STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 18 Hedda #2
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18 Hedda #2

—¿Qué significa? Nunca lo había escuchado.

No me da la impresión de que Steel sea un hombre condescendiente. De hecho, creo que es una persona que solo muestra curiosidad cuando algo le interesa de verdad.

—Es un subgénero romántico. Los protagonistas tienen moralidad gris y hay situaciones intensas y cuestionables. Me fascinan los personajes que hacen cosas imperdonables y, aun así, no puedes dejar de quererlos. Los que no encajan como villanos, pero tampoco son héroes.

—¿Alguno que me recomiendes?

Saca el móvil del bolsillo y abre la aplicación de notas.

Ay, Dios.

—Me estoy empezando a arrepentir. —Me da la risa.

Levanta los ojos del móvil y me lanza una mirada burlona.

—¿Te da vergüenza que sepa lo que lees?

—No. —Más bien, me pone muchísimo recomendarle libros con escenas spicy e imaginar su cara al leerlas—. Little Stranger y Criaturas despiadadas .

—¿De qué van?

—En Little Stranger , los protagonistas son hermanastros. —Steel enarca una ceja—. En Criaturas despiadadas , él es un sicario que tiene que asesinarla, pero termina obsesionándose con ella.

Rowan apunta los títulos sin decir una palabra. Cuando termina, sonríe de medio lado, y le lanzo un cojín.

—El típico argumento que podría sucederle a cualquiera.

—¡No te rías!

—No me río. Parecen interesantes. Los leeré.

—Claaaro.

Ahora es él quien me lanza el cojín.

—¿No me crees?

—No te veo leyendo novela romántica.

—Cuántos prejuicios.

Voy a la librería, envuelta en mis tres mantas, y tropiezo al avanzar. A mi espalda, su risa ronca me estremece de placer y me giro para sacarle la lengua. Luego, rebusco entre los libros hasta dar con una baraja de Uno.

—¿Te apetece jugar?

Observa la baraja unos segundos.

—Mmm.

—¿Tienes algo mejor que hacer o te da miedo perder contra mí? —lo provoco, pasándome la baraja de una mano a la otra—. Te apuesto cincuenta coronas a que no eres capaz de ganar ni una partida.

—¿Cuánto son cincuenta coronas?

—Unas cuatro libras.

Se sienta en la alfombra con aire decidido. Puedo ver lo competitivo que es. Tiene que serlo para subirse a un ring y enfrentarse a otro gigante en un estadio abarrotado de gente.

—Que sean cinco.

—Uuuh. —Me siento frente a él y pongo la baraja en el centro—. Te gusta jugar fuerte, ¿eh?

—No sabes cuánto.

Media hora después, ha ganado cinco partidas seguidas y estoy a punto de morder las cartas. ¿Cómo puede ser tan rápido? Me dan ganas de tirárselas a la cara, pero la verdad es que me lo estoy pasando en grande mientras la luz va y viene durante el juego.

Estamos tan metidos en la partida, entre pequeñas venganzas con +4 y cambios de color, que no me doy cuenta de que mi rodilla roza la suya hasta que él se incorpora.

—Ha vuelto la luz —dice, con los ojos fijos en mi rodilla—. Voy a preparar la cena antes de que se vuelva a ir.

Solo entonces caigo en lo cerca que estamos y en lo mucho que me cuesta apartar la pierna cuando él ya se ha levantado.

Cenamos solomillos en salsa de champiñones mientras charlamos de los últimos libros que hemos leído. Él me recomienda sus novelas negras favoritas y yo lo convenzo para leer la saga Empíreo antes de que se estrene la serie.

Se me escapa un bostezo tras ayudarlo a recoger los platos.

—Voy a acostarme.

Él asiente y va hacia su butaca.

—Que descanses.

Vaya, mensaje recibido. Pensé que, después de la charla y la partida de Uno, habíamos limado asperezas y estábamos en algún punto medio entre «desconocidos que se corren y luego se ignoran» y «personas aisladas por las circunstancias meteorológicas que están haciendo el esfuerzo de conocerse».

Y debo admitir que no me habría importado dormir acompañada.

Aunque sé que no debería, me detengo en la puerta de la habitación, con la mano sobre el pomo.

—Oye…, no tienes por qué dormir en la butaca. Esta noche me toca a mí.

Su respuesta es rápida y rotunda:

—No.

—Pero es lo justo.

—No vas a dormir en la puta butaca. No me discutas.

—Vaaale. —Fuerzo una sonrisa—. También podemos dormir los dos en la cama. No sería la primera vez —bromeo para quitarle hierro—. Ni tenemos por qué hacer que parezca algo raro.

—Mejor no.

Dos palabras que me caen como un jarro de agua fría.

No se trata de que me sienta rechazada, sino de que él ha vuelto a levantar esos muros que impiden que nos comuniquemos.

Además, no comprendo si su negativa es porque se arrepiente de lo que pasó anoche o porque no quiere que lo vea tener otra pesadilla.

Al abrir la puerta, Roxie se cuela en la habitación y se sube de un salto a la cama. Se hace un ovillo en el lado izquierdo. Estoy demasiado cansada para echarla.

—¡Eso, ponte cómoda! —Me meto bajo las sábanas y me acurruco a su lado como si fuera un peluche gigante—.

Bueno, al menos tú no eres cambiante como Míster Simpatía —susurro, extendiendo el brazo hacia ella despacio, como me enseñó Rowan.

La perra me olfatea, levanta la cabeza y la apoya en mi mano—.

Pero no me muerdas, ¿vale? Aún estoy trabajando en mi trauma infantil y retrocedería mil pasos si fueras mala conmigo.

Roxie cierra los ojos y responde con un ronquido.

Duermo toda la noche del tirón.