STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 19 Rowan
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19 Rowan

No he pegado ojo en toda la noche por culpa del maldito ebook que compré cuando hubo cobertura, y también porque lo que más deseo en este jodido mundo estaba en la habitación contigua. Vestida con mi sudadera, oliendo a mi gel de baño y llevando puesta mi ropa interior.

Si Dios existe, debe estar cabreadísimo conmigo.

Cada vez que cerraba los ojos, me la imaginaba tumbada bocarriba, con la respiración entrecortada y gimiendo mi nombre. La escenita del libro no hizo más que empeorar mi calentón. Esta mujer absolutamente perfecta lee esas guarradas y me recomendó el libro a sabiendas.

Me está volviendo loco.

Joder.

Esta mañana he intentado aparentar normalidad, como si no me hubiera encerrado de madrugada en el baño para masturbarme pensando en ella. Dos veces.

He hecho tostadas francesas y hemos pasado la tarde leyendo. Ni siquiera hemos hablado; me bastaba con saber que estaba en la misma habitación. Es agradable tenerla cerca.

Por la noche ha vuelto a irse la luz. Hemos encontrado unas velas y un tablero de Hnefatafl en un cajón.

Hedda se ha desternillado de risa cuando he intentado pronunciarlo y me ha comparado con un turista borracho en un crucero por los fiordos.

En vez de molestarme, he descubierto que no me importaría esforzarme en hacerla reír durante el resto de mi vida. Lo sé, una puta locura.

Me ha enseñado a jugar a ese ajedrez vikingo. Después de perder todas las partidas, me he quejado de que ha manipulado las reglas.

—Yo no me puse de morros cuando me diste una paliza al Uno.

Se levanta para ir a la cocina.

—No estoy de morros —gruño.

Claro que sí. Y no solo por haber perdido, aunque verla vencer con deportividad, con esa sonrisa radiante, bien merecía la pena que me hubiera dejado ganar si hubiera tenido alguna oportunidad contra ella.

También estoy de mal humor porque anoche tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no meterme en su cama.

Hedda regresa con el termo de café, dos tazas y una botella de whisky .

—Vas a probar la mejor bebida del mundo —anuncia, dejándose caer sobre la alfombra—. El karsk es un manjar noruego.

—A mí me parece que solo es un café irlandés.

Verla enfurruñarse es demasiado adorable para desaprovechar la oportunidad. Suele arrugar la nariz de esa forma que me dan ganas de pellizcársela.

Hedda prepara el karsk colocando una moneda en el fondo de cada taza. Luego, la cubre con café y vierte el whisky hasta que la moneda vuelve a asomar. Siento ese tirón en el pecho cuando me tiende una de las tazas y nuestros dedos se rozan.

—Sabe a rayos —digo al probarlo. A ella se le encienden las mejillas al dar un trago—. ¿Pretendes emborracharme y abusar de mí?

—¡Más quisieras!

Me hunde un dedo en el costado, pillándome tan desprevenido que casi pierdo el equilibrio. Ah, conque esas tenemos.

Al infierno. Nunca he sido un buen hombre. La vida es demasiado corta para portarse bien.

—Quiero jugar a verdad o reto —suelto.

Se deja caer a mi lado en la alfombra con chulería. No parece ni un poco asustada.

—¿Te crees que me voy a rajar? —responde, sentándose con las piernas cruzadas. Luego, da un largo sorbo.

Roxie resopla con indignación y se marcha al dormitorio. Creo que ha entendido que no pensábamos incluirla en el juego. Además, se ha autoproclamado la dueña de la cama desde que anoche Hedda le permitió dormir con ella.

—¿Empiezo yo?

—Me da igual. —Se encoge de hombros—. A mí no me intimidas, mal perdedor.

—No vayas de dura.

Se remanga la sudadera.

—Luego no llores, Rowie.

—Lo vas a pagar caro por llamarme así. ¿Verdad o reto?

—Verdad. —Me guiña un ojo y añade con tono socarrón—: Rowie .

Sacudo la cabeza. Aún no hemos empezado y ya va medio borracha por el karsk . Esto va a ser divertido.

—Tus rasgos no son típicos. A riesgo de que me llames ignorante por pensar que todos los noruegos sois rubios, ¿tus padres lo son?

—Ignorante —dice, y pongo los ojos en blanco—. ¡Qué manera de desperdiciar tu turno!

Para mí, no lo es. Cada cosa que aprendo de ella es un jodido regalo, aunque le parezcan detalles insignificantes.

—Mi padre es noruego. Mi madre nació en Escocia, pero tiene ascendencia india.

Mis abuelos maternos son de Mumbay. —Ahora entiendo ese tono bronceado y esa melena marrón chocolate que quiero enrollar alrededor del puño—.

Aunque lo del pelo rubio es un mito. En Noruega usamos el término rottefarget para describir el color de pelo más común entre los adultos: rubio ceniza muy oscuro sin reflejos dorados.

Al contrario de lo que se cree, ese es el color predominante de la población.

No el rubio platino. Ese tipo de rubio es más común en los niños y se va perdiendo con el tiempo. Por eso algunas personas se lo tiñen.

Supongo que nunca te acuestas sin aprender algo nuevo. Y no me refiero al color de pelo de sus conciudadanos, sino que ahora entiendo por qué su belleza me descoloca. Hedda no encaja en ningún molde ni se parece a nadie que haya conocido, y eso la hace peligrosamente letal para mi autocontrol.

—¡Mi turno! —Se frota las manos con emoción—. ¿Por qué te gustan tanto los perros?

