STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 12 Hedda
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No sé en qué momento empiezo a tiritar. Al principio, no es más que una molestia vaga, que ignoro moviéndome bajo el edredón.

Luego, la temperatura de la habitación parece desplomarse y el frío se cuela por debajo de las mantas.

Acerco las manos a mi boca y exhalo para calentármelas mientras me froto los pies enfundados en los calcetines de lana.

No lo entiendo. Es imposible que esté congelándome en una cabaña acondicionada para el invierno y llena de radiadores que deberían calentar cada rincón.

Temo estar incubando la gripe hasta que escucho a Steel moverse a mi lado.

El roce de la tela me indica que él también se está frotando para entrar en calor.

Aguanto unos segundos más hasta que se me escapa un suspiro tembloroso.

—¿Tú también te estás muriendo de frío? —le pregunto en voz baja. Si está dormido, no me apetece despertarlo y descubrir si es de esos que se levantan con el pie izquierdo.

Le estoy dando la espalda, pero noto cómo se incorpora y el colchón se hunde cuando se sienta. Me giro hacia él. Mis ojos ya se han adaptado un poco a la oscuridad y entreveo cómo alarga el brazo hacia la mesita de noche y pulsa el interruptor de la pared.

Seguimos a oscuras.

—Tal vez hayan saltado los plomos —digo.

Un haz de luz blanca ilumina la habitación. Entrecierro los ojos y levanto el brazo para taparme la cara, aunque no hace falta, pues ya se ha levantado y dirige la linterna del teléfono hacia la puerta.

—Voy a mirar.

Steel sale de la habitación y, por un momento, me planteo dejar que se las apañe solo, pero al final arrastro los pies al suelo y me envuelvo en el edredón.

El frío del parquet se cuela por mis tobillos y me muerde las pantorrillas desnudas.

Voy a ciegas hasta el salón, guiándome por el haz de la linterna hasta llegar a la mesita baja.

Entonces cojo mi teléfono y enciendo la linterna.

Roxie sigue roncando en su cama. No sé mucho sobre perros, pero el frío no parece afectarle igual que a nosotros. Me da tanta envidia que estoy tentada de tumbarme sobre ella y abrazarla. Con su pelo largo, parece un osito de peluche la mar de calentito.

Steel está delante de la caja de fusibles, alumbrándola con la linterna.

—Se ha ido la luz —dice al cabo de un momento.

Mierda.

En zonas de montaña de difícil acceso como esta, los cortes de luz no son una rareza, sino una consecuencia lógica del invierno.

Las tormentas de nieve derriban árboles, los cables ceden y nadie entra en pánico por ello, ya que hemos aprendido a prepararnos para las inclemencias meteorológicas.

En mi casa siempre hemos tenido un generador portátil de gasolina en el cobertizo, lo bastante potente como para alimentar los radiadores, las luces y, por supuesto, la cafetera.

Aquí, quedarse sin electricidad no es una emergencia, sino una posibilidad que tenemos en cuenta.

Pero Steel no es noruego.

—Dime que hay un generador de emergencia.

Steel se gira hacia mí. La luz le ilumina el rostro desde abajo y proyecta sombras duras sobre sus facciones, marcándole la mandíbula y el ceño fruncido. Tiene esa expresión tensa de quien hace cálculos mentales que no le gustan.

—Un corte de luz no puede durar mucho, ¿no? —razona como el tipo de ciudad que es.

Hace cinco años, nevó sin parar dos días y mis padres se quedaron sin electricidad durante cincuenta y dos horas.

Para ellos fue una especie de fiesta: asaron carne en la chimenea, jugaron al Hnefatafl [3] y bebieron karsk , una bebida típica de nuestra región hecha a base de café y whisky moonshine .

Yo ni siquiera me enteré desde Oslo, pero esto no es la capital, sino una cabaña aislada, sin generador, en mitad de una montaña.

—En las ciudades grandes no es normal —le explico—.

Allí los cortes de luz se solucionan en media hora o cuatro como mucho.

Pero aquí… —suspiro—, en una zona rural, con una tormenta de nieve y las carreteras bloqueadas, los técnicos podrían tardar días en llegar al punto de avería.

Además, han advertido por la radio de desprendimientos y han pedido a la población que no salga de sus casas, lo cual significa que es grave.

La expresión de Steel se ensombrece lo justo para delatarlo.

No dice nada, pero lo veo: es un hombre de ciudad acostumbrado a que todo vuelva a la normalidad con solo pulsar un interruptor.

Me sale una sonrisa que no es maliciosa, sino cargada de ternura, al ver a este tipo duro e intimidante completamente fuera de su zona de confort.

—Por lo menos tenemos chimenea —comento, buscando el lado positivo.

