28 Hedda
—No me voy tranquilo —insiste mi hermano, paseando de un lado a otro por la cocina—. ¡Ese tío no me gusta una mierda!
—Vamos —pongo los ojos en blanco—, ya le habías hecho la cruz antes siquiera de conocerlo.
Se gira hacia mí con cara de pocos amigos. Me señala con un dedo.
—¡Porque saliste hecha un basilisco de aquella cabaña y te niegas a hablar del tema!
—Ya te he contado que se me estropeó el coche, él me auxilió en la carretera y la tormenta nos sorprendió en la cabaña.
No quise contarte que me había quedado aislada con un desconocido para que no te subieras por las paredes ni hicieras ninguna tontería.
¿O me vas a decir que no habrías salido a buscarme en plena tormenta?
Lars tuerce el gesto.
—¿Si me hubiera enterado de que estabas aislada con un tío al que no conoces de nada y que encima es campeón de boxeo? ¡Es el puto Rowan Steel! —Parece a punto de tirarse de los pelos—. Noqueó a un ucraniano de dos metros de un solo puñetazo. ¡No lo conoces de nada! Claro que habría ido por ti.
—Por eso no te lo conté —respondo sin perder la calma. Me siento a la mesa, me sirvo una taza de café y desenvuelvo uno de los cupcakes . Le doy un bocado y se me escapa un gruñido de placer—. ¿Quieres uno?
Lars se inclina para coger el más grande.
—Los ha hecho Matti. —Su mano queda suspendida en el aire—. Están buenísimos. No he probado unos cupcakes mejores que los suyos.
—Los de su abuela Ylva les dan tres mil vueltas —bufa, mirando los cupcakes como si fueran bombas a punto de explotar—. ¿Son de chocolate? —Asiento y vuelve a acercar la mano, pero entonces frunce el ceño—. ¿Llevan fresas?
— Sip .
—Maldita bruja. Les echa fresas porque sabe que las odio.
—¡No digas tonterías! —Matti es una persona muy observadora y cuida a los demás horneándoles dulces. Ha notado que estaba más distraída y me ha regalado los cupcakes porque sabe que el chocolate es mi perdición—. No los ha hecho pensando en ti, tonto. ¡Y a todo el mundo le gustan las fresas!
—Son la peor fruta del planeta. Dulce y traicionera. Las pepitas se te quedan pegadas a la lengua como si quisieran vivir ahí para siempre. —Lars se sienta con un resoplido y se sirve una taza de té. De repente, no me parece que esté hablando solo de las fresas—. No me fío de él, Hedda.
—¡No empieces!
—¿Por qué acabasteis en su casa si el Subaru solo necesitaba un biberón de batería? —indaga, sacando a relucir su lado militar—. Podría haberte ayudado allí, pero te llevó a la cabaña cuando sabía que la tormenta estaba empeorando y que os quedaríais encerrados.
A veces me irrita lo listo que es.
—No tenía pinzas y no iba a dejarme tirada en la carretera —miento.
No pienso contarle a mi hermano que Rowan lo hizo a propósito.
No me apetece que vaya a darle una paliza, por muy herida que me sienta.
Nunca he sido fan de la violencia y en la vida de Lars ya hay de sobra—.
Allí no había cobertura, así que no podíamos llamar a nadie.
¿Habrías preferido que me dejara tirada en la montaña?
—Por supuesto que no —reconoce de mala gana—. Pero sigo sin fiarme de él. Tiene algo oscuro.
—Opinas lo mismo de todos los hombres que se acercan a mí —digo con suavidad, poniendo mi mano sobre la suya—. Me ha costado asumirlo tras un montón de sesiones de terapia, pero todos los hombres no son como Oskar.
—Sé que encontrarás a un buen hombre, pero no me fío una mierda de él. A lo mejor podrías contarme por qué saliste tan enfadada de la cabaña y llevas varios días ausente.
—No he estado ausente.
Me lanza una mirada intensa.
—Quiero saber si te trató mal y por qué estaba merodeando por nuestra casa.
—Habrá sido una casualidad. —Me encojo de hombros—. Ni siquiera sabía dónde vivo. Seguramente ha salido a dar un paseo. El pueblo es pequeño y pintoresco. No es el primer turista que se deja caer por aquí.
—Estoy seguro de que ha venido a buscarte.
Su comentario me hace reír. No puede ser más ridículo. Rowan ya obtuvo lo que quería de mí. Lo dejó bastante claro. No tiene sentido que haya venido a hacerme una visita.
—Te vas dentro de dos horas, así que deja de preocuparte por mí.
—¡No puedo! Reconozco a los depredadores cuando los tengo delante. He visto demasiada mierda en el ejército y ese boxeador oculta algo.
—No le intereso.
Las palabras brotan de mis labios con amargura. No era mi intención contarle lo que ha sucedido entre nosotros; ya soy mayorcita. Pero lo han llamado para que se incorpore con urgencia y le abrirán un expediente si no sube a ese avión. No quiero que se busque un lío por mi culpa.
—¿Cómo?
—Que no le intereso.
