STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 16 Hedda
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16 Hedda

Sé que ha vuelto a irse la luz porque me despierto tiritando.

No soy una persona madrugadora, pero el frío me obliga a salir de la cama.

Me froto los pies enfundados en los calcetines y el gesto me traslada a lo que hice anoche con Rowan para entrar en calor.

El recuerdo me golpea con tanta fuerza que me agarro al borde de la cama y noto un intenso ardor en las mejillas.

Echo la cabeza hacia atrás, inhalo con fuerza y exhalo muy despacio para ralentizar el pulso cardiaco. No funciona, pero al menos el frío ha desaparecido.

Seguimos sin luz y el viento golpea las paredes de madera, lo que significa que aún vamos a permanecer un tiempo más encerrados. No me queda más remedio que hacerme a la idea de que voy a convivir con el mismo hombre que anoche me dio los dos orgasmos más alucinantes de mi vida.

Arrastro los pies hacia el salón, evitando mirar a cualquier sitio que no sea la puerta del baño.

Aún no me siento preparada para mirarlo a los ojos.

Al menos, no hasta que me quite su ropa.

La mía está doblada sobre el lavabo, limpia y seca.

Anoche la dejé extendida sobre el radiador, así que él debe haberla colocado ahí.

También ha dejado unos calzoncillos limpios.

No pienso volver a ponerme las mismas bragas, así que dejo a un lado el reparo que me produce usar su ropa interior, me visto con los bóxers blancos e intento ignorar el cosquilleo que me sube por el estómago.

No sé qué pensar de Rowan. Su actitud me confunde.

De repente se muestra arisco e inaccesible, pero entonces me prepara la cena, me escucha con interés y se acurruca conmigo.

¿Por qué no puede ser un idiota todo el tiempo?

Sería más fácil compartir techo con esa versión, porque entonces no estaría preguntándome qué voy a encontrarme ahora.

Al salir del baño, me ruge el estómago con tanta fuerza que Rowan, desayunando en la mesa de la cocina, alza la vista hacia mí.

Se queda quieto un segundo de más y aprieta la mandíbula antes de bajar la mirada al plato.

Sin decir nada, se chupa el pulgar y se limpia la comisura de los labios con la servilleta.

El gesto me recuerda sus palabras de anoche «Técnicamente, no he usado la boca».

De nuevo, ese rubor traicionero me sube por el cuello y agradezco que siga comiendo como si mi aparición no fuera más que una molesta interrupción en su rutina. Eso me permite observarlo a mi antojo.

Lleva un jersey negro que se ajusta a sus brazos y el pelo cobrizo algo desordenado sobre la frente.

Sus ojos —uno de ese azul helado y el otro verde musgo— están llenos de cansancio, porque es lo bastante orgulloso como para haber dormido en una butaca en lugar de admitir que ayer se asustó porque lo vi tener una pesadilla.

Hombres…

Frente al otro taburete hay dos tostadas, un vaso con un mejunje verde y un bol con fruta y yogur. Todo tiene muy buena pinta.

Se levanta para fregar los platos. Roxie está lloriqueando delante de la puerta y yo sigo aquí plantada sin saber qué hacer.

No me ha dado ni los buenos días. Definitivamente, estoy ante la versión borde: la que no saluda y responde con gruñidos. A veces creo que este hombre solo tiene dos modos: el que cocina y escucha o el que parece un gremlin al que han alimentado después de medianoche.

—Supongo que has podido hacer el desayuno antes de que se fuera la luz —comento. Él ni siquiera se inmuta—. ¿La comida es para mí?

Steel va hacia la puerta, se detiene al lado de Roxie y mira a su alrededor como si buscara algo.

—¿Ves a otra persona aquí?

Pongo los ojos en blanco y voy directa hacia la encimera.

Versión 2.0 del gilipollas actualizada y con desayuno saludable incluido.

—Perfecto. —Si él piensa limitar las interacciones con cuentagotas, yo también jugaré a lo mismo.

Se me hace la boca agua al ver las dos rebanadas de pan con huevos revueltos, aguacate, salmón y queso cottage , acompañadas de un bol con yogur, fresas y granola, y ese mejunje verde que no tiene tan buena pinta. Acerco la nariz al vaso y olfateo el misterioso batido.

—¿Y esto?

—Té matcha con leche de avellanas —responde sin mirarme.

Se ha currado un desayuno de lo más elaborado. Quizá es su forma de pedir perdón por lo de anoche, así que decido poner de mi parte para romper el hielo y me apoyo en la encimera con despreocupación.

