19 Rowan #3
—… pero me sentía tan pequeña que no encontraba la fuerza para volver a ser yo misma. Era incapaz de recuperar a la persona que fui antes de conocerlo.
Guarda silencio y se mira las palmas de las manos. Entonces las cierra y aprieta los puños.
—No me pegaba, así que pensé que no era tan grave como el maltrato físico —confiesa, con la voz teñida de vergüenza—.
Hasta que empezó a tirar cosas, destrozar muebles, dar portazos y a invadir mi espacio durante las discusiones.
Durante una discusión rompió a patadas el aparador que yo había restaurado. Ahí me entró el pánico.
Ese pedazo de cabrón es hombre muerto.
—Ya le tenía pavor, pero, los últimos meses, la situación se volvió insostenible. La primera vez que golpeó la pared, justo al lado de mi cara, lo entendí. Cuando pegan cerca de ti, el siguiente golpe será a ti.
Me arde el pecho, la cabeza, el alma. Siento cómo se me tensan todos los músculos. Mi cuerpo está más que preparado para arrancarle la cara a ese cabrón que se atrevió a intimidarla.
—Algo hizo clic en mi cerebro aquel día.
No sé si fue el instinto de supervivencia producto del pánico…
, pero ni lo pensé. Aproveché que había salido con sus amigos a ver un partido de fútbol para hacer las maletas y llamar a mi hermano.
Sabía que, si le contaba la verdad, me sacaría de allí y no me dejaría volver.
Mi hermano quiso quedarse para darle una paliza, pero yo no paraba de llorar y de suplicarle que me sacara de allí.
Tenía claro que no podía quedarme en Oslo, porque estaba tan enganchada a Oskar que lo habría perdonado. Es patético y…
—Humano —digo con suavidad—. Lo fácil es enamorarse de las virtudes de alguien, pero amar sus carencias es lo que te atrapa.
Lo que te hace quedarte, incluso cuando deberías huir.
Porque una parte de ti sigue aferrada a lo que fue, o a lo que crees que podría volver a ser.
Y eso no te hace débil, solo demuestra que sentiste algo de verdad.
Sé lo que es crecer viendo cómo tu madre perdona una y otra vez al hombre que la destroza por dentro y rompe a golpes a sus hijos.
Sé lo que es vivir esperando que algún día te elija a ti.
Y que nunca lo haga, porque sigue pensando que aún queda algo bueno en él.
Y, mientras tanto, sus hijos pagan el precio.
Alice y yo vivimos el infierno de saber que nunca seríamos suficiente para nuestra madre, porque ella no tuvo la fortaleza de la mujer que está frente a mí. Y eso me rompe todavía más, porque desearía que mi madre hubiera sido tan valiente como Hedda.
—Ojalá pudieras verte como yo te veo. —Alza la vista hacia mí—. No como una víctima ni como alguien débil, sino como una persona fuerte que escapó de un infierno. Para mí, no hay nada más jodidamente admirable que eso.
—Yo no me veo así —dice con voz queda—. Dejé mi trabajo y mi vida en Oslo para no caer de nuevo en los brazos de Oskar, no porque fuera fuerte.
No hace falta que me digas lo que crees que necesito oír.
—Me muerdo la lengua. ¿Eso es lo que piensa?
Me cago en todo—. Oskar les dijo a nuestros amigos en común que me fui porque lo había engañado con un compañero de trabajo.
Y todos le creyeron. —Me mira de frente—.
Ya no me importa. ¿Qué más da lo que piensen?
Aquí he construido una vida que me gusta y que me pertenece.
—¿Ha intentado ponerse en contacto contigo?
—Sí.
Lo voy a matar.
—Las primeras semanas, me bombardeó con mensajes largos y llenos de disculpas.
En ellos aseguraba que cambiaría, que iría a terapia, que nadie lo conocía como yo y que se había dado cuenta de lo mucho que me había fallado.
—Se ríe sin humor—. Cuando no respondí, se hizo la víctima y cambió de táctica.
Empezó a enviarme mensajes en los que me decía: «Has cambiado», «Ya no eres la que yo conocía», «Supongo que ahora estás mejor con cualquiera», «Al final eras como todas».
—Se le endurece la expresión—. Luego, empezó a desacreditarme delante de todos nuestros conocidos en común.
»Les dijo que solo intentó ayudarme, que yo tenía muchos problemas y que le preocupaba mi estabilidad mental.
Y reconozco que casi logró hacerme dudar.
Sobre todo con los mensajes intermitentes.
Los «Hola» a las dos de la mañana sin venir a cuento o los «He soñado contigo, solo quería saber si estabas bien».
—Se frota los brazos, como si sintiera frío al recordarlo—.
Habría respondido de no ser por mi hermano.
Se quedó conmigo el primer mes y me convenció de ir a terapia.
—Me mira—. La terapia no me enseñó a odiarlo, sino a dejar de justificarlo.
Recuerdo el día que la psicóloga me preguntó: «¿Te resulta familiar intentar calmar a alguien para que no estalle?
». Y ahí lo entendí perfectamente. Estuve casi tres años saliendo con un narcisista.
No digo nada, pero me hago una promesa: ese cabrón va a entender por las malas lo que significa que una mujer rompa contigo. Y estaré encantado de ser yo quien se lo explique.