—Mira, Hedda, ya sé que en este momento tienes la autoestima un poco tocada y…
—Lars —lo interrumpo con firmeza—, no lo digo por un problema de autoestima, sino porque es un hecho.
No quería contártelo para que no te pusieras en plan hermano mayor sobreprotector —aprieta los labios tras mi comentario—, pero no tiene sentido que Rowan merodee por mi casa adrede, porque pasó de mí después de acostarnos.
—Mi hermano da un respingo. Claro, él puede tirarse a quien le dé la gana, pero sigue horrorizándole la idea de que su hermana tenga relaciones sexuales—.
Le soy indiferente, me lo dejó clarísimo.
Así que puedes irte tranquilo. No sé por qué ha venido al pueblo ni por qué estaba paseando por aquí, pero no tiene nada que ver conmigo.
Rowan Steel no es ningún acosador. No va a perseguirme ni está obsesionado conmigo.
Solo es un tío que me echó un polvo y luego pasó de mí.
Lars deja la taza en la mesa con tanta fuerza que el café se derrama un poco.
—Lo voy a matar.
—¡Solo te lo he contado para que te quedaras tranquilo!
—Quiero matarlo, joder.
—¿Por pasar de mí? —me burlo.
—¡Sí!
—No puedes enfadarte con un hombre solo porque no quiera nada serio conmigo.
Y yo estoy bien, de verdad —aseguro con una sonrisa apretada—.
Sobreviví a una relación tóxica de tres años.
Tres días encerrada con un desconocido con el que me acosté no han bastado para que me hiciera ilusiones de ningún tipo.
Tampoco me siento especialmente humillada.
—Esto último es una mentira como una catedral—.
No le des más importancia de la que tiene.
Seguro que habéis chocado porque te has puesto en plan gallito con él.
—Guarda silencio, así que sé que he dado en el clavo—.
Y no es precisamente de los que bajan la cabeza.
Sois dos tipos duros con el ego del tamaño de una montaña.
Normal que saltaran chispas. —Mi hermano refunfuña algo y le ofrezco un cupcake —.
Vamos, prueba uno. La fresa apenas se nota.
Pellizca un trozo con desgana y se lo lleva a la boca. Mastica despacio y su expresión cambia.
—¿A que está bueno?
—Está seco —miente el muy cabezota—. Dile a Matti de mi parte que la próxima vez los haga de dulce de leche. Es lo único que le sale decente. No porque sea tan buena repostera como cree, sino porque el dulce de leche lo arregla todo.
—Matti es la mejor repostera. Y una amiga increíble.
—Sí, con un gusto pésimo.
—¿Para la repostería?
—Entre otras cosas. —Le da otro bocado al cupcake que acaba de decir que está seco y lo engulle con ganas—. Pero no quiero perder el tiempo hablando de esa bruja. Estoy preocupado por ti.
—Y a mí me preocupa que tengas cuidado en la misión. —Le aprieto la mano. Se me encoge el corazón cada vez que se sube a un avión—. Prométeme que lo tendrás, por favor.
—Tranquila. —Se levanta y me besa la cabeza—. Aún no ha llegado mi día.
Odio que se lo tome a broma y esté tan seguro de sus probabilidades. Las personas que se confían son las que cometen imprudencias. Y Lars no es solo mi hermano, sino mi otra mitad, mi mejor amigo y mi hogar. No sé qué haría sin él.
—¿Por qué siempre dices eso? —Le doy un golpe flojo en el brazo—. ¿Por qué estás tan seguro?
—Porque aún no tengo todo lo que quiero —responde, desviando la mirada hacia sus dedos manchados de glaseado de chocolate—.
Y, cuando lo consiga, tendré un motivo aún mejor para no dejarme matar.
—Se limpia la mano con una servilleta y me mira—.
Prométeme que me llamarás si surge cualquier problema.
—Sí, papá.
—Ah, por cierto, le he pedido a Magnus que esté pendiente por si ese boxeador con el gusto en el culo te molesta. Así que lo verás bastante por la cafetería y se pasará por aquí de vez en cuando.
—¡Lars! —No puedo creer que le haya pedido a su mejor amigo que cuide de mí como si fuera una cría—. ¡Vete ya, antes de que te mate yo!
Él se encoge de hombros con esa arrogancia suya que me saca de quicio.
—Hazlo si quieres. —Me guiña un ojo—. Pero, si mañana salgo en las noticias, asegúrate de que escogen una foto en la que salga guapo.
Le lanzo un puñado de servilletas.
—¡Idiota egocéntrico!
Lars se coloca la chaqueta, coge su mochila y se dirige a la puerta. Se lleva una mano a la sien y me dedica su típico saludo militar.
—Te llamo en cuanto aterrice, peque —dice más serio.
Me trago el nudo de la garganta.
—Te quiero. —Hago un esfuerzo por contener las lágrimas—. Ten cuidado.
Cuando se va, la cocina parece demasiado grande y miro el cupcake a medio comer. Ya no tengo hambre. Luego pienso que, en algún lugar del pueblo, hay un boxeador que no debería importarme en absoluto.