STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 29 Hedda
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29 Hedda

—Menudo gilipollas.

—Deberíamos pedirles a Ash y Lars que le den una paliza.

—Seguro que Aksel también se apunta.

—¿Con Lars? Si no se pueden ni ver…

—¡Oye! Mi Aksel es policía. Y un buen poli. Están a punto de ascenderlo. Estoy segura de que, si le pido que se una a la causa, estará encantado de poner en su sitio a ese capullo. Aunque tenga que colaborar con Lars.

—Nadie va a pegarle a Rowan —intervengo—. Y menos porque pasara de mí.

—¡Menudo cerdo! —ruge Matti.

—Podría haber sido más considerado —añade Anita. Me lanza una mirada empática—. No te sientas mal por ese sinvergüenza, Hedda.

—No me siento mal. ¿Podemos dejar el tema? No sé por qué os lo he contado.

—Vale, nada de violencia. —Matti parece realmente indignada—. ¡Le puedo pedir a Aksel que le ponga una multa de aparcamiento!

—¿A un boxeador millonario? —se burla Anita—. Su fortuna está valorada en nueve millones de libras. No creo que se asuste por una multita de aparcamiento.

¿Nueve millones de libras? Calculo cuánto es al cambio en coronas noruegas y me mareo un poco.

Rowan suele vestir con ropa deportiva, se aloja en una cabaña modesta y conduce un todoterreno de gama media.

O se empeña en pasar desapercibido, u odia hacer ostentación de la riqueza.

Recuerdo que me contó que había pasado hambre durante su infancia y adolescencia.

Tal vez no le gusta derrochar el dinero por ese motivo.

—¿Y tú cómo sabes cuánto dinero tiene? —le pregunto a Anita.

—Lo he leído en un artículo sobre deportistas ricos de Reino Unido.

¡Sabía que aquel cliente pelirrojo me sonaba de algo!

El artículo también decía que vive en una finca enorme a las afueras de Londres valorada en unos tres millones de libras.

Al parecer, tiene un huerto ecológico, gallinas y no sé cuántas hectáreas.

Muy vibra de millonario traumado con un puntito de humildad.

—Anita se inclina hacia nosotras y baja la voz, como si alguien pudiera escucharnos a pesar de que nos hemos encerrado en el almacén de la cafetería—.

También se rumorea que dejó a su padrastro en silla de ruedas tras darle una paliza.

—Es un monstruo —sisea Matti. Luego me da unas palmaditas en el hombro—. De buena te has librado.

No quería contarles todos los detalles de lo ocurrido en la cabaña. De hecho, me he guardado la mayoría. Aunque sí les he confesado que me quedé aislada con Rowan, a quien ya conocía de aquel combate, y que me rechazó sin ningún miramiento después de que nos acostáramos.

No me ha quedado más remedio que ponerlas al día, pues soy una pésima mentirosa y Lars les preguntó si me había refugiado con alguna de ellas durante la tormenta.

Así que esta mañana, al llegar al trabajo, me han interrogado sobre el misterioso hombre de la cabaña hasta sacarme casi toda la verdad.

Por supuesto, mis amigas han puesto el grito en el cielo por el comportamiento de Rowan.

—¡Anita, Matti! —Su tío Johan aporrea la puerta del almacén—. ¡Ya ha terminado vuestro descanso! Al café y la tarta de manzana de la mesa cuatro no les van a salir patas para servirse solos.

—Uf, es un gruñón —se queja Anita.

—Ve tú. —Su prima abre la puerta y la empuja hacia fuera—. Llevas cinco minutos más que yo de descanso.

Anita se agarra al marco de la puerta.

—¡Eso es mentira! Si tú ya te habías encerrado con Hedda cuando yo os he suplicado que me contaseis qué estaba pasando…

¡Ay! ¡Serás guarra! —exclama cuando su prima le cierra la puerta en las narices—.

¡Al tío Johan que voy! —grita desde el otro lado—.

¡No sé cómo te aguanta Aksel! Es normal que Lars diga que eres una auténtica…

Al otro lado de la puerta, Johan le grita algo a la menor de sus sobrinas y esta refunfuña que Matti siempre se sale con la suya. Matti pega la oreja a la puerta y entrecierra los ojos.

—¿Qué dice ese de mí? —Me mira al no obtener respuesta—. Hedda, ¿qué va hablando tu hermano de mí por ahí?

—Nada.

Finjo estar muy interesada en un saco de café molido. La verdad es que Lars despotrica sobre ella cada vez que la menciono, pero no quiero que se lleven aún peor, así que prefiero contar una mentirijilla piadosa antes que empeorar su relación.

Es increíble. Hubo un tiempo en el que esos dos eran inseparables. O, mejor dicho, esos tres.

—¡Matti! —Su tío llama a la puerta—. Ya está bien de escaquearse.

—¡Estoy ayudando a Hedda a ordenar el almacén!

¡No seas cacique! Este es un trabajo para dos.

—Se planta a mi lado y comienza a colocar los botes de mermelada en la estantería—.

¿De verdad estás bien, Heds? Conmigo puedes sincerarte.

Ese tal Rowan es el primer hombre con el que estuviste después de…

—Oskar. Puedes decir su nombre. No es Voldemort.

—Le doy dos botes de mermelada de albaricoque—.

Estoy bien. Es solo que… No sé. Pensé que le interesaba de verdad, y me he llevado un chasco.

