13 Hedda #3
Bien, porque yo no quiero que sea bueno conmigo…
Se apoya en los codos y estoy a punto de gruñirle que a dónde va cuando se mueve hacia un lado. De pronto, la habitación se ilumina con la luz blanca de su teléfono.
—Quiero ver lo que te hago. —Gira la cara hacia mí y clava una mirada hambrienta en mis tetas, como si fuera la primera vez que ve unas. Sube la vista hasta mis ojos y una sonrisa haragana hace que le brillen con picardía—. Ni de coña pienso perderme un espectáculo tan bonito.
—Me gusta hacerlo con la luz apagada.
—Pues busca a otro al que le ponga follarte a oscuras. —Lanza el teléfono sobre la almohada, mete un brazo debajo de mi muslo y me acerca hacia él de un tirón—. Yo quiero ver la cara que pones al gritar mi nombre.
—Pero…
—No —gruñe contra mis labios—. Cuando te corras en mis dedos, quiero mirarte a esos ojos que no he podido sacarme de la cabeza desde la primera vez que los vi.
Si tenía alguna mínima objeción, se desvanece en el instante que entierra la cara en mis tetas y las devora como un hombre hambriento. Sus labios capturan uno de mis pezones y tira de él con los dientes. Pasa el pulgar por el otro, arrancándome un montón de gemidos.
Me explora con una paciencia cruel, alternando la lengua, los dientes y los pulgares hasta hacerme comprender por qué antes ha dicho que lo vuelvo completamente incapaz de portarse bien conmigo. Podría correrme solo con esto: él, comiéndome las tetas y masturbándome con la rodilla. Y lo sabe.
Su boca me tortura, se aparta para cambiar de ángulo y se retira cada vez que estoy a punto de perder el control. Mis manos se enredan en su pelo y murmuro su nombre cuando el placer se acumula entre mis piernas sin encontrar salida.
Y, cuando estoy a punto de correrme…, se aparta de golpe, sus manos me sujetan por la barbilla y me besa para dejarme claro que mi cuerpo es suyo incluso cuando no me está tocando.
—Sácame la polla de los pantalones —ordena, con los ojos clavados en los míos.
Me apoyo en los codos para incorporarme y, por primera vez, soy consciente de mi estado. Estoy desnuda, con la sudadera enrollada por encima de los pechos. Él, por el contrario, aún sigue vestido. En cuanto mis manos van a la parte superior del pijama, me sujeta por las muñecas.
—No te he dado permiso para desvestirme.
—Pero…
—Ya te he dicho lo que quiero. —Me suelta de un empujón—. Hazlo.
Su erección salta en cuanto le bajo los pantalones hasta la mitad de los muslos.
Es enorme y la punta está cubierta de líquido preseminal.
Ya sé lo que me ha dicho, pero, al verla, siento un deseo intenso de metérmela en la boca para hacerle una mamada que no olvidará en la vida.
Aunque detrás de mí vengan un montón de mujeres más que dispuestas a chupársela.
—Tócala —ordena, con los ojos fijos en mi mano—. No hagas que te lo pida dos veces.
No entiendo por qué me excita tanto que sea un cabrón autoritario conmigo.
—¿Cómo te gusta?
Alza la vista hacia mi cara como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa.
—Tócame como te dé la gana. Si lo haces tú, no hay forma de que lo hagas mal. —Entonces me sujeta por la nuca y soy yo la sorprendida cuando me besa con una ternura inesperada. Al apartarse, me acaricia la mejilla—. Cualquier cosa que salga de esas manos me va a gustar.
A pesar de mi rol sumiso, nunca me había sentido tan poderosa cuando agarro su erección con una mano y paso el pulgar por el capullo. Rowan echa la cabeza hacia atrás y aspira con fuerza.
—¿Así está bien? —pregunto con falsa dulzura. Deslizo el puño hacia abajo y se la aprieto por la base—. ¿O mejor así?
—Maldita seas —dice con la voz tensa—. Si sigues jugando conmigo, voy a perder la paciencia. Y tú no estás preparada para eso.
Envuelve su mano alrededor de la mía y comienza a moverla arriba y abajo con firmeza. No me da tiempo a recrearme en su expresión completamente ida, pues acerca la otra mano a mi boca.
—Escúpele.
Hago lo que me dice sin rechistar. Entonces cuela la mano entre mis piernas y me penetra con dos dedos. Cuando los arquea en mi interior, sé que estoy perdida. De rodillas sobre el colchón y sin soltarle la erección, me deja caer hacia delante y apoyo la frente en su hombro.
Rowan suelta la mano que tiene sobre la mía, enrolla mi pelo alrededor de su puño y tira de él, obligándome a echar la cabeza hacia atrás y a mantenerme erguida, de cara a él.
—Te he dicho que, cuando te corras en mis dedos, quiero mirarte a los ojos —me recuerda—. Ahora monta mis dedos, Hedda. Imagínate que son mi polla y muéstrame cómo lo harías.
Obedezco como si estuviera hecha para esto: seguir sus instrucciones al pie de la letra. Sacudo las caderas y me tenso cada vez más alrededor de sus dedos. Cuando traza círculos con el pulgar sobre mi clítoris, dejo escapar un gemido desgarrado y acelero el ritmo.
—¿Así lo harías? ¿Así quieres cabalgar mi polla?
—Sí… Dios, sí…
—Jodidamente perfecta. —Me da un fuerte tirón del pelo y presiona la boca contra mi garganta—. Tan preciosa, tan empapada, tan desesperada por mí. No sabes lo que me haces, Hedda. No tienes ni idea del monstruo que estás creando.
Estoy al borde. Le aprieto los testículos justo cuando estoy a punto de correrme y él se estremece y suelta un gruñido ahogado.
—Joder, qué bueno —murmura con la mandíbula apretada.
Su esperma me mancha el abdomen mientras yo me corro en sus dedos, gritando su nombre y con la cara enterrada en su cuello. Me sostiene entre sus brazos, me tumba sobre el colchón y me aparta el pelo sudado de la cara con una delicadeza abrumadora.
Acabo de tener el mejor orgasmo de mi vida con un hombre al que se supone que detesto y que me ha hecho rozar el cielo. O, peor, quedarme a vivir en él.
Pero lo que más me aterra no es eso, sino que, por primera vez desde que nos hemos quedado aislados, pienso que no me importaría que esta tormenta durase varios días para explorar qué más puedo sentir a su lado.
Me incorporo todavía temblando, con intención de salir de la cama, pero no llego a poner un pie en el suelo cuando me agarra del brazo.
—¿A dónde vas? —pregunta, contrariado.
—A limpiarme.
—No.
Es una orden más suave que las anteriores. Tira de mí y caigo bocarriba entre las sábanas. Antes de que pueda decir nada, se coloca sobre mí y esparce su esperma por mi abdomen.
—Ni se te ocurra salir de esta cama. —Baja la cabeza y roza la nariz contra mi cuello—. Estás perfecta. Hueles a mí.
Mierda. No voy a poder sacármelo de la cabeza en la vida.