STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 30 Rowan
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30 Rowan

Me digo que solo he venido a la cafetería con la excusa de dar con el paradero de Lars.

El soldadito con complejo de héroe vecinal no está por ninguna parte.

Llevo buscándolo desde ayer. No ha pisado la ruta por la que sale a correr por las mañanas ni lo he visto en casa de su hermana.

De pronto, se lo ha tragado la tierra y no tengo más remedio que quedarme en este maldito pueblo de clima invernal hasta que regrese.

Así que aquí estoy, en busca de información.

Nada más. Aunque he venido en el turno de Hedda porque, por lo visto, tengo una vena kamikaze.

Si las miradas mataran, yo ya estaría muerto y enterrado.

Y no lo digo por Hedda, que me ha obsequiado con su absoluta indiferencia desde que me ha visto entrar, sino por esas dos víboras que me observan sin disimulo mientras cuchichean.

Son tan descaradas que incluso su jefe ha tenido que regañarlas.

Hedda no me concede mayor importancia y no sé por qué eso me toca los cojones.

Sonríe a los clientes, prepara cafés y se encarga de servir las mesas.

Es encantadora con todos y niega con la cabeza cuando la morena señala hacia mi mesa y le pregunta algo al oído.

Estoy seguro de que se ha ofrecido a atenderme, pero Hedda coge su libreta y viene hacia mi mesa sin mostrar nervios o resentimiento.

—Buenas tardes —me dedica la misma sonrisa que usa con los demás—. ¿Qué quiere tomar?

La observo a la espera de que se le resquebraje la máscara.

No pasa. Sostiene mi mirada con esa educación impecable que convierte mi existencia en un trámite profesional.

Su forma de enfrentarme me enfurece y fascina a la vez, pues confirma que es tan fuerte como ya sabía.

No la intimido. Ni siquiera consigo arrancarle una mueca.

Creí que era imposible sentirme más atraído por ella. Qué equivocado estaba.

Me gusta que sea dura. Me gusta no haberla roto. Y ese pensamiento me da asco y hambre al mismo tiempo.

—Un café solo, por favor.

—Enseguida. —Lo apunta en su libreta—. Hoy tenemos tarta casera de manzana; fyrstekake , una tarta típica de nuestra región elaborada con masa quebrada y almendras; y mi recomendación personal: skillingsboller , nuestro famoso rollo de canela con azúcar y mantequilla.

—Tomaré uno de esos rollos de canela. Me fío de tu criterio.

—Muy buena elección, señor. Enseguida le traigo su pedido.

Cierra la libreta y regresa a la barra. Reconozco que su actitud me sorprende; es demasiado buena fingiendo que no le afecto. Tanto que empiezo a creerme que no herí sus sentimientos cuando le solté aquellos comentarios hirientes para alejarla de mí.

—Pobrecita —comenta la camarera rubia mientras ayuda a la morena a recoger la mesa de al lado—. Siempre se pone triste cuando su hermano se marcha de misión.

—A Lars no le va a pasar nada —asegura la otra con cierta acritud—. Ese zoquete ha nacido con una flor en el culo.

El desdén que la morena le profesa al hermano de Hedda hace que mi opinión sobre ella suba unos cuantos puntos.

—Qué mala eres —la reprende la rubia—. Está en la República de Yibuti jugándose la vida.

—Seguro que solo está repartiendo botellas de agua y ayuda humanitaria —se mofa la otra. Sus ojos se abren de par en par al ver quién entra en la cafetería—. Uuuh, el buenorro oficial del pueblo. Ni se te ocurra acercarte a él, Anita. No hace falta que hagas el ridículo mientras trabajas.

—Qué guapo es.

La rubia se muerde el labio. Por Dios, solo falta que le salgan corazoncitos por los ojos.

Hedda regresa en ese momento con mi pedido y lo deja en la mesa sin establecer contacto visual. No me pasa desapercibido que el «buenorro oficial», vestido con el uniforme de bombero, se sienta en la barra sin quitarle la vista de encima.

Tras limpiar una miga de pan con la bayeta, me dice con tono profesional:

—Que aproveche.

Me fastidia que ni siquiera me mire. Que me trate como un cliente más mientras yo llevo tres malditos días arrepintiéndome de haberle mentido y autoconvenciéndome de que lo hice por su bien.

Esa sensación corrosiva empeora cuando el tipo del pelo negro entra en su campo de visión y la expresión indiferente de Hedda se ilumina como un puto árbol de Navidad.

La camarera rubia se tropieza al entrar en la barra y se le sonrojan las mejillas al saludarlo.

—¡Hola, Ash!

—Anita. —La saluda con un asentimiento de cabeza—. ¿Qué tal en el instituto? ¿Haces los deberes?

La actitud seca de él la desinfla un poco.

—Eh…, bien. Termino los exámenes en unas semanas.