—¡Guau! Qué saludable todo —bromeo.

—Cuando has crecido pasando hambre, sabes que alimentarte bien es un lujo.

Mi sonrisa se congela.

—Oye… No pretendía…

Rowan me ignora y chasquea los dedos.

—Roxie —le dice a la perra, que no ha dejado de arañar la puerta—. Vamos.

El infierno exterior se nos viene encima en cuanto abre lo justo para que la perra salga a hacer sus necesidades. Una ráfaga de viento helado sacude las cortinas y arranca de la nevera un calendario sujeto con un imán.

Rowan abre un hueco en el muro de nieve con el pie para que Roxie pueda salir.

La perra salta, baja los tres escalones del porche y hunde las patas en la nieve como si fuera el mejor día de su vida.

Con la lengua fuera, hace pis sin entretenerse.

Desde aquí puedo ver varios árboles arrancados de cuajo, el porche casi enterrado bajo la nieve y el todoterreno aplastado bajo un árbol.

La luna delantera está cubierta por una capa espesa de hielo y nieve.

Roxie deja un regalito y tiene la decencia de sacudirle nieve encima con las patas traseras.

Guau, es toda una señorita remilgada. Tras hacer sus necesidades, da un par de vueltas sobre sí misma, echa a correr y se lanza panza arriba sobre la nieve, ladrando de felicidad y moviendo el rabo como un ventilador.

—¡Ni se te ocurra! —la regaña Steel—. Adentro. ¡Ya!

Me sorprende que no tarde ni un segundo en obedecer.

Roxie se levanta de un salto, regresa a la cabaña y se sacude como una loca al cruzar el umbral.

Rowan tiene que empujar la puerta con el hombro para cerrarla.

Cuando por fin lo consigue, el silencio se instala en la cabaña y se queda mirando las botas cubiertas de nieve con visible fastidio.

—No vuelvas a hacer eso —le reprocha con tono suave, rascándola entre las orejas—. Es peligroso estar fuera durante la tormenta. La próxima vez, tendrás que hacer tus cosas sobre un papel de periódico.

Roxie inclina la cabeza hacia un lado para procesar la amenaza. Luego, se marcha a su camita, se deja caer con un suspiro exagerado y le da la espalda, claramente ofendida ante la idea de tener que defecar sobre papel de periódico en un idioma extranjero.

Es oficial: su perra me cae mejor que él.

Aunque, teniendo en cuenta la personalidad de Míster Simpatía, tampoco era muy difícil ganarse el primer puesto.

Después de desayunar, friego los platos en silencio.

La verdad es que el desayuno estaba delicioso.

Me ha dejado saciada y con mucha energía.

Incluso el té con olor a césped sabía dulce.

Es la primera vez en mi vida que lamento convivir con un hombre que friega las sartenes y los utensilios de cocina, porque ahora me vendría bien estar ocupada.

Pero estoy trabajando en la nueva Hedda, una mujer que no esquiva los conflictos y ha aprendido que callarse no evita las tormentas, solo hace que crezcan.

Así que dejo el estropajo en su sitio, me seco las manos en el trapo, me giro hacia él y me aclaro la garganta.

—Somos mayorcitos —resuelvo—. No hace falta que le demos más vueltas a lo de anoche.

Steel me sostiene la mirada.

—No le he dado vueltas. Solo nos corrimos —contesta, impasible—. Ni siquiera follamos.

Para mí no fue poca cosa y sus palabras me hieren el orgullo.

Seguro que le doy más importancia de la que merece porque es el primer hombre con el que tengo intimidad desde la ruptura con mi ex.

Lo último que busco es una relación, pero tampoco hace falta que me trate como si lo que hicimos le produjera la misma emoción que ver una reposición de un documental sobre insectos palo.

—¿Estás de mal humor porque te arrepientes de lo de anoche o…?

—No me arrepiento. —Su respuesta es rápida y tajante, como si le saliera sin pasar por el filtro del cerebro.

El pulso me golpea en las sienes. Ahora hay una furia latente en sus ojos. Casi prefería la indiferencia a provocarle lo que sea que está sintiendo.

—Entonces, ¿es por la pesadilla? —pregunto con tacto—. Si es por eso, no tienes por qué estar incómodo.

Su mirada se enfría.

—No voy a hablar de eso contigo. No somos amigos que se hagan las uñas, beban café frente a la chimenea y se hagan confesiones.

