24 Rowan
Hacía años que no dormía tan bien.
De hecho, no recuerdo haber descansado ni una sola noche sin desvelarme desde que tuve la madurez suficiente para comprender que debía estar siempre alerta si quería que Alice y yo sobreviviéramos a aquel infierno. Ese instinto de supervivencia animal me ha acompañado a lo largo de mi vida.
Los perros solo duermen si se sienten protegidos. Por eso Roxie solo se calma cuando se tumba cerca de mí: sabe que, mientras yo esté a su lado, nada podrá tocarla. Yo lo aprendí a los seis años, al entender que nadie iba a protegerme de la bestia de mi padrastro. Ni siquiera mi madre.
Esta noche, sin embargo, no he tenido pesadillas ni me he despertado cada dos horas para comprobar que no había ninguna amenaza. En cuanto abracé a Hedda y olí mi champú en su pelo, el sueño se apoderó de mí por completo.
Como duermo poco y mal, soy madrugador por excelencia.
El trabajo en el huerto y el ejercicio físico me ayudan a despejarme cuando me asaltan los pensamientos intrusivos.
No recuerdo un solo día que me haya levantado más tarde de las ocho de la mañana.
Por eso me incorporo mareado al ver que aún estoy en la cama.
No puedo creer que se me hayan pegado las sábanas.
Me froto la cara y me permito saborear unos segundos más esa paz que me resulta tan ajena que casi me molesta. ¿Dónde está Roxie? ¿Y esa mujer de piel suave y cálida que se ha convertido en mi amuleto del sueño?
Salgo de la habitación, todavía medio aturdido y hambriento. No sé qué hora es, pero debería haber desayuno hace un buen rato. Me relajo un poco al ver a Hedda de espaldas hablando por teléfono. Bien, sigue aquí. Eso es bueno.
Me tapo la cara con una mano porque la luz matinal aún me molesta. No estoy espabilado del todo y tardo un momento en localizar a Roxie, que devora su cuenco de pienso. Hedda le ha echado de comer.
La escena me aprieta el pecho de una forma extraña y agradable. Una sola palabra me viene a la mente al ver a la mujer descalza y vestida con mi sudadera: hogar.
Estoy hambriento de ella. Quiero saberlo todo.
Qué la hace reír cuando nadie la mira. Qué la saca de sus casillas.
Qué música escucha cuando conduce y si prefiere las margaritas o las rosas.
Quiero saber su apellido para pronunciarlo en voz baja y descubrir si suena igual de bien que su nombre en mi boca.
Sé que no debería acostumbrarme a esta imagen, pero también sé que me resultaría demasiado fácil hacerlo.
Ella nota mi presencia, se gira y tapa el micrófono del teléfono con la mano.
—Roxie ya ha salido —me dice de buen humor—. Le he abierto la puerta.
El reloj de la pared marca las nueve y media de la mañana.
No me lo puedo creer. Estoy a punto de reprender a Hedda por haberse arriesgado a sacar a Roxie con semejante temporal.
Seguro que ha estado lloriqueando y arañando la puerta hasta convencerla, pero dejé una pila de periódicos en una esquina por algo.
Roxie, por supuesto, no se ha dignado a usar su baño improvisado como la perra caprichosa y consentida que es.
—¿Y a ti qué te importa con quién hablo? —bufa Hedda con el móvil en la oreja—. ¡Eres mi hermano mayor, no mi padre! ¡Qué pesadilla!
Sí, una auténtica pesadilla. Si no cuelga pronto, le quitaré el teléfono para que use su energía en algo más placentero que discutir.
Se me escapa una sonrisa al recordar lo que hicimos anoche y arrastro los pies hacia la cocina para preparar el desayuno.
Levanto el brazo cuando una luz intensa y brillante me ciega al pasar frente a la ventana.
Vaya, ha salido el sol.
Como británico, debería alegrarme del buen tiempo, pero una sensación agridulce se apodera de mí al contemplar cómo la nieve se va derritiendo bajo los implacables rayos de sol.
La tormenta ha llegado a su fin, pero yo no siento precisamente alivio, porque eso solo significa dos cosas: Hedda ya no tiene ningún motivo para quedarse aquí y yo debo terminar aquello para lo que vine.
Adiós, aislamiento. Hola, venganza.
Esa certeza despierta una profunda apatía y decido que arrastraré a mi yo habitual de vuelta después de comer.
