STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 13 Hedda #2
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13 Hedda #2

Se inclina sobre mí y noto el calor de su aliento mezclarse con el mío.

Un torbellino de mariposas me sacude el vientre cuando sus labios acarician los míos de forma superficial.

Ni siquiera es un beso, y Dios… ya sé que me hará perder la cabeza.

Su pulgar traza círculos en el dorso de mi mano, como si quisiera recordarme que él da las órdenes, aunque ya no me esté sujetando.

Odio lo nerviosa que me pone.

Odio la lujuria que me arde en las venas.

Odio no ser dueña de mi cuerpo cuando inclina la cabeza y cubre mi boca con la suya.

No hay ternura en su forma de apoderarse de mis labios.

Su manera de besar es un reflejo de su personalidad: autoritaria, posesiva, hambrienta.

Su lengua roza la mía con una deliberada lentitud que me desarma y explora el interior de mi boca sin dejarse nada.

Agradezco estar tumbada, porque estoy tan mareada que habría perdido el equilibrio de haber estado de pie.

Su sabor me explota en la boca. Entonces suelta una de mis manos y envuelve mi cuello con los dedos.

El pulgar presiona contra mi garganta, obligándome a abrir más la boca para tomar aliento.

En cuanto lo hago, captura mi labio inferior entre los dientes y tira de él.

El dolor y la falta de oxígeno me estallan en la cabeza y embotan mis sentidos.

Su lengua se desliza por mis labios antes de hundirse más profundamente en mi boca. La saquea con violencia mientras sus dedos se separan un poco de mi cuello, sin soltarme del todo, y se enredan en el pelo de mi nuca. Cuando gimo contra sus labios, me tira del pelo para obligarme a apartarme.

—Si esto es demasiado, dímelo. —Me frota la nuca y se inclina hasta que nuestras frentes se rozan—. Puedes pedirme que pare en cualquier momento.

¿Les dice lo mismo a todas? Lo dudo. Cree que soy débil; una muñeca rota por el anterior hombre que hubo en mi vida. Pero ya no me siento pequeña ni vulnerable, porque soy plenamente consciente y dueña de lo que estoy permitiendo.

—Te encanta así.

—Sí —contesta sin pudor—, pero prefiero que me corten las manos antes que hacerte daño.

Nunca me habían tratado así, y, sin embargo, lo que acaba de hacerme ha avivado un fuego desconocido en mi interior. No logro controlar las palabras que salen de mi boca.

—Creo que acabo de descubrir que me pone que me estrangulen.

Sus ojos brillan en la penumbra.

—Pídemelo.

—Por favor, Rowan.

—¿Por favor, qué?

—Por favor, asfíxiame.

No tarda ni un segundo en volver a besarme.

Su boca reclama la mía con urgencia y su mano regresa a mi cuello, ahora con una firmeza que me ancla al colchón.

Sus dedos se cierran sobre mi garganta y la falta de aire me pone los ojos en blanco e intensifica el placer de una forma brutal.

Cada latido es como una descarga lenta y deliciosa.

Gimo contra sus labios, con el corazón golpeándome cada vez más despacio. Me enloquece la forma en que sabe exactamente cuándo apretar y cuándo aflojar. El vértigo me recorre el vientre cuando su rodilla empuja contra mi coño.

Sujeta mi mandíbula con una mano y me suelta el cuello.

Recupero el aire de golpe y, antes de que pueda recomponerme, captura de nuevo mi lengua y me besa hasta que pierdo la noción del tiempo y el ardor de los pulmones desaparece.

—Así —murmura contra mis labios—. Justo así es como me gusta.

No sé si se refiere a que le gusta así conmigo… o a que le encanta así con todas en general. Prefiero no saberlo. Yo no había hecho nada parecido ni había sentido tanto placer con ningún otro hombre.

Sus manos descienden por mis hombros y recorren la curva de mi cintura.

—No necesito verte para saber que te estás deshaciendo por mí. —Captura el lóbulo de mi oreja entre sus dientes y me da un tironcito—. Estás chorreando sobre mi rodilla.

Trago saliva para aliviar el escozor de mi garganta. La cabeza me va demasiado rápido para pensar con claridad.

—¿Quieres mis dedos? —me tienta, rozándome el costado por encima de la camiseta?—. ¿O mi boca?

Niego con la cabeza, desbordada e incapaz de elegir, hasta que recuerdo que no puede verme la cara.

Tus dedos. Tu boca. Lo quiero todo.

Pero algo dentro de mí se resiste. No por falta de deseo, sino por puro instinto de supervivencia.

Tengo la desagradable certeza de que este hombre ha llegado para arrasarlo todo, meterse bajo mi piel y no irse jamás.

Y no puedo permitirme entregarle cada parte de mí cuando aún no he terminado de sanar.

Necesito aferrarme a una parcela que siga siendo solo mía.

Después de más de seis meses con una absoluta apatía hacia el sexo, ahora estoy completamente excitada…, y me asusta la intensidad con la que lo necesito y todo lo que le permitiría hacerme.

—Lo que tú quieras —susurro al final.

—Lo que quiero hacerte es demasiado para alguien que apenas confía en mí.

No le llevo la contraria; no soy una mentirosa.

El caso es que imaginarlo con la cara enterrada entre mis piernas resulta demasiado para la mujer que ayer tenía la libido por los suelos.

