25 Hedda
Noto que algo ha cambiado en cuanto salgo del baño, ya duchada y vestida con mi ropa. El plato de huevos revueltos sigue intacto en la encimera, igual que el café.
—¿No desayunas?
Rowan, siempre alerta, está tan ausente que no se da cuenta de que me he acercado hasta que le hablo.
—No tengo hambre —responde con frialdad.
Ni siquiera me mira al decirlo. No sé qué le pasa, pero algo no encaja.
Durante tres días, lo he visto comer como el deportista de élite que es.
A bote pronto, calculo que ingiere más de cuatro mil calorías diarias.
No se ha saltado ninguna comida y siempre se cerciora de que todas tengan la cantidad suficiente de proteína.
A lo mejor es un tiquismiquis que no come nada que no haya preparado él mismo, pero, por la cara que ha puesto al ver los huevos, habría jurado que le ha hecho ilusión que le preparase el desayuno.
Espero que no piense que el ingrediente secreto es arsénico…
Aunque tampoco ha probado el café, y eso que suele beber tanto que ayer le dije en broma que debería inyectárselo en vena.
Le pasa algo. No entiendo qué mosca le ha picado ni cómo le ha cambiado tanto el humor en el tiempo que he tardado en darme una ducha.
Cuando levanta la vista hacia mí, sus ojos están desprovistos de cualquier emoción.
—¿Cuándo te vas?
Me quedo petrificada.
Guau, eso ha sido de lo más maleducado. Espero un instante a que diga que estaba de broma, pero guarda silencio.
—Cualquiera diría que te muerdes de ganas de perderme de vista —suelto una risa incómoda que se desvanece cuando la tensión de sus hombros se intensifica y su expresión no se relaja.
El chiste se me queda atravesado en la garganta—.
Debe estar al llegar. Me escribió hace quince minutos para decirme que se montaba en el coche.
Rowan no dice nada. Solo se levanta y va al dormitorio. Yo me quedo aquí plantada, sin entender nada, pero, ahora sí, comprendiendo que no son imaginaciones mías: a Rowan le pasa algo.
Desde aquí lo veo hacer la cama con la precisión de un relojero suizo.
A ver, no esperaba promesas de futuro ni acampadas en la montaña asando malvaviscos bajo la aurora boreal…
, pero anoche, mientras me abrazaba, tuve la sensación de que estábamos cómodos el uno con el otro.
Y eso me llevó a deducir que podríamos seguir viéndonos para divertirnos mientras él estuviera en el pueblo.
De hecho, creí que a su regreso a Reino Unido podríamos mantener una amistad.
Lo observo hacer la cama mientras me muerdo la uña del pulgar. Roxie me empuja la pierna con su hocico en busca de mimos y la acaricio, distraída. Al menos, ella no es tan cambiante como su dueño.
Ya sé que solo han sido tres días, pero me siento distinta.
Después de romper con mi ex, me convencí de que no volvería a confiar en un hombre para tener intimidad de ningún tipo.
Pero Rowan me ha hecho sentir sexi y deseada por primera vez en mucho tiempo, así que no es de extrañar que no quiera renunciar a esta sensación tan poderosa.
Me vibra el móvil en el bolsillo justo cuando él sale de la habitación. Su expresión se crispa al mirar por la ventana.
—Te espera fuera. —Señala con la cabeza el coche que acaba de aparcar delante de la cabaña.
Saco el teléfono para leer el mensaje de Lars.
Lars: Paso de entrar a conocer a tu misteriosa «amiga». Pero, si tardas más de cinco minutos, llamaré a la puerta. Y no le voy a caer bien.
Lars siendo Lars. Nada nuevo bajo el sol. Le envío un mensaje rápido, porque no me apetece que se ponga en plan hermano mayor capullo con Rowan.
Yo: Ya voy, pesado.
Luego aprieto el móvil y entrecierro los ojos.
Ya no soy la mujer que evitaba las discusiones por miedo a la reacción de su pareja.
Ahora, me enfrento a los problemas antes de que se hagan tan grandes que no tengan solución.
Seguramente haya habido algún tipo de malentendido que podamos solucionar teniendo una conversación.
No me apetece irme enfadada de esta cabaña con un hombre que anoche me hizo sentir de maravilla.
—¿Te pasa algo conmigo? —Voy directa al grano—. Estás muy raro.
Rowan ni se inmuta.
—No deberías hacer esperar a tu hermano.
Vaaale. Si fuera más orgullosa, lo dejaría estar. Pero, en mi opinión, el orgullo es un mal consejero cuando va acompañado de la falta de comunicación.