No hay motivo para alarmarse; el hambre me está pasando factura, pues no estoy acostumbrado a desayunar tan tarde.
Cuando busco una sartén, veo el plato con huevos revueltos y la cafetera humeante sobre la encimera.
El olor y la imagen me hacen salivar.
Nadie me había preparado el desayuno. Nunca. El frigorífico de mi casa solía estar vacío. En los días buenos, había cereales rancios con leche aguada. A los doce años aprendí a arreglármelas para que Alice y yo no fuéramos al colegio con el estómago vacío.
Pero esto…
No es solo comida, sino que alguien ha pensado en mí antes de que yo pensara en mí mismo. Por unos minutos, he dejado de ser el hombre que cuida para convertirme en el hombre al que cuidan. Es la hostia de agradable.
Me desplomo en el taburete y hundo el tenedor en los huevos revueltos. Aún no los he probado y ya me parecen la mejor comida de mi vida.
—¡Está bien, pesado! —exclama Hedda detrás de mí—.
Si así te quedas más tranquilo… —Niega con la cabeza y apoya una mano en mi hombro con naturalidad.
El contacto me reconforta casi tanto como el desayuno y noto un aleteo en el pecho cuando me sonríe—.
Que sí, puedes venir a recogerme. Te envío la ubicación.
Parece que su hermano va a venir a buscarla. No lo conozco y ya me cae mal. La ha tenido veinticinco años y yo, solo tres días. Es un maldito avaricioso. No es suficiente. Necesito más tiempo con ella. Toda una vida me parece un punto de partida razonable.
Le doy un sorbo al café. Le gusta fuerte, igual que a mí.
—¡Mi hermano no puede vivir sin mí! —se queja tras colgar, dándome un apretón cariñoso en el cuello antes de apartar la mano.
Resisto a duras penas el impulso de atrapar su muñeca para que la deje donde estaba—.
Va a venir a recogerme. Voy a cambiarme porque sería un poco raro que me viera vestida con tu ropa.
—Mi ropa te queda mejor que a mí. —Ella baja la vista hacia la sudadera que le cubre las rodillas y pone una mueca de incredulidad—. Gracias por el desayuno.
—Ah, eso. —Le resta importancia con un gesto de mano—. Era lo menos que podía hacer después de tenerte tres días cocinando.
—Me gusta cocinar.
Y alimentarte, cuidarte y follarte. Tal vez no deberías salir de esta cabaña en los próximos sesenta años.
—No son tan elaborados como los tuyos —comenta, yendo hacia el baño—, pero Lars dice que hago los mejores huevos revueltos. —Se gira antes de cerrar la puerta y me guiña un ojo—. A ver si adivinas cuál es el ingrediente secreto.
El tenedor se estrella en el plato.
Ha usado nata; eso es lo primero que noto. Lo segundo es ese nombre que consigue que los huevos revueltos me sepan a ceniza en la boca.
Lars.
No. Ni de puta coña.
Seguro que es un nombre muy común en Noruega, como David en Reino Unido. Debe haber cientos de Lars aquí. No tengo por qué preocuparme. ¿Qué probabilidades hay de que ese Lars sea su hermano?
Intranquilo, no puedo evitar fijarme en su teléfono, que ha dejado en la encimera, justo al lado de mi taza. Ni lo dudo. Mis dedos vuelan sobre la pantalla y pulso el botón de desbloqueo sin pensarlo dos veces. No conozco el patrón, pero tampoco hace falta: el salvapantallas me saca de dudas.
Hedda sonríe abrazada a un hombre rubio de ojos azules.
A primera vista no parecen familia, salvo si te fijas bien en los detalles: la misma nariz, la sonrisa idéntica y los hoyuelos.
Se miran como nos miramos Alice y yo, con esa camaradería fraternal que no necesita explicaciones.
Llevan dos camisetas blancas a juego. En la de ella se lee, en letras mayúsculas: «BEST LITTLE SISTER»; en la de él: «BEST BIG brOTHER».
Los huevos se me revuelven en el estómago al clavar los ojos en los de ese hombre de sonrisa afable y siento lo mismo que la primera vez que vi una foto suya y juré destruirlo: ira. Candente, espesa, corrosiva.
Lars Storm.
Ya no hace falta que le pregunte a Hedda cuál es su apellido. Lo comparte con ese pedazo de cabrón al que abraza en la fotografía. El mismo hombre que arruinó la vida de mi hermana.
El hombre al que he venido a matar.