STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 26 Rowan
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26 Rowan

La puerta se cierra llevándose a la mujer que, durante un corto periodo de tiempo, me había devuelto la esperanza en cosas con las que no soñaba desde que era un niño.

Roxie comienza a gimotear y a arañar la madera en cuanto la suelto.

No se calma hasta que escuchamos el ruido del motor del coche alejándose.

Solo entonces se deja caer con un resoplido y me lanza una mirada que grita: «Has sido un idiota».

—Tú no puedes entenderlo —refunfuño.

Voy a la cocina y vacío el café frío en el fregadero.

Casi tiro el plato de huevos revueltos a la basura, pero luego me lo pienso mejor y lo dejo a los pies de Roxie.

Si alguna vez has pasado hambre, te acostumbras a no desperdiciar comida, sin importar el número de ceros de tu cuenta bancaria.

Pero Roxie parece tan decepcionada que se marcha a su cama sin dignarse a probar los huevos.

Da igual con qué haya fantaseado hace un momento, porque todo ha cambiado en cuanto he visto a Hedda abrazada a su maldito hermano.

Lo peor no ha sido la rabia ni la necesidad de venganza que me ha ardido en las venas, sino un miedo que no había sentido nunca.

Y Dios sabe que viví aterrado durante mi infancia y buena parte de mi adolescencia; no es una emoción nueva para mí.

Tuve miedo de que Hedda se metiera debajo de mi piel y me resultara imposible continuar con mi venganza.

En solo tres días, ha conseguido que le contara cosas que no había compartido con nadie y que experimentase un tipo de intimidad que me resultaba del todo ajena.

Solo tres putos días. Si la dejo entrar en mi vida, la pondrá del revés.

No puedo arriesgarme a seguir viéndola. He saboreado algo demasiado bueno y real, y me temo que sería incapaz de renunciar a ella si me permito seguir conociéndola.

Tiene la sangre del hombre que le apagó la luz a mi hermana.

Lars Storm no solo le hizo daño; la obligó a respirar con miedo y a huir de su vida en Reino Unido para empezar de nuevo en otro continente.

Y ahora estamos a miles de kilómetros de distancia y tengo que ver por videollamada cómo la chica más brillante que conozco se ha convertido en una versión más pequeña de sí misma.

Y ahí está la paradoja. Lars hizo sentir pequeña a Alice, y yo acabo de herir a su hermana.

Le he soltado un puñado de comentarios hirientes para alejarla de mí, pero ahora no me quito de la cabeza su expresión dolida.

Su ex le provocó una herida que aún está cicatrizando, y me odio a mí mismo por haberla hecho sentir menos, por reducirla a un polvo oportunista, por escupirle que solo fue una circunstancia, cuando la verdad es que llevo nueve meses soñando con su boca cuando cierro los ojos, buscándola en otras mujeres y sintiendo asco porque ninguna se le parece.

Nueve meses sin poder tocar a nadie porque mi cuerpo lo sentía como una traición.

Justo en ese momento, la razón por la que debo alejarme de Hedda me llama por teléfono. Me abalanzo sobre el móvil al leer el nombre de Alice, algo que hago siempre que me llama, pues no dejo de preocuparme por ella ni un solo minuto.

—Hola, hermanita —la saludo con ese tono entusiasta que uso para no preocuparla. Aquí son las diez de la mañana, así que en Boston son las cuatro de la madrugada. Ese cálculo rápido me inquieta de golpe—. ¿Va todo bien?

Se me corta el cuerpo al escuchar su sollozo ahogado.

—Solo… —murmura entre hipidos—, solo quería oír tu voz.

Apoyo la espalda en la pared, me aparto un momento el móvil de la oreja e inspiro con fuerza. Ojalá pudiera darle un abrazo y prometerle que todo irá bien, pero está a más de cinco mil kilómetros.

Esta no es mi hermanita alegre y bromista.

La chica inteligente y ambiciosa —mi principal motivo para escapar de aquel infierno— se ha convertido en una sombra de lo que fue.

Daría cualquier cosa para traerla de vuelta.

Durante años vi su potencial crecer delante de mí y me prometí que haría lo imposible para que tuviera una vida mejor.

Porque mi hermana pequeña merecía un futuro en el que sacar partido a sus capacidades, y no podía permitir que su bondad y ese cerebro impresionante se echaran a perder por culpa de nuestra miserable familia.

Alice fue mi razón para no rendirme. Y, cuando por fin conseguí abrirle una puerta al futuro, un pedazo de cabrón se cruzó en su camino y le arrebató todos sus sueños.

