STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 22 Rowan
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22 Rowan

Me quito la sudadera por el cuello de un tirón y no me pasa desapercibido cómo me observa con avidez.

Nunca me he considerado un tipo presumido.

Estoy en forma porque mi trabajo lo requiere, punto.

Sin embargo, me mataría a pesas y me alimentaría a base de brócoli y pollo de por vida solo para que ella no dejara de mirarme así.

Porque nunca me había sentido tan valioso ni me había importado tanto la opinión de nadie.

Hedda está medio tendida en la alfombra, con un codo apoyado en la mesa y la melena castaña cubriéndole los pechos. El corazón me duele al inspirar y tengo que apretar la mandíbula para contener las ganas de separar sus piernas y enterrar la cara entre ellas.

Estoy ansioso, desesperado, hambriento de ella. Esto no me había pasado nunca.

Termino de quitarme los pantalones de una patada y sonrío al ver cómo me mira.

Cuando se da cuenta de que me estaba devorando con los ojos, pone una mueca y hace un aspaviento con la mano.

No me molesto en hablar. Me inclino sobre ella, la sujeto por la cintura y la levanto con facilidad.

El gesto la pilla tan desprevenida que pega un gritito que me hace preguntarme con qué inútiles habrá salido para no estar acostumbrada a que la carguen así.

Sí, es alta y tiene unas curvas generosas, pero no deja de ser una mujer a la que podría echarme al hombro sin esfuerzo.

A ver si Magnus, el puto bombero de los cojones, puede cargarla así. Su maldita primera vez. Que se dedique a apagar incendios, pero que no se acerque a menos de dos metros de Hedda. Porque dudo que él pueda hacerla gritar como pienso hacerlo yo.

Yo entiendo su cuerpo porque he nacido para satisfacerla. Y, si existe un manual para complacer a esta diosa, me lo voy a aprender de memoria. Porque nadie va a cuidarla como yo, ni siquiera un maldito héroe con uniforme.

Me siento en la butaca y la coloco sobre mí, con las piernas abiertas alrededor de mis caderas. Entonces le sujeto el cuello con ambas manos y la beso como si el mundo fuera a terminar esta noche y lo único que me importara fuera estar pegado a sus labios.

La cabeza de mi polla le acaricia el abdomen y ese roce me incendia de pies a cabeza. Tengo el preocupante presentimiento de que voy a morirme si no me hundo dentro de ella pronto.

Dios, esta mujer me va a volver loco.

Sin soltarla, me inclino sobre la alfombra hasta recoger el móvil y reproduzco el vídeo que he grabado hace unos minutos.

Los gemidos de Hedda atragantándose con mi polla son perfectos.

Con las mejillas sonrojadas encima de mí, se frota contra mi erección y se queda embobada mirando la pantalla hasta que el vídeo termina.

Me está empapando las piernas.

—Una auténtica diosa —le susurro al oído.

Deslizo dos dedos entre sus muslos y entran con facilidad, envueltos por un calor líquido.

Está tan dilatada y resbaladiza que la observo sin ocultar mi fascinación.

La tiro del pelo y le beso la base de la garganta con adoración.

Tiene la marca de mis dedos por todo el cuerpo, la cara encendida y el pelo enmarañado. Nunca me había parecido tan guapa.

—Estás hecha un puto desastre. —Le beso el hombro—. Este coño me estaba esperando.

Ella asiente frenética, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Desliza los brazos alrededor de mi cuello y se frota contra mis dedos. Mi polla se aprieta contra su pelvis y el movimiento me arranca el aire de los pulmones.

Joder…

Cuando creo que no puede ser más perfecta, me demuestra lo equivocado que estaba.

—¿Quieres que te folle? —le pregunto, empujando los dedos más hondo—. ¿Quieres correrte en mi polla?

Asiente temblorosamente. Sin pensarlo, escondo la cara en sus tetas y las devoro sin piedad. Chupo, lamo y succiono esas cumbres duras. Froto la barba incipiente contra sus pezones, arrancándole un sollozo tras otro.

—Usa palabras conmigo —le digo, y esta vez no suena como una orden, sino como una súplica. Ya me preocuparé luego por eso—. Adoro el sonido de tu voz.

—Fóllame de una vez.

Mi mano se estrella contra su culo. Ella se queda muy quieta.

Al cabo de unos segundos, gira la cabeza para lanzarme una mirada asesina.

Pero sus manos siguen en mi nuca. No se ha apartado.

El estupor y la indignación compiten con algo que reconozco enseguida cuando le masajeo ese maravilloso trasero con ambas palmas.

Sus labios se entreabren y la arruga de su ceño se suaviza.

Poco a poco se convierte en una gatita mansa y receptiva a mis caricias.

—No me des órdenes. —Le masajeo el culo—. ¿Quién manda aquí?

Alza la barbilla, desafiante, negándose a responder.

Le aprieto el culo antes de darle otra cachetada más fuerte que la anterior.

Da un respingo y un quejido lastimero brota de su garganta.

