29 Hedda #2
—Sí, eso. Sería una lástima que no volviéramos a verte por aquí.
Así que esquiva las balas y todo eso. No creo que al novio de Solveig le diera demasiada pena no volver a verte escapar por su ventana después de haberte acostado con ella —añade Matti con ironía—.
Pero soy una buena amiga. No quiero que Hedda lo pase mal porque tú te empeñas en dártelas de héroe.
—Tranqui, Lady Mortilde, no sufras por mí.
Matti resopla a oír el mote. Las pocas veces que Matti y Lars coinciden, pues se evitan como si tuvieran la peste, Lars la llama Lady Mortilde, a pesar de que le he pedido encarecidamente que deje de hacerlo.
Él se justifica diciendo que el apodo es perfecto, porque Matti tiene el pelo negro, la piel blanquísima y los ojos oscuros.
Según él, se parece a Morticia Adams. Y, como Matti es el diminutivo de Mathilde, le pareció que Mortilde era un mote divertidísimo.
Sobre todo porque sabe que la saca de quicio.
—Mira, habló el capitán Bragas Caídas. ¿Cuántas novias ajenas llevas salvadas esta semana, Capi? ¿O debería decir robadas?
—Qué graciosilla. —Se lleva una mano al corazón—. Gracias por subirme de rango, pero soy teniente, no capitán —dice con falsa humildad—. Y tú, mejor que nadie, deberías saber que las novias no se roban. A no ser que ellas decidan irse con otro.
Uy, ¿a qué ha venido eso?
A mi lado, Matti aprieta los labios hasta convertirlos en una línea apretada y pálida. Parece a punto de atravesar la pantalla y arrancarle la yugular de un mordisco a mi hermano. Quizá no debería haberla puesto en esta tesitura.
—Me das asco —sisea.
—Pues tú a mí me aburres. —Lars tiene la desfachatez de bostezar—. Ah, dile a tu perrito faldero que mantenga a sus amigos alejados de mi hermana. Ninguno es lo bastante bueno para ella.
—¡No llames perrito faldero a Aksel! —explota Matti—. Pero ¿tú qué te has creído?
—No te sulfures, Mortilde. Cuando te enfadas, se te ponen las mejillas tan rojas que pareces un fantasma victoriano con hipertensión.
—¡Y tú eres un asqueroso! ¡Una ETS con patas!
No entiendo qué te ven las mujeres si vas por ahí repartiendo papilomas como si fueran caramelos.
—Lars casi se cae de la silla—. Como vuelvas a acercarte a menos de dos metros de mí, te doy una patada de kárate que te mando de vuelta a Yibuti o a cualquiera de esos sitios donde te escondes para hacerte el héroe.
Lars se inclina hacia delante, con la cara tan pegada a la pantalla que puedo oler su indignación desde aquí.
—Primero: el ejército nos hace pruebas todos los meses. Y yo siempre uso preservativo, listilla. Segundo: gracias por preocuparte tanto por mi salud sexual, Mortilde, pero puedes dormir tranquila. No te tocaría ni con un puntero láser. No te encuentro atractiva.
—¡Qué alivio! ¡Estaba preocupadísima! Ah, espera, no. —Se parte de risa—. Estoy más que satisfecha con mi novio. Que, a diferencia de ti, no está más usado que un pañuelo en temporada de catarros en una guardería.
La sonrisa de Lars vacila apenas un instante.
—Heds, llévala al médico. Desde aquí puedo ver las manchas rojas que le están saliendo por toda la cara.
—Es una reacción alérgica. Me pasa siempre que discuto con un gilipollas.
Madre mía…
No sé qué demonios pasó entre ellos, pero está clarísimo que va mucho más allá de una simple rencilla de instituto.
Matti es la persona más extrovertida y amigable que conozco, y Lars…
Bueno, es Lars, y ahora mismo esboza esa sonrisa insolente que solo usa cuando alguien consigue afectarle de verdad.
—Relájate, Mortilde. Esa piel tan blanca se va a arrugar antes de tiempo. Sería una pena que, además de fea, también envejecieras prematuramente.
—¡ERES INSUFRIBLE!
Lars se echa a reír justo cuando la imagen empieza a pixelarse. La pantalla se congela con su sonrisa de hoyuelos. Matti me arranca el teléfono y se lo queda mirando con el ceño fruncido.
—No lo soporto. —Me planta el móvil en el pecho—. Como vuelvas a obligarme a hablar con él, te retiro la palabra de por vida.
Matti está furiosa. Tiene los ojos brillantes y le tiemblan las aletas de la nariz.
Entonces caigo en la cuenta de las palabras de Lars: la ha comparado con un fantasma.
Y Matti tiene los muslos y el pecho cubiertos de marcas blancas por esa enfermedad autoinmune que le diagnosticaron a los diez años.
Mierda.
Le toco el brazo con cuidado.
—Matti… Lo de fantasma no lo decía por tu vitíligo —le digo con tacto.
Mi amiga parpadea extrañada.
—Ya lo sé.
—Lars nunca diría algo así para hacerte daño.
Matti resopla y cruza los brazos bajo el pecho.
—¡Que ya lo sé! Lars podrá ser muchas cosas, pero no es de los que se meten con el aspecto de otra persona.
En el instituto se peleó más de una vez para defenderme de los que me hacían bullying .
—Casi esboza una sonrisa nostálgica, pero se recompone enseguida—.
Aunque me da igual no parecerle atractiva. ¡Ya ves tú!
Se echa la melena azabache hacia atrás y se da una palmada orgullosa en una de sus piernas torneadas, cubiertas de manchas blancas.
Siempre he admirado que lleve minifaldas y escotes.
Aparte de tener un cuerpazo, mi amiga nuca ha escondido su vitíligo.
Ni en las piernas ni en el pecho. Al contrario, lo luce con una seguridad que ya me gustaría tener a mí.
Recuerdo que en el instituto se burlaban de ella, pero Matti jamás agachó la cabeza ni intentó pasar desapercibida.
Esa es una de las cosas que más me gustan de mi amiga. Matti no finge que sus marcas no existen, sino que las convierte en parte de su identidad.
—Lo dicho. —Me señala con un dedo—. No volveré a hablarte si me obligas a interactuar con el idiota de tu hermano.
Sale del almacén echando humo por las orejas.
Sí, definitivamente, Matti y Lars tienen un pasado. Tuvo que ocurrir algo muy gordo entre ellos.