Acerco el teléfono de nuevo a mi cara.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. —La escucho sorber por la nariz—. No ha pasado nada. Estoy bien. Solo te echaba de menos. A veces me siento sola. Es normal. Estoy estudiando en otro país y me está costando hacer amigos. Pero estoy mejor después de haber escuchado tu voz.

Y una mierda.

Yo soy el buen mentiroso de los dos.

—Alice.

Eso basta para que rompa a llorar. Me desplomo en una silla y espero con paciencia a que se sobreponga. Mi preocupación pone alerta a Roxie, que viene hacia mí y apoya la cara en mi pierna.

—Estoy… —comienza a decir mi hermana—. Estaba con… un chico.

Tengo que hacer un grandísimo esfuerzo para no perder los papeles. Un chico. Tiene dieciocho años. Ya no es una niña. Aún recuerdo lo mal que reaccioné cuando me presentó al novio que se echó a los dieciséis. Menos mal que aquello duró poco, porque aquel chaval no estaba a su altura.

—Me gusta —admite, y el temblor de su voz me hace apretar la mandíbula—.

Me sentía cómoda con él. Es fanático de Harry Potter y empezamos a hablar en clase.

Me hacía reír. —Se le quiebra otra vez la voz—.

Ayer me preguntó si me apetecía quedar después de clase y…

y fuimos a tomar un batido. —Rompe a llorar—.

Y quiso besarme. A mí me pareció bien… hasta que me puso la mano en el muslo.

Los dedos se me cierran alrededor del móvil.

—¿Te ha hecho daño? —No espero su respuesta—. Lo voy a matar.

—¡No! No, Rowan, te lo juro. Ezra es encantador, respetuoso y paciente conmigo —se apresura a decir, aunque no consigue que mi nivel de ira descienda—. Pero me asusté. No sé… fue… sucedió de repente. Al principio, estaba disfrutando del beso y, al siguiente segundo, me agobié.

—De acuerdo. —Me relajo un poco—. Tienes derecho a agobiarte. Y a decir que no en cualquier momento. Eso ya lo sabes.

—No le dije que no —contesta bajito—. Me puse como una histérica y le di una bofetada.

—Alice…

—¡Le pegué muy fuerte! Tendrías que haberle visto la cara.

¡Le dejé la marca de mis dedos! Él no estaba haciendo nada.

Nada que yo no quisiera. Me preguntó si me parecía bien que me besara y yo le dije que sí, ¡y luego le pegué!

Solo me tocó como una persona normal y yo reaccioné como si me estuvieran… —se le rompe la voz—, como si…

No termina la frase. No hace falta. Ambos entendemos lo que ha querido decir.

—¿Cómo reaccionó?

—Se quedó mirándome como si estuviera loca. —Se ríe con amargura—. Luego, se levantó, me pidió perdón y me dijo que no volvería a besarme. Y yo salí corriendo del bar porque me daba muchísima vergüenza mirarlo a la cara. No podía dejar de verle la mejilla roja con la marca de mis dedos.

—¿Y tú cómo estás?

—Fatal. Ya sé que no tengo derecho a sentirme así…

—Tienes derecho a sentirte mal. No necesitas justificar tus emociones, Alice.

—Le pegué, Rowan.

—No fue tu intención. Te asustaste.

—Yo me sentiría mal si hubiera sido al contrario —insiste con terquedad—. Al llegar a mi piso, tenía un mensaje suyo. Me dijo que estaba preocupado, que quería hablar conmigo y que no entendía nada. No he pegado ojo en toda la noche porque no me atrevo a responderle.

—No tienes por qué hablar con él ahora si no estás preparada.

—Pensará que me falta un tornillo y pasará de mí. Y me gusta un montón.

—Escúchame —digo con firmeza—. Si un hombre no tiene paciencia contigo, no te da tu espacio ni se esfuerza en entenderte, no merece la pena.

El recuerdo de Hedda me viene como un fogonazo: sus ojos brillantes cuando le he dicho que no había un nosotros y la ha reducido a un mísero polvo. Aprieto los dientes y la expulso de mi cabeza.

—Pero, Alice —añado de mala gana—, si Ezra te gusta y te está dando espacio, si no te presiona, puede que merezca una oportunidad.

Una sola. Solo si quieres dársela. Nunca lo hagas porque sientas que debes hacerlo —remarco—.

Y, si aún no estás preparada para hablar con él, tendrá que adaptarse a tu ritmo.

—¿Qué ritmo? —replica, afligida—. ¡No soy normal, Rowan! No sé cómo ser como las chicas de mi edad. Creo que nunca voy a poder estar con nadie. Estoy… Estoy rota —baja la voz—. Quizá no tenga arreglo.

