STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 27 Rowan
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27 Rowan

La casa de Hedda es una acogedora construcción de dos plantas con un porche cubierto por una mata de brezo nevada.

No me ha costado encontrarla. Primero, me creé un perfil anónimo de Instagram, investigué la cuenta de la cafetería y busqué entre sus seguidores a Hedda.

No hubo suerte, supongo que no tiene redes sociales.

Pero sí di con las otras dos camareras, que me llevaron hasta una foto en la que posaban con Hedda en el típico banco de un porche.

Leí el texto de la fotografía y supe que la había encontrado: «Con nuestra guarra favorita. Hedda, reconoce que me quieres más a mí que a la petarda de Anita».

Me fijé en varios detalles: el rosal trepador de la celosía de la ventana, la fachada pintada en un celeste suave y deslavado, la mata de brezo morado que crecía en la entrada, la barandilla blanca de barrotes verticales y un buzón negro, torcido como si el viento lo hubiera golpeado una y otra vez.

En Bjørndal no hay tantas casas de ese color.

Después fue fácil. Es un pueblo pequeño, con chimeneas humeantes y calles nevadas. Doy un paseo sin prisa, con la foto abierta en la pantalla y la mano en el bolsillo, buscando ese celeste entre tanta casa anodina.

Voy vestido con ropa deportiva, un gorro y una braga que me cubre la mitad de la cara. Para cualquier vecino, solo soy otro turista más que se ha dejado caer por este pintoresco pueblo para dar un paseo.

No tardo ni diez minutos en encontrarla.

El porche, la barandilla blanca, el buzón y el brezo morado a los pies de la escalera.

Ahí estás.

La nieve amortigua mis pasos mientras cruzo la acera y clavo la vista en la segunda ventana encendida de la primera planta. Desde aquí puedo ver los azulejos beige con rosas y una bandeja con cupcakes . Mis ojos recorren la estancia con interés en busca de una melena castaña.

No hay rastro de Hedda. ¿Estará trabajando?

Hace dos días que la despaché sin miramientos.

«No hay un nosotros. Anoche follamos y no estuvo mal. Eso es todo».

¿Me arrepiento? Y una mierda. Tiene la misma sangre de ese miserable. El odio que siento mantiene a raya el resto de los sentimientos inútiles.

La cafetería abre de siete de la mañana a seis de la tarde. Sé que suele hacer horas extras, pero ya son las siete y vive a diez minutos en coche del trabajo. Su viejo Subaru no está aparcado fuera y la casa no tiene garaje.

¿Dónde estás, Ojos Bonitos?

La luz sigue encendida, pero la casa parece vacía. Permanezco ahí más de lo que debería mientras me digo que no he venido por ella. Mis prioridades estaban muy claras antes de conocerla. Que siga siendo así, hostia.

No tengo tiempo para esto.

No tengo espacio para ella.

No he venido a verla, me reprendo. No estoy aquí por ella.

Solo quiero comprobar una cosa.

Molesto por pensar en Hedda, termino de inspeccionar la vivienda y me giro justo cuando siento una presencia a mi espalda. Me encuentro de bruces con un hombre tres centímetros más alto que yo, de espeso cabello rubio y feroces ojos azules.

Lars Storm se quita uno de los auriculares inalámbricos y me observa de arriba abajo con una calma gélida. Va vestido con ropa deportiva y tiene la frente perlada de sudor, así que doy por hecho que ha salido a correr. Un breve vistazo me confirma lo que ya sabía: está en buena forma.

Me evalúa con recelo y mantiene el tipo en todo momento. Sé que me reconoce, pues sus ojos se desvían hacia mis nudillos, como si esperase ver la prueba de todas mis peleas en el ring .

También sé que no le gusta lo que ve y no es tan hipócrita como para disimularlo.

—Tú —dice con un marcado acento noruego—. ¿Se te ha perdido algo?

Sonrío por dentro. Por fuera, no muevo ni un solo músculo.

Sé que sabe quién soy; no solo por mi carrera como boxeador, sino porque me vio aquella vez por la ventana. Es la clase de detalle que un militar no olvida.

—No —respondo sin inmutarme—. Ya he encontrado lo que buscaba.

Mi respuesta no le hace ni puñetera gracia.

Acaricio la empuñadura de la navaja que guardo siempre en el bolsillo de mi chaqueta.

El deseo de hundírsela en el hueco blando bajo la mandíbula y verlo atragantarse con su propio gorgoteo es demasiado tentador.

Pero la vida me ha enseñado a ser paciente.

Además, estoy delante de un hombre que pertenece a un cuerpo militar especial.

Nunca he subestimado a un oponente, y hoy no será la primera vez. El odio, precisamente, es lo que me mantiene en pie e impide que me abalance sobre él.

Lars no solo sabe defenderse, sino que se gana la vida arriesgándola en misiones reservadas para los militares más preparados.

Hoy no. Aún no. La paciencia es una virtud maravillosa para destrozar a tus enemigos. Suelto la navaja y saco la mano del bolsillo. Sus ojos se desvían apenas un momento hacia mi mano antes de dar un paso hacia mí. Entonces inclina la cabeza para acercar su cara a la mía.

—No sé qué ha pasado entre tú y mi hermana —escupe entre dientes—.

Ella no ha soltado prenda, pero regresó muy disgustada y se niega a contarme el motivo.