Y esa es toda la conversación. En cuanto Hedda regresa a la barra, él separa los brazos y la estrecha como si a ella le parecieran el lugar más seguro del puto universo.

A la rubia se le descompone la expresión y la morena tira de ella para meterla detrás del mostrador.

Aunque Hedda lo golpea con la bayeta, no se aparta cuando él le frota la espalda.

El simple hecho de verlo frotarle la espalda me provoca el impulso de querer arrancarle las manos y meterlas en la batidora de los smoothies . ¿Quién coño se cree ese playboy de pelo negro para tocar lo que es mío?

—Pensé que eras bombero —le dice tras lo que me parece un abrazo eterno e innecesario—, no una niñera.

—Los dos trabajos tienen su encanto —responde con una sonrisa—. Y siempre es un placer verte.

Ella entorna los ojos.

—Ah, ¿sí? ¿Desde cuándo?

—Desde que me he enterado de que estás soltera.

—¡Madre mía! —Hedda niega con la cabeza—. Ahora entiendo por qué Lars y tú sois tan amigos.

—¿Lo dices por nuestra pasión por la tarta de manzana?

La rubia se apresura a servirle café y un buen trozo de tarta mientras Hedda se mete detrás de la barra y él le dice algo que desde aquí no alcanzo a oír. Luego se sienta en un taburete y charla con ella cada vez que se queda libre. No desperdicia ni una sola oportunidad.

Me obligo a beber el café y a no prestar atención, pero fracaso durante las siguientes dos horas. Nada me retiene aquí. Ya he averiguado lo que necesitaba: Lars está de misión en un país recóndito de África y no me queda más remedio que esperar su regreso.

Debería irme, pero no puedo apartar la vista del gilipollas con complejo de payaso que ha acaparado la atención de Hedda.

Con él no tiene un trato profesional, sino de una cercanía que me envenena la sangre.

No puedo ni tragar el rollo de canela. Ni siquiera puedo beber el café sin que me sepa amargo.

Cuando ella recoge la propina de un cliente, él se inclina y le dice algo al oído que le arranca una carcajada.

Una de verdad, de esas que aflojan el cuerpo y aligeran el mundo.

Y el vacío que sentí al verla se llena de golpe con una ira tan afilada y densa que me sube por el estómago como si fuera bilis.

La ha hecho reír.

¿De qué coño se ríe con él?

Yo no soy particularmente hablador, pero en este momento daría lo que fuera por ser el hombre más gracioso de esta puñetera cafetería.

El tipo sigue hablándole al oído y los hombros de ella se sacuden por la risa. Sus mejillas se han teñido del mismo tono rosado que la noche que la hice gritar de placer.

Es oficial: ese imbécil es hombre muerto.

—Eres de lo que no hay, Magnus Ashcroft —lo regaña de broma.

Un momento, ¿dónde he oído antes ese nombre?

Mi cerebro ata cabos a una velocidad de vértigo.

Magnus.

Bombero.

Su primer novio. El tipo con el que perdió la virginidad.

Se me llevan los demonios y el café me sabe a ceniza. La bilis me sube por la garganta al imaginar sus manos sobre ella y su boca pronunciando su nombre. Como si le perteneciera.

Algo oscuro y salvaje me atraviesa la cabeza. Un impulso tan irracional que, durante un segundo, fantaseo con estamparle la cara contra la cafetera hasta que olvide cómo coño se pronuncia el nombre de Hedda.

Sí, yo fui el que la alejó con un puñado de mentiras para no involucrarla en mi plan. Y, aun así, verla interesarse por otro me carcome como si me hubiera metido alambre de espino bajo la piel.

Mi cerebro empieza a visualizar las formas en las que podría romperle la nariz delante de todos los clientes mientras le explico exactamente por qué debería mantener las putas manos lejos de Hedda.

Lo peor no es el coqueteo descarado, sino la confianza implícita. Tiene algo con él que podría haber tenido conmigo. Hedda se siente cómoda y él no se corta en disimular que le interesa. De hecho, va a saco.

¿Qué pasa? ¿Acaso no hay más clientes a los que atender? ¿Ese imbécil no tiene un incendio que apagar en alguna parte o un gatito indefenso que rescatar de un árbol?

Mis dedos se cierran alrededor de la taza hasta que me quemo las yemas, pero no la suelto.

Es la primera vez en mucho tiempo que tengo que recordarme que estoy en una cafetería y no en un ring .

Que aquí no puedo resolver esta mierda a golpes, aunque cada vez que el jodido bombero le sonríe, me entran unas ganas enfermizas de estrellarle los puños en esa cara de idiota hasta dejarlo irreconocible incluso para su propia madre.

La camarera se interpone en mi campo de visión justo cuando estoy a punto de levantarme para tomar una de las peores decisiones de mi vida. Planta la cuenta en la mesa sin ceremonias y señala el reloj de la pared, que marca las seis en punto de la tarde.

