STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 13 Hedda
16%

13 Hedda

Sigo helada.

El frío se ha apoderado de mi cuerpo y es tan intenso que me impide respirar hondo. Mis pulmones se hielan cada vez que tomo aliento, como si me hubiera tragado un puñado de agujas. A mi espalda, Steel no parece estar soportándolo mejor que yo por cómo tiembla sin control.

Mis pezones están duros y doloridos. Decido culpar a la hipotermia porque así es más fácil.

No puedo pensar con claridad; no hay otra explicación para mandar al infierno mi orgullo cuando deslizo las manos hasta las suyas, que descansan sobre mi abdomen.

Son grandes y están tibias. Me muerdo el labio inferior con fuerza para contener un gemido de gusto y me aferro a ellas mientras entrelazo las piernas con las suyas en busca de más calor.

Por un largo instante, Steel no se mueve y me pregunto si se habrá quedado dormido, hasta que inclina la cabeza y su boca me roza la piel sensible detrás de la oreja. Un cosquilleo me recorre la nuca cuando su pulgar frota el mío con una delicadeza que me trastoca todos los sentidos.

—¿Tú tampoco logras entrar en calor? —La preocupación en su voz me recorre la espalda como una caricia peligrosamente agradable.

—No. —Engancho nuestros dedos y añado con voz ronca—: Pégate más a mí y frótate.

Sé que es una tontería; no hay casi espacio entre nosotros. Pero necesito calentarme…, aunque empiezo a sospechar que estoy temblando por razones que ya no tienen que ver solo con el frío.

Siento cómo se tensa a mi espalda antes de responder:

—¿Estás segura de que sabes lo que me estás pidiendo?

El doble sentido de su pregunta me golpea con una violencia inesperada.

La rabia me asciende por el cuerpo, espesa y ardiente, y se derrama por mis muslos con una lentitud peligrosa.

Entonces entiendo que no es solo enfado, sino una lujuria inoportuna y visceral dirigida al hombre menos indicado.

Y ser consciente de que no tengo control sobre mi propio cuerpo me enfurece todavía más.

Aprieto los labios para tragarme la réplica. No quiero arriesgarme a que se aparte y, ahora mismo, me siento tan vulnerable que el silencio es un precio que estoy dispuesta a pagar con tal de que no se aleje de mí.

Su boca, pegada a mi nuca, vibra contra mi piel.

No entiendo lo que está sucediendo hasta que escucho su risa baja.

Me dan ganas de hundirle el codo en las costillas, pero recorre mi cuello con una calma exasperante hasta posar los labios cerca de mi garganta.

Es un beso breve y firme, cargado de una intención tan descarada que mi cuerpo se calienta varios grados de golpe.

La sensación es idéntica a haber prendido una llama entre nosotros.

—Porque hace cinco minutos estabas dispuesta a empujarme por una ventana —me recuerda, deslizando una de sus manos muy cerca de mi pubis.

El contraste entre su tono burlón y la caricia me despierta algo mucho más oscuro que el deseo. Algo que me impulsa a huir y, al mismo tiempo, a quedarme. Decido que la primer opción es la más sensata.

—Déjalo, me voy a dormir con Roxie. No hace falta que hagas…

No logro terminar la frase, pues la mano que está más arriba se abre en el centro de mi pecho, justo debajo de las tetas, y me empuja hacia atrás. Mi espalda choca contra su torso y el aire se me escapa en un jadeo entrecortado cuando siento su erección enorme contra mi culo.

—¿Cómo es posible —balbuceo— con el frío que hace?

Me da un mordisquito juguetón en el lóbulo de la oreja.

—El frío no me quita las ganas de hacerte de todo.

Su confesión provoca que mi corazón se pare de golpe y vuelva a latir con violencia. Sé que debería apartarme, pero el frío debe haberme congelado las neuronas, porque, en vez de salir de la cama, empujo el culo contra el bulto de sus pantalones, buscando desesperadamente más presión.

—Así lo empeoras —habla como si le faltara el aire.

La mano que tiene bajo mis tetas se mueve y el pulgar me roza el borde del pecho a través de la tela. No sé si ha sido a propósito, pero es suficiente para que los pezones me duelan y una descarga de energía ardiente me golpee entre los muslos.

—Llevo horas intentando no pensar en lo que me provocas. —Acaricia con descaro la curva de mi pecho—. Es una puta tortura.

—No han sido horas.

—Para mí lo han sido. —Su pulgar se cuela entre la unión de mis pechos y traza una línea lenta, como si estuviera memorizando cada reacción de mi cuerpo—. Porque no poder tocarte como quiero se siente como una eternidad.

—Pero me estás tocando.

—Créeme, no como me gustaría.

Mueve la mano tan deprisa que no estoy preparada cuando aprisiona uno de mis pezones entre dos dedos y lo pellizca. El dolor y el placer son tan abrumadores que echo la cabeza hacia atrás, y un sonido obsceno y desesperado escapa de mis labios.

Su otra mano desciende más abajo, peligrosamente cerca del pubis. La deja ahí. No avanza. No retrocede. Le clavo las uñas, sin saber si lo hago para suplicarle que siga o exigirle que se detenga.

Pero ya no tiemblo por el frío.

