17 Rowan
Mirarla es demasiado adictivo para dejar de hacerlo.
La gente suele sacarme de quicio o aburrirme. A los primeros los quiero lejos de mi camino y a los segundos no les doy importancia. La mujer que lee encogida en la butaca y agazapada bajo tres mantas, sin embargo, es una criatura que ha nacido para atormentar mi existencia.
Nadie me había fascinado tan profunda e irrevocablemente como Hedda.
Intento ignorarla.
Me esfuerzo por ser un capullo para que no descubra lo obsesionado que estoy con ella.
Quiero mirarla. Olerla. Tocarla. Y no quiero que ningún hombre tenga esos privilegios, porque la sola idea de que otro la roce me envenena la sangre.
Nunca he sido celoso, pero ahora hay una parte de mí que querría marcarla como mía y arrancarle la garganta a cualquiera que se le acerque a menos de dos metros.
Y, mientras la observo sin que se dé cuenta, no puedo dejar de pensar que tuvo tanto miedo hace seis meses que salió de su casa en mitad de la noche para huir de la basura de su novio.
¿Y qué se hace con la basura? Exacto: se tira al contenedor. Y, si esa basura levanta la mano contra una mujer, se entierra a dos metros bajo tierra con los dientes rotos.
Los hombres que maltratan a una mujer —ya sea física o psicológicamente— no merecen llamarse hombres.
Son la peor escoria. Y pensar en él me despierta algo viejo, sucio y peligroso en el pecho.
Un instinto asesino que creía superado junto a todos los errores de juventud que estuvieron a punto de costarme muy caro si mis puños no hubieran terminado sirviendo para otras cosas.
Hedda vuelve a temblar bajo las mantas y noto ese tirón familiar en el pecho. Desde que estamos aislados, ha nacido en mí la necesidad de atenderla, alimentarla y calentarla. Quiero ser yo el que se ocupe de sus necesidades. Que no pase hambre ni frío ni miedo mientras yo siga respirando.
Ni me lo pienso. Me destapo, bajo de la butaca y le echo mi manta por encima de las piernas.
Hedda deja de leer y alza la vista hacia mí. Su expresión está teñida de extrañeza. Sus labios se separan y ya sé lo que va a decir, así que no la dejo hablar.
—Voy a hacerme un chocolate caliente para aprovechar que ha vuelto la luz —digo, yendo hacia la cocina—. ¿Quieres uno?
—¿Tienes chocolate blanco?
—Aquí solo tenemos chocolate de verdad.
Arruga la nariz.
—Ya sé que técnicamente no se considera chocolate porque no contiene pasta de cacao, pero sigue siendo el mejor del mundo. No es mi culpa que tengas mal gusto.
—Si no hubiera una tormenta, te echaría a patadas.
—Hazme caso: es el mejor. Tienes que probarlo con galletitas saladas. Deberías comprar una de esas tazas con velita debajo para fundir chocolate.
—No cometo atentados culinarios. —Me lanza una mirada furibunda y vuelve a enterrar la cabeza en su libro—. ¿Tú tienes una de esas tazas?
— Nop . —Pasa una página—. Últimamente, no me doy muchos caprichos. Estoy ahorrando para mi negocio. Hasta la última corona cuenta.
—Chica ahorradora vale por dos.
Aunque se tapa la cara con el libro, sé que está sonriendo.
Preparo las bebidas mientras finjo no darme cuenta de que me está observando. Le añado un chorrito de coñac y una corteza de naranja para que entre antes en calor. Cuando regreso al salón, le tiendo la taza, pero no la coge porque no se atreve a moverse. Roxie le ha apoyado el hocico en la pierna.
Mi perra tiene la pelota en la boca y la mira con esos ojos suplicantes que a mí siempre me desarman.
Pero Hedda le tiene tanto pánico que aprieta el libro contra el pecho a modo de escudo.
Parece que mi perra ha sufrido el mismo flechazo que yo, y eso es mucho decir, porque siempre ha sido muy desconfiada con todo el mundo.
Alice tardó un año en conseguir que la dejara acariciarla.
Le hago un gesto con la cabeza a Roxie para que se aparte, pero me ignora deliberadamente. Está empeñada en salirse con la suya. Empuja el hocico contra la pierna de Hedda, deja la pelota en su regazo y se sienta sobre las patas traseras.
—¿Por qué te dan miedo los perros?
Intento que la pregunta no suene como una burla y creo que lo consigo, pues ella me mira con angustia.
—Te lo cuento si no te ríes y le pides que se aleje de mí.
—Hecho. —Me señalo la boca—. No me reiré. Prometido.
—Cuando tenía cinco años, estaba jugando en el jardín con mi hermano.
Salí corriendo, riéndome, con los brazos en alto…
y el perro de mi vecino se abalanzó sobre mí y me mordió el tobillo.
Tuvieron que quitármelo de encima entre varias personas y me dieron varios puntos.
El problema no fue que me mordiera, sino que no lo vi venir.
Era un pastor alemán que me conocía y siempre se acercaba a saludarme.
Yo pensé que era mi amigo, hasta que ese día, de pronto, estaba sangrando en el suelo.
Nunca entendí lo que hice mal —admite, compungida—.
El miedo vino después, cuando supe que un animal puede cambiar en un segundo, sin razón aparente.