No digo que soñara con una boda y acudir a todas sus peleas, pero, durante esos tres días, me hizo sentir valiosa.

Escuchada. Especial. Sigo sin entender ese cambio de actitud tan repentino.

—Es un hombre. ¿Qué hay que entender?

—Aksel también es un hombre.

—No todos pueden ser tan perfectos como él. —Me saca la lengua—. Por ejemplo, fíjate en tu hermano. Se tira a todo lo que se mueve y la relación más larga que ha tenido ha sido con su mano.

La golpeo en la pierna con el trapo que estoy usando para limpiar las baldas.

—¡No hables así de mi hermano! Lars es una buena persona.

—Es un putón verbenero.

—Bueno, es un poco picaflor, pero eso no significa que vaya por ahí jugando con los sentimientos de los demás. Es la persona más leal que te puedes echar a la cara.

—Ya, leal. —Resopla—. Pásame los botes de azúcar glas. Espero que también saques la cara por mí cuando el zorrón de tu hermano me critique.

—¡No es un zorrón! —Le doy otro golpecito en el culo con el trapo—. Oye, nunca te lo he preguntado, pero me pica la curiosidad. ¿Qué pasó entre vosotros para que dejarais de ser amigos? Recuerdo que, durante los primeros años del instituto, Lars, Aksel y tú erais inseparables.

La expresión de mi amiga se ensombrece.

—Pregúntaselo a él.

—Ya lo hice.

No me está mirando. Tiene los hombros rígidos y la vista fija en un bote de mermelada de fresa.

—¿Y qué te dijo?

—Nada. Eso es lo más raro. Lars es hablador por naturaleza, pero, cuando le saqué el tema, se cerró en banda.

—Los amigos del instituto no siempre duran para toda la vida. La gente cambia. No le des más importancia de la que tiene.

Algo vibra dentro de mi bolsillo. Saco el móvil para cancelar la llamada —no quiero que Johan me riña—, pero cambio de opinión al ver la cara de mi hermano en la pantalla.

Es una videollamada. Durante sus misiones, Lars apenas tiene tiempo para llamarme.

Mi jefe entenderá que lo coja. No me atrevo a desperdiciar la oportunidad de hablar con Lars para asegurarme de que no le han pegado un tiro. Solo de imaginarlo me pongo enferma.

—Hablando del rey de Roma.

Le enseño la pantalla a Matti. Durante un instante, sonríe con visible alivio. Es la misma reacción que he tenido yo al comprobar que Lars sigue entero. Pero enseguida se recompone y tuerce el gesto.

—Te dejo sola para que hables con el putón.

—¡No, espera! —La agarro del codo—. Quédate conmigo.

Seguro que solo llama para comprobar que estoy bien.

Si me ve contigo, se calmará un poco. Además, eres mejor mintiendo que yo.

No quiero darle ningún motivo para que moleste a Magnus.

¿Te puedes creer que le pidió que me echara un ojo? ¡Como si tuviera quince años!

—Me lo creo. Tu hermano es un tonto sobreprotector y a Ash le encanta lamerle el culo.

Aprovecho que está poniéndolo a caldo para aceptar la llamada y que así no tenga escapatoria. En cuanto el rostro rubio y sonriente de Lars aparece en la pantalla, mi amiga se queda muy quieta a mi lado.

No entiendo por qué se llevan tan mal. Como me sacan dos años, yo no viví de cerca sus primeros cursos de instituto, pero sí recuerdo que Lars, Matti y Aksel eran inseparables.

Pasaban las tardes en nuestra casa haciendo los deberes, jugando a la Play y vaciando la nevera.

Hasta que, un día, Lars llegó hecho una furia y arrancó todas las fotos de ellos del corcho de su habitación.

Unos días después, me enteré de que Matti y Aksel habían empezado a salir.

Y, mientras ellos se convertían en la pareja perfecta del instituto, Lars se ganó aquella fama de mujeriego, se hizo íntimo de Magnus —al que todos llaman Ash por su apellido y porque es bombero— y aquel trío inseparable se rompió para siempre.

—¡Hola, Heds! —me saluda Lars—. ¿Qué tal te va?

—Teniendo en cuenta que eres tú quien se está jugando la vida, eso debería preguntártelo yo.

Entrelazo mi brazo con el de Matti para que no me deje sola.

—Ya sabes que soy indestructible. —Sonríe de esa forma que le marca los hoyuelos—. Dime una cosa, ¿ese cabrón pelirrojo ha vuelto a molestarte?

—No he sabido nada de él —lo tranquilizo—. Por aquí todo sigue siendo igual de aburrido. De hecho, nos has pillado ordenando el almacén. ¡Mira con quién estoy!

Enfoco a Matti, que pone la misma cara de entusiasmo que si estuviera viendo un documental sobre la reproducción por partenogénesis en el reino animal . La sonrisa de mi hermano se esfuma. Ambos se lanzan miradas asesinas.

—Resulta que Matti me ha presentado a un amigo de Aksel y nos hemos dado el teléfono —miento descaradamente—. Es muy majo.

Matti me mira de reojo. Eso no ha pasado ni va a pasar. No estoy interesada en los amigos de Aksel, pero le pellizco el brazo para que me siga la corriente.

—Eh, sí —se apresura a decir—. Fredrik es un encanto.

—¿Lo ves? Ese pelirrojo que tanto te preocupa ya es agua pasada. No hace falta que molestes a Magnus. Tú céntrate en que no te peguen un tiro.