Rowan deja de tocarme.

—¿Quieres que pare?

Me está dando la oportunidad de frenar antes de que la cosa empeore.

Soy demasiado obstinada para reconocer lo mucho que me gusta, pero estoy tan excitada que también soy incapaz de renunciar a lo que me ofrece, así que no digo nada.

—El silencio no es una respuesta —sus dientes me rozan el cuello, desconfigurándome todo el sistema nervioso—, por mucho que tu cuerpo me demuestre cuánto quieres mi polla.

Aparta la mano de mi pubis con desesperante indolencia y me aprieta el muslo con tanta fuerza que mañana tendré la marca de sus dedos.

—¿Quieres que te dé calor? —Me roza el cuello con la nariz—. Vas a tener que abrir esa boquita tan preciosa para pedírmelo por favor.

Doy gracias a la oscuridad por que no pueda ver cómo me arde la cara. Sin pensarlo, le doy un manotazo.

—Vete a la mierda.

Me envuelve entre sus brazos, esconde la cara en el hueco de mi cuello y suelta una risa que me eriza la piel. Luego, se separa lo justo para morderme el hombro y murmura:

—Adoro que seas tan peleona.

Me revuelvo entre sus brazos, empujándolo con los codos, pero no tengo ninguna oportunidad contra él.

—Que te jodan —escupo, jadeando por el esfuerzo.

Me sujeta la cara con una mano. Sus dedos me aprietan las mejillas y su boca golpea la mía en un beso tan rápido que creo haberlo imaginado…, hasta que siento el sabor a menta de su pasta de dientes.

—Prefiero que me jodas tú —admite sin pudor. En la oscuridad, alcanzo a ver el brillo lascivo de sus ojos—. Pero, esta noche, seré yo el que te joda a ti.

Se gira con brusquedad para quedar encima de mí, empuja mis piernas con la rodilla hasta separarlas y me atrapa las muñecas. Me las sujeta por encima de la cabeza y la sudadera se desliza hasta los muslos.

—Sé que lo deseas casi tanto como yo, pero no pienso ponértelo en bandeja para que mañana te arrepientas y finjas que esto ha sido solo cosa mía.

—Empuja mis muñecas contra la almohada y acerca su cara a la mía—.

Lo creas o no, me tomo el consentimiento muy en serio.

Así que pronuncia las palabras correctas, Ojazos.

Puedes decir: «Quiero tu polla» o «Fóllame hasta que me desmaye». Cualquiera de las dos me vale.

Su descaro me arranca una carcajada incrédula. Y encima me tiene inmovilizada, sin escapatoria. La rabia y el deseo me queman la lengua.

—Eres un pedazo de…

—Te dije que no te tocaría ni un pelo a menos que me lo suplicaras, así que pídemelo por favor —ronronea, y odio lo mucho que disfruta de esto, porque ambos sabemos que acabaré cediendo—. Soy todo oídos, Ojazos. Si quieres entrar en calor, di las dos palabras mágicas.

—Miserable idiota.

Se ríe.

—Esas no, Ojos Bonitos.

—Cabrón asqueroso.

Su reacción es inmediata. Empuja la rodilla entre mis piernas y el contacto me provoca un gemido gutural.

—¿Esto te parece asqueroso?

—No —me sofoco—, pero sigues siendo un cabrón.

—Un cabrón que nota lo mojado que tienes el coño incluso a través de la tela.

—Te odio.

—No son las dos palabras que esperaba oír —se ríe—, pero reconozco que me ponen igual de cachondo.

—Me da un beso en la barbilla y frota la pierna entre las mías con una lentitud calculada que me obliga a arquear el cuerpo contra él—.

Está bien que me odies —dice contra mi piel—.

Puedes desear que te haga de todo y odiarme al mismo tiempo.

No necesito caerte bien para hacer que te corras.

Me retuerzo debajo de él; no para escapar, sino en busca de más fricción. Tengo los pezones doloridos y estoy tan mojada que podría deslizarse dentro de mí sin esfuerzo.

—Hijo de…

—Las dos palabras correctas, Hedda. —Me aprieta las muñecas y me vengo abajo al escuchar cómo pronuncia mi nombre con ese acento británico que finjo despreciar—. Dos. Malditas. Palabras.

Intento resistirme, de verdad, pero mi pulso se dispara y un sonido traicionero se me escapa sin que pueda controlarlo. La rendición me invade en oleadas calientes hasta que no queda más que una necesidad insoportable.

No las digas.

No las digas.

No. Las. Digas.

—Por favor.

Sus dedos resbalan por mis muñecas. No me suelta; es un gesto involuntario, como si, durante un segundo, también él hubiera perdido el control.

—Repítelo —gruñe—. Dilo otra vez.

—Por favor, por favor…

Noto cómo inhala con la nariz enterrada en mi pelo.

—Di mi nombre.

—Por favor, Steel.

Apoya la frente en la mía y sus dedos envuelven mis muñecas con más firmeza.

—No. —Su voz suena más baja, disgustada—. Di mi nombre .

—Rowan. —Suspiro—. Por favor.

—Dilo otra vez.

—Por favor, Rowan.

—Eso es. —Me suelta las muñecas y entrelaza nuestros dedos—. No dejes de decirlo.