También hay garrafas de agua en la cocina. No vamos a congelarnos ni a deshidratarnos. Algo es algo.

Me dirijo a la chimenea y Steel alumbra los troncos apilados en un rincón. Me hace gracia que los observe durante un buen rato como si esperara que hicieran algo por sí solos. Así que nunca ha encendido una chimenea. Por suerte para ambos, yo estoy más que acostumbrada, así que no será un problema.

—Pobre británico de ciudad —me burlo—. Menos mal que Ojazos está aquí para salvarte.

—Pavonéate lo que quieras, pero enciéndela ya, por lo que más quieras.

El encendedor y las pastillas están sobre la repisa de la chimenea. Le pido que me dé un par de troncos gruesos y se agacha para coger uno. Su expresión cambia por completo al examinar la madera.

—¿Qué pasa? —Deslizo los dedos por la superficie, soltando una palabrota tras retirarlos empapados—. ¡Venga ya!

Alzo la linterna y examino el rincón donde se apila la leña. Está sobre el suelo, sin protección alguna, demasiado cerca de la pared exterior. Con la humedad acumulada por la nieve y el frío constante, la madera ha absorbido el agua como una esponja.

—Está mal apilada —explico de mal humor—. Al estar en contacto con el suelo, ha absorbido toda la humedad. Así no hay forma de que prenda. ¿Cómo no te has fijado?

—¿Yo? —Se da un golpe en el pecho—. Alquilé esta cabaña por Airbnb y he llegado esta mañana.

En la descripción aseguraban que había leña de sobra, pero que no hacía falta usarla porque los maravillosos radiadores eléctricos no fallaban nunca y calentaban de sobra esta acogedora cabaña preparada para sobrevivir al más duro de los inviernos —escupe con sarcasmo—.

Tú ríete todo lo que quieras de los británicos, pero no somos unos mentirosos como el noruego que me ha alquilado esta cueva helada con el suelo húmedo.

—Aun así, podrías haberte cerciorado de que la leña estuviera en buen estado.

Steel refunfuña algo entre dientes. Creo oírlo decir que tenía cosas más importantes que hacer.

—Dice la mujer que se quedó tirada en mitad de una carretera porque no le hizo una revisión oportuna a su coche —me recuerda con tonillo.

—¡Oye! Eso podría pasarle a cualquiera. ¡Y yo, al menos, sé encender una chimenea!

—Toda tuya. —Lo miro mal—. Ni siquiera pensaba usarla. No sabía que iba a caer una tormenta infernal.

No puedo creer que vaya a morir congelada en compañía de este cretino que parece hecho de acero…

, hasta que abre la boca y me vacila como si supiera exactamente dónde tocarme la moral.

Mosqueada, abrazo el edredón contra mi pecho y me doy media vuelta, con el frío metido hasta los huesos.

Me dirijo al dormitorio, pero me detengo en seco y echo un vistazo indeciso a Roxie, hecha una bola en su colchón.

Ni se inmuta cuando la alumbro con la linterna.

—Te preocupas demasiado por ella teniendo en cuenta que le tienes pánico —dice Steel a mi espalda.

—No quiero que se muera de frío.

—Es mitad pastor malinois , mitad perro lobo. Tiene un pelaje denso y le encanta la nieve. Créeme, si pudiera, estaría ahí fuera jugando.

Mmm, esto tiene mucho sentido. Una idea maravillosa se enciende en mi cabeza. ¿Y si la meto conmigo en la cama? A ver, sigue dándome pavor, pero si abrazarla es la única forma de no sufrir una hipotermia…

—Ni lo pienses. —Baja la linterna hacia mi pecho—. Mi perra de ciudad no duerme con desconocidas engreídas que le tienen pánico y, aun así, fantasean con usarla de estufa.

¡Odio a este tío!

—Vale. —Resoplo para apartarme un mechón del ojo—. Buenas noches.

Lo que en realidad me gustaría gritarle es que espero que se le congelen las pelotas y ese corazón de piedra. Estoy segura de que a Roxie no le importaría que la abrazara para compartir su calorcito conmigo.

Comienzo a darme la vuelta justo cuando el haz de luz desciende por mi pecho, recorre mi cintura y se desliza por mis piernas.

Lo siento como una caricia inapropiada por todo el cuerpo.

No me ha tocado, pero me detengo y lo miro con los dientes apretados.

Ha sido como si me estuviera desnudando.

Cuando alzo la vista, me encuentro con sus ojos clavados en los míos.

Si esperaba una disculpa, la emoción que late en ellos no es arrepentimiento, sino una intensidad tan oscura que me pone la piel de gallina.

—Si te preocupa cómo vamos a mantenernos calientes, se me ocurre una forma especialmente rápida y eficaz que no requiere electricidad ni demasiada ropa.

