14 Rowan
No sé qué coño acaba de pasar.
A mi lado, Hedda sigue tumbada bocarriba, cubierta de mi semen y con esos deliciosos pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Aún no ha recuperado el aliento. Ni yo tampoco.
Nunca había visto nada tan hermoso como esta mujer al llegar al orgasmo. Su expresión rendida, con esos preciosos labios entreabiertos y los ojos castaños entrecerrados por el placer…, la pátina de sudor cubriéndole la frente y los muslos contraídos alrededor de mis dedos.
Mierda, nunca había visto nada tan hermoso como ella. Punto.
No soy un hombre creyente, pero, si Dios existe, hizo un trabajo excelente al crear a una mujer que reúne todas las características físicas que me vuelven loco. Y esa vena peleona que muestra antes de rendirse por completo a mí es lo que la hace demasiado perfecta para alguien como yo.
No debería haberle impedido salir de la cama, pero la idea de que pudiera borrar mi rastro de su piel me ha cabreado de la hostia. La quiero manchada por mí. Oliendo a mí. Corrompida por mí. Quiero arruinarla para el resto de los hombres y ocupar todos y cada uno de sus pensamientos.
El pecho me arde y el corazón me golpea por dentro como si fuera a reventarme las costillas. Esto es una maldita locura. Tengo la sensación absurda de que, si no hago algo ahora mismo, voy a perder el control del todo.
Porque a mí no me pasan estas cosas.
Yo no soy de preliminares eternos ni mierdas emocionales.
¿Y los besos? Siempre me han parecido un gesto ridículo, un desperdicio de saliva y un alarde innecesario de romanticismo barato entre dos personas que no tienen nada en común y solo han acordado echar un polvo.
En las relaciones sexuales, me he acostumbrado a evitarlos a toda costa para que la otra persona no se haga ilusiones sobre algo que no estoy dispuesto a darle.
Y, sin embargo, he besado a Hedda sin que ella me lo pidiera, como si sus labios fueran una droga de la que no quiero desengancharme.
Se me ha ido la pinza.
Hedda suspira de cansancio y apoya la cabeza en mi hombro.
Sin pensarlo, me nace rodearla con los brazos.
Pero no llego a hacerlo, ya que ella se tensa como si de repente hubiera recordado algo importante.
Entonces se aleja de mí, se baja la sudadera y cubre esas curvas bronceadas que se han convertido en mi imagen favorita del mundo.
El rechazo me pilla tan desprevenido que me quedo ahí, con la polla fuera de los pantalones, como un maldito imbécil. Nunca me había escocido tanto el ego. Cuando ella va a darse la vuelta, la atrapo por la muñeca.
—¿A dónde crees que vas?
—Eh…, a dormir.
—No me gusta que pasen de mí.
Me mira con desconcierto.
—Pensé que no te acurrucabas —me recuerda.
—Y no me acurruco.
—Pues suéltame.
—No.
—Entonces, nos vamos a acurrucar.
—Ni de coña. No me van esas mierdas cursis.
—Vale. Deja que me vaya a la esquina de la cama.
—No.
Mi negativa es absurda. Yo nunca, bajo ningún concepto, comparto la cama con una mujer después de haberme corrido.
Tampoco las llevo a mi casa, así me ahorro tener que pedirles que se vayan.
Suelo quedar con ellas en algún hotel de cinco estrellas, me ducho tras haberles dado varios orgasmos y haber obtenido uno a cambio, les dejo pagado el desayuno y me largo.
Acurrucarme no me va.
Y aun así…
Me digo a mí mismo que es cosa del orgullo. Al final resulta que soy uno de esos tíos básicos que no lleva demasiado bien que pasen de él. Eso es lo que me obligo a creer cuando me guardo la polla, la atraigo hacia mí y la encajo entre mis brazos.
—Usa mi hombro como almohada si quieres. O pon la cabeza donde te apetezca, pero no te alejes de mí —digo con sequedad, tirando del edredón para taparnos—. No me gusta acurrucarme. Que quede claro.
Con la mejilla apoyada en mi pecho, recorre mi abdomen con la mano hasta dejarla sobre mi costado. Algo se me aprieta por dentro de una forma que no reconozco y nace en mí un necesidad absurda de no soltarla nunca.
