15 Hedda
—¡No! ¡No! ¡Déjalas!
Los gritos de Rowan me arrancan de los brazos de Morfeo. Por un instante, temo que la cabaña se esté incendiando o que hayamos quedado atrapados por un derrumbamiento pero, al darme la vuelta, lo veo con los ojos cerrados y el rostro contraído por el dolor.
Está teniendo una pesadilla.
Abrazo el edredón contra el pecho, sin saber qué hacer. Rowan se revuelve encima de las sábanas, con los puños apretados y el sudor cubriéndole la frente. Su cuerpo se sacude como si recibiera una descarga eléctrica tras otra.
—Steel… —susurro, todavía medio dormida.
No reacciona.
Tiene la mandíbula tensa y el ceño fruncido. No sé contra qué o quién está luchando, pero hay algo visceral y salvaje en su expresión que me pone los vellos de punta. Está sufriendo.
—Ey —digo en voz baja—. Rowan, despierta.
Estiro el brazo para tocarle el hombro con cuidado.
Apenas lo he rozado cuando su antebrazo se estrella contra mi cuerpo con una fuerza que me lanza despedida contra el suelo.
Caigo de culo sobre el parquet , desorientada y envuelta en el edredón.
Menos mal que es lo bastante acolchado como para amortiguar el golpe.
Alzo la vista hacia la cama esperando encontrarlo aún atormentado por la pesadilla, pero Steel está sentando en el colchón, con los ojos clavados en mi cara. El sufrimiento de antes ha sido sustituido por una violencia consternada.
Cuando abro la boca para decirle que estoy bien y que no ha sido culpa suya, él se arranca las sábanas de una patada.
—¿Por qué coño tenías que tocarme? —me grita con una voz áspera y cargada de rabia.
Me deja tan atónita que no soy capaz de decir nada.
No es la primera vez que un hombre me regaña siendo ya una adulta.
La sensación es tan familiar y amarga que permanezco en el suelo, hecha un ovillo, avergonzada y sintiéndome diminuta.
Respirando con dificultad, Rowan se desordena los mechones cobrizos de la frente con una mano y exhala por la nariz.
Lo que más me avergüenza no es que me haya gritado, sino sentir ese escozor familiar en los ojos.
Tras recuperar las riendas de mi vida, me prometí a mí misma que nunca volvería a darle a un hombre el poder de hacerme llorar.
Y aquí estoy, temblando como un conejito asustado porque un tipo al que apenas conozco me ha pegado tres gritos.
Trago saliva y clavo las uñas en el edredón. Me niego a llorar. No aquí. No por él. No por esto. Inspiro hondo, cuento mentalmente hasta tres y enderezo la espalda.
—No debería haberte tocado —digo con la voz carente de emoción—. No volverá a pasar.
Steel esconde la cara entre las manos y espira con fuerza. Cuando alza la cabeza, me mira como si fuera la primera vez que me ve. De repente, hay un dolor distinto en sus ojos; algo demasiado parecido a la preocupación y al arrepentimiento.
—¿Te he hecho daño?
La pregunta me descoloca. ¿Acaso le importa o está más furioso por haberse mostrado vulnerable delante de mí? Niego con la cabeza, aunque el costado me arde un poco y todavía me tiemblan las manos.
—Estoy bien.
Me incorporo despacio y voy a sentarme en el borde de la cama.
Ni siquiera debería intentarlo, pero hay algo en su postura que me obliga a tenderle una mano.
En la universidad, mi compañera de habitación sufría terrores nocturnos y se calmaba si le daba conversación.
No quiero ser cruel con él ni culparlo por su reacción inicial.
Tal vez solo necesite un poco de comprensión.
—¿Y tú? —pregunto con voz queda—. ¿Necesitas hablar del tema?
Sé que he cometido un error en cuanto gira la cabeza hacia mí con furia.
Aprieta los labios y se le marcan los músculos del cuello.
No es solo enfado, sino también recelo e incomodidad.
Puede que esté acostumbrado a subirse a un ring , encajar golpes y devolverlos con violencia, pero este hombre hecho de músculos y acero se quiebra ante la sola idea de nombrar lo que siente.
Su cuerpo sabe pelear, pero compartir emociones le asusta más que cualquier rival.
Sin mirarme, coge su almohada y se levanta de la cama.
—No hace falta que te…
«… vayas».
No llego a pronunciar la última palabra, pues ya ha salido de la habitación, cerrando de un portazo. No será capaz de dormir sentado en esa butaca. Allá él.
Me quedo sentada en la cama durante un buen rato, con el edredón enredado en las piernas y el eco de sus gritos aún vibrándome en el pecho.
Por primera vez desde que lo conozco, tengo la inquietante sensación de haber visto al hombre que se esconde tras la máscara del boxeador, y es alguien a quien no debería tocar, porque está tan roto como yo.