18 Hedda
La luz y la cobertura van y vienen a lo largo del día. A ratos, los radiadores funcionan, hasta que, de repente, me veo envuelta bajo tres gruesas mantas y Rowan me está rellenando la taza de té. Menos mal que hizo un termo enorme cuando regresó la luz para que tuviésemos algo caliente de beber.
Me sabe mal verlo destapado, pero él asegura que está bien siempre que le pregunto si necesita una manta. Sé que miente; de lo contrario, no llevaría puesta la chaqueta, pero es tan testarudo que no pienso empezar otra guerra.
Aunque apenas hablamos durante toda la mañana y parte de la tarde, no me resulta incómodo compartir un rato de lectura en silencio.
Él sigue enfrascado en Frankenstein y yo, en El retrato de Dorian Gray.
Roxie se ha tumbado en mis pies, algo que no me importa en absoluto, porque así me los mantiene calentitos.
Antes me he sobresaltado porque ha empezado a mover las patas y a sollozar.
Rowan se ha levantado para calmarla y me ha explicado que Roxie a veces tiene pesadillas.
Casi se me ha escapado: «Igual que tú». Por suerte, me he callado justo a tiempo.
Me puede la ternura cada vez que Rowan interactúa con su perra. La adora y la mima como a una princesa. A pesar de su aspecto de iceberg, es evidente que a Rowan Steel se le da bien cuidar de los demás, o no se preocuparía de prepararme bebidas calientes ni de arroparme cada vez que se levanta.
Un día y medio me ha bastado para entender que es de esos hombres protectores que han nacido para hacerse cargo de los demás.
Justo por eso no dejo de preguntarme si el motivo por el que se marchó de la habitación la otra noche fue por que no sabe dejarse ayudar.
Tengo la sospecha de que nadie lo ha cuidado nunca.
Sé reconocer a un hombre sobreprotector cuando lo veo.
He convivido con uno. Mi hermano Lars es una mezcla de guardaespaldas y padre sustituto.
De hecho, lleva todo el día acribillándome a mensajes.
En el fondo, agradezco que la cobertura se esfume cada dos por tres, porque así me ahorro responder a su interrogatorio.
En cuanto tengo una rayita de cobertura, me entra otro mensaje suyo.
Lars: ¿En casa de qué amiga te alojas? Sé que no estás con Matti ni Anita. He hablado con ellas.
Es increíble. Solo me saca dos años y se comporta como si fuera mi padre. Nuestro padre, de hecho, nunca ha sido tan controlador.
Yo: No te hablas con Matti.
Esa enemistad suya con Aksel, el novio de Matti, ya es casi parte del folclore local.
Se llevan fatal. Nunca me ha contado el motivo.
Solo sé que mi hermano apareció un día en casa gritando que Aksel era lo peor y jurando que algún día se las pagaría.
Creo que tenía diecisiete años. Los mismos que Matti y Aksel cuando empezaron a salir.
Desde entonces, Aksel —el poli del pueblo— y Lars —el militar chulito— son como dos gallos en el mismo corral.
Siempre he pensado que no solo compiten por el territorio, sino que Mathilde —mi amiga y compañera en el restaurante—, la novia de Aksel, tiene algo que ver.
Lars, un auténtico mujeriego, no lo admitiría ni borracho, y yo soy lo bastante prudente como para no sacar el tema.
Lars: La muy bruja no me coge las llamadas. Se lo he preguntado a Anita, que es más simpática que ese ogro que tiene por prima.
Yo: No conoces a esta amiga.
Lars: Hedda, tus únicas amigas son Matti y Anita. Si estás con un tío, me lo puedes decir. A mí me parece bien que empieces a rehacer tu vida. Simplemente quiero conocer al afortunado, investigar sus antecedentes, saber si es de fiar y advertirle que te trate bien. O le presentaré a mis puños.
Entiendo que se preocupe por mí después de lo sucedido con Oskar, pero se está pasando tres pueblos. Si le explico que estoy con un hombre que no conoce, saldrá a buscarme en plena tormenta con el rifle de caza. Esa vena militar lo va a acabar metiendo en algún lío, y no precisamente de faldas.
Yo: Lo único que tienes que saber es que estoy bien.
Lars: ¿Quién es? ¿Dónde vive? Dime que no le has dado una oportunidad al soso de Leif.
Yo: No estoy en casa de Leif.
Lars: ¿Has vuelto a salir con Magnus? Si te has liado con mi mejor amigo, exijo saberlo. No quiero que las cosas se pongan raras entre nosotros.
Magnus Ashcroft no solo es su mejor amigo, sino el amor platónico de Anita, mi primer novio y el chico con el que perdí la virginidad.
Aquello sucedió hace una eternidad, pero Lars aún no lo ha superado.
Yo, por el contrario, llevo mucho tiempo sin pensar en el bombero que me rechazó cuando me fui a la universidad.
Yo: No estoy con Magnus.
Lars: ¿CON QUIÉN DEMONIOS ESTÁS, HEDDA?
La cobertura muere justo en ese momento. ¡Gracias a Dios! Cierro los ojos, me masajeo las sienes y dejo el móvil sobre la mesa baja.
—¿Qué se cuenta tu hermano? —pregunta Rowan desde la otra butaca.