Se agarra a mi cuello con la expresión petrificada por una mezcla de estupor y una satisfacción inesperada que la desconcierta.

Esta vez le ha dolido lo justo para que las lágrimas asomen a sus ojos y se muerda el labio.

Cuando deslizo las palmas de las manos por su trasero enrojecido, se relaja contra mi pecho y apoya la frente en mi hombro.

—Tú —se rinde en voz baja.

—No te he oído.

—Tú mandas —murmura, respirando agitadamente contra mi cuello—. Te odio muchísimo.

Le doy un besito en la nariz; un gesto blando que me toma por sorpresa incluso a mí. En cuanto me doy cuenta de lo que acabo de hacer, le acaricio el cuello con los dientes y succiono la piel justo detrás de su oreja hasta dejarle la marca de mis labios.

—Ódiame todo lo que quieras, pero sigue haciendo cada maldita cosa que te digo.

—Sí —contesta con voz ronca.

Con los pechos apretados contra mi torso, desliza las manos por mi espalda y se abraza más a mí. Eso es. Quiero ser el que la rompa y la reconstruya.

—Tu coño no me odia, Ojos Bonitos. —Le rozo la mandíbula con la boca, saco los dedos de su interior y deslizo la punta de mi polla entre sus labios inferiores—. Tu coño me necesita.

Me hundo un poco en su interior, maravillado por lo dilatada y resbaladiza que está. Ha sido hecha para mí. Lo sé sin tener que metérsela entera. Apenas necesita preliminares para recibirme. Que putísima maravilla.

La sangre me arde en las venas y la cabeza me zumba por la necesidad de estar dentro de ella. Estoy a punto de penetrarla cuando caigo en la cuenta de que es una locura. Y lo peor es oírla protestar cuando me retiro de golpe.

¿Qué cojones me pasa? Se me ha ido la cabeza. Yo no follo a pelo. Jamás. Ni siendo un adolescente cometí el error de hacerlo sin preservativo.

La mano me tiembla cuando me inclino hacia un lado y estiro el brazo hacia mis pantalones tirados en el suelo. La cartera está en el bolsillo trasero y siempre guardo un condón ahí. Y, justo cuando lo rozo con los dedos, ella me agarra la muñeca.

—No uses protección.

Sus palabras me contrarían y me ponen más cachondo de lo que debería.

—Nunca lo hago sin condón.

—Pero quiero sentirte sin nada —insiste, echando la cabeza hacia atrás y frotándose contra mi erección—. Por favor.

Dos palabras que sospecho que sabe que me destrozan. Con ellas, me tiene en sus manos. Eso me descoloca y me cabrea. La polla me va a reventar.

La sujeto por la barbilla.

—No quiero hijos por nada del mundo —le espeto—. Pero, si te quedaras embarazada, no sería tan cabrón de desaparecer. Y créeme, cariño —le froto la piel con el pulgar—, no soy el padre que quieres para tus hijos.

—Si ese es el problema —su dedo índice serpentea por mi pecho—, llevo puesta la inyección anticonceptiva de tres meses y estoy limpia.

A la mierda.

Un hombre puede intentar portarse bien hasta cierto punto.

La sujeto por las caderas y bajo la vista hacia la unión de nuestros cuerpos. No quiero perderme cómo ese coñito tan estrecho se traga mi polla.

—Haz que merezca la pena. Es una orden.

Se sienta sobre mí y, cuando se hunde hasta la mitad de mi erección, las manos me tiemblan sobre sus caderas.

Jodida hostia.

No puedo creer lo que me estaba perdiendo.

A la mierda el látex.

—Qué bueno, cariño… —digo sin aliento, apretándole el culo con ambas manos—. No había sentido nada igual en mi puta vida.

Hedda baja la vista. Tiene la frente perlada de sudor y los ojos entrecerrados con una mezcla de fascinación y extrañeza. Se muerde el labio y empuja hacia abajo. Sus paredes se estrechan a mi alrededor mientras se apoya en mis hombros y separa más las piernas.

—No me cabe entera —murmura con frustración.

—Tranquila —me inclino para besarla—, haremos que quepa.

—Es que llevo mucho tiempo sin…

La agarro del cuello.

—Ni se te ocurra mencionar a otro hombre cuando es mi polla la que te está destrozando el coño.

Ella se mueve hacia delante y atrás. No se la he metido entera y me voy a correr si sigue así. Le aprieto un poco más la garganta y gruño contra su boca.

—Despacio, vida mía, quiero que dure.

Noto cómo se deshace encima de mí. Un rubor le tiñe las mejillas cuando ralentiza el ritmo y se lame los labios.

—Te gusta que sea mandón, ¿eh? —susurro, frotándole el cuello con los dedos—. Y también te gusta que te recuerde lo preciosa que eres y te diga palabras bonitas.

Ella asiente sin dejar de moverse sobre mí, con la cara encendida y los labios entreabiertos.

Esta mujer saca partes de mí que no sabía que tenía.

