STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 20 Hedda
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20 Hedda

No sé por qué se lo he contado. Tal vez porque he bebido más de la cuenta, porque estaba furiosa con él o porque siempre que lo digo en voz alta me quito un peso enorme del pecho.

Desde que empecé a ir a terapia, hablar de Oskar ya no me rompe, pues, al nombrarlo, siento que he recuperado algo que perdí durante nuestra relación.

En esos tres años debía medir cada palabra y justificar todas sus acciones para preservar su imagen, incluso cuando protegerlo me estaba destruyendo a mí misma.

La terapia me ayudó a entender que tengo derecho a hablar de lo que viví porque es mi historia y no le debo nada a mi exnovio.

Anita y Matti fueron las segundas personas con las que me desahogué tras confesarle la verdad a Lars.

Lo hice porque tenía miedo de flaquear si me reencontraba con Oskar.

Les pedí que si algún día me veían dudar, me recordaran que no puedo permitir que nadie me haga sentir diminuta.

Y ellas me prometieron algo que me hizo volver a creer en la amistad: si Oskar intenta acercarse de nuevo, esta vez no me quedaré sola, porque las tendré a ellas.

Apuro lo que queda de mi karsk de un trago. La mezcla de café y whisky me quema la garganta y me envalentona más de lo que debería. Cuando levanto la vista hacia Rowan, no sé si lo que veo en su expresión es empatía o lástima. Y eso último no lo soporto.

—No te compadezcas de mí. Oskar solo fue un bache de tres años. Te prometo que no siempre elijo mal. Mis anteriores parejas fueron hombres bastante decentes. Por ejemplo, estuvo Magnus.

Sus ojos se entrecierran justo cuando se lleva la taza a la boca. La deja en la mesa como si ya no tuviera sed y se pasa la lengua por los dientes superiores.

—¿Quién cojones es Magnus?

—Magnus… —canturreo su nombre—. No te toca preguntar a ti. Es mi turno.

Se frota la barbilla y apoya el codo en la mesa.

—Pregunta lo que quieras —contesta con impaciencia y los ojos rebosantes de una emoción oscura—, y luego responde a mi pregunta.

El regusto del whisky me afloja la lengua y me vuelve más atrevida de lo habitual.

—¿Anoche no quisiste dormir conmigo porque no querías que volviera a pasar nada entre nosotros… —me inclino un poco hacia él y rozo su rodilla con la mía— o porque te avergüenza tener otra pesadilla delante de mí?

Rowan rompe el contacto al mover la pierna unos centímetros. Su reacción es un puñetazo a mi autoestima y me endereza sobre la alfombra.

—Ni una cosa ni la otra. No me avergüenza tener una pesadilla delante de ti; lo que me acojona es hacerte daño como la otra noche —admite con acritud—.

Y, joder… —me recorre con una mirada tan ardiente que vuelvo a sentirme ebria—, ¿tú te has visto?

No hay un universo en el que yo no quiera acostarme contigo a todas horas.

Tienes todas y cada una de las cualidades que no sabía que me volvían loco en una mujer.

Me paso la mitad del día enfadado contigo porque soy incapaz de encontrarte un defecto, y la otra mitad suplicando que esta tormenta dure lo suficiente como para encontrar la forma de que estés igual de obsesionada conmigo como yo lo estoy contigo.

Deja caer la cabeza y se pasa una mano por los mechones de la frente.

Cuando alza la vista, sus ojos enturbiados se clavan en los míos.

Con el cabello cobrizo desordenado, la cicatriz de la ceja izquierda y esa mirada imposible —un ojo verde musgo y el otro azul cobalto, como si no pertenecieran al mismo hombre—, el corazón se me para de golpe.

Debería estar prohibido que un hombre mirase así a una mujer.

—Ahora, dime quién demonios es Magnus.

Su exigencia me obliga a morderme el labio para no sonreír.

—El bombero del pueblo —ronroneo para sacarlo aún más de sus casillas—. Mi novio del instituto.

Un músculo se tensa en su mandíbula.

—¿Fue tu primera vez?

—Es mi turno.

Rowan se bebe el karsk de un trago, lo deja de golpe sobre la mesa, se inclina hacia mí y me sujeta la barbilla con dos dedos. Su nariz roza la mía y sus dedos me queman la piel.

—¿Fue tu primera vez? —repite, pegando su pecho al mío.

Su calor corporal me envuelve como una manta.

No sé en qué momento me ha rodeado la muñeca con la otra mano.

Aprieta lo suficiente como para dejarme la marca de sus dedos en la piel.

Una parte de mí siente ese cosquilleo de nervios en el estómago, pero la otra se estremece y ruega en silencio que no se detenga, que vaya un poco más lejos, porque su forma de dominarme me excita más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Asiento con la boca seca, incapaz de hablar.

Sus dedos se clavan en mi piel y tira de mi barbilla para acercarme a sus labios. Siento esa caricia superficial en cada terminación nerviosa.

—Lo odio —suelta entre dientes.

—¿Por qué?

—Porque tuvo algo que yo quiero.

Su voz baja y áspera despierta a un montón de mariposas que alzan el vuelo en mi estómago.

Me recuerdo que no me van los hombres tóxicos, celosos y posesivos; que ya tuve suficiente durante tres años.