—¿Y qué crees que es lo que estamos haciendo? —replica con suavidad.
No tengo ni puta idea.
—Es para no perder el calor. Solo hasta que vuelva la luz.
—Ah, si es por eso… —Bosteza y mete la pierna entre las mías—. No está mal querer acurrucarse después del sexo, ¿sabes? Eso no significa que espere que te cases conmigo ni que tengamos que darle otro significado a lo que acaba de pasar.
—Perfecto —contesto con frialdad—, porque no busco nada serio. Y solo te abrazo para compartir el calor. No te montes películas románticas en esa cabecita tan mona.
—Si quisiera un novio, tú ni siquiera estarías en la lista de candidatos.
—¿Y quién hay en esa lista?
—No es asunto tuyo.
—¿Quiénes?
—Mi primer novio y Jacob Elordi.
El segundo sé que es un actor famoso. Así que la pregunta es: ¿quién cojones es su primer novio? Quiero matarlo.
No me quiere en su puñetera lista porque no me ve como el príncipe azul que le pone un anillo en el dedo, sino como la bestia a la que usar para correrse. Que me haya descartado sin miramientos me revienta por dentro.
—Menos mal que no estoy en esa lista. No tengo paciencia para mujeres que confunden un polvo con algo más.
—Vale —responde sin inmutarse.
Me molesta que se lo tome tan bien.
Me molesta no querer soltarla.
Me molesta que empiece a vencerme el sueño… porque suelo dormir fatal y me despierto con cualquier cosa. Pero el olor a vainilla de su pelo me inunda las fosas nasales. Tampoco ayuda que sea cálida, blanda y se adapte a mí sin esfuerzo.
La estrecho entre mis brazos y refunfuño que la tiraré de la cama si se mueve o ronca .
Ella se relaja sobre mi cuerpo y su respiración irregular me hace cosquillas en el cuello.
Tiene los hombros fríos, así que le subo el edredón y mi polla da un respingo cuando me la roza sin querer con la pierna. Lo sé porque ya se ha quedado dormida.
Tal vez acurrucarse no esté tan mal después de todo.
Me quedo dormido en algún momento de la noche, con ella entre mis brazos roncando suavemente. Y no la tiro de la cama, porque esos ruiditos no me molestan en absoluto.
Estoy grogui cuando la habitación se ilumina de golpe. Tengo el sueño ligero, así que abro los ojos de par en par.
Ha vuelto la luz.
Hedda murmura algo y le aparto el pelo de la cara con cuidado.
—Duerme —le digo en voz baja.
Muevo la cabeza para besarle la frente. Apenas la he rozado cuando me detengo en seco y frunzo el ceño.
¿Qué cojones estoy haciendo?
¡No es mi novia!
No he venido a este páramo helado a jugar a las casitas con ella.
Mosqueado, me levanto de la cama, voy hasta el radiador para comprobar que esté encendido, regreso a la cama y apago la luz. Me tumbo bocarriba y me froto la cara. Vuelvo a levantar los muros justo cuando ella estira el brazo e intenta acurrucarse de nuevo.
Me doy la vuelta para poner distancia entre nosotros. Cuando me abraza por la espalda, me echo hacia delante hasta que su mano acaba cayendo sobre el colchón. Por fin ha captado el mensaje. Y es lo bastante orgullosa como para girarse hacia el otro lado y envolverse en el edredón. Mejor así.
Ninguna mujer, excepto Alice, tiene cabida en mi vida.
Me repito las palabras como si fueran un mantra mientras miro al techo, con el cuerpo tenso y la cabeza hecha un lío. No puedo dormirme porque ella está justo ahí, demasiado cerca, y su calor sigue buscándome.
Aprieto los dientes y cierro los ojos con fuerza.
Ella no significa nada.
Pero, cuando por fin empieza a vencerme el cansancio, lo último en lo que pienso no es en el frío ni en la tormenta ni en vengarme del hombre que le hizo daño a Alice, sino en lo jodidamente fácil que sería darme la vuelta y volver a abrazarla.