Pero esta vez, lejos de horrorizarme, mando al infierno mis reglas y la atraigo del cuello para besarla.

Mi lengua se hunde en su boca despacio. Adoro los ruiditos que se le escapan.

Cuando me separo, recorro su mejilla con los labios y le digo al oído:

—No mereces menos. Una chica tan preciosa, obediente y perfecta como tú debe ser tratada como una maldita reina.

—Mis palabras la dilatan y me entierro un poco más en su interior.

Le pellizco los pezones antes de volver a rodearle el cuello con las manos—.

Y quiero que nunca olvides lo jodidamente valiosa que eres.

Le froto la piel del cuello con los pulgares, deslizándolos arriba y abajo por la nuca.

—¿Te gusta ser la única mujer a la que me follo sin condón?

Se le escapa un gemido.

—Sí.

—Claro que sí. Porque solo tú te lo has ganado.

Solo tú me vuelves tan loco como para follarte a pelo.

Solo tú eres tan buena e increíble que me vuelas la cabeza.

—Le acaricio la garganta con los pulgares mientras su cuerpo se agita contra el mío—.

¿Sabes lo dura que me la pones cuando haces esos sonidos?

¿Cuando te rindes así? ¿Cuando me dejas cuidarte y follarte como mereces?

Hedda está completamente ida. No puedo perdérmelo, así que me reclino en la butaca, apoyo la cabeza en el respaldo y entrelazo los dedos detrás de la nuca.

—Enséñame lo bien que se te da follarte mi polla.

Ella empieza a moverse despacio, hacia delante y atrás.

Con cada vaivén se entierra un poco más en mi polla y sus pechos me rozan el torso.

Ahora entiendo por qué hay hombres que iban a la guerra por una mujer, porque yo bajaría al infierno con gusto si me prometen que ella va a esperarme entre las brasas.

Me muero por tocarla, pero disfruto del espectáculo porque es la mujer más sexi del puto planeta. Un auténtico regalo que me obliga a preguntarme qué he hecho bien en la vida para merecerla. Y Dios sabe que he cometido muchos pecados.

—Mírame.

Ella levanta la cabeza justo cuando me llevo dos dedos a la boca, los chupo y los deslizo entre sus piernas. Le acaricio el clítoris con movimientos circulares y suelta un sollozo.

—Eres una diosa nacida para atormentar mi existencia.

Sus paredes se estrechan a mi alrededor. No puedo ni respirar del gusto. No aguanto más. La sujeto por las caderas y la hundo de un empellón en mi polla. Ella gime con fuerza y le muerdo un pezón.

—¿Ves cómo te cabe entera? —Le acaricio los pechos con la lengua—. Eso es, Ojos Bonitos, qué bien te follas mi polla.

Su cuerpo tiembla sobre el mío. Me está destruyendo de la mejor manera.

La envuelto entre mis brazos, me levanto con ella encima y la giro para colocarla de cara a la butaca.

—Agárrate al respaldo —le digo, con la voz rasgada por el deseo. Le rozo el cuello con los dientes—. Te voy a dar fuerte y lo vas a aceptar, ¿verdad?

—Sí.

Empuja el culo contra mi erección. Está tan necesitada que me echo a reír.

—Si me paso, me pides que pare —le recuerdo, deslizando la boca por su nuca—. Solo una palabra y me detengo. Pero sé que no lo vas a decir porque te encanta portarte bien conmigo.

Me hundo dentro de ella con un fuerte empellón que le arranca un grito.

Pero no me pide que pare. La agarro del pelo y empiezo a follármela sin compasión.

Cada embestida es un golpe seco que termina con su culo estrellándose contra mis muslos y mi mano estampándose en sus nalgas.

Las tiene rojas y marcadas por mis dedos.

Ella jadea y se sacude con cada embestida, sin soltar el respaldo. Sus paredes se estrechan alrededor de mi polla como una trampa húmeda y cálida que no quiere dejarme escapar. La siento latir por dentro, estrujándome con cada movimiento. Se me tensan los músculos del abdomen.

—Rowan —jadea—. Oh, Dios. Me voy a correr…

—Dame ese regalo, cariño.

Se rompe con un gemido ronco, desmadejada sobre el respaldo mientras yo me hundo en ella por última vez. Me corro dentro, abrazado a su cintura, con el corazón desbocado y la frente apoyada en su espalda como si ese contacto pudiera preservar mi cordura.

Cierro los ojos y le suplico al mismo Dios que la ha puesto en mi camino que me dé una oportunidad para no joderlo todo. Sé que no soy un buen hombre ni la merezco, pero, si existe la mínima posibilidad de que me elija sin que tenga que retenerla por la fuerza, entonces me aferraré a ella.

Necesito un instante para hacerme a la idea de que lo mejor que me ha pasado en la vida llega justo en el peor momento. No salgo de ella. Aún no. La mantengo pegada a mí con la desesperación de quien sabe que no merece el tesoro que tiene entre los brazos.

Es la primera vez que tengo miedo de estar solo.