Me paso una mano por la barba. Esa maldita palabra se me atasca en la garganta. Antes, Alice era una joven alegre y con ganas de comerse el mundo. Ahora, tiene miedo del mundo.

—No estás rota.

—Sí que lo estoy.

—No —niego con la cabeza como si pudiera verme—, estás herida. Y las heridas cierran. Algunas dejan cicatrices que son una señal de lo fuertes que somos. Pero no estás rota, Alice. Tú eres irrompible, ¿recuerdas? Tú y yo somos irrompibles.

Era lo que le decía cada vez que mi padrastro nos golpeaba: «Tú y yo somos irrompibles».

—No me siento irrompible —susurra, sorbiendo por la nariz—. Me siento sucia. —Esa palabra me escuece en el pecho—. Me siento como si mi cuerpo no fuera mío.

Cierro los ojos con fuerza. La veo con diez años, corriendo por el parque con las zapatillas embarradas y la risa más limpia del mundo, jugando a ser astronauta.

Recuerdo escucharla y pensar: no permitiré que deje de reír aunque tenga que convertirme en alguien horrible para sacarla de aquí.

Esa chiquilla se transformó en una adolescente que soñaba con trabajar en la NASA y planeaba su vida con ilusión.

A esa Alice me la arrebataron. Y yo voy a traerla de vuelta cueste lo que cueste.

—Tu cuerpo es tuyo, Alice. Y nadie te lo va a volver a quitar. ¿Me oyes?

No responde.

—Eres más fuerte de lo que crees. No lo olvides.

—¡Eso lo dices porque eres mi hermano!

—Si fueras débil, no te habrías ido a estudiar a la otra punta del mundo. Aunque intenté convencerte, te mantuviste firme e hiciste la maleta. Y ahora me estás callando la boca a base de sobresalientes. ¿Eso lo haría una persona débil?

—Estudiar me ayuda a no pensar —reconoce de mala gana—. Solo quieres que parezca más fuerte de lo que soy.

—No lo pareces: lo eres. Algún día construirás un cohete o lo que sea que te manden hacer en la NASA.

—Estoy estudiando Ingeniería Aeroespacial. No construyo cohetes: hago cuentas para que no se desintegren.

—Suena complicado de cojones. ¿Lo ves? Eres listísima. Estoy orgulloso de ti.

—Eres más tonto —se ríe.

Su risa me alivia el alma.

—¿Sigues yendo a terapia?

—Sí, fui hace una semana —me tranquiliza—.

Mañana tengo otra cita. La psicóloga dice que…

que mi cuerpo está reaccionando al trauma.

Que algún día voy a poder acercarme a un chico sin tener miedo y que no debo culparme por haberme quedado paralizada ni por reaccionar como si estuviera en guerra cuando solo estaba intentando vivir.

—Mira, yo soy un bruto y se me da fatal comunicarme, así que sigue las pautas de tu psicóloga. No tienes que estar bien hoy ni mañana ni dentro de unos meses. Mereces darte tiempo. Y, si Ezra o cualquier otro chico no lo entiende, ahí no es.

—Rowan.

—¿Qué, tesoro?

—No eres un bruto. Gracias.

—Llámame cuando quieras. Aunque sea para oír mi voz. A cualquier hora. ¿Entendido?

—Sí.

—Y si necesitas que vaya a buscarte…

—¡Ni se te ocurra venir a Boston!

—Vale. Pero si lo necesitas…

—Te lo pediré.

—Y no vuelvas a decir que estás rota.

—Te quiero muchísimo, hermano mayor. No sé qué haría sin ti.

Sobrevivirías, eres más fuerte de lo que crees. Pero yo me hundiría sin ti.

Después de colgar, sostengo el móvil con una mano mientras acaricio a Roxie con la otra. La rabia que me invade llega despacio, pero es más peligrosa que antes. Me aprieta el cuello hasta que me cuesta respirar, así que dejo el móvil en la mesa y me pongo las zapatillas para salir a correr.

Necesito aire.

Esto es culpa suya. De ese desgraciado. De ese hijo de puta que le robó a mi hermana el derecho a conocer a otros chicos y a vivir su vida sin miedo.

Puede que mi venganza no traiga de vuelta a Alice, pero sí acabará con el hombre que le destruyó la vida.

El odio vuelve a ocuparlo todo.

Lars Storm es hombre muerto. Y sé perfectamente lo que tengo que hacer para destruirlo. Aunque haya daños colaterales y sufran personas que no se lo merecen.

A mi hermana le hicieron un daño irreparable y el culpable se fue de rositas. Yo me encargaré de que reciba el peor castigo de todos.