—Vamos a cerrar —suelta con tono huraño—. ¿Efectivo o tarjeta?

Desde aquí no puedo ver al maldito bombero, pero sí a Hedda quitarse el delantal. Saco la cartera justo cuando su pretendiente vuelve a la carga.

—Lars me ha dicho que tienes el Subaru en el taller. Deja que te lleve a casa.

Oh, ya sé perfectamente para qué quiere llevarla a casa.

Solo imaginarla encerrada con él dentro de un coche basta para que algo salvaje me arañe las costillas. Seguro que también quiere envolverla en una manta, prepararle chocolate caliente y meterle la lengua hasta la garganta.

Una rabia negra me sube por el pecho.

Ni muerto voy a dejar que eso pase. Por encima de mi puto cadáver. Si hace falta, volveré de la tumba solo para romperle las piernas al jodido bombero.

—Con tarjeta —gruño.

La paso por el lector y me pongo de pie, pero la camarera morena vuelve a interponerse en mi camino.

—No funciona.

—Claro que…

Me doy cuenta de que he usado el carné de conducir. La camarera resopla y me apresuro a sacar la tarjeta de crédito. En cuanto pago, se da la vuelta y me golpea con la cola de caballo en un ojo.

—Joder —mascullo, llevándome la mano a la cara.

Me froto el ojo y parpadeo para recuperar la visión. Estoy segurísimo de que la muy cabrona lo ha hecho a propósito.

Oigo la campanilla de la puerta y veo a la camarera salir con un cigarrillo entre los dedos. Cuando por fin me recompongo y maldigo a esa mujer por hacerme perder el tiempo, el local ya está medio vacío y Hedda y su pretendiente se han ido.

Salgo echando humo. Y ahí están las dos camareras, discutiendo como si el universo se hubiera puesto en mi contra para alejarme de Hedda.

—¿Os importa dejarme salir? —les ladro.

Pero están demasiado ocupadas para prestarme atención, aunque también creo que la morena lo hace adrede. Exhala una bocanada de humo y resopla al ver que la otra tiene los ojos brillantes.

—Deja de lloriquear y búscate a alguien de tu edad, Anita —le suelta sin piedad.

Intento pasar entre ellas, pero en ese momento, la rubia le da un manotazo y me veo obligado a retroceder.

—El amor no entiende de edad.

—Por suerte, Ash es un tío decente y no opina lo mismo. Tienes diecisiete años. Sal con chicos de tu edad. ¡Diviértete! Menos mal que Magnus Ashcroft nunca se fijaría en ti porque te ve como lo que eres: una cría.

La rubia se cruza de brazos y hace un mohín al mirar hacia el aparcamiento. Yo sigo su mirada hasta clavarla en la parejita que hay junto al coche. La sangre me burbujea en las venas al ver cómo su antiguo novio le abre la puerta del coche.

—Hedda sabe que me gusta y, aun así, se ha puesto a ligar con él delante de mi cara.

La morena suelta un aro de humo con aburrimiento.

—No es tu novio ni tienes ninguna oportunidad. Además, es el ex de Hedda, así que deberías ser tú la que se alejara —le recuerda. La rubia frunce la nariz—. Hedda y Ash salieron juntos cuando tenías nueve años y solo eras una mocosa impertinente. Déjalos en paz y no te pongas en ridículo.

—Ahora mismo odio muchísimo a Hedda —murmura la rubia al ver cómo Magnus le acaricia la mano antes de soltársela y cerrar la puerta del coche.

—¿Ves cómo eres una cría? —se burla la morena.

—¡Y tú, una víbora! No sé cómo Aksel te aguanta. Lars tiene razón.

La morena da un respingo.

—¿Qué dice ese de mí?

—Que eres insoportable.

La rubia se gira airada y casi se choca conmigo al entrar en la cafetería dando un portazo que hace temblar la campanilla. La morena chasquea la lengua y murmura como para sí:

—Lars es un idiota.

Por segunda vez, estoy de acuerdo con ella.

Magnus, Ash o como se llame se sube al coche, y yo me quedo aquí plantado, con demasiadas ganas de ir tras ellos, pero con la certeza de que sería un grandísimo error. No puedo permitirme ninguno en mi plan, y Hedda es la clase de distracción que podría hacerlo saltar todo por los aires.

La morena tira el cigarrillo, lo apaga con la bota y se vuelve hacia mí con una sonrisita sibilina.

—Hay trenes que solo pasan una vez en la vida —me dice con tonillo.

Luego entra en la cafetería mientras yo permanezco inmóvil, con la vista clavada en ese coche que se aleja con la mujer en la que no he podido dejar de pensar ni un solo día de los últimos nueve meses.

La rabia me arde detrás de los ojos al pensar que ese tren nunca fue para mí. Aunque eso no impide que me den ganas de arrancarme la piel al ver que otro puede subirse a él como si nada.