Mi paciencia tiene un límite, que este hombre se esfuerza en poner a prueba a cada segundo.

—Créeme, lo tengo clarísimo —suelto con tono mordaz—. Mis amigos no son unos maleducados que me tratan según sople el viento.

Rowan viene hacia mí con esa rapidez a la que aún no me he acostumbrado y alza la mano. Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza, levanto los brazos y me encojo para protegerme de un golpe que nunca llega.

Rowan se queda paralizado, con la mano extendida sobre la cafetera que hay en la estantería, justo detrás de mi cabeza. Desvía la mirada hacia su mano, la retira de golpe y me mira fijamente.

—Pensabas que iba a pegarte.

No es una pregunta, así que no respondo.

El corazón me late con tanta fuerza que me duele el pecho.

Solo quiero que se dé la vuelta y siga ignorándome.

¿Es mucho pedir? Pero nota el temblor de mi cuerpo, aprieta los labios y da un pequeño paso hacia mí, como si temiera asustarme más.

Cuando alza la mano para acariciarme la mejilla, niego una sola vez y la deja caer de inmediato.

La vergüenza se apodera de mí. Supongo que ahora ya sé lo que se siente cuando alguien descubre tu mayor debilidad.

—Joder, de verdad pensabas que iba a golpearte.

—Da igual.

—No. —Se pasa la mano por la frente—. Y una mierda.

No da igual. —Al ver mi expresión angustiada, retrocede para darme espacio y yo consigo respirar un poco—.

Lo de anoche fue sin querer. Estaba dormido y no me di cuenta de que te había empujado de la cama hasta que te vi en el suelo.

—Da otro paso atrás y se pasa una mano por la barbilla—.

Joder, lo siento. No quise asustarte. Dime que no te hice daño.

—No me asusté por lo de anoche —respondo en voz baja, mirándome los pies—. No me hiciste daño. —Me aparto un mechón de la cara—. Vamos a dejarlo. Soy propensa a los sobresaltos y he actuado por impulso. Eso es todo.

No logro convencerlo. Entrecierra los ojos y la comprensión le cruza el rostro como una sombra.

—¿Él te puso la mano encima? —pregunta con una calma letal.

—No quiero hablar de eso.

—Hedda.

Doy un paso hacia la izquierda para huir de su escrutinio. Apenas lo conozco, pero tengo claro que no es un hombre que deje estar las cosas si decide que son importantes. Y esto, por alguna razón, le importa.

—Lo dejé tres meses después de tu combate —suelto como si tal cosa, dirigiéndome hacia la pequeña librería del salón.

Si le doy una versión breve y edulcorada, dejará de indagar—.

Me fui en mitad de la noche, cuando él no estaba en casa, porque le pegó un puñetazo a la pared.

Justo al lado de mi cara. Por primera vez tuve miedo por mi vida y entendí que no podía vivir así.

Cuando pegan cerca de tu cara, la segunda vez será a tu cara.

El silencio que sigue es denso, y no me doy cuenta de que lo tengo pegado a la espalda hasta que escojo un libro al azar.

Todos son clásicos ingleses. El retrato de Dorian Gray me pesa en la mano cuando siento la suya en mi muñeca.

Apenas es un roce suave, lo justo para detenerme sin atraparme, pero siento esa caricia en cada centímetro del cuerpo.

—Si algún día vuelvo a cruzarme con tu ex —me dice en voz baja—, nada ni nadie me detendrá. Le romperé las dos manos para que no vuelva a pensar que puede alzar una contra ti sin sufrir las putas consecuencias.

El oxígeno me hiela los pulmones al darme cuenta de la rabia que brilla en sus ojos.

No va de farol.

—No te he pedido ayuda.

—No te la estoy ofreciendo. La ayuda se puede rechazar. Esto es innegociable, así que tómatelo como una promesa.

—¿Por qué? Como bien has dicho antes, no somos amigos. Mi pasado no es de tu incumbencia.

—Que no sea de mi incumbencia… —estira el brazo para coger un libro de la estantería y me roza el costado con los nudillos, provocándome un estremecimiento que me recorre de pies a cabeza— no cambia el hecho de que, si vuelvo a ver a ese miserable, le partiré todos los huesos de las manos para que pase el resto de su vida mirándolas y recordando que nunca debió tocarte.

Y te aseguro que ni el mejor cirujano del mundo podrá reconstruírselas.

Tendrá que aprender a hacer absolutamente todo con los pies, porque las manos no volverán a servirle para una mierda.