirte la verdad: me gustas lo bastante como para arriesgarme a contárselo a Lars y asumir las consecuencias.
Parpadeo sin saber qué decir. Bueno, eso ha sido tan intenso como inesperado. El problema es que mi corazón solo se ha acelerado por un hombre desde que rompí con mi ex. Aunque me siento cómoda con Magnus, no ha sido por él.
—No solo he estado pendiente de ti porque seas la hermana de mi mejor amigo. Quiero pedirte una cita.
Abro la boca para rechazarlo con tacto, pero él se adelanta.
—No tienes que responderme ahora. No quiero presionarte. —Da un paso atrás—. Sigue con tu paseo. Yo esperaré unos minutos antes de continuar con el mío.
—Magnus…