—Porque me fío de ellos. Son fieles y nunca decepcionan, a diferencia de las personas. Siempre quise tener uno, pero mis turnos como portero eran una mierda, así que no me animé a adoptar hasta que me convertí en boxeador profesional.

—¿De pequeño no tuviste?

Se me hace un nudo en la garganta. Recuerdo al pequeño Tom, con sus enormes orejas, siguiéndome a todas partes.

Nunca podré olvidar cómo mi padrastro lo estrelló contra la pared y el pobre cachorro murió tras agonizar durante horas mientras yo le suplicaba que lo llevase al veterinario.

A cambio, me dio una paliza. Tenía siete años y jamás olvidaré cómo me impidió despedirme de mi mejor amigo.

—Tuve uno —contesto, esquivo—. Y son dos preguntas.

Ella lo capta y no insiste.

—Es mi turno —continúo con cierta codicia—. ¿Me has echado de menos esta noche en la cama?

Levanta las cejas. La pregunta no le ha gustado un pelo, pues alza su taza y bebe sin apartar los ojos de mí.

—Cobarde —siseo.

Me enseña el dedo corazón.

—¿Y tú a mí? —contrataca.

—Ningún lugar me parecía mejor que esa cama.

—¡Esa es una respuesta muy ambigua! —protesta con las mejillas encendidas—. Podría parecerte el mejor sitio porque es más cómodo que esa butaca roñosa.

Me limito a beber. Ella no se ha atrevido a responder a mi pregunta y yo no quiero ponérselo en bandeja, así que doy otro trago. Esta mierda pega fuerte y me quema el pecho.

—Cobarde —susurra.

Verla tan molesta me arranca una sonrisa.

—Hazme otra vez la pregunta.

—¿Me has echado de menos esta noche?

—Sí —respondo deprisa, con los ojos clavados en los suyos—. Dormir sin ti ha sido como intentar calmar un incendio con un vaso de agua.

Ella baja la mirada hacia sus manos y frunce el ceño.

—Eso… —musita— no sé qué significa.

—Lo sabes, Ojazos. Eres lista. Dale una vuelta. —Aprieta los labios—. Mi turno. ¿Tu ex ha vuelto a molestarte?

El cuerpo de Hedda se tensa.

Si ese cabrón ha intentado acercarse a ella, ya puede darse por muerto.

—Este juego ya no me gusta. —Se acerca la taza a los labios, pero la sujeto por el asa—. Suficiente.

—No has respondido. Quítate una prenda.

Sus ojos se abren de par en par. Hay ira, pero también un deje de valentía que me excita más de lo que ya estoy.

—¿Te crees que me voy a rajar? —responde, con el cuello rojo por el alcohol—. No me conoces, Rowan Steel.

«Tú a mí tampoco, cariño. En absoluto».

Deja la taza en la mesa, se levanta tambaleándose y apoya una mano en mi hombro para quitarse los pantalones.

Pongo la mía sobre la suya y le acaricio los dedos mientras observo cómo la tela se desliza por sus piernas bronceadas.

Al verla en ropa interior, trago saliva y soy incapaz de apartar la mirada de mis bóxers.

Hay algo obscenamente íntimo en verla vestida con mi ropa. No debería, pero me encanta que lleve algo que me pertenece. Se me despierta un instinto bajo y posesivo que no tiene nada que ver con el juego y todo con las ganas de arrancarle mis calzoncillos con los dientes.

Me empiezo a empalmar. Es una erección de lo más incómoda y dolorosa que amenaza con reventarme los pantalones.

—Son muy cómodos —dice con una sonrisa ladeada—. Mi turno, Rowan. —Joder, cómo me gusta que diga mi nombre—. ¿Cómo fue tu infancia?

A la mierda el juego.

—¿Qué pasa? —Apoya un codo en la mesa con chulería—. ¿Ya no te diviertes? ¿A que sienta mal que escarben en tu pasado? Si no vas a contestar, quítate la sudadera.

Sin dejar de mirarla, me saco la sudadera por la cabeza.

Su sonrisa se desvanece mientras sus ojos me recorren el torso.

Es una mirada descarada, lenta y hambrienta.

Sus labios se separan y noto cómo inhala con fuerza.

Parece que alguien ha olvidado que seguimos jugando, y mi erección crece por momentos al imaginar lo que pasa por esa cabecita que lee unos libros muy entretenidos.

—¿Te gusta lo que ves?

Aparta la vista a toda prisa.

—¿Es tu pregunta? —se sulfura.

—No, porque ya sé la respuesta —contesto, engreído.

Ella se lame los labios, pero no niega lo que ambos sabemos.

—Mi pregunta es… —Reflexiona un instante—. Tu hermana…

—¿Qué pasa con mi hermana? —me crispo.

—¿Cómo es vuestra relación?

—Estamos muy unidos. Intento que Alice tenga todas las oportunidades que yo no tuve. Quiero que acceda a la mejor educación y que no tenga que preocuparse por trabajar para pagarse la universidad.

—¿Esa es tu motivación para pelear?

Me toca los huevos resultarle tan transparente. Tanto como haberle hablado de Alice. ¿Qué demonios me pasa?

—Eso son dos preguntas. Me toca.

—Vale, vale —se rinde, resoplando por la nariz—. Eres un gruñón.

—Háblame de tu relación con tu ex.

Su cambio es inmediato. Clava las uñas en la alfombra y me atraviesa con la mirada.

—¿En serio? —Le tiembla la barbilla—. ¿No vas a dejarlo estar?