Nunca he disfrutado especialmente del sexo oral, y si lo hace tan bien como me temo, no habrá forma humana de sacármelo de la cabeza.

—La boca, no. Cualquier cosa menos eso.

—Qué pena. Me moría de ganas de comerte el coño.

Sus manos se deslizan por mis costados y se cuelan bajo la sudadera. El contacto de su piel caliente contra la mía me arranca otro gemido. Sus dedos me rodean los pechos por encima de la tela y aprietan con la seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Y lo hace de maravilla.

—La boca, no —concede con palpable frustración—. Aún no —añade, apretándome las tetas—. Pero eso no va a impedir que me ocupe de tu necesitado coño como es debido.

Sus manos agarran la cinturilla de la sudadera y la suben hasta mis clavículas.

El frío entra en contacto con mi sexo húmedo y me froto las piernas.

Rowan me las separa de golpe y desliza un dedo por mi hendidura.

No me penetra; recoge mi flujo con un dedo y oigo el inconfundible sonido de sus labios al chuparlo.

—Técnicamente —murmura, saboreándome—, no he usado la boca.

Me arde la cara.

—Y tampoco me has prohibido probarte.

Eso es manipular mis palabras. Y lo sabe. Sin embargo, con las piernas abiertas, se me escapa otro gemido impúdico cuando frota el pulgar contra mi coño y luego lo presiona contra mis labios.

—Abre la boca —ordena, y yo obedezco de inmediato—.

Chúpalo. —Acaricio mi propio sabor con la lengua, y él emite un sonido áspero cuando le succiono el dedo y lo araño con los dientes—.

Joder, ahora estoy imaginando lo bien que me sentiría con esa preciosa boca alrededor de mi polla.

—Empuja el pulgar dentro de mi garganta.

La idea me emociona más de lo que esperaba y gimo con entusiasmo al chuparle el pulgar—.

Pero esta noche no. —Saca el dedo y lo desliza por mi mandíbula—.

Estoy cabreado de la hostia contigo por privarme de algo tan bueno.

Su rodilla se cuela de nuevo entre mis piernas y jadeo al sentirla sin la barrera de la tela, frotándose contra mi necesitado coño.

—Oh, Dios…, por favor, Rowan, no pares.

—Estás empapada —dice con satisfacción—. ¿Es esto lo que pensaste la primera vez que me viste en el ring ? ¿Te imaginaste así, chorreando y con las piernas abiertas para mí, rogándome que no parara?

—No —reconozco, separando más los muslos.

—¿Y esta mañana en la cafetería?

—¡No!

—Joder. —Se ríe con amargura—. Pues yo sí. Todos los putos días desde hace nueve meses. Sin saltarme ni uso solo.

—Por favor… por favor… deja que me corra.

—Un duro golpe para mi ego, lo reconozco. —Presiona la rodilla con más fuerza contra mi clítoris, la gira con lentitud y me arranca un gemido que se me clava en la garganta—. Pero escucharte rogar por más lo compensa con creces.

No me deja llegar al orgasmo. Cada vez que estoy a punto de rendirme, se aparta lo justo y me mantiene suspendida en ese punto insoportable donde el cuerpo suplica y la cabeza se rinde.

—Admite que puedo hacer contigo lo que quiera y dejaré que te corras en algún momento de la noche.

—Podrías hacer conmigo casi todo lo que quisieras —corrijo, tozuda y empapada por sus caricias y sus palabras.

—Podría follarte esa boquita tan peleona hasta que te atragantaras con mi polla y luego me dieras las gracias, ¿verdad?

—Sí —respondo con un suspiro.

—O podría tomarte por detrás, agarrarte del pelo y follarte tan fuerte que te dejaría moratones por todo el cuerpo.

—Sí, por favor, por favor…

—Eso es —su tono se suaviza—, mi dulce chica complaciente. Me encanta que te portes bien. ¿Sabes lo que pasa cuando eres buena conmigo?

—No…

—Que te lo recompenso.

Mueve la pierna hacia abajo, la empuja contra mi centro y me pellizca el clítoris entre los dedos, haciéndome estallar de placer. El orgasmo es tan devastador que grito su nombre una y otra vez hasta que él me calla con un beso largo y lento.

Estoy deshecha. El corazón me retumba en los oídos y apenas consigo respirar.

Pero no me da tregua. Sus manos vuelven a mis pechos, me pellizca los pezones y me arranca otro gemido.

Me arqueo cuando acerca la cara a mis tetas y su respiración me acaricia los pezones.

En vez de succionarlos como deseo, echa la cabeza hacia atrás como si pudiera verme.

—¿Está mal si pongo mi boca aquí?

Niego con énfasis, lo sujeto por el pelo y lo empujo contra mis pechos. Él hunde la nariz en mi canalillo y me besa, pero no exactamente donde más lo necesito.

—Quiero oírtelo decir, Hedda.

Me dan ganas de matarlo, pero estoy demasiado excitada como para no ceder.

—Por favor, Rowan.

—No sabes lo que me haces al decirlo —murmura, moviendo la cabeza y frotando su nariz contra uno de mis pezones—.

Me matas cada vez que pronuncias mi nombre.

—Su lengua cálida se desliza por el pezón derecho, arrancándome un sonido entrecortado parecido a un sollozo—.

Me vuelves completamente incapaz de portarme bien contigo.