23 Hedda
No sé en qué momento recupero el sentido común. Tampoco sé si ha pasado un minuto o cinco cuando Rowan sale de mí. Aun así, sus brazos me siguen sujetando. Cuando me suelta al cabo de un rato, me cuesta encontrar la fuerza para moverme y mirarlo a los ojos.
Y entonces recuerdo el vídeo.
Tiene un vídeo en el que le hago una mamada.
Me siento muy erguida en el borde de la butaca mientras él me observa con una expresión indescifrable que me hace sentir aún más incómoda.
Ya hay que ser estúpida, me reprendo. Da igual lo excitada que estuviera, porque no debería haber permitido que me grabara.
Podría intentar convencerme de que solo fue un juego, pero no soy idiota.
Dejar que un hombre al que apenas conozco tenga un vídeo íntimo mío es inaceptable.
A Oskar jamás le permití algo así, y eso que me tenía casi anulada y hacía conmigo lo que le daba la gana.
Pero a Rowan le he permitido hacerme cosas que…
Bueno, no me arrepiento porque las he disfrutado y soy una mujer que ejerce su libertad sexual como le da la gana.
Y resulta que no tenía ni idea de que me excita ser dominada.
No hay nada malo en eso. Otra cosa muy distinta es que, una vez pasado el calentón, vaya a tolerar que conserve el vídeo.
Alzo la barbilla y me preparo para pelear si hace falta.
Su mirada está vacía, como si hace un momento no me hubiera dicho que soy perfecta y yo no me lo hubiera creído como una tonta. En fin, si los hombres tienen la costumbre de mentir, ninguna mujer debería creer las palabras que salen de sus bocas durante el sexo.
Apoyado en la mesa, se inclina hacia delante.
—No.
—¿No, qué? —replico, tensándome.
—No te arrepientas todavía. Al menos, espera a mañana. —Frunce el ceño y niega con la cabeza, como si se lo hubiera pensado mejor—: Mejor no te arrepientas nunca. Mírame a los ojos y finge que valió la pena aunque solo sea por mi maltrecho orgullo.
Me he arrepentido de muchas cosas en los tres últimos años, pero acostarme con Rowan no está entre ellas.
—No iba a decir eso. —Señalo con la barbilla el móvil tirado en la alfombra—. Borra el vídeo.
Rowan gira la cabeza despacio hacia el teléfono.
—¿Te da miedo lo que podría hacer con él? —Su tono sombrío va acompañado de una sonrisa maliciosa que me obliga a agarrarme al borde de la butaca—. ¿No quieres verlo una última vez? Estás guapísima cuando me comes la polla.
Un calor intenso me sube por el cuello. En sus palabras hay algo más que una sucia provocación: una advertencia implícita. Le sostengo la mirada mientras sus ojos me gritan en silencio: «Tal vez deberías haberlo pensado antes de dejar que te grabara».
¿Es así de cabrón? No me engaño. Sé que no es un caballero de brillante armadura con unos principios intachables, pero algo me dice que sería incapaz de guardar un vídeo íntimo sin mi permiso.
La ansiedad me muerde por dentro y me preparo para robarle el móvil en cuanto se quede dormido. Por suerte, no es necesario, pues se agacha para recogerlo, lo desbloquea y me lo pone en la palma de la mano. Sin decir nada, se da la vuelta, recoge su ropa y entra en el baño.
Menos mal.
El alivio que me invade es amargo, pero no pierdo el tiempo en reprenderme por haberle permitido grabarme. Accedo a la galería y borro el vídeo sin verlo. No soy tan tonta como para olvidarme de la papelera y lo elimino completamente.
—Ya está. Tranquila —me digo en voz alta.
En lugar de dejar el móvil en la mesa, no puedo evitar echar un vistazo a sus fotos.
No tiene muchas. Casi todas son de Roxie corriendo entre los árboles y tumbada panza arriba en la hierba, con la lengua fuera y cara de felicidad absoluta.
Hay unas cuantas de un pequeño huerto con tomates cherry y calabacines. Sonrío al ver que me contó la verdad.
Sé que oculta algo, pero parece que no es tan mentiroso.
Hay una sola foto de una persona: una chica pelirroja que no debe tener más de dieciocho o diecinueve años, con los ojos verdes del mismo tono que el izquierdo de Rowan. Debe ser su hermana. No tiene el aspecto fiero y desconfiado de Rowan. De hecho, parece demasiado… confiada.
El móvil desaparece de mi mano. Doy un respingo al encontrarme a Rowan con la cara pegada a la mía. Está vestido y furioso.
—No metas las narices en mis asuntos.
—Solo estaba cotilleando un poco.
—No te he dado permiso para cotillear.
Me encojo de hombros, fingiendo que no me afecta, y cojo mi ropa de la alfombra. Él se ha puesto en plan intenso por lo del vídeo y yo he echado un vistazo a su galería. Diría que estamos empatados.
Entro en el baño, cierro la puerta y hago pis, porque leí en alguna parte que ayuda a evitar las infecciones.
Cuando salgo, la puerta del dormitorio está abierta y lo veo tumbado en su lado de la cama.
Duerme bocarriba, con una mano bajo la nuca y la otra descansando sobre el abdomen.
Roxie ronca a sus pies hecha una bolita.
Dudo unos segundos en el umbral. No sé si debería volver a la butaca, pero él ha ido a la cama y eso, en su lenguaje, creo que significa que no le importa compartirla conmigo.
Aunque ¿quién entiende a este hombre? Es el mismo que me ha venerado como a una diosa y al principio se ha negado a hacerlo sin condón porque la idea de tener hijos conmigo le horrorizaba.
Que no es que yo quiera que sea el padre de mis hijos ni esté pensando en ser madre en este momento, pero…
Estoy agotada, así que arrastro los pies hacia la cama y me meto bajo las sábanas. Me siento distinta. No solo calmada, sino hambrienta de un afecto que hasta el momento cubrían de sobra mi hermano y mis amigas.
No me puedo callar. Me giro hacia él y observo sus facciones iluminadas por la tenue luz de la lamparita.
—Ya sé que no te gusta acurrucarte, pero tal vez —dudo— por esta noche…
Si no tuviera los ojos abiertos, juraría que no me ha escuchado, pues no se mueve.
De pronto me siento tan avergonzada por haberle pedido que me trate como si le importara que comienzo a darme la vuelta, mortificada por esta necesidad que no sé de dónde nace.
Sus brazos me lo impiden al estrecharme contra su pecho.
—Ven aquí.
No son las dos palabras más cálidas ni efusivas, pero hay algo en ellas que me desarma. Envuelta entre sus brazos, sonrío cuando enreda una pierna entre las mías y apoya la barbilla en mi cabeza. No necesito que diga nada más, pues me abraza como si no quisiera dejarme escapar.
Cierro los ojos y me quedo dormida entre sus brazos.