Es mi hermana pequeña y la persona más importante de mi vida.

No te conozco y me importa una mierda la cantidad de títulos que tengas.

Porque la verdad, Steel —me da un manotazo en el pecho—, es que te mataré como te vuelva a ver merodeando por su casa.

Bajo la vista hacia la mano plantada en mi pecho y me imagino retorciéndole los dedos.

—No estamos en el ring . No necesito unos putos guantes para partirte la cara.

Ni siquiera pestañeo. Dejo que su amenaza se estrelle contra mi máscara de indiferencia.

Luego sonrío.

Una sonrisa que nace del mismo sitio donde guardo la rabia de no poder gastarla en él a puñetazos.

—Qué tierno. Te preocupas muchísimo por tu hermana —digo sin apartar la vista—. Ojalá alguien se hubiera preocupado por la mía cuando yo estaba lejos y no pude protegerla.

Por un momento, parece desconcertado. Eso me hace odiarlo aún más. Este pedazo de cabrón es un gran farsante al que todos en este pueblo, incluida su hermana, tienen por un héroe.

—Lárgate de una vez. —Señala el camino con un gesto de cabeza—. ¿O se te ha perdido algo por aquí?

—Ahora, tengo todo lo que necesito —contesto sin perder la sonrisa.

Sus ojos se estrechan y cierra la mano que tiene sobre mi pecho, estrujando mi sudadera entre sus asquerosos dedos. Ya estoy preparado para aplastarle la tráquea justo cuando una pareja de ancianos se acerca por la acera de enfrente.

— God ettermiddag, Lars! —lo saluda la mujer—. Kunne du komme innom i morgen og se på varmtvannsberederen vår? [4]

Me zafo de su agarre de un paso atrás. Lars es bueno enmascarando sus emociones y se gira hacia la pareja con una sonrisa amable. Ojalá entendiera qué coño hablan. Lástima que no sepa ni una palabra de noruego.

— Ylva, ikke plag gutten! Jeg har jo sagt at jeg har ringt rørleggeren —interviene el que doy por hecho que es su marido.

— Å, men Lars har ikke noe imot det! Jeg lager min berømte bløtkake til ham som takk. Ikke sant, kjære? Rørleggeren kommer ikke før neste uke, og vi fryser.

— Jeg dør etter et stykke kake —dice Lars—. Det er den beste kaken jeg noen gang har smakt.

— Ser du? Gutten har ikke noe imot det. Jeg skal be Matti komme innom. Det er favorittkaken hennes, og så kan dere ta igjen det tapte. —La mujer le da un codazo a su marido, que pone cara de circunstancia y lanza una mirada de disculpa a Lars.

A Lars se le ensombrece la expresión.

— Du trenger ikke å plage Matti. Hun er sikkert veldig opptatt.

Lo único que entiendo es el nombre de Matti, la compañera de trabajo de Hedda. Creo que es la morena.

— For opptatt til å besøke bestemoren sin og prate med en sjarmerende ung mann? Tull! —Ylva repara en mí, se recoloca las gafas y me observa con curiosidad—. Ansiktet ditt virker kjent.

— Nå som du sier det —interviene su marido—, mitt også.

—No habla noruego. Ya se iba —contesta Lars en inglés, mientras me empuja el hombro con fuerza, pero de una forma que parece amigable a ojos de sus vecinos—. Es un forastero que se había perdido mientras hacía turismo.

—¡Creerás que somos unos maleducados! —lamenta la anciana, ahora en un inglés bastante tosco—. Espero que Lars haya podido ayudarte a encontrar el camino de vuelta. Mi inglés es básico.

Asiento sin perder la calma. Disfruto viendo cómo Lars se contiene para no abalanzarse sobre mí cuando le devuelvo la sonrisa falsa.

—Su amable vecino me ha dicho todo lo que necesitaba saber. —Miro a Lars un segundo más—. Al final, uno siempre encuentra el camino de vuelta.

Me alejo caminando con las manos metidas en los bolsillos y me despido de la pareja con un gesto. Puedo sentir la mirada fulminante de Lars clavada en la nuca.

Aquí todos lo tienen por un ciudadano ejemplar.

Para Hedda, es el mejor hermano y, para sus vecinos, poco más que un héroe.

Pero debajo de esa apariencia alegre y bonachona yo sé lo que hay.

Y, cuando lo desenmascare, no le quedará ningún lugar donde refugiarse.

Aunque su hermana me odie por haberle destrozado la vida.

No voy a pelear con él.

El boxeo me ha demostrado que no se es más hombre por derribar al rival de un puñetazo. Y crecer en la mierda me enseñó que hay formas más eficaces de romper a un hombre que partirle la cara.

No busco hacerlo sangrar, sino verlo temblar de miedo mientras le quito todo lo que le importa: el respeto de sus vecinos, la devoción de su hermana, la confianza de los suyos.

Quiero que se le caiga el mundo encima lentamente, que no tenga dónde esconderse ni a quién culpar, y que, al final, sea él quien venga a mí para suplicarme que lo mate para poner fin a su agonía.

Aun así, ni siquiera eso podría resarcir el daño que le hizo a mi hermana.

Cuando exhale su último suspiro, regresaré a Londres, ganaré mi último combate y no volveré a pensar en Hedda.