19 Rowan #2
Me encojo de hombros, pero la impaciencia me muerde por dentro.
Oh, no solo es curiosidad. Necesito saber si esa basura sigue rondando su vida para hacer algo al respecto.
Si esa escoria aún la molesta, me aseguraré de que no vuelva a hacerlo jamás.
De hecho, empiezo a tener ganas de volver a las viejas andadas, aunque le prometí a Alice que estaba trabajando para ser un hombre mejor.
El problema es que los tipos como el ex de Hedda me lo ponen muy difícil.
—Quiero verte desnuda.
—Eres un cabrón.
—Sí. Desnúdate.
Se quita la sudadera a tirones y me la lanza a la cara.
El sujetador de encaje negro apenas contiene esos deliciosos pechos que deseo llevarme a la boca.
Al notar cómo la miro, jadea y se tapa con los brazos.
Eso me enfurece tanto que casi la sujeto por las muñecas para que no me prive de mi premio.
—¿De verdad pensaste en mí después de aquella pelea… —pregunta con voz ronca— o solo lo dijiste porque creíste que era lo que quería oír mientras me tenías desnuda?
La rabia me sube al pecho.
—He pensado en ti todos los días desde hace nueve meses. Sin saltarme ni uno solo. Varias veces al día. A todas horas —añado, impaciente, inclinándome hacia ella—. Mi turno. ¿Tu ex te ha molestado desde que lo dejaste?
Comienza a desabrocharse el sujetador con movimientos torpes y frenéticos, pero entonces masculla algo en noruego —una palabrota, supongo— y me grita con la voz afilada como un cuchillo:
—¡Ya te gustaría!
—No, cariño. Te puedo ver desnuda cuando quiera. Prefiero que respondas a mi pregunta.
—¡Tú a mí no…!
—La pregunta, Hedda.
Se queda quieta, mirándome con los ojos brillantes.
—¿Quieres oír toda la historia? —suelta con tono iracundo—. ¿Eso es lo que quieres? ¡Porque no pienso contarla dos veces! ¡Así que presta atención!
—Soy todo oídos.
Aún no ha empezado a hablar y la sangre ya me bulle en las venas.
—Estuvimos algo más de tres años juntos —empieza con voz tensa—.
Al principio, era el novio ideal. El primer año —suspira y desvía la vista hacia su taza—, era tan perfecto que mis amigas de Oslo bromeaban sobre la envidia que me tenían y me preguntaban si tenía algún amigo soltero.
Oskar era atento, educado, cariñoso… Tan ideal que llegué a pensar que había tenido una suerte increíble al encontrarlo.
Hace una pausa y coge la taza para dar un sorbo. La impotencia me apuñala por dentro. No entiendo cómo pudo creerse afortunada si es una mujer impresionante que no merece menos que un caballero que la idolatre.
—Ahora, echando la vista atrás, entiendo que hubo señales.
Pero solo soy capaz de verlas después de haber ido a terapia.
Gestos de preocupación disfrazados de cuidado que, en realidad, no eran más que mecanismos para controlarme.
«¿Vas a salir con esa falda tan corta? Hace frío.
Podrías resfriarte» —imita la voz de su ex, y se me revuelve el estómago del asco—.
«No me gusta que vuelvas sola de noche, me preocupo».
«Avísame cuando llegues, si no, me quedo intranquilo.
O mejor, mándame tu ubicación y paso a buscarte».
—Sus hombros se hunden y se pasa las manos por el pelo—.
Necesitaba saber dónde y con quién estaba en todo momento.
Pero, como no me prohibía nada, solo pensaba: qué suerte tengo de tener a alguien que me cuida tanto.
La escucho sin decir nada. Sé que esta es la antesala de la pesadilla de su relación. Un cosquilleo desagradable me recorre la espalda.
—Luego vinieron los detalles. —Su voz se quiebra, pero mantiene la entereza—.
Se molestaba si yo tardaba en contestar un mensaje, pero no lo decía claramente.
Si le preguntaba, se limitaba a decir: «Tú sabrás lo que has hecho.
Cada uno tiene sus prioridades, y tú eres la mía».
O se ponía raro si me reía con otro hombre.
Me interrogaba a todas horas por mis compañeros de trabajo.
Y, si le preguntaba si estaba celoso, tras asegurarle que no tenía motivos, él me sonreía y contestaba: «No son celos, es porque te quiero».
La mandíbula me duele de tanto apretarla.
—Después, empezó a aislarme. Te juro que no sé cómo se las apañó, pero, al cabo de dos años, ya no tenía amistades propias.
Mi círculo se redujo al suyo y no tuve a nadie con quien desahogarme.
Si quedaba con mi amigas, me decía que estaba distante con él.
Que no le caían bien porque me tenían envidia.
Y que yo no podía verlo porque era tonta.
—Se ríe con amargura—. Tonta era un rato, la verdad, porque dejé a mis amigas por él.
—No hables así de ti misma.
Hedda hace un gesto con la mano para restarle importancia, aunque el nudo de mi estómago se aprieta con cada palabra suya.
—Pero delante de los demás era maravilloso.
Me cogía la mano. Si caminábamos por la acera, me apartaba del lado de la carretera.
Me enviaba regalos carísimos a la oficina.
Claro, para que mis compañeros vieran que tenía pareja.
Cosa de lo que me di cuenta mucho después.
Mis padres lo adoraban. Nuestros amigos, los suyos, en realidad, pues yo me quedé sola, decían que era un príncipe azul.
—Respira hondo por la nariz—. Cuando empecé a preocuparme por aquella dinámica, él negaba cosas que había dicho.
Me aseguraba que exageraba, que me lo inventaba todo y que era una dramática.
»Y yo empecé a dudar de mí misma y a preguntarme qué estaba haciendo mal para que él hubiera cambiado.
—Sus ojos brillan de dolor—. Como nunca perdía los nervios delante de los demás, me daba pánico que nadie me creyera.
Porque de cara a la galería era un gran actor.
El tipo que abre la puerta a los demás, da las gracias a los camareros, colabora con causas benéficas y se declara abiertamente feminista.
—Suelta una carcajada seca—. Si me menospreciaba, lo hacía en privado…
, o en público de una forma sutil, porque sabía de sobra que yo nunca lo expondría.
Estaba completamente anulada. —Se muerde el labio—.
Ya sé que crees que soy una idiota por no haber reaccionado aquel día cuando lo expusiste…
—Nunca he pensado que seas una idiota.