Va a parecer una tontería, porque era un perro buenísimo y nunca volvió a dar otro problema, pero yo me sentí bastante traicionada —se le escapa una risa nerviosa—, y nunca me atreví a acercarme a ningún animal.
De pequeña me encantaban, pero ahora… —lanza una mirada de disculpa a Roxie— me dan pavor.
—No hiciste nada mal. Ni fue culpa tuya.
Algunos adultos son imbéciles.
La imagino con cinco años, sangrando en el suelo, mientras alguien intentaba arrancarle de encima a un perro enorme. Ahora entiendo perfectamente por qué mantiene la distancia con Roxie. De hecho, me sorprende que no haya gritado o intentado quitársela de encima a las malas.
—Nadie debería dejar a un perro cerca de un niño sin supervisión.
A esa edad, si corres o gritas, puedes parecer una presa.
O incluso asustar al perro, que solo sigue su instinto.
—La culpa no fue del animal, sino de quien no supo cuidarlo.
Por eso creo que no todo el mundo está capacitado para ser padre ni tener una mascota—.
Lo que te pasó no fue un accidente: fue una negligencia que se podía haber evitado.
—Estoy muy enfadado, aunque hayan pasado muchos años—. Así te hiciste la cicatriz del tobillo.
Se queda boquiabierta.
—La has visto.
No puedo evitar sonreír. Oh, sí, anoche no me perdí ni un centímetro de su cuerpo.
—Ahora —carraspea, enderezándose—, pídele que se aleje de mí.
Cojo la pelota y la lanzo al otro extremo de la cabaña.
De inmediato, Roxie sale disparada a por ella y yo me acomodo en mi butaca.
Extiendo el brazo para que me la devuelva, pero Roxie me ignora y vuelve a dejar la pelota sobre el regazo de Hedda.
Cuando le ladra una sola vez, ella pega un brinco y casi se derrama el chocolate encima.
—Tranquila. Tiene cruce de lobo y malinois . Es nerviosa por naturaleza y no está acostumbrada a estar encerrada. Está agobiada y solo quiere jugar. —Extiendo la mano hacia ella—. Dame la pelota.
Hedda inspira hondo, la coge con dos dedos y, sin dejar de vigilar a Roxie, la lanza hacia atrás. Mi perra corre a por ella y Hedda, más calmada, vuelve a la lectura. Pero Roxie no ha terminado de jugar, pues regresa meneando la cola y deja la pelota a sus pies.
Hedda se tensa cuando recibe un lametón en la mano. Levanta la cabeza del libro y dice en voz firme y baja:
—No.
—Déjala, anda —le digo a Roxie—. No quiere jugar.
La perra lloriquea y le da un zarpazo a la pelota, que rebota contra la puntera de su zapatilla. Hedda se muerde el labio y se remueve en la butaca. No me doy cuenta hasta ese momento de que le encantaría complacerla, pero el trauma que arrastra de niña le impide interactuar con mi perra.
Dejo mi taza en la mesa baja, me acerco y me arrodillo a su lado.
—Puedo ayudarte a perderle el miedo.
Hedda mira de reojo a mi perra y aprieta los labios. No es que no le gusten los perros, sino que les tiene miedo. Duda durante un pequeño instante, hasta que asiente sin quitarle la vista de encima a Roxie porque sigue temiendo que le salte encima.
Apenas le he rozado la mano cuando la retira y la coloca de nuevo en su regazo.
—¿Y si me muerde?
—No te va a morder. Está cómoda contigo.
—Si me muerde, yo te morderé a ti.
—¿Puedo elegir la parte del cuerpo? Tengo un par de sugerencias.
—No estoy de broma.
—Yo tampoco. —Le doy un apretón en la mano—. No te hará daño.
—Pues yo no me siento cómoda —titubea—. Creo que he cambiado de opinión. —Roxie entiende su reticencia, agacha la cabeza y emite un pequeño sollozo. Su reacción ablanda a Hedda, que se muerde el labio y vuelve a deslizar la mano hacia la mía—. Si me muerde, tú pagarás las consecuencias.
—¿Sí? —Esbozo una sonrisa traviesa—. ¿Y qué me vas a hacer? Soy todo oídos.
—Ay, te odio —dice bajito—. No te burles de mí. Lo estoy pasando fatal.
—Lo sé.
Cojo su mano y le acaricio el dorso con el pulgar. Me digo que solo lo hago para calmarla, pero ese no es el único motivo para que me tome más tiempo del necesario antes de llevarla despacio hasta el hocico de Roxie, que levanta las orejas.
—La mejor forma de acercarte a un perro es hacerlo con respeto —le explico—. Deja que te huela. Si no se aleja es buena señal. Nunca invadas su espacio sin permiso. Es mejor que ella dé el primer paso.
Entrelazo nuestros dedos para hacerla sentir segura, y también porque me apetece.
Es la primera vez en mi vida que tomo de la mano a una mujer sin que haya sexo de por medio.
Y, joder…, no me resulta desagradable. Por un momento estúpido, nos imagino caminando por las afueras de mi urbanización mientras ella saluda a los vecinos y yo solo quiero llegar a casa para hundir la cara entre sus piernas.
Roxie olfatea primero mi mano y luego la de Hedda, que contiene la respiración y se pega más a mí. Su hombro roza el mío y apoyo la palma de la otra mano en su rodilla.