—¿He hecho algo que te haya molestado? —insisto con tono conciliador—. Si es así, me gustaría saberlo para poder solucionarlo.
Exhala por la nariz. Parece cada vez más fastidiado por mi presencia. El gesto me provoca una punzada bajo las costillas.
—No has hecho nada —asegura con tono helado, dirigiéndose hacia la puerta. Roxie lo sigue meneando la cola y él la sujeta del collar para que no pueda salir—. Mira, ya nos veremos por el pueblo. —Señala la puerta con impaciencia—. Ahora, tengo que centrarme en mis cosas.
Me está echando. Estoy tan atónita que no puedo ni pestañear.
—¿Tus cosas?
—Mi vida.
No he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme, lo sé de sobra, pero eso no impide que se me calienten las mejillas y me piquen los ojos. Odio ser tan sensible. Él no se lo merece. La sensación de sentirme usada va anidando en mi pecho.
No tiene ningún derecho a ningunearme como si lo de anoche no hubiera sido cosa de ambos. Solo le falta gritarme que me arrojé a sus brazos y no tuvo más remedio que hacerme un favor.
—Oye —levanto las manos—, no esperaba una cálida despedida, pero lo que ha pasado entre nosotros…
—No hay un nosotros —suelta, tajante—. Anoche follamos y no estuvo mal. Eso es todo.
No estuvo mal.
La bilis me quema en la garganta.
—Eso es todo —repito en voz baja.
—Ajá.
Me quedo helada. ¿Quién demonios es el hombre que tengo delante? Parece que anoche me acosté con otra persona. Si tan claro tenía desde un principio lo que quería de mí, debería haberse ahorrado las palabras bonitas.
—Y supongo que todo lo que me dijiste anoche solo fue para acostarte conmigo —le recrimino sin dar crédito—. No hacía falta que me regalaras los oídos para echar un polvo.
Sus labios se curvan en una mueca.
—Bueno, teniendo en cuenta que eras mi única opción disponible y llevabas bastante tiempo a secas, yo creo que sí. Necesitabas un poco de gasolina para funcionar.
¡Gasolina! Como si fuera un coche viejo y oxidado.
Mi temperatura corporal sube varios grados de golpe. Me dan ganas de matarlo y llamar a Lars para que me ayude a esconder su cadáver. Hacía tiempo que no me sentía tan insultada.
—¿Perdona? —Me tiembla la voz.
—Estábamos encerrados solos y sin demasiadas alternativas —continúa con desdén—. No confundas circunstancias con interés. Ni me culpes por que te hayas creído lo que necesitabas oír para subirte un poco la autoestima.
Sus palabras me escuecen más que una bofetada en la mejilla. O sea, que ha sido una completa mentira. Lo de llevar nueve meses sin sexo, la forma en que me tocaba, las palabras bonitas… Todo ha sido falso.
No debería dolerme porque, como bien acaba de recordarme, no somos nada.
Pero me siento profundamente estafada. Como aquella jubilada que ahorró durante años para el viaje de sus sueños y el director del banco usó su dinero para una operación de alto riesgo.
La pobre mujer perdió todos sus ahorros y nunca pudo ir a Nueva Zelanda.
Me siento igual de tonta. Peor: me siento usada, como un trozo de carne.
—Mira —añade, abriendo la puerta—, no hace falta hacer un drama.
Estuvo bien —dice con un tono casi amable que me revuelve el estómago—, pero estaba borracho y te tenía idealizada por culpa de una pelea en la que sufrí un traumatismo.
—Sus palabras me hacen trastabillar hacia atrás—.
La nieve, el encierro y el alcohol hicieron el resto.
La gente confunde muchas cosas cuando no tiene nada mejor que hacer.
La humillación me explota en el pecho.
—Dios —susurro con la voz rota—, eres un auténtico gilipollas.
Algo me arrastra fuera de la cabaña. Debe ser el poco orgullo que me queda, empujándome lejos de ese canalla mentiroso que acaba de desecharme como una tira de papel higiénico.
El corazón me late con fuerza y me estoy clavando las uñas en las palmas al caminar a toda prisa hacia el coche de mi hermano.
—He visto a un armario empotrado por la ventana —dice Lars, saliendo del coche como un pitbull —. Mira, si no me dices ahora mismo quién cojones es ese…
—¡Llévame a casa!
Tiro de la manilla, me dejo caer en el asiento y cierro de un portazo. Solo quiero salir de aquí y olvidar que he conocido a ese desgraciado.