Y, sin embargo, Rowan enciende algo distinto.

No solo miedo, sino la adrenalina de jugar con fuego y acercarse demasiado a las llamas sabiendo, con una certeza irracional, que él sería el primero en salvarme de un incendio.

—Que quieras algo no significa que vaya a ser tuyo —suelto con arrojo.

Él apoya la frente sobre la mía y los dedos que estaban en mi barbilla se deslizan por mi mandíbula con una lentitud que me desarma. Cuando creo que no puede torturarme más, gira la cara y sus labios recorren mi mejilla hasta posarse en esa zona tan sensible de mi cuello.

—Quiero cambiar de juego —murmura, apoyando los labios en mi clavícula.

Noto cómo sonríe contra mi piel cuando se me escapa un jadeo entrecortado.

Me suelta la muñeca y frota el pulgar contra el surco radial.

Ese contacto calculado y delicioso me dispara las pulsaciones, y estoy segura de que puede notarlo—.

Este nuevo juego se llama «verdades inconfesables».

—Vale —balbuceo—. Tú empiezas.

Tengo los sentidos abotargados por sus caricias.

De repente, siento un calor sofocante entre las piernas y me sobra toda la ropa.

Él sabe el efecto que causa en mí y posa sus labios en la comisura de mi boca.

Por un momento, me pregunto cómo reaccionaría si girase la cara y estampara mis labios contra los suyos.

Rowan me aparta un mechón de pelo de la cara con delicadeza, desliza los dedos por mi cuello y me sujeta por la nuca para obligarme a mirarlo a los ojos.

—Anoche leí Little Stranger porque no podía dormir, y me puse tan cachondo con la escena de la tienda de campaña que quise entrar en la habitación para arrancarte las sábanas y comerte el coño hasta que te despertaras gimiendo mi nombre.

—Mientes. No lo leíste.

—No —contesta sin soltarme—. Tu turno.

—Anoche me habría gustado que durmieras conmigo.

—Son verdades inconfesables, Ojazos, y esa ya la sabía.

Le empujo el hombro para quitármelo de encima, pero no consigo moverlo ni un centímetro. Maldito engreído. Es lo peor.

—Llevaba más de seis meses sin… apetito sexual —reconozco de mala gana—. No me apetecía hacer nada. Ni siquiera darme placer a mí misma.

Esa confesión sí que lo sorprende, pero no le doy tiempo a regocijarse.

—¿Pensaste siquiera por un momento en dejarme tirada en la carretera?

—Sí.

Su respuesta me pone de mal humor.

—Pues haberlo hecho.

—Ya no puedo volver a atrás. Ni tampoco marcar el número de la azafata que tenía en el bolsillo del pantalón.

Conque una azafata, ¿eh? Los celos me carcomen por dentro.

—Ahora estarías aquí encerrado con ella. Seguro que era preciosa.

—Era rubia.

—Mala suerte que hayas tenido que conformarte con una morena habiendo tantas rubias en Noruega.

Se ríe y me dan ganas de arrancarle la cabeza. Cuando intento levantarme, me sujeta por la cintura y acabo sentada sobre su regazo. Lo primero que noto es el bulto duro presionando contra mi culo.

—Ahí va otra verdad inconfesable —me dice al oído—. Tu coche no tenía el manguito roto. Solo necesitaba un puente de batería.

Me deja tan atónita que giro la cara y me estremezco al rozarle la mejilla con los labios.

—¿Por qué me mentiste?

—Porque quería quedarme a solas contigo.

—Espera —contesto en shock —, ¿podrías haberme ayudado allí mismo?

—Sí.

Le pego en el hombro.

—¡Eres un mentiroso!

—Te habrías ido —dice sin una pizca de remordimiento—. Sabía que, si te ayudaba allí mismo, te irías. Sí, fui egoísta. Sí, te has quedado aquí encerrada por mi culpa. Pero no me arrepiento. Ni un puto segundo.

Sus manos bajan por mi cintura y me sujetan el culo. Lo frota sin remilgos y empuja mis caderas contra su enorme erección, arrancándome otro gemido ahogado.

—¿Por qué? —pregunto con voz ronca.

—Por la misma razón que no pude llamar a la azafata —dice sin pestañear—. Pregúntame cuánto tiempo llevo sin acostarme con una mujer.

—¿Cuánto?

—Nueve meses.

Hago los cálculos y comprendo que ese es exactamente el tiempo que hace que nos conocemos.

Ay, madre…

—Sí —dice con una sonrisa cargada de autodesprecio—. No he tocado a otra mujer desde la primera vez que te vi.

—¿Por qué?

—Aquel día, en el ring , te leí los labios. No deberías haberme pedido que no me rindiera, Ojazos. Porque no he podido dejar de pensar en ti desde entonces y me lo he tomado al pie de la letra.

—Un segundo, ¿qué? Yo no me refería a nosotros.

Entierra la mano en mi pelo y me atrae hacia él.

—Da igual —murmura contra mis labios—. Me muero de ganas de hacer esto desde hace meses.

Su forma de besarme no es contenida ni suave ni dulce. Y, en cuanto su boca se apodera de la mía, sé que estoy completamente perdida. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir del peligro.