Levanto la vista. Sus ojos siguen en la página, pero ya ha dejado de leer.
—¿Por qué crees que estaba hablando con mi hermano?
—Siempre pones esa cara de «me tiene hasta las narices». Los hermanos mayores somos así. —«Así que no es hijo único»—. Yo también estaría de los nervios si mi hermana se alojase con un desconocido. Si quieres, puedo hablar con él para que se quede tranquilo.
— Nop —respondo deprisa. Si Lars reconoce a Steel, se preocupará aún más al saber que estoy aislada con el actual campeón mundial de los pesos pesados.
Adoro a mi hermano, pero también sé que tiene la mala costumbre de demostrar que es el macho alfa.
Y estoy segura de que Rowan no se amedrentaría.
Además, no quiero averiguar quién de los dos ganaría una pelea.
Ahora, tengo mis dudas—. Si sabe que estoy con un hombre que no conoce, pensará que eres algún psicópata que planea cortarme en pedacitos y esparcir mis restos por la montaña.
—Ni de broma. —Se pone serio—. Los guardaría en el congelador. Menos lío. Y me servirías de aperitivo durante todo el invierno.
Suelto una carcajada. A mis pies, Roxie ronca sin inmutarse.
—Que sepas que, en comparación con otros animales, el ser humano no se considera especialmente alto en valor nutritivo.
—Así que solo eres un tentempié con piernas —comenta con falsa decepción—. Pero hay comidas que no se disfrutan por su perfil nutricional —continúa, deslizando los ojos por mi cuello—, sino por su sabor. Y no dudo que me lo pasaría muy bien hincándote el diente.
El libro resbala de mis manos y siento cómo se me eriza el vello de la nuca.
Imagino su boca deslizándose por mi cuello y sus dientes rozándome la piel con esa mezcla de amenaza y deseo que me deja sin aliento.
Sus manos, trepando por mis caderas con la seguridad de quien sabe exactamente a qué ritmo quiero que me toquen.
Y su voz grave, susurrándome palabras sucias al oído mientras me inmoviliza con el peso de su cuerpo.
Me obligo a respirar y a regresar a la realidad. Rowan me está mirando como si intuyera las guarradas que se me han pasado por la cabeza.
—No me queda claro si acabas de hacer una broma sobre canibalismo o un chiste verde —comento con tono inexpresivo.
Esboza esa sonrisa de medio lado que no promete nada bueno.
—¿Tú qué crees?
Suelto una especie de bufido y me aparto un mechón del ojo para disimular el nerviosismo.
—Si nos quedamos enterrados bajo la nieve —digo al final—, me pido una de tus piernas.
—Son muy duras. Te va a costar masticarlas.
—No me subestimes.
—Jamás lo haría.
Nos echamos a reír. Me gusta verlo así de relajado conmigo, sin la tensión habitual en los hombros y con las arrugas que le nacen alrededor de los ojos.
Rowan parece un buen tío cuando no se esconde detrás de esa armadura de silencios prolongados.
Un hombre con sentido del humor que podría llegar a gustarme.
Me he ventilado medio libro y necesito un descanso, así que lo dejo sobre la mesa baja y me vuelvo hacia él con una sonrisa amistosa.
—Estoy cansada de leer los devaneos entre Basil y Dorian.
Es una pena que Oscar Wilde tuviera que censurar la mejor frase del libro.
¿Sabías que escribió: «El mundo se vuelve joven para mí cuando sostengo su mano» y la quitó para no meterse en un lío con la censura?
—Rowan me mira sin pestañear—. Y, aun así, lo metieron en la cárcel por grave indecencia —remarco la última palabra con ironía—.
Pasó dos años en una celda. Poco después de que fuera puesto en libertad, murió solo y arruinado por culpa de la moralidad victoriana.
En fin… —Rowan sigue observándome de esa forma tan intensa que activa todas mis alarmas.
No dice nada y me tenso un poco—. Perdona.
Me he ido por las ramas. Te estoy aburriendo.
Empiezo a arrepentirme de haberle contado esa historia.
Durante mi relación con Oskar, aprendí a guardar silencio porque solía decirme que les caía mal a sus amigos por hacer comentarios que sonaban a un intento patético de parecer más lista de lo que era.
Tras la ruptura, me prometí que ningún hombre volvería a hacerme sentir mal por mi forma de ser.
Rowan cierra su libro y lo deja en la mesa.
—No me aburres nunca. Me gusta escuchar todo lo que tengas que decir. —Una ola de calor me estalla en las mejillas—. ¿Te gusta leer? Yo lo odiaba de pequeño, no me concentraba. Empecé a cogerle el gusto hace un par de años, tras aficionarme a las novelas negras de Freida McFadden.
La tensión de mi cuerpo se esfuma por completo.
—Sí, me encanta.
—¿Qué libros te gustan?
Dudo. Esta es la parte en la que explico mi gusto por la novela romántica y la otra persona pone cara de «ah, vale», como si eso me convirtiera en una lectora menos válida.
Más de una vez me han soltado que debería probar con algo «más profundo» o «más serio».
Como si el amor no fuera el motor que mueve la mayoría de las decisiones de este mundo.
—Novela romántica —contesto, sosteniéndole la mirada—. Y dark romance .