—La linterna se detiene a la altura de mis muslos.

Aprieto las piernas, intentando ignorar en vano ese hormigueo—.

Pero tendrías que pedírmelo por favor, ¿recuerdas?

No he olvidado las palabras que me dijo hace unas horas: «Créeme: si te toco, será algo más que el pelo. Y solo después de que me lo supliques».

Un calor denso y líquido me recorre el vientre.

Su insinuación me golpea tan fuerte que el edredón se desliza un poco y deja al descubierto la pantorrilla desnuda.

El aire frío me eriza la piel… y su mirada hambrienta hace el resto.

Sus pupilas se dilatan al clavarse en ese trozo de piel.

Con los ojos fijos en mi muslo, se pasa la punta de la lengua por el labio inferior y la linterna desciende un centímetro más, iluminándome sin pudor.

—Por favor —digo sin pestañear—, vete al infierno.

Me envuelvo en el edredón nórdico con más fuerza, levanto la barbilla con dignidad y arrastro los pies hacia la habitación. Su risa baja y ronca me estremece de una forma tan intensa que aún la siento en la piel cuando me tumbo en la cama y le doy la espalda con obstinación.

—Qué terca eres —murmura, sentándose en la cama—. Al menos, deberíamos dormir pegados para compartir calor corporal.

—Acércate a mí y te juro que te empujo por la ventana —le advierto, aunque el temblor de mi voz me resta credibilidad.

Como respuesta, tira la almohada al lado de la mía, coge la manta que hay a sus pies y se tumba sin respetar la distancia de seguridad.

Se gira hacia mí y refunfuña que voy a morir congelada por culpa de mi maldito orgullo.

No puedo verlo, pero noto su mirada clavada en mi nuca.

Me arrebujo dentro del edredón y entrelazo los pies.

Me siento un poco culpable de que tenga que conformarse con una manta más fina, pero eso no significa que vaya a ceder, ni siquiera cuando me castañean los dientes.

Fuera, el viento aúlla y la tormenta de nieve golpea la cabaña. Me froto los brazos, pero el frío se me ha metido en los huesos y me hace tiritar sin control. A mi espalda, Steel no se mueve y me pregunto si habrá muerto de hipotermia.

Tal vez debería…

Mi edredón vuela por los aires. ¡No puedo creer que vaya a robármelo!

Estoy a punto de gritarle que es un maldito egoísta, pero no logro decir nada, porque me sujeta de las caderas para pegarme a él de un fuerte tirón, nos cubre con su manta y echa el edredón por encima de nuestros cuerpos.

Se me escapa un jadeo entrecortado cuando pasa una pierna por encima de las mías, mete un brazo por debajo de mi cabeza y me abraza con firmeza con el otro.

La palma de su mano descansa sobre mi ombligo, justo por encima de la sudadera.

Creo que mi corazón ha dejado de latir.

Y siento dos cosas. Una: estoy atrapada. Dos: el calor de sus dedos traspasa la tela y me deja paralizada del gusto.

—No voy a morir de hipotermia solo porque tú seas demasiado orgullosa para pedirme que te dé calor —dice con los labios pegados a mi cuello—. Venga, va, te dejaré fingir que no lo disfrutas.

—No lo disfruto —contesto deprisa.

—Y yo haré un esfuerzo por creerte.

La mano que tiene debajo de mi cabeza me frota el brazo, y la que descansa sobre mi vientre se desliza sin pudor por mi pierna.

Sus dedos me acarician el muslo, bajan por mi rodilla y se detienen un segundo de más en la zona que no está cubierta por la sudadera.

Lo hace para darme calor, pero también hay algo deliberado, íntimo y descarado en la forma en que se recrea.

No es una caricia inocente ni desinteresada; es como si estuviera marcándome como suya con cada roce.

Sus dedos se mueven despacio, memorizando la curva de mi muslo y torturándome de una forma deliciosa.

Odio lo fácil que me resulta disfrutarlo. Y odio más no ser capaz de ocultarlo.

El pecho me duele al inspirar. Steel continúa frotándome el cuerpo y aprieta las caderas contra mi culo, buscando más contacto del necesario y asegurándose de que no quede ni un centímetro de espacio entre nosotros.

Se recrea en las zonas desnudas como si quisiera castigarme por mi orgullo y supiera exactamente lo que me hace perder el control.

Mi respiración se ralentiza para dejarme aún más en evidencia.

Solo le pido al universo que no se dé cuenta de que no llevo bragas.

Y, mientras me frota todo el cuerpo y me mantiene pegada a su pecho, entiendo algo que me desarma por completo: aunque lo niegue, se preocupa más por mantenerme caliente a mí que por cuidar de sí mismo.

Y eso es mucho más peligroso que el frío.